
Andrés Cota Hiriart
Fieras interiores
Random House
252 páginas
Fieras interiores es el quinto libro del autor mexicano Andrés Cota Hiriart, que es zoólogo y divulgador, y profesor de narrativa en la escuela de cine. Sabe de animales, sabe de escritura y proviene de una insólita familia de excéntricos. Con su libro anterior, Fieras familiares (Libros del Asteroide, 2022) se agotaron las alusiones a Gerald Durrell.
Ahora llega un libro nuevo, Fieras interiores, en Random House, que no es sobre animales con los que el autor mantenga una relación voluntaria, sino sobre parásitos. Y contiene personajes arrebatadores, monstruos temibles, escenas de congoja y de risa, ciencia, especulación y lenguaje literario. Nada falta. Y sin embargo, no termina de saciar el apetito de un lector de novelas, como si el libro hubiera parasitado una colección de narrativa con un artefacto que responde a otra fórmula. Ojo, no es tan feroz esta frase como aparenta, porque, según se desprende de la lectura del libro, la mayoría de los parásitos tienen mucha peor fama de la que merecen. Todos somos, en gran parte, nuestros parásitos. No solo por poeta a Whitman le habitan multitudes.
El libro de Cota Hiriart tiene una tesis, pero no lo es; es un ensayo en parte autobiográfico y en parte divulgativo. Es un libro muy mestizo, y es antipático tener algo contra este rasgo, o lo es echarle en cara precisamente eso. El reproche que le cabe tiene más que ver tal vez con el peso de cada uno de los elementos que lo conforman, de las energías (autobiográfica, divulgativa, científica) que lo impulsan. La hipótesis científica que Fieras interiores defiende es sugerente, pero (según nos confirman neurocientíficos consultados) está por comprobar. A saber: propone que la esquizofrenia, o al menos algunas versiones de esa terrible dolencia mental, está producida por la toxoplasmosis, una enfermedad provocada por un parásito que vive, idealmente, en el intestino de los gatos y que de ahí pasa a los humanos. Y para Cota la hipótesis es importante y urgente porque a su abuela, Tita, «la diagnosticaron con esquizofrenia alrededor de su cumpleaños número 52, y desde ese momento el velo de la locura se postró en la familia». Explicar la enfermedad de su abuela es la luz que alumbra dentro del libro, como el haz de una linterna que destella y brinca en la copa de un árbol frondoso.
Y el libro de Cota es frondoso y tropical como el jardín de la casa familiar que evoca, en el centro de Coyoacán: «una mansión en verdad, con jacarandas, truenos y liquidámbares arbolando el extenso jardín, patios húmedos y oscuros decorados con fuentes y figurillas arqueológicas, terrazas secretas llenas de musgo y bibliotecas en las que se escuchaban pasos; un pequeño palacio trastocado, cuyos gruesos muros de piedra fueron convirtiéndose de a poco en un fuerte para resguardar la naturaleza inestable que pulsaba en su interior».
La casa es un organismo, claro, y está parasitado.
El libro empieza con una roncha, al principio inexplicable, en el plexo solar del autor. No es una picadura normal porque no responde a los tratamientos habituales. En cambio, crece, se endurece, se calienta, y a los pocos días empieza a salir de ella un surco rojizo como un latigazo que produce un picor salvaje en su sinuoso viaje hacia la espalda. Resulta que es el gusano del sushi cavando un túnel bajo su piel: el autor padece gnatostomiasis. Este es el espectacular arranque de un museo de horrores parasíticos, inquilinos corporales, polizones orgánicos, tripulantes anatómicos, morfologías aberrantes… los sinónimos de los bichos en Fieras interiores buscan alcanzar las fabulosas cotas de los bichos mismos.
Vivimos en una época que busca la perfección corporal, funcionalidades extremas, las mejores versiones de nosotros mismos. En esa búsqueda, se nos anima a cultivar la microbiota que vive en nuestro intestino (¡nuestro segundo cerebro!) y vemos diagramas explicativos de esas entrañas pensantes como si fueran un blanco ejército que vive de yogures. En este sentido, se agradece el contraste con los bastos dibujos caseros que el autor coloca al principio de cada capítulo para explicar los ciclos vitales de los parásitos. (Lástima que no sean fáciles de leer ni de interpretar: letrillas de ratón, flechas circulares, dibujillos pequeños, un problema más de edición que de destreza.) El caso es que, en realidad, la microbiota no es un limpio ejército, sino una bola de bichos: dos kilos de criaturas feroces, más de cien billones de individuos, en cambiantes equilibrios: «Los parásitos superan a los especímenes de vida libre en una proporción de cuatro a uno. Dicho de otra forma: el estudio de la vida corresponde, en su mayor parte, a la parasitología».
