
Julieta Correa
¿Por qué son tan lindos los caballos?
Rosa Iceberg /
Editorial Montacerdos/
Ediciones Comisura
224 páginas
«¿Por qué hay tanta belleza en el mundo? ¿Por qué lo olvidamos a veces? Pues yo no lo olvido» dice la madre de la protagonista en las anotaciones de su diario personal en «La parte de Sari», frase que sirve a Julieta Correa no solo para titular el libro y como epígrafe —junto a esa hermosa y terrible cita, por lo cierta que es, de Sara Gallardo que habla de animales demasiado solitarios—, sino para vertebrar la propuesta formal y literaria de este preciso e íntimo libro. Publicado en Argentina por Rosa Iceberg, en Chile por Montacerdos y por fin aquí, en España, por Ediciones Comisura, ¿Por qué son tan lindos los caballos? es una propuesta fragmentaria y ambiciosa, que va de lo pequeño a lo grande para comprender la complejidad de las relaciones maternofiliales, las relaciones afectivas, la complejidad del hipocampo, ese espacio concreto de nuestro cerebro que se dedica a escoger los recuerdos y que, como el resto de engranajes que nos dan forma, fallan y se desgastan con el uso y el paso del tiempo. Un libro que, en definitiva, habla de lo difícil que es querer mucho a alguien, sobre todo cuando va desapareciendo poco a poco. La protagonista busca y anota de manera compulsiva frases relacionadas con la memoria, «¿para qué? / para hacer algo», dice en el arranque de la historia, «es como un recuerdo en tiempo presente. Claro que el recuerdo es presente». Siempre lo es y ella lo sabe, como nosotros sabemos que por mucho que nos empeñemos en definir un recuerdo como algo verdadero, es algo inventado, sin necesidad de que haya una enfermedad y una pérdida de memoria implícita. Deformamos todo en nuestra cabeza, ficcionamos un momento concreto y todas las sensaciones vinculadas: el olor, la ropa de quien iba a nuestro lado ese día, la letra de la canción que sonaba de fondo. Hasta imaginamos cómo se sentían todos a nuestro alrededor. Los recuerdos pertenecen, indiscutiblemente, al terreno de la más pura ficción: algo inventado. En eso pensaba para decidir cómo afrontar el punto clave de este primer libro de Julieta Correa. Hablo, claro está, de la memoria y los afectos, dos de los pilares fundamentales sobre los que se edifican la mayoría de las vidas, al menos las que aspiran a ser un poco menos tristes. Con un tono directo y sencillo y en el que lo que se dice es tan importante como lo que no, la autora recompone la genealogía de una familia para acercarse a temas que le interesan desde un punto de vista narrativo, sobre todo esas imágenes cargadas de simbolismo sacadas de los diarios de Sari: los caballos, las anotaciones sobre milímetros de lluvia caídos, los partidos de River, los paseos con Théo, el perro de la familia, o los chistes que contaba en el plano más íntimo. El trabajo de archivo con los cuadernos de la madre es algo que quiero destacar: la narradora los utiliza como material realmente literario con el que entabla un diálogo horizontal y honesto para intentar salvar partes de la vida de la madre que se puedan perder, al mismo tiempo que le sirven para abordar su propia relación con ella y con el oficio de la escritura. «No la miro achicarse, no la saco a caminar, no le lavo la cabeza, no le corto las uñas, ni troceo la carne del plato para llevársela a la boca. O sí lo hago. No es suficiente», dice en otro momento que me recuerda a un verso de Jorge Aulicino: «Papá se achicó con los años». En eso consiste crecer, en ver cómo todo lo que nos rodea y los que nos rodean se van volviendo más pequeños como si fueran los protagonistas de una versión contemporánea del cuento de Fitzgerald sobre Benjamin Button. «Imito la memoria, repito un relato que creo y tomo por cierto», dice la protagonista en otro momento del libro, cuando las cosas están a punto de venirse abajo: ¿No es eso a menudo, me pregunto, lo que hacemos cuando escribimos, aunque solo sea cierto para nosotros mismos? Entonces ¿cómo volver a ser lo mismo que un día fuimos? ¿No somos todos en el fondo poco más que eso? Seres que se quedan a vivir en bucle, escondidos, en pequeños momentos en los que fueron felices y que convierten en una especie de madriguera. Animales perdidos que intentan de manera desesperada volver a casa, antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.