POR MARÍA GARCÍA DÍAZ

1. Prólogo

Muy alta y muy poderosa señora:

¿Por qué la unidad resulta tan agradable como un vaso de leche templada con cacao en la mañana? Vuestra Alteza, algunxs artistas dan por concluida su obra cuando la sienten unitaria/redonda; lxs amantes sueñan, en algún momento, con llegar al «adonde yo soy tú somos nosotros» de Octavio Paz; la ciencia (¿enamorada del mundo o de sí misma?) también desea ese destino de fusión: una teoría única que todo lo explique; y ciertas gentes, qué le voy a contar a Vuestra Alteza, prefieren las sociedades uniformadas a las abigarradas. No sé mucho de psicología, pero pareciera latir una necesidad de control/confort bajo este peculiar apego.
No es mi cometido psicoanalizar a Vuestra Alteza en este escrito, sino tan solo relatar, en respuesta a su real encargo, bajo qué cúpula de hechos yacen juntas la ciencia y la poesía, y cómo sucedió su separación. Espero, muy alta señora, transmitirle unidad suficiente. Es mi deseo colmar las alforjas de su satisfacción con este análisis.

2. Brevísima relación

Una obviedad: antes de inventar la multiplicidad de disciplinas, todo o casi todo era una cosa sola. La geología, la astronomía, la epistemología, la física y la química eran una con la poesía. «Todo está pegado a todo», escribía Nichita Stănescu. Recuerde Vuestra Alteza a Lucrecio: «[…] ¿No se forma / la luz, acaso, de átomos más finos / que los que forman a las aguas bellas?», o bien: «El color en los átomos no cabe».

El devenir de la historia quiso que aconteciera la escisión. Para retratar lo medible —el objeto de la ciencia— la poesía dejó de servir. El orden del mundo ya solo podría ser aprehendido por un lenguaje cristalino rayano en la matemática, del todo despojado de tropos que oscureciesen la verdad. Thomas Sprat, en su historia de la Royal Society de 1667, anota:

[…] aplicar el único remedio que puede hallarse para esta extravagancia: […] de rechazar todas las amplificaciones, digresiones y ampulosidades del estilo; de volver a la pureza primitiva y a la brevedad, cuando los hombres expresaban tantas cosas casi con el mismo número de palabras. […] una manera de hablar ceñida, desnuda, natural; […] acercando todas las cosas tanto como puedan a la diafanidad matemática; y prefiriendo el lenguaje de artesanos, campesinos y mercaderes por encima del de hombres de ingenio o eruditos.

O poetas. Las leyes desnudas del universo, o el lenguaje desnudo de extrañamiento. Una cosa por la otra. Para ganar control sobre la realidad hacía falta una herramienta más fina, Vuestra Alteza. ¡Y cuánta calma lleva atesorando la ciencia desde entonces! ¡Cuánto control! Aunque debo decirle, muy poderosa señora, que no me extraña: a fin de cuentas la naturaleza no es tan indomable. ¿No lo es acaso lo otro mucho más? Lo otro, si lo hubiere, quiero decir. Aprovecho para formularle unas preguntas: ¿qué es lo que pretende controlar la poesía? ¿Todo acto de habla nace de una angustia de control? ¿La ciencia y la poesía brotan del miedo a la muerte? ¿De veras? ¿Está Vuestra Alteza de acuerdo con William Carlos Williams cuando dice «Tenemos / una anatomía microscópica / de la ballena; / esto / es / tranquilizador»? Quizá debería haber encargado este documento a una psicóloga.

Escasa sorpresa que de dos lenguajes, en principio, diferentes, acabaran por germinar y consolidarse dos flores tan duras: la ciencia y la poesía. Hasta la saciedad le habrán repetido, muy alta señora, que el distanciamiento terminaría institucionalizándose y cristalizando en «las dos culturas» (ciencias y humanidades) de la conferencia homónima de Charles Percy Snow. No negaré que la separación es utilísima: centrada en identificar los mecanismos de la materia, viva e inerte, la ciencia nos ha ayudado en un sinfín de maneras, y seguirá haciéndolo; por su parte, la poesía es un deleite y una poderosa ampliadora de miras, un «colosal acelerador de la conciencia», como pensaba Joseph Brodsky. Pero, ¿sabe qué? Escuche atentamente Vuestra Alteza a Djuna Barnes: «El amor es la primera mentira. La sabiduría, la última». Y a Maggie Nelson citando un axioma budista: «La iluminación es la decepción última».

