Pese a todo, una sección de Tres tristes tigres parece apuntar hacia la administración política revolucionaria. Digo, no un capítulo, sino una sección, que es más exacto. Imaginar el trabajo en la novela como si se tratara del proceso de composición de una revista, imaginar Tres tristes tigres como un número del suplemento cultural que le habían clausurado unos años antes. La sección se titula «La muerte de Trotski referida por varios escritores cubanos, años después ‒o antes‒», y quienes se han acercado a estudiarla lo han hecho mayormente intrigados por el esfuerzo paródico de Cabrera Infante, por averiguar las razones que lo llevaron a imitar el estilo de José Martí, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén. Maestros todos de la literatura cubana ‒aunque algunos de ellos no lo fueran en específico de Cabrera Infante‒, constituyen un panteón al cual el parodiador intentaba subirse. Martí, Lezama, Piñera y otros contaban el asesinato de Trotski para encaramar a Guillermo Cabrera Infante a ese panteón. «Parodio no por odio», definiría él en una de sus charlas. Parodiaba, aunque pudiese parecer cruel, por respeto o por admiración, para convertirse en panteón en tanto administraba con sorna aquellas herencias. Parodiaba para convertirse en par de aquellos nombres.

Algunos estudios sobre esas páginas de la novela se han ocupado del tratamiento dado a José Martí. ¿Puede parodiarse lo sagrado?, pregunta esa crítica en el fondo. La cualidad de dios que ha acompañado a Martí, a su vida y su obra, permite que algunos críticos se alarmen. Y, aunque no deja de ser imprescindible atender a los autores parodiados, y está muy bien el calcular las tensiones de Cabrera Infante con Carpentier o reparar en el rango más bien escaso de su admiración por Piñera, creo que sería más interesante preguntar por la elección del episodio del que todos esos autores son cronistas. ¿Por qué el asesinato de Trotski? Casi ninguno de esos autores se habría ocupado de un tema así. Quizás Alejo Carpentier, en tanto novelista histórico, aunque su oportunismo político le habría desaconsejado meterse en ese asunto. Quizás Lino Novás Calvo, que había escrito páginas policiales. Pero ninguno más. ¿Por qué entonces lo que refiere cada uno de esos maestros de la literatura cubana resulta algo tan ajeno a ellos como el asesinato de un hereje del Kremlin? Para mayor gracia de la parodia, podría sostenerse. Para multiplicar la sorna, que no estaría únicamente en el hecho de que Guillermo Cabrera Infante escribiera a la manera de José Lezama Lima, sino también en que José Lezama Lima se dedicara a narrar la muerte de Lev Trotski. La parodia empezaba desde el episodio acordado para esa convocatoria de maestros, desde el momento en que se anunciaba que referirían aquel hecho de sangre. A lo que habría que agregarle el anacronismo de incluir a Martí.

Ramón Mercader, el asesino de Trotski, era hijo de Eustacia María Caridad del Río Hernández, nacida en Santiago de Cuba, de padre santanderino. La familia volvió a España, en la ida y vuelta se hicieron indianos. Madre e hijo formaban parte de la Operación Pato, diseñada por Moscú para eliminar a Trotski, y ya en 1945 Beria, director del NKVD ‒luego, KGB‒ había ordenado a Caridad que se instalara en Cuba. Veinte años más tarde, durante su periodo como diplomático del gobierno revolucionario, Guillermo Cabrera Infante se la tropezó en la embajada cubana en Bruselas. Allí estaba empleada. Otros han dado fe de haberla visto, empleada también, en la embajada cubana en París. La inclusión en la nómina del personal diplomático cubano de la madre del asesino de Trotski, participante ella misma en aquella operación, decía mucho acerca de la naturaleza del régimen que construía Fidel Castro. La Habana protegía a una de las mayores esbirras de Stalin. El temor de los escritores y artistas cubanos a la imposición de un estalinismo sobre la cultura, expuesto por varios de ellos durante las reuniones en torno a la censura de PM, tenía su confirmación en la presencia de la camarada Caridad entre los diplomáticos revolucionarios. Veintitantos años después del asesinato de Lev Trotski, el gobierno de Fidel Castro se sumaba a la Operación Pato, por desmantelada que esta estuviera. Llegaba tarde para la acción, pero se encargaba de los remanentes de ella. Acogía los desechos radioactivos de la guerra estalinista. Existía pues una línea directa, por anacrónica que pareciera, entre la muerte de Trotski y el gobierno revolucionario cubano. La protección oficial de Caridad Mercader venía a coincidir con la ascensión a puestos decisivos habaneros de los viejos militantes del partido comunista, comunistas todos. Cabrera Infante los conocía bien, por haber sido militantes comunistas sus padres. Y en la parodia de Nicolás Guillén iba a incluir el nombre del secretario general del partido, Blas Roca Calderío. Por estrafalaria que pudiera parecer la elección del episodio para todas aquellas parodias, más estrafalario habría sido encontrarse a la madre del asesino de Trotski bajo sueldo del gobierno cubano. Por no hablar, aunque para ello habría que esperar a la década siguiente, del exilio del propio asesino en Cuba.

Incluir la muerte de Trotski en su nuevo libro era el modo de Cabrera Infante de llamar la atención acerca del verdadero cariz del poder revolucionario cubano. En clave, dadas las cautelas necesarias para que el editor Barral publicara su novela. La muerte por asesinato de Trotski se hacía ejercicio de pintura académica cubana ‒la academia, el canon nacional‒ por haberse hecho antes interés del nuevo Estado cubano. Martí, Lezama Lima, Piñera, Cabrera, Novás Calvo, Carpentier y Guillén se convertían, gracias al parodista Cabrera Infante, en testigos de ese asesinato. Todos rashomonizaban entre Cuernavaca y La Habana. Y, deslumbrados por el carnaval de los estilos, los lectores demorarían en reparar en el hecho de sangre, en lo que significaba aquel hecho de sangre para la actualidad cubana. La mayoría de las lecturas de esa sección quedarían entretenidas en el sacrilegio cometido contra José Martí o en la semejanza de dicción conseguida. Tardarían en reparar ‒o no lo harían nunca‒ en lo que estaba en el fondo de la cuestión: el asesinato de la diferencia de pensamiento, el trabajo de la censura. Más esta cuestión tremenda de linajes: del mismo modo que Guillermo Cabrera Infante buscaba hacerse heredero y par de aquellos siete maestros a los que parodiaba, Fidel Castro se hacía heredero y par del maestro Stalin.

Guillermo Cabrera Infante volvió a utilizar su seudónimo, ya no para escribir críticas de cine, sino para firmar guiones cinematográficos. Trabajos que, por lo que he podido ver, no tienen ni por asomo la felicidad de sus viejas reseñas. En la década siguiente a la de la aparición de Tres tristes tigres, el asesino de Lev Trotski fue a refugiarse a La Habana, donde moriría de cáncer. Lo enterraron en Moscú, en el cementerio reservado a los héroes de la hoy extinta Unión Soviética, bajo el falso nombre de Ramón Ivanóvich López.