Patricio Pron
En todo hay una grieta y por ella entra la luz
Anagrama
302 páginas
POR RODRIGO FRESÁN

¿Será lícito el iniciar reseña de libro con larga parrafada textual del libro en cuestión? Nunca me pareció lo mejor o lo más pertinente; pero es de esas clases de certezas que existen para ser ignoradas si de lo que se trata es de una ocasión excepcional. Y esta lo es. Y —antes que nada y después de todo— se sabe que Patricio Pron (Argentina, 1975) es uno de los escritores en actividad más no-a-ciegas citables. No hay página suya que no sea digna de, al menos, un par de subrayados o de unos cuantos signos de admiración en los márgenes de su elegante a la vez que deslumbrante fraseo. Y es así como en En todo hay una grieta y por ella entra la luz (título que viene de Leonard Cohen, pero atribuido también a muchos otros en múltiples variaciones), página 13, se lee esto: «Un libro. Mejor que todos los que yo había publicado hasta ese momento por cuanto todavía no lo había escrito; aún no había sido estropeado con palabras y con el uso privado –parcial y potencialmente erróneo– de una lengua compartida. Un nudo inopinado en la trama de lo real que terminaría siendo tan real para otros como lo era para mí, que todavía no había comenzado a tejerlo. No era necesario, aún: si esa tarde yo hubiese extendido una mano bajo la luz metálica del cementerio, habría podido tocar mi libro; así de cerca sentía que estaba». Y, página 38, esto otro: «Uno debería desarrollar un método de escritura de excepcional eficacia que pudiera ser puesto a prueba en las circunstancias más difíciles y a continuación tendría que abandonar ese método y concebir otro, que, después de demostrar su valor, también debería ser dejado de lado: sólo así los lectores tendrían –a cambio del temblor del reconocimiento, que siempre es fugaz– la satisfacción de saber que el escritor que han estado leyendo sigue intelectual y emocionalmente vivo, que continúa buscando algo y que, de ese modo, tiene más posibilidades de encontrarlo que si no lo buscara. No importa si el escritor se pierde intentándolo, ya que existe la posibilidad de que, al hacerlo, tropiece con algo más que los pequeños elogios inconsecuentes y las descripciones parciales de su trabajo que conforman –a ojos de todos, incluso de él mismo, a partir de cierto momento– lo que ese escritor es; por más agradable que todo ello sea, su efecto es devastador, por cuanto puede llevar al escritor a pensar que tiene una identidad y que debe serle fiel en lugar de recordar que se escribe para escapar de todo intento de definición, para conformar un espacio de indeterminación y de posibilidad que –acompañado, desafortunadamente, por el nombre del escritor y su rostro y una suma de otros rasgos superficiales– permita ser habitado durante algún tiempo. Un libro, todos los libros, es ese tipo de espacios…».

Y dicha la teoría, hecha la práctica. Y, sí, En todo… es un libro (des)organizado a partir de la multiplicidad polimorfa y perversa de ese tipo de espacios. Y Pron es el tipo —ese tipo de escritor espacial— que desarrolla el perfectamente orientado método de perderse para así poder encontrarse para que quienes lo siguen y lo leen puedan experimentar ese «temblor del reconocimiento» ante lo escrito. Eso que, a su vez, es el reconocimiento de y a Pron como escritor que se ha convertido en el maestro del devaneo elíptico y la sinapsis casi mística, la perfectamente capturada libre asociación de ideas, y la invocación controlada de epifanías muy privadas que de pronto alcanzan la intensidad de lo universal.

Así, en fondo y forma de díptico, En todo… continúa el camino de su anterior La naturaleza secreta de las cosas de este mundo (2023) pero —como bien precisó Nigel Tufnel, guitarrista de Spinal Tap— aquí con el volumen de su amplificador Marshall no a 10 sino a 11.

Y aún así, la novela no suena a vulgar y pirotécnico estruendo heavy sino a la más nocturna música de cámara con súbitos crescendos sinfónicos. Sus solos son impecables. Su trama —marca de la casa— es difícil de silbar pero no por eso dificultosa de seguir. A esta altura de su trayectoria —no sólo en sus novelas, también en sus cuentos y tesis— está más que claro que Pron es un flâneur-voyeur. Alguien que camina con los ojos o ve yendo y viniendo entre el malabarismo y el equilibrismo (y, aquí, entre la compulsión acumuladora de los hermanos Collyer y la articulación espiritista de las hermanas Fox). Un enumerador de la escuela de Roberto Bolaño y siempre listo con listas de calles, museos, cines, sueños, cementerios y desconocidos a reconocer. Y un estudioso de vivos con modales forenses. Un coleccionista de una sucesión de «acontecimientos» que, una vez sucedidos, no dejarán de sucederse como en un canon creciente y decreciente de ecos yendo del susurro de la persona amada al aullido por el daño en el propio cuerpo y la pena por el duelo de otro. «Va a doler», se nos advierte.