Esta abundancia anima a Cota Hiriart a verlo todo bajo el prisma de la parasitología. El embarazo de su pareja, Ana Jacoba, por supuesto, se narra como una forma de parasitismo, en el que un organismo depende por completo de otro, del que se alimenta y al que transforma. Al mismo tiempo, el embarazo es una etapa en la que hay que tener mucho cuidado con los parásitos, como sabe cualquiera que haya tenido que pasar los nueve meses muy atenta al embutido, al pescado fresco, al queso sin pasteurizar y a no jugar con gatos callejeros. Todo esto es por miedo al toxoplasma, esa enfermedad que durante tanto tiempo se ha creído inocua pero que podría estar detrás de la esquizofrenia. Y no solo: también «el déficit de atención, la predisposición a desarrollar adicciones y ciertos rasgos de conducta y alteraciones de la personalidad que resultan poco favorables, cuando no directamente fatídicos».
Estos rasgos indeseables de la personalidad son sospechosamente contemporáneos, el centro de los miedos de muchos padres, diagnósticos que se reparten entre niños que antes eran solo revoltosos. A Cota le interesan porque su abuela estaba loca (él usa el término con el mayor afecto posible; aquí también lo usamos así), y tener un antecedente de locura por supuesto te predispone a la alerta respecto de las explicaciones que la locura pueda tener. Y encontrar una que engarza con su pasión por la fauna le produce tal estallido cerebral que de esa onda expansiva surge el libro. Pero la felicidad de ese choque, su potencial de sugerencia, no basta para que demos validez a la hipótesis. Resulta una hipótesis poética, semántica, una teoría que se explora en palabras, no en ciencia (el autor explica que la teoría está «en vías de investigación y ampliación estadística»). En ese desequilibrio entre la literatura autobiográfica y el ensayo científico en defensa de una hipótesis muy compleja (el protozoario sería catalizador de una infección que desencadena la dolencia en quienes tienen ya de entrada predisposición genética…), esta reseñista no llegaría a decir que naufraga el libro, pero sí un poco los lectores: de qué está hecho este libro, para qué sirve, dónde hago pie. ¿Por qué dedica tantas páginas a hablar de hormigas zombis, si lo que aquí interesa es la historia de una familia aquejada de un terrible mal?
Porque lo cierto es que hacemos pie sobre todo en la historia familiar. La feroz abuela Tita, que le susurra salvajemente a su nieto, el autor niño, que el mundo se va a acabar. La ternura del abuelo, que siempre cuida de su mujer, en esa casa enorme en la que nunca renuncian a quererla, a pesar de que, en las delirantes comidas familiares, es capaz de sacar a cualquiera de sus casillas, de tener visiones pornográficas y describirlas a gritos, o de clavarle un tenedor en la mano a quien moleste. Al final del libro Cota Hiriart incluye fotos fascinantes de su abuela antes de la esquizofrenia: una señora elegante, viajera, de meriendas de sociedad, guantes blancos, actos benéficos. Que además tuvo varios hijos. El mayor, un niño albino, el Güero, que, a la mayoría de edad, se empezó a teñir el pelo para disimular su condición. Y que, para cuando lo conoció el propio Cota Hiriart, vivía alcoholizado, obsesionado por los toros y por la edad de oro del cine mexicano.
Queda claro que la locura se comió toda la felicidad de la abuela, mermó la del bondadoso abuelo, y contagió al hijo. «Como el famoso problema de los tres cuerpos vuelto nodo familiar. Con el trío de astros al centro: el ingeniero, el albino y la esquizofrénica; el ancla de un sistema planetario de mecánica orbital complicada, en cuyo campo de acción girábamos el resto de satélites del clan siguiendo ciclos medio impredecibles».
Este sistema planetario es más asombroso, más rico, matizado y sorprendente que la hipótesis poético-científica que defiende el libro sobre el origen parasítico de la esquizofrenia. Es un mundo fascinante, trágico, cómico, tierno, salvaje, desolado, materia novelesca de extraordinaria calidad… a la que la teoría parasítica parasita. ¿Cuál es el objetivo de un parásito? Sobrevivir. Tiene un ansia, una pulsión, pero no es un personaje sino un monstruo: el mal, el enemigo. Puede maravillarnos la variedad de su naturaleza, deleitarnos la variedad de sus formas, llenarnos de espanto su capacidad para destruir a su anfitrión, hacerlo zombi, dominarlo, matarlo… pero no nos despierta ninguna simpatía.
Da la sensación de que Fieras interiores, que es hábil en su prosa, profundo en sus ideas y está lleno de entusiasmo, funciona como un tratamiento potente y eficaz para males que no padecemos.