Hay un rocío, muy alta señora, que sigue rozando a la ciencia y a la poesía, a veces por igual, a veces no del todo.
¿Qué quiere Vuestra Alteza hacer de él?

2.1. De la metáfora

La ciencia habla con metáforas. Y es su cometido ir perfeccionándolas, es decir, ir destruyendo su pasado. Fíjese en la propia historia científica del átomo, condensada por Simon Armitage:

No existe tal cosa como un átomo. Pero hacia el 400 a. C. había algo parecido a una partícula invisiblemente pequeña, sin dulzura, amargura, ni color, según Demócrito. En el siglo XIX había algo que se parecía a una bola de billar, y en 1913 había algo que se parecía a una maqueta a escala del sistema solar. En 1916 había algo que se parecía al dibujo de una puesta de huevos de hormiga orbitados por media docena de moscas, y en 1926 había algo que se parecía a un blanco desenfocado con zonas exteriores difusas y un centro más oscuro y duro. Y esto es lo que es la ciencia: un refinamiento continuo de la metáfora.

En este sentido dijo Muriel Rukeyser que el universo no está hecho de átomos, sino de historias. Maggie Nelson lo ilustra en otro campo:

Porque el hecho es que los neurocientíficos que estudian la memoria siguen sin tener claro si, cada vez que recordamos algo, estamos accediendo a un «fragmento de memoria» estable […] o si cada vez que recordamos algo estamos literalmente creando una nueva «huella» para albergar ese pensamiento. Y dado que nadie ha sido capaz aún de discernir el material de estas huellas, ni de localizarlas en el cerebro, la manera en que uno piensa en ellas sigue siendo en gran parte una cuestión de metáfora: podrían ser «garabatos», «hologramas» o «improntas»; podrían vivir en «espirales», «habitaciones» o «unidades de almacenamiento». Personalmente, cuando imagino mi mente en el acto de recordar, veo al Mickey Mouse de Fantasía vagando por una lechosa galaxia azul marino atravesada por titilantes estrellas de dibujos animados.

¿También ve a Mickey Mouse Vuestra Alteza?

Refinando sus metáforas, la ciencia orbita las cosas cada vez más cerca. ¿Se posa sobre ellas algún día? Se lo preguntará, de seguro, muy alta señora. Arthur Stanley Eddington le diría que, al menos, la física, no mucho: «[…] la exploración del mundo exterior con los métodos de la ciencia física no nos lleva a encontrarnos con la realidad concreta, sino con un mundo de sombras y símbolos». ¿Lo logra la poesía, sin embargo? Yo no se lo puedo contestar.

Por su parte, las metáforas que la ciencia vierte a la cultura resurgen, naturalmente, en la poesía, y amplían así su repertorio. Aquí, Miguel Rual (España, 1992) toma algunas de la geología:

juntos fuimos un metal pesado
blando blanco azulado
poco abundante

cadmio

uno de los metales más tóxicos
y bellos
en silencio te repito:

juntos fuimos un cristal precioso.

Y yo misma las tomo de la física: «de las superficies siempre / el peso de configurarme / pues yo estoy cansada / yo finjo estar cansada / cansada es el estado fundamental de la materia». Martha Asunción Alonso (España, 1986), también: «Me acuerdo de la forma en que te hablaba sin hablar, / como si la tristeza fuera decibelios». Y Miriam Reyes (España, 1974): «Aliso sobre la mesa el principio de incertidumbre / y encima coloco el humus y el pan». En Estefanía Arista (Tijuana, 1995) se escucha la química: «a ciertos cuerpos la vida los invade / como si el alma tuviera ansias / de habitar el calcio endurecido», y en Ruth Llana (Pola de Siero, 1990), la medicina: «el mar de este sueño fue una vez blanco / ahora habita un territorio múltiple y amarillo / nieve de sangre granulada en miedo y carcinomas».

