Para que no faltara a la tragedia el adivino o profeta, el fin de los zares está ligado a la enigmática figura de Grigori Efimovich Rasputín, el místico atrabiliario de origen campesino que llegó desde las profundidades de Siberia a ser conocido como el Amigo por la pareja imperial, despreciado como mujik por los aristócratas, a los que él desdeñaba a su vez por no considerarlos realmente rusos por su mezcla de sangre extranjera, sobre todo, alemana. Su intimidad con la zarina contribuye al descrédito de la monarquía. Finalmente, su brutal asesinato, en el que estuvo involucrado el gran duque Dimitri, sobrino del zar, con las imágenes muy difundidas de su cadáver, no hizo sino empeorar la imagen de la corte.

A su regreso a España, Gil-Albert encargó numerosos libros franceses sobre el tema del que se convirtió, en esas fechas tempranas, «en el más informado de los hombres, al menos entre los españoles, y así, un mundo de gentes lejanas y desconocidas invadió mi atención con una presencia y unos pormenores que no tenían las próximas, mis vecinas, mis asiduas».[14] Ya entonces, para Gil-Albert, el arraigo a su casa familiar se unía con la familiaridad sentida hacia personas muy lejanas. Como para cualquier adolescente que encuentra, por ejemplo, sus amigos en las novelas de Stendhal o Dostoyevski antes que en sus compañeros de clase, el alicantino vibraba con los avatares de estos personajes nimbados de un halo de predestinación, y en los años siguientes continuó adquiriendo libros como los Souvenirs d’un monde englouti (1927), de la condesa Kleinmichel, un auténtico best seller en Francia; los Souvenirs de ma vie (1927), de Anna Vyrubova, dama de honor de la zarina; el diario de Maurice Paléologue, embajador de Francia en San Petersburgo, o las Mémoires póstumas de Serguéi Witte (1921), el mejor estadista que tuviera Nicolás II, y del que Gil-Albert lamenta que no siguiera sus consejos modernizadores.

En El retrato oval, la principal protagonista de la tragedia es sin duda la zarina Alejandra Feodorovna. No es banal la alusión del título al célebre relato de Edgar Allan Poe. El amor de Alix de Hesse por quien iba a ser el zar lo llevó a unirse con un hombre condenado y, así, a sellar su sentencia de muerte, como la protagonista de «The Oval Portrait». Su triste belleza queda como recuerdo en un retrato oval, como el que fascinara al jovencísimo Gil-Albert.

Pero ¿cuál es la visión que Gil-Albert nos aporta de una familia imperial y, sobre todo, de un zar que era considerado, no sólo por los comunistas, como epítome de tiranía retrógrada? Para Gil-Albert, Nicolás II fue la víctima del sistema que había heredado: «El autócrata ruso está incrustado en el centro mismo del funcionamiento del aparato estatal como el corazón en las redes del sistema circulatorio, propulsor y siervo a la vez; la autocracia no es propiamente una tiranía ya que supone la obediencia del mismo emperador a las leyes emanadas de la autoridad de su persona».[15] Recordando la teoría de Kantorowicz sobre los «dos cuerpos del rey»,[16] el natural y el simbólico, Gil-Albert se involucra en la tragedia de un matrimonio entre dos personas frágiles, desgarradas por la enfermedad del príncipe heredero, que, a su vez, no puede sustraerse a la función que le corresponde en un momento crítico de la historia europea.

Gil-Albert llega a justificar uno de los hechos más criticados en el reinado de Nicolás II, como fue su decisión de no cancelar un baile de gala en la embajada de Francia después de la tragedia del campo de Jodynka, donde una avalancha de la multitud que esperaba la llegada de los zares causó la muerte de 1.389 personas (Gil-Albert eleva la cifra hasta 5.000). El autor insiste en que el zar no podía actuar de otra manera que como si nada hubiera ocurrido:

Proclamando el luto, por motivos humanos, se rompía con el ceremonial que representaba, por extraño que parezca, una obligación nacional a la que el mismo Zar había de sacrificar sus sentimientos. Siguieron su curso los desfiles, las recepciones, los banquetes, todo ordenado como la más estricta representación teatral, y vivido, en esto hay que hacer hincapié para entender en su intención lo que significaba el fasto, no como una diversión, nada más apartado de ello, como un deber.[17]

 

El ethos aristocrático de Gil-Albert le hace compadecer invariablemente la situación de la familia imperial, el sufrimiento por la separación de los cónyuges y por la salud de su hijo, el desarraigo de la zarina y la desesperación del zar, acorralado por los acontecimientos. Pocas palabras, en cambio, para la miseria del pueblo ruso o el sufrimiento de quienes perdían a sus familiares en una guerra conducida desastrosamente. El pueblo, salvo las excepciones de quienes salen del mismo para acompañar a los regios protagonistas, como Anna Vyrubova o el mismo Rasputín, aparece en El retrato oval sólo como masa indiferenciada y brutal, incluso recurriendo a un apelativo que recuerda el discurso del bando sublevado:

Veinte años después fueron quemadas las vestiduras sacras que servían para la coronación; las turbas, como se las llama, empavesan, con sus gallardetes, las jornadas, cierto que espantosas, en que irrumpen en la historia; pronto se las llama al orden y, casi siempre, con procedimientos de una dureza excepcional. Es, como si dijéramos, la tercera vuelta: la del terror. Pero sin que una especie de justicia primaria, casi bestial, haya, durante unos días, durante unas horas, resplandecido en ellas o a través suyo.[18]

 

Alguien como Gil-Albert no podía, por tanto, ni tampoco quería, llevar a cabo ese proceso de «incorporación» que, según Badiou, define la adhesión al comunismo. Su ética es la del hombre solo y siempre insistirá en la importancia, «en el engranaje de los hechos históricos, del factor personal como sujeto irremediable de las situaciones».[19] Por ello, nunca quiso acercarse, ni de lejos, al marxismo. Su compromiso con el proyecto transformador de la España republicana vendrá por otro camino, más arduo, que analizó con brillantez Manuel Aznar Soler,[20] y que pasó por el rechazo de la «sórdida realidad española» en los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera.[21] Gil-Albert reconoce que «la política, y particularmente la española, no me había interesado nunca», algo natural en una familia conforme con el orden establecido, aunque su padre, a la mínima amenaza revolucionaria, «pasó de canalejista a primorriverista».[22] Su rechazo de ese régimen, que le hará incoar el entonces típico proceso de desclasamiento, será más de carácter estético, por rechazo a la chabacanería y corrupción de aquél, de modo bastante similar, por cierto, al de Ortega y Gasset. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo, o al menos con éste a cierta distancia. Así, cuando escribe su ensayo sobre Gabriel Miró, afirma que «no es en el proletario —español— sino en el espíritu selecto donde alienta siempre una concepción comunista de la vida». Su ubicación levantina hará que coincida con algunos de los proyectos de vanguardia politizada más importantes del país, desde la revista Orto, con sus ediciones adyacentes a, sobre todo, la revista Nueva Cultura, dirigida por Josep Renau, que surgía en una época donde la política de frentes populares abría los brazos a los «intelectuales burgueses». Con todo, Nueva Cultura quiso anteponer una nota, casi de disculpa, a una reseña cinematográfica de Gil-Albert, donde se explicaba:

Nuestro amigo el joven escritor valenciano J. Gil-Albert, artista de fino talento, aunque ve con evidente simpatía nuestro trabajo, no es un marxista. Por tanto, es absurdo esperar de él una crítica dialécticamente materialista de una obra de arte. Pero sería muy torpe política la nuestra si por ello repudiásemos su convivencia. Es en la limpia y sincera convivencia intelectual donde hay que ganar definitivamente esas simpatías para el pensamiento revolucionario. Esto no es empresa de un día.[23]

 

Por otra parte, en su politización tuvieron que ver mucho sus amistades de entonces, pues, como recuerda César Simón, «Gil-Albert comienza a sentirse fuertemente izquierdista sobre todo al conocer a José Bueno, Juan Miguel Romá y Juan Renau, más jóvenes que él. Había continuado leyendo a Gide —una de sus grandes devociones— […] cuya profesión comunista hubo de influirle».[24] Con todo, dada esta integración sui generis en estos medios levantinos de izquierda, Gil-Albert se hallará en una posición inmejorable cuando el avance de las tropas sublevadas hacia Madrid haga llegar a Valencia a los jóvenes escritores madrileños que el alicantino había conocido ya sólo de paso. Como diría en Memorabilia: «El azar iba a hacer que, en aquellas vísperas atroces, tomara yo contacto personal con todos aquellos que, apenas siete meses más tarde, habría de recibir en mi ciudad, y en mi casa, cuando, como una colmena desvencijada, el Gobierno, […] y con él, escritores, poetas, intelectuales […] dejaban Madrid en manos de sus defensores».[25] Su reencuentro con Sánchez Barbudo y Ramón Gaya en una Valencia convertida en capital de la República hará posible que aquel «clan joven que se arrogaba, entonces, aunque no lo dijera, su prerrogativa de élite» pudiera cumplir su sueño de situarse en una posición rectora del campo literario. Y para ello no quedaba otro remedio que desbrozar dicho campo de las hierbas salvajes del romance escrito por jóvenes milicianos no reconocidos como poetas.