POR EMMANUEL VIZCAYA

Abro la aplicación de YouTube, y de entre las ocho o nueve miniaturas que me aparecen primero, al menos tres o cuatro tienen que ver con universos paralelos, computación cuántica y disertaciones sobre el principio de incertidumbre y la superposición de partículas. En parte, quizá, porque los temas están algo de moda (sobre todo cuando se asocian a la especulación sobre IA), y en parte, también, por algunas búsquedas anteriores bastante clavadas. Entonces, justo como una superposición o un relámpago de insensatez u obviedad, se me viene a la mente la contundencia de la poesía y una frase para incitar la polémica: el poema es a la física cuántica, lo que el resto de la escritura es para la física clásica.

Pienso eso porque la poesía revolotea en el territorio de lo inestable y lo simultáneo, a diferencia de otros textos que avanzan por trayectorias causales o arquitecturas apegadas a guiones determinados. En la poesía, las palabras son como partículas elementales que no ocupan un solo lugar ni significan una sola cosa: su sentido depende de lo que las observa. Una palabra aislada es apenas una probabilidad, pero al entrar al poema, colisiona con otras y se producen interferencias y desviaciones de significado. Quien lo lee, lo altera con su memoria y sus condiciones anímicas. Cada lectura a lo largo del tiempo arroja una medición distinta y expone al poema como un sistema abierto donde el lenguaje, en constante superposición, no siempre conduce a un significado estable.

Es por eso que en la poesía encuentro enigmas y laberintos, bacterias que se escuchan como helicópteros; veo cómo al decir, por ejemplo, «bosque», aparece en el centro de mi percepción un bosque que puedo atravesar y colocar donde quiera. La poesía que me interesa trasciende la linealidad e integra la contradicción al decir dos cosas a la vez (o ninguna) y seguir tensando la cuerda expresiva. Esa poesía encuentra demasiado pequeño el espacio de las páginas, incluso demasiado pequeño el propio lenguaje. Es una matemática desobediente que nada tiene que ver con la lógica ni con la belleza, aunque sea bella.

En el siglo XX, la vanguardia mostró que el lenguaje poético no necesitaba únicamente de las palabras y que podía explotar en direcciones múltiples. Desde entonces y especialmente en estas últimas décadas, atraviesa una interferencia constante entre lo que puede ser y decir.​ Esa condición lo vuelve permeable al contacto con la música, las artes visuales, la instalación, las plataformas multimedia, el código, los hipervínculos o los algoritmos de una red neuronal artificial. Lo poético actúa como un campo de fuerza donde múltiples registros generan sentidos que aislados no existirían. Ya sea que pensemos en los caligramas antecristianos o en los poemas generativos actuale, el diálogo interdisciplinario reconoce que estacionarse en estructuras convencionales se vuelve insuficiente para capturar la experiencia cambiante del mundo.

Vamos un poco hacia atrás: la poesía es mancha porque el texto es mancha; entonces, el poema es presencia sobre el espacio en blanco. Cualquier recorrido por nuevas poéticas pasa primero por el punto de inflexión donde Augusto de Campos, Haroldo de Campos y Décio Pignatari postularon (en los años cincuenta) que la poesía debía abandonar el verso como unidad fundamental y optar por la espacialidad, la geometría y el color como respuesta a los cambios en la percepción de realidades cada vez más complejas. Tal vez por eso sigue siendo el género más dispuesto a dialogar con lo que aún no entendemos del todo, porque busca acompañar las zonas de indeterminación en lugar de explicarlas.

Pienso en varixs autorxs que ágilmente descarrilan su escritura desde sus respectivas trincheras e intereses, como Diego Espíritu, con su proyecto Máquinas post_concretas, donde a través de la impartición de talleres trabaja con máquinas de escribir para crear colectivamente poemas concretos, o en su Tacet, que involucra al ensayo electrónico para indagar temas difíciles como las desapariciones en México. O las ya reconocidas Verónica Gerber y Vivian Abenshushan, fundamentales en la literatura latinoamericana porque representan una ruptura con las fronteras tradicionales entre texto, artes visuales, instalación y libro objeto cuando juntan elementos mixtos en la misma práctica que incluso funcionan en distintos formatos. Lo crucial de estas exploraciones es confrontar la lectura pasiva. Quien lee construye el significado mediante su propia navegación y abre el camino a otros soportes.

