La verdad sobre el caso Savolta, que inicialmente iba a titularse Los soldados de Cataluña, título que hubo que cambiar por problemas con la censura y que ha recuperado en la última edición, es la historia de Barcelona entre 1917 y 1919. En este corto periodo de relativa tranquilidad y neutralidad política, el industrial catalán Savolta, dueño de una fábrica que surtía de armas a los aliados durante la Primera Guerra Mundial, es asesinado. El enigma sobre su muerte planea sobre todo el relato. El protagonista y narrador es Javier Miranda, ayudante del despacho del abogado Cortabanyes, asesor del industrial Savolta. En dicho despacho el protagonista conoce al refinado francés Lepprince, arribista y conspirador, y se convierte en una especie de perro fiel del mismo. En su trato con Lepprince, se ve involucrado involuntariamente en una serie de asuntos muy turbios, que tienen que ver, en primer lugar, con la muerte del periodista Domingo Pajarito de Soto, quien lo introduce en el mundo de los anarquistas, y, en segundo lugar, con el asesinato del industrial Savolta. Otro personaje de singular importancia en esta compleja trama es María Coral, la seductora gitana contorsionista de la que se enamora y con quien se casa por consejo de Lepprince, ya que ignora que su matrimonio es mera tapadera de los amores de ambos.

Esta novela, publicada once años antes que La ciudad de los prodigios, representó en su momento un verdadero cambio en el panorama narrativo de la Transición, como ya hemos dicho más arriba. Fue precisamente Gimferrer, que la leyó «con sorpresa y entusiasmo en pocos días», quien afirmó con orgullo: «Haber captado el valor singular de este libro es uno de los principales aciertos de mis veinte años de actividad editorial; pero quizá sea más exacto hablar, antes que de acierto editorial, de percepción literaria. Advertí enseguida que me hallaba ante una pieza original y sobresaliente» (Gimferrer, 1990, p. 11).

En la construcción de La verdad sobre el caso Savolta, Mendoza manejó de nuevo una vasta documentación histórica y periodística que el autor menciona en la nota inicial. Con todos esos documentos, más su extraordinaria capacidad fabulística, el escritor construye un verdadero palimpsesto en el que la ciudad de Barcelona es un personaje más. Los espacios urbanos, tanto públicos como privados, están al servicio de los personajes, ilustran sus condiciones de vida y nos dan un retrato preciso de las diferentes clases sociales, sus usos y sus costumbres.

Los ambientes en que discurre la acción son múltiples y en ellos aparecen representadas todas las clases sociales. Los obreros anarquistas que se reúnen para conspirar en un estudio fotográfico; las prostitutas, marginados y borrachos que llevan una vida miserable en los tugurios del Raval; las fuerzas del orden público, con el comisario Vázquez, encargado de investigar el asesinato de Savolta, a la cabeza; los industriales burgueses que habitan el Ensanche y controlan el poder económico y político; o los periodistas, abogados, comerciantes, trabajadores y sindicalistas conforman un abigarrado panorama de la diversidad de la sociedad barcelonesa de la época. Y, a través de ellos, viven y respiran la ciudad y sus diferentes barrios. El novelista no necesita de prolijas descripciones para que el lector vea la ciudad, basta con seguir a los personajes y Barcelona surge a través de ellos. Lepprince define muy bien el magnetismo de la ciudad en conversación con Javier Miranda: «¿Sabes una cosa? Creo que Barcelona es una ciudad encantada. Tiene algo, ¿cómo te diría?, algo magnético. A veces resulta incómoda, desagradable, hostil e incluso peligrosa, pero ¿qué quieres?, no hay forma de abandonarla. ¿No lo has notado?» (La verdad sobre el caso Savolta, p. 281).

El recorrido por la ciudad abarca el centro, la plaza de Cataluña y la Rambla, los barrios residenciales de la Bonanova, Pedralbes, la avenida Pearson, las casas-torre de Sarriá, situadas en un montículo que domina Barcelona. Y también, cómo no, los ambientes populares, que son los que dan más juego al novelista, como la taberna de Pepín Matacríos en la calle Avinyó o el salón de baile la Reina de la Primavera en la villa de Gracia; la zona industrial en Hospitalet y una breve pero magnífica descripción del ambiente de verbena en las Ramblas:

Frente a la casa, en mitad de la calzada, ardía una pira verbenera. Se oían explosiones y relampagueaban en el cielo los cohetes; sonaban charangas, circulaban en todas direcciones gentes vestidas de gala, cubiertos algunos con antifaces y máscaras. Sumido aún en una sustancial estupefacción, recorrí la ciudad entre el bullicio general y di con mis pasos en las Ramblas, que parecían una sala de baile, un circo y un manicomio. Había grupos bullangueros de ciudadanos, provistos de toda clase de ruidosos instrumentos, enjambres de soldados bailaban en corros, una infinita riada de cabezas cubiertas de sombreritos de papel (La verdad sobre el caso Savolta, p. 369).

