Durante el año 1961, Cela volvió a los micrófonos de Radio Barcelona de la mano de Soler Serrano y con la serie «El cuento de la buena pipa», que finalizó en el mes de octubre. Los deberes del escritor para con Barcelona crecían de forma exponencial. De modo que quien examine la prensa de esta época se tropezará a menudo con notas como las siguientes: «Camilo José Cela visita frecuentemente nuestra ciudad. Motivan sus constantes desplazamientos desde su residencia mallorquina las grabaciones para Radio Barcelona». «La noche del miércoles, Camilo estuvo en La Masía. Y cuál no sería su sorpresa cuando la orquesta que actúa en dicho local anunció el chachachá de “Los cuentos de la buena pipa”. Es decir, la popular emisión de Cela a través de Radio Barcelona». Son dos noticias del verano de 1961, procedentes de una de las secciones más populares de la prensa barcelonesa, «La fuente de Canaletas», del diario Solidaridad Nacional.

 

III
La historia de Barcelona, la atmósfera y la vida barcelonesas se ofrecen al lector de Barcelona a través de la figura del amanuense y de sesenta y cinco dibujos de Federico Lloveras, gran parte de ellos en color. El amanuense escribe al dictado de su corazón —tal y como Cela advierte en las páginas preliminares— y no le viene mal «el ser gallego y periférico para mejor entender los nada misteriosos esguinces de este caserío abigarrado, tumultuario y prepotente, pero también sencillo, luminoso y con la clave a flor de su rosada piel tradicional».[3] Este amanuense periférico y de pluma sentimental recorre espacios interiores y exteriores de la ciudad con un pulso tierno, emocionado. La edición del libro, realizado con verdadero esmero tipográfico, fue dirigida por un maestro del grabado peninsular, Jaume Pla (1914-1995), colaborador continuado de Cela desde la edición de bibliófilo de Viaje a la Alcarria (1958) para la colección Príncipe don Juan Manuel de las ediciones de Papeles de Son Armadans.

Precisamente, durante la presentación barcelonesa del libro, de la que daba noticia Sempronio en el número del 3 de abril de 1970 del diario Tele-Exprés, se produjo un colofón inesperado: la amistosa discusión entre Jaume Pla y Cela «acerca del dibujo más indicado para figurar en la portada del libro», que, por cierto, fue variando en las sucesivas ediciones de la obra, la primera en Alfaguara y, después, en Noguer. Debe consignarse que la portada de la edición príncipe era una acuarela de la rambla de las Flores.

El artífice del relato, el amanuense, contempla, examina, inquiere y se documenta sobre la historia y la realidad barcelonesas con infinita comprensión y amplia tolerancia. Y lo hace desde una atalaya ideológica que Cela bosquejó en diversas oportunidades; la más próxima temporalmente a la redacción de Barcelona es un breve apunte titulado «Geografía de España», procedente de su colaboración regular en la revista Mundo, iniciada en el verano de 1971 y cerrada un año más tarde. Cela, que agavilló esos trabajos en el volumen La bola del mundo. Escenas cotidianas (1972), escribía:

Los centralistas a ultranza deben hacer examen de conciencia sobre el daño que ocasionan al país con su frivolidad. Con nuestros defectos, los españoles periféricos no somos menos españoles que los mesetarios y nos molesta —y nos preocupa— toda la gama de impolíticas actitudes con que el secano se obstina en patentar lo que no es suyo sino de todos. Repárese en que la fuerza centrífuga de España más se suele causar en el eje que en el litoral. Y piénsese que, para nuestro buen concierto, más peligrosos son los separadores que los separatistas.[4]

 

La simpatía del escritor por Barcelona fue ya advertida por la crítica del momento, que subraya el amor por la ciudad y su capacidad de entenderla y explicarla. A estas coordenadas se refería La Vanguardia Española en una nota del 24 de diciembre de 1970 donde anunciaba la traducción al catalán de la obra, a cargo de Ramon Folch i Camarasa. Valoraciones semejantes se pueden espigar en las páginas de Solidaridad Nacional, Noticiero Universal o Tele-Exprés.

 

IV
El periodista Pascual Maisterra, desde sus habituales columnas culturales en Tele-Exprés, sostenía el 2 de diciembre de 1970 a propósito de Barcelona:

La Barcelona de Cela es un libro que se nos antoja muy trabajoso y meditado, construido con gravedad suma y pensado y escrito con un pie en la calle y el otro en el zaguán de la rara y difícil consulta. No de otro modo podría haber surgido este delicioso guiso confeccionado a base de andadura, imaginación, cifra y dato, erudición y proximidad y otros varios ingredientes aderezados con la sal y el desplante, el humor y el desgarro de ese maestro cabal que es nuestro don Camilo.