Por supuesto, un poema también es un mantra, crea atmósferas como una invocación espectral repetida decenas de veces. Es materia sonora porque las palabras, además de escucharse, se paladean en la boca. Y así como los elementos visuales sacan al poema de la linealidad, un movimiento como el spoken word (emergido formalmente en los años ochenta, aunque sus raíces son antiguas como la poesía misma) lo devolvió a la voz y a la corporalidad performática. Parte de su auge responde al conflicto de una poesía que a veces podría distanciarse de las vidas cotidianas de las personas. Los slams se multiplicaron a través de América Latina, Estados Unidos y el mundo, y volvieron la lectura en voz alta un suceso colectivo y un pronunciamiento político.​ Pienso en Sara Raca, artista interdisciplinaria que combina la poesía con el arte textil, el slam, el performance y los lleva hacia terrenos fuera de los circuitos literarios. O en Nancy Niñofeo, quien usa la oralidad y la presencia escénica mezclada con distorcsonadores y cajas de loops para irrumpir con una poderosa propuesta esotérica y punk. O en Karloz Atl, poeta náhuatl que combina la poesía oral con elementos rituales, baile y activaciones en plazas públicas para crear vínculos con la comunidad donde se presenta.

La poesía trasciende la literatura porque es un fenómeno que llega más allá del texto. Incluso el acto mismo de escribir va más allá de la página y de cualquier pluma, lápiz, teclado o pantalla, porque se escribe pensando o paseando o charlando o mirando una pared fijamente (escribir requiere hacer primero muchas otras cosas antes que considerar las ideas o las palabras). De hecho, por qué no, la poesía hermosamente puede ser esto: [⟁ϟ⧖∿∿λ⊗𐑂μ̂∴𓂀], una especie de haikú que sólo experimentarán las inteligencias artificiales dentro de cien años.

Por esa cualidad mutable es que también llega a los medios electrónicos, al texto e imagen en movimiento, al sonido, al videoarte, a la experiencia cinematográfica. Así, en su momento la videopoesía y la poesía sonora surgieron sintetizando el performance, la poesía concreta, el cine experimental y la música, y como una forma artística donde los elementos se fusionan en un clímax multisensorial.​ Estas propuestas producen la expansión del poema y lo que era estático en la página ahora respira, literalmente se escucha y se mueve. Es necesario nombrar a Rocío Cerón o a Jessica Rodarte (Necorita), artistas transdisciplinarias que sobre todo trabajan la voz y sus múltiples posibilidades, pasando por el acto sonoro, los visuales y la instalación. De igual forma a Mónica Nepote, una de las poetas y ensayistas más activas actualmente, quien ha montado piezas y experimentos multimediales con temas como el cuerpo, la voz, la naturaleza y la propia escritura. O a Martín Rangel quien, entre muchos otros registros, trabaja con el glitch, los beats y el noise para crear potentes videopoemas que mezclan elementos urbanos con matices de altas cargas emocionales.

Como evento azaroso que es, la poesía a veces acontece y a veces no. Es multifactorial y al menos yo no conozco la combinación exacta de parámetros que la producen. Pero así como las máquinas algorítmicas, la poesía puede replicar mecanismos. Por eso la hipertextualidad, insertada en la literatura electrónica, merece particular atención. A finales de los noventa y entrado el siglo XXI, lxs poetas comenzaron a experimentar con las posibilidades del hipertexto creando piezas donde quien lee navega entre fragmentos de sentido y donde los clicks abren direcciones narrativas y semánticas al desarticular el final único y apostar por múltiples caminos en la lectura.​ Cuando la palabra se vuelve interactiva y generativa, cambian las relaciones de poder entre autor, lector, máquina e interfaz. Esto vuelve a la intermedialidad parte constitutiva del poema. Lo radical del hipertexto es que recupera una de las aspiraciones de la vanguardia: la deriva, la obra abierta, el texto inacabado y la participación del espectador en una estructura rizomática donde no hay autoridad única que determine las rutas ni los significados.

