
Eduardo Halfon
El ángel literario
Los Tres Editores
158 páginas
Eduardo Halfon rondaba los treinta años cuando tomó la decisión de apearse del camino que había ido delineando sobre una mesa de dibujo para hollar la posibilidad de una vida como escritor. A principios de los noventa había obtenido la licenciatura en Ingeniería Industrial y enseguida consiguió empleo en una empresa de construcción. Lo que estaba previsto, lo sensato, era que continuase desarrollando esa profesión técnica, respetable, bien remunerada… pero hacia finales de la década medió un impulso a contrarrazón que lo arrojó a la creación literaria. Desconcertado sobre sus propios motivos, inquieto ante la apariencia poco cabal de su decisión, Halfon se lanzó a indagar esa extraña fuerza que tiraba de él y, de forma más amplia, acabó tratando de comprender qué lleva a una persona a consagrar su vida a la literatura.
El ángel literario (2004) es algo así como un cuaderno de campo de esa labor. En sus páginas leemos al autor guatemalteco perseguir una respuesta a través de seis cuentos en los que ficciona ese «primer golpe» que convirtió en escritores al niño visionario Herman Hesse o al cabeza de familia atribulado Raymond Carver. Pero esos cuentos los atraviesa Halfon con un fragmento de entrevista a Sergio Ramírez por aquí, la narración de un encuentro con Andrés Trapiello por allá, la respuesta de Vila-Matas a un correo electrónico, una llamadita telefónica de Castellanos Moya, anotaciones para escribir un relato sobre la potencia imaginativa de Borges que no se incluye en el volumen…, y también con pasajes en los que un narrador que podría corresponder o no con el autor reflexiona sobre el despertar de su propia vocación y sobre la obra que va construyendo, de la que dice: «estas páginas fragmentadas casi parecen un diario, casi parecen un libro de cuentos, casi parecen una novela, casi parecen una autobiografía».
Esa forma peculiar del texto da medida de lo acuciante que resulta la búsqueda y enfrenta al lector con la inasibilidad de dicha materia. Para intentar entender algo tan huidizo como la «primera inspiración literaria» no basta con fijar la vista en autores tan distintos como Hesse y Hemingway, tan emparentados como Chéjov y Carver, ni basta con uno solo de los géneros textuales que nos han servido para poner orden al pensamiento y establecer causas y consecuencias, sino que es necesario revolverlo todo, mezclarlo todo, y ver si en mitad de tanta agitación podemos presentir esa respuesta sobre la que el libro cierra sugiriendo la imposibilidad de formularla: «Escribo para que me lean, creo recordar que dijo en algún momento Oscar Wilde, aunque tal vez fue André Gide, tiendo a confundirlos y para mis fines poco importa. Pero dígame, señor Wilde, le objetaría yo si pudiese, ¿por qué quiere usted que lo lean? Y el señor Wilde, audaz, monumental, con su genio irónico siempre afinado, probablemente me respondería que quiere que lo lean para así poder seguir escribiendo».
Los riesgos compositivos que asume Halfon en esta obra no solo resultan pertinentes, sino que vuelven tensa y estimulante la experiencia de lectura, tanto más si el lector ha conocido al escritor a través de sus obras más recientes. Y es que al menos de Monasterio (2014) en adelante, uno tiene la sensación de que el centroamericano ha abandonado —un poco, al menos— la búsqueda formal para replicar una fórmula más contenida y convencional, también más redonda. Ahora bien, no me gustaría que se malinterpretase este apunte como un reproche, no solo porque la fórmula narrativa con la que ha dado Halfon es muy propia y alumbra libros maravillosos, también porque hay algo particularmente interesante en esos autores que construyen su bibliografía escribiendo una y otra vez el mismo libro, que a partir de cierto punto dirigen su búsqueda literaria hacia el interior de su propia literatura. Como Patrick Modiano, como Annie Ernaux. Así Halfon.
De ese mismo libro que en cierto modo son Signor Hoffman (2015), Duelo (2017) o Canción (2021) se aprecian ya en esta obra algunos rasgos: la búsqueda de uno mismo en las figuras que lo anteceden, la difusión de la frontera entre lo ficcional de lo factual, la manera de entender el yo en el texto literario… quizá también el retrato algo idealizado de la vida del escritor. Entonces, ya no solo por el valor del propio texto, sino también porque permite entender un poco mejor la construcción de su autor, la reedición de El ángel literario es motivo de celebración. Y es que a pesar de que este libro salió finalista del Premio Herralde de novela, a pesar de que Eduardo Halfon se ha convertido en uno de los autores imprescindibles de la narrativa contemporánea, resultaba imposible encontrarlo en librerías desde hace demasiado tiempo.