
Eduardo Moga
Ser de incertidumbre (Tomo I, II y II. La respiración del mundo, La voz de la herida y La soledad. Poesías completas)
Editorial Dilema
1.735 páginas
Estamos ante uno de los ciclos poéticos más interesantes de eso que se ha llamado la generación de la democracia, me refiero a que la editorial Dilema y Eduardo Moga reúnen -muy acertadamente editados y en un momento clave para el autor- toda su poesía en tres volúmenes; los cuales se acoplan a un título principal Ser de incertidumbre y a tres subtítulos: La respiración del mundo, La voz de la herida y La soledad, un tridente que abarca desde 1994 hasta 2023. El prólogo lo realiza tripartitamente el profesor universitario y escritor José Antonio Llera, quien dilucida diversas cuestiones esenciales en la poética y en la poesía del autor barcelonés.
Hay que empezar este recorrido por su primer libro, Ángel mortal, el cual está lleno de invocaciones a lo que uno lleva dentro, a lo esencial luminoso, pero también esa sombra que nos envuelve y nos agita. Se trata de un comienzo que se incardina en esa estética de los años noventa denominada neosurrealismo; aunque en Moga se lleva esto a lugares diferentes. Lo más importante es que se inicia, en este libro, el juego de contrarios que va a ser una de las bases líricas de su poesía. Y es que la década de los noventa viene traspasada por una visión conjunta del cuerpo poético. Así, lo tenemos en los siguientes: La luz oída, La ordenación del miedo, El barro en la mirada y Unánime fuego. Si habíamos dicho antes que una de las bases era esa lucha de contrarios, otra vendrá dada por esa luminaria escuchada, me refiero a esa tendencia hacia la numeración que se ha resuelto últimamente en libros como Poemas enumerativos publicado por Olifante. A partir de estas dos bases se van añadiendo otras como la torrencial absorción de imágenes o la mezcla inicial de discursos que, asimismo, se ha dado en otros libros como Insumisión, poemario este que deviene en uno de sus ejes poéticos.
Otro ejemplo será el temático y para el cual podemos aludir a libros como El barro en la mirada en el que la palabra lírica se superpone como zona de refugio, como lucha entre lo singular y lo cotidiano, como consonancia con los yoes metamorfoseados. Y estos lugares propios se asientan en el poemario Unánime fuego, llama que también da lugar a otro centro vital poético, me refiero a la zona de vida del erotismo.
El segundo tramo lo tenemos en La voz de la herida que abarca desde 2008 a 2017, desde Seis sextinas soeces hasta Muerte y amapolas en Alexandra Avenue. No hace falta decir que esta poesía nos golpea en la frente con el reloj de arena barroco, con la vanitas. Sin embargo, si hablamos únicamente de existencialismo, decimos poco. La poesía de Eduardo Moga es, sobre todo, una poesía fenomenológica. Primero porque arranca de una conciencia encarnada, porque explora los abismos de la identidad a partir de sensaciones que recibe un yo absorto. Sensaciones corporales y viscerales que se piensan a partir del cuerpo, que también es observado, pensado como viviente, entre los aires de la soledad dura que está por venir.
La obra poética de Moga, indiscutiblemente marcada por la impronta existencialista y vitalista, trasciende la mera constatación de la finitud y la angustia. Su propuesta se inscribe, más bien, en una fenomenología de la vivencia en donde el cuerpo y la conciencia se entrelazan desde una dialéctica incesante. Poemas que se caracterizan en esta segunda fase por un marcado encarnamiento de la conciencia. El sujeto poético no es una entidad abstracta, sino un ser situado en el mundo, que experimenta el paso del tiempo y la fragilidad a través de las sensaciones corporales.
Y la tercera y última estancia, con el arco de 2018-2023, queda en La soledad cuyas picas están entre Mi padre y Hombre solo, más una sección de poesía inédita o dispersa (en revistas o libros colectivos), los prólogos y epílogos escritos por Moga y otros autores, y una bibliografía. En esta última fase todo fluye a través de una escritura sensorial y vívida que explora los abismos de la identidad y las relaciones humanas, a partir de percepciones que se inscriben carnalmente desde lo pensativo y viceversa. El yo poético se constituye en la intersección entre el mundo y el poema; el cual, lejos de ser una mera carcasa, se erige como soporte de subjetividad, en lugar donde se anudan las emociones, los deseos y los temores. Todo un acierto esta reunión poética.