 

Barcelona es un libro de creación que amalgama, en efecto, erudición y conocimiento histórico con una mirada atenta y curiosa, que recrea en prosa las fotografías que el mirón ha ido obteniendo. Si el papel esencial de la mirada en La colmena (1951), una de las obras maestras de la historia de la novela española del siglo xx, se justiprecia mejor a la luz de tres artículos magistrales procedentes de La Vanguardia Española —«Con los ojos abiertos» (15 de junio de 1950), «Esa ventana abierta sobre cualquier paisaje» (5 de septiembre de 1950) y el formidable «Elogio del mirón» (15 de octubre de 1952), una poética de la mirada y el signo—, su lectura es conveniente para identificar parte de los quehaceres del amanuense.[5]

En el «Estrambote para saludar a la afición» que cierra el libro, redactado en dos etapas (enero de 1967 y marzo de 1970), Cela, por vía del amanuense, llama al libro «fotografía al minuto de Barcelona», «dibujo de retratista de café que bien lamenta no ser Rembrandt ni Velázquez».[6] Confirma de este modo sus señas de identidad en las Nuevas escenas matritenses, nombradas de inmediato (edición de Sala, Madrid, 1972) Fotografías al minuto. «Los fotógrafos al minuto no hacemos obras de arte; nos conformamos con ganarnos la vida y con comer caliente, al menos un día sí y otro no»,[7] escribe en el «Aviso para descarriados» que abre el libro, mientras en Barcelona, desde el estrambote, sostiene que «su esbozo no tiene más pretensiones ni menos exigencias; tampoco aspira a ser más cosa —ni más ni menos— que haber sabido ser un requiebro a la ciudad en la que nunca se sintió extraño ni transeúnte» (p. 80).

La otra cara de la amalgama procede de una documentación que posibilita encuadrar el lugar, el edificio o el acontecimiento para que la pluma del amanuense saque el mejor partido narrativo y tonal de esos datos de absoluta fiabilidad documental. Los capítulos más largos, como «El puerto» o «La Rambla» son aquellos en los que más pesa la erudición y el conocimiento que Cela ha atesorado para la redacción de Barcelona.

A lo largo de los cuarenta capitulillos de desigual longitud dentro de su concisión, el amanuense, quien en la morfología del libro cumple el papel del viajero o del vagabundo de los libros de viajes —Viaje a la Alcarria (1948) o Del Miño al Bidasoa (1952)— del escritor gallego, se autodefine y muestra alguna de sus actividades de observador de la capital catalana. Así, en el capítulo «La catedral», aparece su condición nunca negada de vagabundo: «Si el amanuense no se cuela en su interior [de la catedral] para contarlo por lo menudo y con palabras de fundamento (archivolta, tímpano, ojiva, arcuación, etcétera), acháquese a que es más bien de inclinaciones errabundas» (p. 16). Andar, caminar, vagabundear por la ciudad son actividades continuas del amanuense. Es espléndido el retrato y sus observaciones de su deambular por «El Paralelo» (pp. 46-50) o por «La Rambla» (pp. 52-57). Idéntica propiedad tienen sus comentarios a propósito de «La feria de san Poncio», en la calle del Hospital, mientras advierte que el amanuense —siempre en tercera persona— «propende a sentimental y luce inclinaciones errabundas por el campo abierto» (p. 62).

En el capítulo «El puerto», el amanuense describe con pericia diversos puertos españoles, porque «tiene para sí que no hay un único ambiente marinero» (p. 24) y, tras una interesante información histórica, se detiene en su mirada: «El puerto de Barcelona es un mosaico de atuendos, de rostros y de conciencias» (p. 28). En la impresión de «El Pueblo Seco» el amanuense compara el barrio con Montmartre, demostrando a la par su buen conocimiento de la actualidad: «El más famoso artista natural de este barrio quizá sea el también cantante, aunque de otro estilo, Joan Manuel Serrat» (p. 45).

El amanuense reconoce que no es sociólogo (p. 65) y que no cree «del todo en las raras artes administrativas que rigen el catastro» (p. 75); en cambio, se siente fascinado por las posibilidades de la mirada y, de este modo, desde las barandas de la terraza del Tibidabo, contempla Barcelona, mirada y perspectiva, cartografía selectiva de una ciudad que vive, que late, en un tapiz que tiene el mar como límite, como frontera:

Todo su naipe abierto a los cuatro palos de la baraja: a la izquierda, la Sagrada Familia y la plaza de toros Monumental; enfrente, el parque de la Ciudadela, la catedral, las Ramblas y la universidad, y, a la derecha, el castillo de Montjuic, el Paralelo, el Museo de Arte de Cataluña y, mismo a la mano, la Diagonal. Desde el Tibidabo, el amanuense se siente, casi como los pájaros, distante, inseguro y atónito frente a Barcelona. Con los ojos cerrados puede oírse el remoto murmullo de la ciudad, su saludable latido bullidor que la distancia acorda en los oídos (p. 78).

 

V
No cabe la menor duda de que el protagonista colectivo del libro es Barcelona (la histórica y la contemporánea), con el aditamento de que Cela se detiene más en sus edificios, calles o plazas que en sus habitantes. Ahora bien, como ya advirtió Sempronio, en su magistral artículo varias veces invocado, Cela «se exalta hablando de Gaudí, del alucinado y místico Gaudí». Efectivamente, si una personalidad destaca por encima de las demás en esta taracea de documentación y mirada, de historia y observación, es Gaudí. Decía Sempronio:

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