Aunque él mismo la había practicado en Siete romances de guerra (1937), Gil-Albert se convertirá en el mayor detractor de esa forma popular, y en su ensayo «El poeta como juglar de guerra» definirá perfectamente la búsqueda de distinción del grupo que había conquistado cierta autonomía en la retaguardia, respecto a la poesía del frente. Esta conferencia equivale a todo un intento de deslegitimación del valor literario de la poesía del frente, apostando por una distinción entre el «poeta» y el «juglar de guerra», describiendo de manera desdeñosa el compromiso de los poetas que permanecían alistados en las unidades militares republicanas: «Un curioso fenómeno ha tenido lugar en España durante los meses encarnizados de la Guerra Civil. La aparición del poeta en un plano de existencia bélica y su consiguiente y repentino auge entre las excitadas multitudes populares». Gil-Albert, fiel a una definición sublimada del poeta, se percibía claramente aparte de esas «multitudes populares», formadas por «hombres elementales». Sin reconocer la función de la poesía del frente, el alicantino juzgaba esas obras por su «originalidad» y se preguntaba: «¿Se ha producido en España una poesía de guerra original, animadora de esas hecatombes modernas que ciertos Estados pretenden presentarnos como una risueña fatalidad engendradora de vida? No». La poesía de guerra original, sobra decirlo, era la que autores como él, Cernuda o Serrano Plaja iban a publicar en Hora de España y, aunque a la altura de marzo de 1937, cuando Gil-Albert publica este réquiem por el romance, el verso octosílabo estaba en pleno auge, no duda en afirmar que el «efímero retorno del romance se ha desvanecido con los últimos restos espontáneos de nuestra Guerra Civil, tan pronto como en las trincheras enemigas hemos visto aparecer las masas informes de la guerra moderna, monstruosamente blindadas».[26] Gil-Albert pretendía clausurar una primera etapa de la guerra «espontánea» donde se habían borrado las fronteras sociales y el poeta se había «rebajado» al nivel del miliciano, apoyando así la consolidación del poder central del Gobierno republicano y la compartimentación de nuevo entre intelectuales, pertenecientes a la clase dominante, y el pueblo, apoyado y dirigido por éstos. En esta argumentación, cuyo fin legítimo era poner en valor la obra propia y de sus amigos, se pone de manifiesto la concepción elitista del poeta como un hombre selecto, casi una especie distinta, aparte del profano vulgo formado por el pueblo. Esa nueva poesía, llena de elegías y lejos de la arenga, pretendía evitar los maniqueísmos inevitables en toda guerra y perder todo contacto con la moral de combate. Así, Gil-Albert no temerá, por ejemplo, escribir una «Lamentación» por «los muchachos moros que, engañados, han caído ante Madrid», sintiendo un «reproche amargo a mi conciencia» por la muerte de los mercenarios más temidos popularmente.[27] En el mismo sentido irían sus enfrentamientos con los funcionarios del Ministerio de Instrucción Pública, a propósito de la condena estalinista a André Gide, de la censura a la referencia a la homosexualidad de Lorca en la elegía que le dedicó Cernuda en Hora de España o la polémica del Premio Nacional de Literatura de 1938, que le había sido concedido a Gil-Albert por Son nombres ignorados, y cuyo fallo fue anulado a favor del militante Pedro Garfias.

Volviendo al engarce de su compromiso con la República y su fascinación inicial por los Romanov, éste transcurrió por vías subterráneas que, con todo, llevaron a Gil-Albert a la convicción de un curso inevitable de la historia hacia una mayor justicia, ante el cual había que abdicar de ciertos privilegios. Al inicio de El retrato oval, Gil-Albert nos adelanta que la «noticia tan terrible» de la muerte de los zares actuó de una manera inmensamente fecunda sobre su imaginación «en el sentido de mi intimidad, predisponiéndome al cultivo de una emoción que sería difícil que pudiera compartir con nadie, en cuanto a la forma específica en que iba a darse en mí y de la que se desprendió, por lo demás, un proceso tan imprevisto: el interés por la política y la atracción por lo social».[28]