2.2. Del método

Vuestra Alteza, de la misma suerte podríamos argumentar que la poesía es una disciplina experimental, como la ciencia, por emplear un método similar: a la formulación de hipótesis sigue una comprobación empírica que, de resultar fructuosa, culmina con la entrega de un producto (el poema). Esta manera de trabajar propia de la investigación científica la atribuye Octavio Paz así a la poesía:
[…] arranca [las palabras] de su medio natural, el lenguaje diario, las aísla…, las reúne o separa y, en fin, observa y aprovecha las propiedades del lenguaje, como el investigador las de la materia. La analogía podría llevarse más lejos.

Llevémosla más lejos, muy alta señora: ¿no comparten, asimismo, la ciencia y la poesía una vocación de precisión? Formular un enunciado científico, o una fórmula, ¿no requiere del mismo estado meditativo en el que se formula un verso? ¿Ese estado en el que la mente sujeta un objeto transparente con sus yemas, y lo mira, y lo mira, primero desde un ángulo, luego desde otro, y deduce de este modo cuál es la codificación que más se le aproxima?

2.3. De la imaginación

Para «ver más allá de lo visible», como sabe Carlo Rovelli, la ciencia y la poesía deben valerse de la imaginación. Y una vez esta ha abierto nuevas posibilidades en cualquiera de los campos, el otro se nutre de ellas en un trasvase inexorable.
Deje, Vuestra Alteza, una nueva vez, que Simon Armitage le transmita cómo la poesía ha alimentado la imaginación científica a través del tiempo, no siempre para bien:

La ciencia no llevó al hombre a la luna. Tal vez resolvió la trigonometría, pero fue un sueño poético lo que nos impulsó a los cielos para poner un pie sobre la masa lunar. Pero la ciencia tampoco lanzó la bomba sobre Hiroshima. Fue una visión nocturna poética, una pesadilla de fuego infernal descargada sobre la infraestructura y la carne de una ciudad desprevenida. Y el ego de la poesía levantó el World Trade Center, así como un vistazo suicida al paraíso poético lo derribó de nuevo. Preguntarse si todavía puede existir poesía después de Auschwitz no toma en cuenta el papel que la poesía desempeñó en la visualización de un holocausto.

Por su parte, un imaginario expandido por las teorías científicas permite asimismo a la poesía llegar a lugares nuevos. Los esquemas propios de las distintas ciencias pueden aplicarse, desde la poesía, a un sinfín de realidades, y esto no trae consigo sino una proliferación maravillosa de horizontes inéditos. Preste oído, muy poderosa señora, a la relación que sigue. Laia López Manrique (Barcelona, 1982) aplica el concepto matemático de permutación en su poema «Permutaciones», donde se reordenan continuamente las mismas palabras e imágenes para generar nuevos significados, y Mercedes Folgueira (Avilés, 1983) rescata el concepto matemático de fractal en su poema homónimo para desentrañar la trama de patrones que se repiten en la vida. Laura Rodríguez Díaz (Sevilla, 1998) acude igualmente a las matemáticas («yo solo creo solamente en / sucesiones infinitas de ficciones / es decir / sumas eternas de imposibilidades / es decir / la literatura dios el amor»), junto con Beatriz Rayón (Gijón, 1992):

Nunca quisiste saber calcular
probabilidades y estadísticas y
sobre todo no querías sobre todo
saber medir de forma exacta,
[…] No querías
saber medir porque saber
significa limitarnos las acciones.

