Eduardo Halfon
Duelo
Libros del Asteroide, Barcelona, 2017
112 páginas, 13.95 € (ebook 7.99 €)
POR JAVIER SERENA

 

El último libro de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), Duelo, se inserta en el proyecto conjunto que ha desarrollado en algunas de sus publicaciones anteriores, como El boxeador polaco, Saturno, Signor Hoffman o Monasterio, en las que indaga en su identidad y sus orígenes a partir del material biográfico. Un libro, Duelo, en que la exploración en la memoria personal y familiar se presenta como mecanismo para vencer la sensación de extranjería del autor, que parece buscar referencias concretas entre sus raíces caracterizadas por la diversidad.

Duelo es un título engañoso, pues, aunque se trata de una narración construida a partir de referencias biográficas del autor, no hay aflicción ni deudas pendientes en torno a ninguna persona fallecida próxima a él, hasta el punto de que el personaje que se evoca como elemento central para articular el discurso y desatar los recuerdos es alguien al que el narrador ni siquiera conoció: el hermano mayor de su padre, cuya muerte siempre se le presentó envuelta en misterio. El libro no está escrito, pues, como forma de luto u homenaje, sino que parte de la anécdota de aquel familiar lejano para escarbar en sus propios orígenes. El trabajo de reconstrucción de esa figura desvaída será el pretexto que servirá a Halfon para insistir en la obsesión que late en otros textos suyos: la labor de búsqueda de rastros verdaderos entre la experiencia propia y familiar y la inevitable relación entre sucesos del pasado y el presente.

Duelo presenta, además, rasgos formales característicos de otros libros anteriores del autor. Es, a la vez, una novela muy breve, de un centenar de páginas, pero en la que se suceden multitud de secuencias intensas y concisas, de tal forma que, pese a su extensión limitada, es rica en anécdotas y episodios. A partir de una serie de fragmentos en los que se alternan tiempos narrativos distintos, superpuestos por la asociación de unos recuerdos con otros que no siguen una trama cronológica, Halfon combina estampas de lugares y épocas diversas: viñetas de su infancia en Guatemala y Nueva York, conversaciones, escenas familiares que vuelven a su memoria cargadas de un significado nuevo, o el regreso a la finca familiar del lago Amatitlán donde le dijeron que murió su tío y el encuentro con Isidoro, el viejo guarda de la casa que parece ser el único elemento superviviente al tiempo («Un mueble más», dice el narrador de él, al haber sobrevivido a la venta de la propiedad y al cambio de dueños). Además, Halfon desarrolla otra vez en Duelo su escritura característica, exacta y limpia, atenta al detalle, pero sin renunciar a la expresividad, en escenas que destacan por la capacidad sensorial del autor para representar atmósferas y situaciones.

Pronto se revela que la muerte de su tío Salomón es un tabú familiar, un asunto sobre el que existen testimonios contradictorios y sobre el que cae la prohibición de hablar y escribir, una prohibición que, sin embargo, funciona para Halfon como acicate para la investigación. Ese desenmascaramiento del relato oficial, la falsa leyenda con que se explicó aquel accidente de su tío durante años, da la impresión de representar al mismo tiempo la incertidumbre sobre la identidad propia y la imposibilidad de conocimiento pleno del pasado del que provenimos y de cuya corriente participamos.

Halfon enumera sus orígenes mestizos y nómadas como un motivo que justifica el continuo examen de su identidad. Nieto de un abuelo libanés y otro polaco, descendiente de la diáspora judía, nacido en Guatemala, aunque han vivido tanto él como otros familiares suyos largas etapas en Estados Unidos, sus raíces se singularizan por su dispersión y su heterogeneidad, una mezcla de tradiciones culturales y religiosas que acentúan la sensación de extranjería y motivan su necesidad de búsqueda.

Que el libro no se enmarca en otras narraciones de duelo, y que no hay una indagación en la personalidad de su tío (que, al fin y al cabo, murió de niño), sino que es un punto de partida para la exploración en el pasado y presente del autor, se observa en la composición de Duelo, que no tiene la expresividad catártica de otras narraciones escritas en recuerdo de alguien con quien el autor tenga vínculos profundos. Además, pese a desarrollarse en torno a la investigación de una muerte oscura y enigmática, también se trata de un texto alejado de los señuelos de un relato criminal y en el que prima el interés por aquellos asuntos que apelan a la memoria más íntima del narrador.