 

En otros momentos el novelista nos propone, a modo de lo que llamó certeramente Galdós «literatura de veleta», una visión panorámica de la ciudad desde una azotea, que el protagonista contempla junto al idealista Pajarito de Soto, tras la visita al mestre Roca, que diserta sobre el anarquismo en la trastienda de una librería:

Juntos hicimos y deshicimos planes de amplio alcance, no sólo individuales. Discutimos minucias hasta el amanecer, recorrimos cada uno de los rincones de la ciudad dormida, poblados de mágicas palpitaciones. Si encontrábamos un portal abierto nos introducíamos en el tenebroso zaguán alumbrándonos con una cerilla y remontábamos las escaleras hasta la azotea desde donde contemplábamos Barcelona a nuestros pies. Domingo Pajarito de Soto se sentía, y su impresión no andaba desencaminada, el diablo cojuelo de nuestro siglo. Con un dedo extendido […] señalaba las zonas residenciales, los conglomerados proletarios, los barrios pacíficos y virtuosos de la clase media, comerciantes, tenderos y artesanos (La verdad sobre el caso Savolta, p. 80).

 

Otra visión panorámica de la ciudad nos la proporciona el narrador omnisciente desde los fosos terroríficos de Montjuic, donde se ha ocultado Nemesio Cabra Gómez, el pobre loco soplón de la policía:

Ya se había levantado la mañana y la ciudad se hacía visible a los ojos del oculto. Frente a sí veía los muelles del puerto, a su derecha se extendía el industrioso Hospitalet, cegado por el humo de las chimeneas; a su izquierda, las Ramblas, el barrio Chino, el casco antiguo y más arriba, casi de espaldas, el Ensanche burgués y señorial (La verdad sobre el caso Savolta, p. 339).

 

Todo este abigarrado mundo de personajes que transitan por la ciudad conforman el espacio urbano barcelonés de múltiples caras y matices, donde tienen cabida los lugares más emblemáticos y elegantes, como el teatro del Liceo, el casino del Tibidabo, la mansión de los Savolta en la Budallera, y los sitios de los bajos fondos, los portuarios y del barrio Chino, habitados por un lumpen de marginados, borrachos, prostitutas y vagabundos, «gentes vencidas», las llama el autor en la novela.

Los personajes de ambas novelas insuflan vida a la ciudad con sus existencias intrahistóricas durante unos periodos históricos de gran desarrollo urbanístico, económico, social y cultural. Mendoza consigue con esa mistura de materiales y con una aparente sencillez cautivar al lector. Demuestra —algo muy importante en la década de los setenta, con el boom hispanoamericano en pleno apogeo— que «en el español de España podían escribirse novelas tan bien armadas, tan estéticamente innovadoras, tan fabuladoras y tan testimoniales como las mejores de América Latina, y también que el gusto primitivo, goloso, absoluto de leer, el tirón del misterio, la encarnadura humana de los personajes, el sentido del humor; el pastiche no eran incompatibles con una escritura de máxima exigencia» (Muñoz Molina, 2015, p. 6).

Universitat de Barcelona

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BIBLIOGRAFÍA
· Azúa, Félix (2003): «La perdurable estrella fugaz», prólogo a La verdad sobre el caso Savolta, Barcelona, Seix Barral, pp. 7-10.

· García Hortelano, Juan (1976): «Una opinión sobre el caso Mendoza», El País, 5 de mayo, p. 28.

· Giménez Micó, María José (2000): Eduardo Mendoza y las novelas de la Transición, Madrid, Pliegos.

· Gimferrer, Pere (1990): «Imágenes de Eduardo Mendoza», El País, 29 de julio, p. 11.

· Herráez, Miguel (1997): La estrategia de la postmodernidad en Eduardo Mendoza, Barcelona, Ronsel, pp. 19-43.

· Knutson, David (1999): «Mirando desde los márgenes: La ciudad de los prodigios», en Las novelas de Eduardo Mendoza. La parodia de los márgenes, Madrid, Pliegos, pp. 65-85.

· Marías, Javier (2015): «El triunfo del prófugo», suplemento Babelia, El País, 10 de enero, p. 2.

· Mendoza, Eduardo (1975): La verdad sobre el caso Savolta, Barcelona, Seix Barral.

– (1986): La ciudad de los prodigios, Barcelona, Seix Barral.

– y Cristina Mendoza (1989): La Barcelona modernista, Barcelona, Planeta.

· Moix, Llatzer (2006): Mundo Mendoza, Barcelona, Seix Barral.

· Muñoz Molina, Antonio (2015): «Aquel comienzo», suplemento Babelia, El País, 17 de enero, p. 6.

· Saval, José V. (2003): «La ciudad de los prodigios», de Eduardo Mendoza, Madrid, Síntesis.

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