El arco de David Aceituno (Badalona, 1977) dispara estas tres flechas matemáticas (cuidado, Vuestra Alteza): «Cada uno de nosotros podría representar un ángel o no: / mejor un ángulo», «de manera que la suma de los ángeles», «despejara la incógnita del primer interlocutor». Por su parte, Eduardo Fariña Poveda (Santiago de Chile, 1982) toma el concepto físico de agujero de gusano para construir un poema, «Agujero de gusano», que acaso lo pudiera encarnar por sí mismo: «La posibilidad teórica de que el poema quede atrapado por su propia gravedad / Hace pensar a la Vía Láctea que ella misma es un agujero de gusano». Fran Fernández Álvarez (Oviedo, 1992) llama a la física también, originalmente en lengua asturiana:

la señal viene
escrita por su periodo
y su longitud de onda

[…] algunos milagros forman
parte inherente
del espectro de radio.

[…] la génesis
complementaria
tiene naturaleza
corpuscular.
se hace con las manos.

En Sergio Fanjul (Oviedo, 1980) se lee teoría de la información: «El hemisferio norte no tenía secretos para mí: / las constelaciones / representaban códigos binarios / que iban saliendo de mi cráneo». ¿Y qué sucede cuando se aplican procedimientos físico-químicos al lenguaje, Vuestra Alteza? Verbigracia, estos versos de María Domínguez del Castillo (Sevilla, 1997):

Esa palabra es:

(I) La sustancia de mayor densidad reunida abajo.
(II) El medio líquido del que se separa.

Por tanto, el centrifugado² es una abstracción:
tan solo constituye un recurso retórico.

²La palabra
no
puede separarse de sí-misma³.

³La materia-agua del lenguaje.

Muy poderosa señora, sí, la ciencia y la poesía son compañeras de ensanchar imaginarios. Y libertad.

2.4. Del léxico y otros asuntos

La ciencia y la poesía toman préstamos la una de la otra. Piense, Vuestra Alteza, en los «puentes de hidrógeno», los «agujeros negros», el «Big Bang», el «homo sapiens», la «danza nupcial» de las abejas, el «caballito de mar». Así también la poesía se sirve de términos científicos que, lejos de sonar antipoéticos, pueden lograr una belleza fundada en la tensión entre extrañeza y cotidianidad. Vicente Monroy (Toledo, 1989) escribe: «hay flujos en tu rostro de adivinaciones magnéticas», junto con David Refoyo (Zamora, 1983): «Las líneas de alta tensión atraviesan los campos. / Ecos energéticos de propiedad privada», y María Beleña (Valencia, 1985): «una turba continúa en el bancal. Combustible de carbono. órgano pardo. pilar que hace bullir la fronda. quiere de sí. fueron tantas las punciones de chumbera que se hizo inevitable la migración». Pablo López Carballo (Cacabelos, León, 1983) precisa: «Explicar / las cosas como se ven, con mano óptica», y Mayte Gómez Molina (Madrid, 1993): «Un narval o un recién nacido / son equiparables al acelerador de partículas / Ni un embellecedor en su estructura: / tiene todo / su misión».

No sé, Vuestra Alteza, si la ciencia puede explicar la poesía, pero algunos poemas sí relatan hechos de la ciencia. «El silencio», de Gonzalo Jiménez Varas (Madrid, 1982), retrata el día de la catástrofe de Chernóbil; y el mío, «Canto XII», conmemora el descubrimiento del bosón de Higgs. Otrosí, algunos poemas piensan la ciencia de manera crítica. Es el caso de «Las leyes de la física son un reloj», de Rodrigo García Marina (Madrid, 1996); «Todos nosotros», de Guillermo Molina Morales (Zaragoza, 1983); o «Usted está aquí», de Laura Casielles (Pola de Siero, 1986).

3. Cierre de la relación

Espero que, por la presente breve relación, haya logrado restaurar en alguna medida la unidad que antaño se tuvo entre la poesía y la ciencia. La pongo en manos de Vuestra Alteza como un tierno batido de cacao, una flor helada, una joya mullida, con el más sincero deseo que halle en ella solaz, que continúe promoviendo el acercamiento entre científicxs y poetas, y que se digne otorgar condecoración al que ha sido anteriormente citado, don Gonzalo Jiménez Varas, por la ayuda que me ha brindado en este informe.