Duelo es, pues, un particular viaje hacía sí mismo que ya ha ensayado Halfon anteriormente. En la exploración del rastro del tío desaparecido, al desplazarse hasta el lago Amatitlán, sólo en las páginas finales y en una visión alterada de la realidad el narrador descubrirá que éste no murió allí, sino en un hospital de Estados Unidos, desatendido de los abuelos, y, tras aquel hallazgo, parece concluir que no hay certezas fiables a las que aferrarse. Ese engaño es revelador de la condición poco fiable de la memoria: tras toda una vida convencido de que su tío había muerto en aquel mismo lago en que él jugó de niño, entenderá que sus recuerdos se habrían levantado sobre andamiajes falsos, y esa incertidumbre sobre aquel pilar central apuntará la dificultad para aprehender la identidad propia, para saber quién es uno y de dónde viene, lo que lo obliga a bucear en acontecimientos ya lejanos cuyo significado sólo logra descifrar años después.

Todo el libro está atravesado, además, de un componente mágico que intensifica el carácter incierto de cualquier testimonio. Hay una recreación fabulada de la emigración familiar («El abuelo llegó volando en alfombras», se dice, en la explicación infantil que se dio al éxodo judío) y, a esas fábulas históricas, se unen otras narraciones fantasiosas, como las de algunas prácticas de Isidoro, de quien se cuenta que se introduce bajo las aguas del lago en busca de restos arqueológicos de los habitantes primigenios de la zona, de tal forma que, en el discurso del narrador, la mitología que lo rodea y la memoria falsa y verdadera se confunden en un sólo relato en que es difícil encontrar certidumbres. Esa dificultad se debe, en buena medida, a la condición itinerante del narrador. Por ejemplo, por el hecho de que la primera vez que cuente la historia de su tío fallecido sea en su infancia, en inglés, con una lengua extranjera interpuesta entre sus palabras y los acontecimientos narrados, como si hubiera siempre una capa que lo distanciara de la verdad.

Los continuos viajes y desplazamientos que se producen entre los distintos fragmentos que componen el libro no son sólo geográficos, sino también temporales. De ahí que, partiendo de una visita a la vieja finca familiar, ya adulto y movido por el interés hacia aquel territorio prohibido del tío muerto, haya viajes en la memoria hacia la infancia o la adolescencia, o visitas reales a otros espacios fundamentales para entender los orígenes de la familia, como al campo de concentración del que huyó su abuelo, donde, en otra prueba de la confusión en que se mueve habitualmente el narrador, descubre que su nombre estuvo mal inscrito en los sórdidos registros burocráticos.

Con sus desplazamientos y el progresivo desciframiento de enigmas, el texto avanza hacia una revelación final, aunque ésta esté atravesada de dudas y sombras. Esa revelación vendrá por medio de una hechicera que, antes de facilitarle las claves familiares que busca, lo informará de que aquel lago Amatitlán en que pasó tantos días de la infancia sí sepultó varias vidas jóvenes. Niños muertos en accidentes de navegación, niños asesinados o víctimas de la guerra, en una trepidante sucesión que crea una atmósfera del horror y la locura (y que, de algún modo, aunque de manera sintética y menos brutal, pero igualmente siniestra y trepidante, puede recordar a las páginas centrales de 2666, de Roberto Bolaño, en que se da cuenta de los cientos de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez).

Sin embargo, será posteriormente cuando el narrador alcance la iluminación sobre aquel antiguo secreto familiar, después de tomar el brebaje que le prepara la mujer chamán. Así que, una vez más, tras el vértigo de la introspección provocada por la droga, descifrados los jeroglíficos de la memoria y las pruebas acumuladas en su labor de investigación, la verdad con que tropieza seguirá siendo ambigua: alucinado por la droga será como sepa que su tío murió en un sanatorio, ajeno a los cuidados familiares, y que por eso dejó una larga sombra de culpa y de vergüenza en todos ellos, hasta el punto de que, al reparar que su abandono fue tan grande que lo enterraron en un cementerio general, el abuelo hará un viaje para darle descanso en una necrópolis judía. De modo que, al despertar y recobrar la conciencia tras la fiebre y aquella inmersión en el subconsciente distorsionado, habrá llegado tan lejos como parece posible en su exploración de la historia triste de aquel familiar muerto, aunque aun así todo aquel pasado quede irremisiblemente difuminado.

En Duelo, Halfon, atraído por el enigma de su tío Salomón, rescata otro pedazo de su memoria personal y familiar, en fragmentos cuyo puzle trata de componer para conformar un espejo en que mirarse y alcanzar la imagen verdadera de su rostro, como si se viera a sí mismo como una piedra decantada, fruto de la corriente de sus ancestros y el pasado propio.

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