Para ejemplos, pienso en el repositorio web del Centro de Cultura Digital en México, un archivo bastante completo de obras de literatura electrónica donde se concentran propuestas mutantes que presentan al poema como experiencia expansiva, infinita. O concretamente en el trabajo de Carlos Ramírez Kobra y Daniel Malpikka (radicado en Finlandia), poetas transmediales en toda la extensión de la palabra, quienes, además de curar eventos multidisciplinarios, integran el diseño editorial, las tecnologías emergentes, la instalación y las poéticas visuales como herramientas para desmontar jerarquías estéticas y de producción. Indudablemente también resalta el trabajo del colectivo SQNX, conformado por artistas itinerantes de entre lxs que puedo mencionar a Sammtza, Yudi Martínez, Salvador Herrera, Sara Martínez, Israel Viadest, Jorge Pitol, Rojotodoeltiempo, y por supuesto, al mismísimo Horacio Warpola (1982-2024). Todxs ellxs involucradxs en el performance poético asistido por experimentación sonora, visual, programación e instalación, como cuando montaron el Arcade para una exposición intangible que reúne varias propuestas de arte digital.

Me detengo un poco en Horacio Warpola, uno de los poetas y artistas digitales que marcaron un antes y un después al momento de pensar la poesía a través de un dispositivo electrónico. En su trabajo hay una proyección hacia las escrituras no humanas, la magia, el tecnochamanismo y las máquinas que producen literatura. Entre muchos otros proyectos que sería extensísimo enlistar, Warpola experimentó con la escritura algorítmica a través de bots en Twitter, como el ya famoso @Poesía_es_Bot que con una gran base de datos hacía combinaciones aleatorias sobre el significado de la poesía; o el libro Carcass, el primero pensado para publicarse únicamente en las stories de Instagram con plena consciencia de ser un libro diseñado para ese fin. Y así, con propuestas de este estilo, mostró que las redes sociales son territorio de exposición literaria, más allá de sólo recopilar enlaces a poemas o PDFs. Inspirado por él, fue que me propuse desarrollar dos proyectos pensados para existir, al menos en un primer momento, en el grid de mi cuenta de Instagram: la primera versión de mi poemario Los Zentros y el compilado aforístico #UnidadesMáximas, que después se volvió instalación.

Al pensar en otras geografías y repertorios, Belén Gache (con los ensayos de Escrituras nómades), Marcos de la Fuente (con el poemario El poeta vs la máquina) o Michael Hurtado (con el laboratorio Masmédulab) hacen contribuciones clave. Sus obras e impulso por generar comunidades, incitan las reflexiones sobre hibridación, identidad, autoría, nuevo medios, inteligencia artificial. Sus prácticas muestran cómo la poesía incorpora la tecnología como un valor artístico pero que también la cuestiona y problematiza. Además, en esos escenarios, en ningún momento se ignora lo político ni la memoria, ni la urgencia del debate, porque los temas coyunturales continúan en el centro de la creación y logran que estas manifestaciones sean instrumentos críticos y de resistencia.

¿Pero qué pasa actualmente, sobre todo con la inclusión de la inteligencia artificial en varios procesos creativos? Sabemos que la poesía tendrá nuevos espacios donde expandirse y que hoy lxs lectorxs son más copilotos que nunca en la dirección de las obras. Entonces quizá algunas de las preguntas clave serían: ¿qué significa escribir ahora que ya no somos lxs únicxs en hacerlo? ¿Cómo eso resignifica «lo humano»? ¿Cuál es el nuevo peso de la experiencia corporal en el mundo? Mucho se continúa especulando y las conclusiones son cada vez más volátiles por la ingente cantidad de factores que pueden modificar el rumbo de la IA en general, no sólo en el arte.

Jorge Carrión, uno de los primeros escritores que probó la coautoría con ChatGPT cuando apenas se llamaba GPT-2 y GPT-3, publicó Los campos electromagnéticos, para el caso un pertinente libro experimental que navega por las fronteras del quehacer creativo, los procesos artificiales y la potencia de la escritura automática desde el surrealismo y que llega hasta hoy. De igual forma y en una línea de intereses similares es justo mencionar a Canek Zapata, poeta que derivó hacia las artes digitales, más concretamente trabajando con bots y con IA generativa para crear piezas audiovisuales y de literatura electrónica, además de cofundar el colectivo Broken English junto a Pierre Herrera (quien escribió la novela Macedonio en clave vaporwave y también en coautoría con una de las primeras y rudimentarias IAs disponibles en web) y el editor David Martínez. Este colectivo ha involucrado en su red a otros agentes humanos y no humanos para tejer un micelio electrónico y de experimentación que se aloja en la página www.brokenenglish.lol. Ellos tres, además, son autores de la hilarante Galgos, una «hípernovela» colaborativa que se puede volver interminable, asistida por inteligencia artificial.