Como dijera Juan Malpartida, el alicantino «fue sin duda un escritor de lenta exploración, como si la materia que tenía por destino, tanto en su forma como en su contenido, sólo se le fuera a revelar tras un lento esfuerzo que adoptó el dibujo de una espiral: siempre estuvo sobre el mismo eje, gravitando hacia su cumplimiento, pero no mostró su rostro sino en su madurez, tras el exilio».[29] Una buena muestra es, por ello, la génesis de El retrato oval, que no es sino la cristalización, la aclaración consigo mismo al cabo de medio siglo, de cómo este encuentro con un retrato lo llevó a un proceso de politización que, a la postre, supuso su exilio y su regreso como exiliado interior. La coincidencia del cincuentenario de la Revolución soviética y su hallazgo, a raíz de una mudanza, de aquel retrato y de su biblioteca zarista, llena de anotaciones personales, puso a su vista «un cúmulo de emociones marchitas» que, tomando esa coincidencia por destino, le hizo entender al fin la razón de todo. La tragedia personal de sus fascinantes zares lo llevó a la de Europa: «Lo cierto es que mi interés entre romántico e histórico, y por qué no decirlo también, de compasión aterrorizada, especie de catharsis, me adentró cada día más en el fenómeno ruso y me fue llevando a interesar por aquel estruendoso movimiento revolucionario que sacudía las entrañas de un inmenso país».[30] En ellos, Gil-Albert quiso ver el «acatamiento de una ley invisible», la fidelidad a un destino que no quisieron evitar, como otros aristócratas que se exiliaron, y hacia quienes el alicantino muestra un cierto desprecio. Como ellos, Gil-Albert, finalmente, quiso aceptar su destino.

En cierto modo, toda la obra del alicantino es autobiográfica, y, en sus ensayos, podría decir, como su adorado Montaigne que, aunque hable de Nicolás II o de Alejandra Feodorovna, «C’est moi qui je peins». Cuando a principios de los cincuenta, en su Heracles, afirma que «el homosexual es un hombre sensato y moderado más atento a la voz de su intimidad que a las luchas del mundo», o que los homosexuales «son los depositarios del gusto, del buen gusto en particular […], son estetas de nacimiento»,[31] es inevitable pensar que, más que un análisis de validez general, está dando un condescendiente retrato de sí mismo.

No es casualidad que Máximo José Kahn, el mejor amigo que tuvo Gil-Albert en el exilio, al abordar en Apocalipsis hispánica (1942) una personalísima exégesis de lo español, dedique un capítulo al tipo del «señorito» y presente como arquetipo al alicantino «Juan Gil-Albert, el señorito de las manos tiernas y frágiles».[32] La visión de Kahn, condicionada por su trato con aquél, o con Cernuda y Ramón Gaya, le hace dar una versión bastante parcial del señoritismo, que asocia con una entereza estoica y sensual que sería una destilada versión de lo hispano. Kahn llegaba a afirmar que, si en medio de las multitudes de refugiados que originó la Segunda Guerra Mundial, los españoles, aunque escasos en número, se distinguieron por su entereza, ello era debido al influjo de los señoritos poetas, como Cernuda, Gil-Albert o Gaya, quienes en medio de la desgracia «capitanean el pueblo español subterráneamente, como artistas católicos y señoritos cuya órbita religiosa evoluciona según manda la tradición de su pueblo». Por supuesto, esta afirmación se hace eco de la famosa sentencia de Percy Bysshe Shelley según el cual «the Poets are the unacknowledged legislators of the world».

El propio Gil-Albert establecerá esa ecuación, aunque sin citar al romántico inglés, al final de su primer libro memorialístico, Los días están contados (escrito en 1952), como un caer en la cuenta al término de esa demorada introspección en espiral de la que hablaba Malpartida: «Uno se ha dicho: soy poeta; y el tiempo pasa, nuestras intenciones se nos van aclarando y un buen día, hecha la plena luz, corregimos: legislador; ésa ha sido la verdadera apetencia de mi alma: legislar. Nuestro desconcierto repentino se palía con aquello de que: ¿anhela otra cosa el poeta que poner orden, que ordenar el caos, que organizar auténticamente la vida?».[33]

No es descabellado, por tanto, pensar que lo que dedujo Kahn de su trato con su amigo, esa manera de legislar a un nivel auténtico, profundo, inasequible e incomprensible para el burdo político obsesionado por la apariencia social, es la única manera de engarzar esa dicotomía entre el ego y el populus de la que estaba convencido. Para alguien que decidió vivir al margen del trabajo y de lo social, por su convicción de «la especie organizada de falsedad en la que se vive, y de la impostura diaria en la que incurre, en el cumplimiento de cada una de sus jornadas, la humana grey»,[34] el único sentido que redima esta falsedad, imposible de superar mediante cualquier revolución, es el sentido que le puedan otorgar a la inconsciente «humana grey», de manera vicaria, los escogidos. La ética de Gil-Albert es la opuesta a la que recientemente reivindicara Josep Maria Esquirol, para quien «hay una indiscutible dignidad en la vida sencilla de la gente».[35] No podía por menos Gil-Albert que sentir, pese a que racionalmente viera la injusticia de su imperio, una clara simpatía por el exquisito mundo de los zares y una dolorosa conmiseración por su destino.