Y los territorios por los que duele pero da placer ya son, también, parte reconocible del Mondo Pron. Una Alemania académica. Una entrópica y funeral *osario (su argentina Rosario natal siempre en proceso de desmantelamiento). Y una tan alucinada como alucinante y nada lugar-común Nueva York —que «suele generar en quienes viven en ella la impresión errónea de que se extiende por todo el orbe»— retratada en pose post-covidiana y enfebrecida por la segunda venida del lupino y feroz Trump; y en la que el autor pasa un tiempo en modo fellow de biblioteca con leones en la puerta para dar a luz a una biografía del oscuro y bendito maldito Benjamin Fondane: surrealista abstracto y director de película perdida y exterminado en Auschwitz. Y está el (des)amor de la bella y hermosa cartógrafa celestial Wiebke Zimmermann (una y otra de esas muy pronianas mujeres fatales y fatalistas, cruza entre sirena y musa, entre eclipse total y agujero negro) y su madre (que camina desde Berlín hasta San Petersburgo como rito de exorcismo familiar). Y una reflexión sobre el alcance de lo falso de la realidad y lo esquivo de las más verdaderas —en el sentido de más auténticas y sinceras— ficciones. Y las notas al pie de rodillas y concéntricas con tipografía menguante y creciente complejidad. Y lo político y lo tachado y lo histórico y lo reescrito (recursos todos inequívocamente pronísticos). Y la relajada tensión entre el ensayo de lo ensayístico y la más práctica teoría de la anécdota con destellos de extranjería patriota à la Ricardo Piglia. Y la armoniosa y cuidadosamente instrumentada manía referencial y los amorosos hurtos que (a diferencia de los del más crepuscular Bob Dylan, uno de los héroes de Pron) aquí son siempre reconocidos y agradecidos. Apellidos que en más de una ocasión funcionan como salvavidas para no ahogarse en las ciénagas de «lo virtual» y que así no arda y se extinga y caiga el último telón de ese virtuoso «teatro de la memoria». Finalmente y en principio, En todo… es un tratado acerca de cómo reanimar lo inanimado. Un artefacto sala de máquinas-almacén de atrezzo-manual de instrucciones-modelo para (des)armar y puzzle del que no se nos facilita previamente la caja con imagen terminada en su tapa. Y, de acuerdo, el texto de presentación en las espaldas de En todo… invoca a W. G. Sebald (a celebrar y agradecer el no haber caído en la ya burda tentación de insertar fotitos) y a Sigrid Nunez y Rachel Cusk; pero a mí se me hace también evidente un cierto aire —más romántico y vintage— al Joseph Mitchell de El secreto de Joe Gould, a la memoir iniciática de Paul Auster en La invención de la soledad y en su trilogía neoyorquina, y a la Lorrie Moore experimental de (título pronero si lo hay) Si este no es mi hogar, no tengo hogar.

Y, cuando todo parece enhebrarse en lo lejano y ajeno, un fabuloso zorro en fábula ancestral-nacional da un nuevo e íntimo sentido natural a todas las cosas a evocar del universo del narrador.

Pron es un escritor inolvidable porque en sus libros parece recordarlo todo. Y es un escritor que piensa antes de escribir y mientras escribe (lo que parecería la más obligatoria de las obviedades pero, créanme, hay cada vez menos escritores que entiendan esto como el más inevitable y primero de los deberes y responsabilidades) a la vez que obliga/ayuda a pensar mientras se lo lee para lograr que todo eso se inscriba como el más indeleble de los tatuajes en la mente del lector.

Y sí, otra cita (pág. 26): «Nuestra relación con los libros que amamos es compleja: adquiere formas que van del temor a volver a ellos –que otorga a ese amor el carácter de una renuncia– hasta su revisión frecuente y su inscripción en el cuerpo». Y una más (pág. 61): «Una opinión no muy extendida –pese a haber sido formulada por las mejores mentes, y no refutada nunca– postula que la importancia de un acontecimiento no radica en el modo en que se ha producido, sino en la manera en que –repitiéndose en la memoria, en el futuro– nos impondrá su presencia hasta hacérsenos ineludible. Esta es la razón por la que deberíamos temerle a todo incidente, y evitarlo. Una vez que nos haya sucedido, continuará haciéndolo por el resto de nuestra vida; y siempre será el mismo, y a la vez, uno radicalmente distinto, en una indefinición de la que extraerá toda su fuerza disruptiva. Ninguna tecnología –excepto la escritura, quizá– puede devolvernos la candidez que lo precedió, y fijar el acontecimiento está más allá de las fuerzas de cualquiera».

Descripción parcial entonces: qué bueno y qué amable es el nuevo libro de Pron. Y qué buenos amantes tienen que ser los lectores de los que necesita y que se lo merecen. He ahí el dilema a resolver…

Mientras tanto y hasta entonces (con otro título largo que tal vez, algún día, todos juntos se ordenen en un último mensaje y revelación definitiva) Pron vuelve y devuelve. Y lo hace con un libro intelectual y emocionalmente vivo y mejor que todos los suyos. Libro que en principio siente tan cercano y que, sin aún haberlo escrito, siente que puede tocar y es este libro tan fiel como escapista que sostiene el lector y sostiene al lector.

Un libro, todos los libros: ese y este tipo de espacios.