2014

Con El cuerpo en que nací, Guadalupe Nettel (1973) también recurre a la escucha psicoanalítica sin acudir a ningún heroísmo de la mente. Novela íntima, hospitalaria, ajena a toda estridencia, reclama que vivamos, posmodernos o no, en la religión natural añorada por Goethe. En un proceso de autoconocimiento que desdramatiza, Nettel, al contrario que Bellatin, hace de un ojo lisiado no una instalación, a fin de cuentas, inmóvil, sino un viaje alrededor de una habitación. Dos años después, con Después del invierno, trasladó ese intimismo suyo tan peculiar a los desastres del amor y a la soledad de seres cuya ideación sólo es posible tras haber leído a Murakami. En ese año, Héctor Manjarrez publicó una nueva novela, París desaparece, otra evocación de juventud, tan notable, en su exaltada y fantasiosa manera, como la de Alatorre el año anterior.

 

2015

Autodefinida como «artista visual que escribe», Verónica Gerber (1981) publicó Conjunto vacío, apuesta experimental fascinante por su belleza y legibilidad. Otra forma de contar la historia de una mujer como ella, hija del exilio latinoamericano en México llegado en los años setenta. Años atrás, aplaudida por tirios y troyanos, tradicionalistas y conceptuales, había mostrado su talento, por primera vez, con Mudanza (2010). Dada la polémica sobre el revivido escritor experimental y precursor del conceptualismo Ulises Carrión (1941-1989), obras como las de Gerber, por fortuna, atizan el fuego.

 

2016

Cristina Rivera Garza volvió a dar de qué hablar con Había mucha neblina o humo o no se qué, su novela-ensayo sobre Juan Rulfo, en cuyo centenario (2017) se convirtió en materia de polémica, dada la conducta de la Fundación Juan Rulfo, celosa Inquisición sobre qué debe decirse del autor de Pedro Páramo y presta a ejercer la censura al grado de haber dado de alta el nombre del novelista jalisciense y de sus obras como marcas registradas.

 

2017

Las notas del año en curso las han dado Jorge Comensal (1987) con Las mutaciones y Fernanda Melchor (1982) con Temporada de huracanes. Mientras Comensal escribió una divertida meditación sobre la enfermedad y la muerte, amén de erudita, auténtico trasunto de La muerte de Iván Ilich a la sombra del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, Melchor aborda la violencia mexicana —particularmente en el estado de Veracruz— desde el alguna vez llamado realismo sucio, pues no otra cosa puede generar nuestra realidad. Desesperada la autora, como la mayoría de los mexicanos, Melchor recurrió al curioso recurso frazeriano de la antropología cultural y puso en manos de una bruja, culpable o culposa, la causa del horroroso tiempo mexicano.

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