 

[1] Andreu Navarra, El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS, Madrid, Fórcola, 2016.

[2] La arboleda perdida. Tercero y cuarto libros (1931-1987). Madrid, Alianza Editorial, 2002, p. 26.

[3] Mariano Rawicz, Confesionario de papel. Memorias de un inconformista, Granada, Comares, 1997, p. 383.

[4] Alain Badiou, L’hypothèse communiste, París, Lignes, 2009, pp. 184-185.

[5] Apud Manuel Aznar Soler, Literatura española y antifascismo (1927-1939), Valencia, Generalitat Valenciana, 1987, p. 375.

[6] Serge Salaün, «Las vanguardias políticas. La cuestión estética», en Javier Pérez Bazo, La vanguardia en España. Arte y literatura, Toulouse, CRIC, 1998, p. 215.

[7] Véase Mario Martín Gijón, «La poesía durante la Guerra Civil española en el frente y la retaguardia de la zona republicana. Notas para una revisión», Monteagudo, 16 (2011), pp. 181-201.

[8] Juan Gil-Albert, El retrato oval, Madrid, CUPSA, 1977, pp. 25-26.

[9] Juan Gil-Albert, Obra completa en prosa. 4. Crónica general. Primera parte, Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, 1983, pp. 363-382.

[10] Juan Gil-Albert, Obra completa en prosa. 5. Crónica general. Segunda parte, Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, 1983, pp. 21-22.

[11] Juan Gil-Albert, El retrato oval, cit., p. 28.

[12] Juan Gil-Albert, Obra completa en prosa. 4. Crónica general. Primera parte, p. 22.

[13] Juan Gil-Albert, El retrato oval, cit., p. 60.

[14] Ibídem, p. 38.

[15] Ibídem, p. 46.

[16] Ernst Kantorowicz, The King’s Two Bodies. A Study in Medieval Political Theology, Princeton (Nueva Jersey), Princeton University Press, 1957.

[17] Juan Gil-Albert, El retrato oval, cit., p. 170.

[18] Ibídem, p. 171.

[19] Ibídem, p. 159.

[20] Manuel Aznar Soler, «La poesía “difícil” de Juan Gil-Albert (1936-1939)», estudio introductorio de Juan Gil-Albert, Mi voz comprometida (1936-1939), Barcelona, Laia, 1980, pp. 7-83.

[21] Juan Gil-Albert, prólogo a Siete romances de guerra, Valencia, Nueva Cultura, 1937, s. p.

[22] Juan Gil-Albert, El retrato oval, cit., p. 181.

[23] Nueva Cultura, 3 (marzo de 1935), p. 6.

[24] César Simón, Juan Gil-Albert. De su vida y su obra, Alicante, Instituto de Estudios Alicantinos, 1983, p. 13.

[25] Juan Gil-Albert, Obra completa en prosa. 2. Memorabilia (1934-1939), Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, 1982, p. 251.

[26] Juan Gil-Albert, «El poeta como juglar de guerra», Nueva Cultura, III, 1 (marzo de 1937), pp. 252-253.

[27] Juan Gil-Albert, Mi voz comprometida, cit., p. 145.

[28] Juan Gil-Albert, El retrato oval, cit., p. 26.

[29] Juan Malpartida, «Juan Gil-Albert en México», Letras Libres, 74 (2007), p. 54.

[30] Juan Gil-Albert, El retrato oval, cit., p. 180.

[31] Juan Gil-Albert, Heracles. Sobre una manera de ser, Madrid, Taller de Ediciones J. B., 1975, pp. 105, 107 y 108.

[32] Máximo José Kahn, Apocalipsis hispánica, México, Editorial América, 1942, p. 107.

[33] Juan Gil-Albert, Los días están contados, Barcelona, Tusquets, 1974, p. 160.

[34] Juan Gil-Albert, Heracles, cit., p. 216.

[35] Josep Maria Esquirol, La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad, Barcelona, Acantilado, 2015, p. 67. Esquirol prosigue: «¿Acaso ganarse el pan cotidiano es un esfuerzo menor que la creación artística? ¿Las tareas diarias del panadero, del mecánico, del médico… tienen un contenido más despreciable que el de la creación cultural? La mediocridad reside en toda pretensión de excelencia».

 

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