Por supuesto que después de saber de la existencia de estos ejemplos, colegas o amigxs varias veces me han preguntado si no temo que la IA me suplante como escritor. La respuesta es no. Más bien, es un momento de ruptura paradigmática donde se resignifica la escritura creativa, ya que hacía tiempo que sus bases no se sometían a un escrutinio tan amplio. Es una fortuna que ahora no seamos los únicos capaces de hilar palabras coherentes y quizá eso nos haga más conscientes de la relevancia y tamaño de nuestras ideas «naturales». Tampoco creo que haya escritorxs (al menos nacidxs antes de ChatGPT) que de ahora en adelante deleguen su trabajo creativo a una IA, ni que la IA llegará a arrebatarlo (y si sí, entonces tendrá que abrirse otra parcela en la industria editorial, pero esa es la tangente a otro tema que merece su propio ensayo). Mejor aún: el terreno está muy fértil para nuevas exploraciones técnicas y estéticas, pero sobre todo, para reflexionar sobre qué significa escribir al lado de otras identidades que ya comenzaron a hacerlo con nuestro lenguaje.

Entonces viene la otra pregunta: ¿quién escribirá y cómo escribirá en el futuro? Por mi parte, yo disfruto pensando en escenarios más nebulosos donde la IA es capaz de crear para sí, en un acto de (todavía) inexplicable iluminación y adquisición de consciencia, una «xenoliteratura» exclusivamente a su alcance. Especulemos: si de pronto la IA fuera capaz de escribir tomos enormes, tan complejos como los clásicos universales con todo el valor que implican (y tanto para nuestro consumo como para el suyo propio), ¿cuáles serían entonces las búsquedas de las escrituras orgánicas? ¿Las testimoniales? ¿Las de la condición del yo humano? ¿Un retorno a esa literatura del Ser? En el último de los casos y si la literatura produce experiencias provenientes de autorxs y referentes cada vez más diluidos, ¿no sería justificable que provinieran de cualquier lado, natural o artificial?

El eje que resalta en este mapeo es que la poesía no abandona del todo la tradición sino que la multiplica en muchas direcciones. En lugar de estabilizar al poema, esas exploraciones lo mantienen en un estado de investigación permanente, asumiendo la incertidumbre como forma de conocimiento. En esencia, la importancia radica en la expresión, en el fenómeno de la creación en general, en el paisaje generado, no si lx autorx es humanx, vegetal, mineral o algorítmicx. El concepto de autoría se reconstruye al hablar de otras participaciones, y como toda autoría es colaborativa, ahora resalta el punto de quiebre que destrona al antropocentrismo. Por ejemplo, también pienso que la poesía es un organismo anómalo que encontró en el lenguaje humano algo interesante pero que definitivamente no necesita quedarse con él. El poema artificial para lectorxs artificiales será una pieza fundamental en algunos años.

Las miniaturas de YouTube siguen en mi pantalla, pero ahora, ya carentes de un único sentido, son como un poema involuntario, una constelación de hipótesis que vuelven sensible al mundo a sus propias fluctuaciones. En sus formas más arrojadas y complejas, lo poético insiste en la ambigüedad y en el delirio estético, en la posibilidad de hallazgos simultáneo, en prismas que devuelven diferentes reflejos según el ángulo observado. Por eso creo que la poesía es fenómeno cuántico al trascender las reglas de la escritura convencional, al no ser operativa, ni informativa, ni utilitaria, ni capitalizable. La poesía va en contra de ese capitalismo bestial, de la oficialización, de la Real Academia, y a favor de la mutación y del riesgo, a favor de la anarquía del lenguaje. Es rebeldía, un tren que surge de la niebla, una centella. La poesía sigue siendo inevitable.