POR JACINTA ESCUDOS

1. El contexto: la bisagra de la posguerra

«Yo no estoy completo de la mente».

Es la primera frase que se lee en la novela Insensatez, del escritor Horacio Castellanos Moya. Es también la primera frase que lee el narrador, un salvadoreño encargado de hacer la corrección de estilo de un informe sobre las masacres ocurridas durante la guerra civil reciente de algún país cuyo nombre no se menciona, pero cuya descripción deja entrever que se trata de Guatemala.

El libro fue publicado por la editorial Tusquets en 2004, doce años después de la firma de los Acuerdos de Paz de El Salvador (1992) y ocho años después de la firma de los Acuerdos de Paz de Guatemala (1996). Las comisiones de las Naciones Unidas designadas para ello y diversas organizaciones de derechos humanos de ambos países emprendieron la ingrata tarea de recopilar antecedentes, pruebas, testimonios y nombres de víctimas, para comenzar a comprender la magnitud de la recién vivida tragedia. Sin estas indagaciones era imposible vislumbrar la dimensión de la herida social sufrida por nuestras sociedades y, por lo tanto, definir las acciones necesarias para emprender los caminos de la justicia y la reconstrucción del tejido social.

En El Salvador, esos primeros años posteriores a la firma de los Acuerdos se vivieron con sentimientos encontrados. Por un lado, había mucha esperanza y entusiasmo, mucha gana de emprender proyectos nuevos, de corregir la plana mal escrita de nuestro pasado. También siguió existiendo desconfianza en algunos sectores. La falta de mecanismos efectivos de justicia y la política de «perdón y olvido» que se implementó luego de la publicación del informe De la locura a la esperanza: la guerra de 12 años en El Salvador (elaborado por la Comisión de la Verdad para El Salvador de la ONU), impidieron que el entramado social sanara las diferencias de clase y la polarización política que originaron el conflicto. El inicio de la posguerra marcó, además, el nacimiento de nuevas formas de violencia social.

Los retornados del exilio volvían con la experiencia de las gangs o pandillas, sobre todo de Los Ángeles, California, ciudad que albergó una cantidad importante de salvadoreños durante la década de los años 80. El retorno significó para muchos de quienes pasamos los años de la guerra fuera del país, una sensación de rompimiento y de extrañeza, de «ya no pertenecer» o de ya no comprender la vivencia de nuestra salvadoreñidad. Esto constituyó un suelo fértil para la germinación de las pandillas, en un país que no cuidó la salud mental de toda una sociedad que había quedado alterada, que no estaba «completa de la mente», pero también de un trauma acumulado gracias a una historia nacional compuesta de silencios, represión, castigo, borrado de la verdad y muertos, demasiados muertos.

Es importante saber y recordar este contexto al leer la novela de Castellanos, porque Insensatez apela a los lectores y a su conocimiento del pasado reciente de la región centroamericana. Estos elementos serán muy útiles para comprender que la espiral del deterioro mental que sufre el narrador y los motivos por los cuales sus sospechas y suposiciones pueden ser infundadas, no son gratuitas ni un capricho del autor.

2. El narrador: la soledad del corrector de estilo

Insensatez utiliza como personaje principal a un salvadoreño, cuyo nombre no conoceremos y de cuyos antecedentes tendremos pocos elementos. Sabemos, nada más, que se ha autoexiliado en el país vecino a consecuencia de la publicación de un artículo que le acarreó reacciones negativas.

Dice el narrador: «… un mes atrás me había visto obligado a abandonar mi país, por culpa de un artículo en el que sostuve que El Salvador era el primer país latinoamericano que contaba con un presidente africano, comentario calificado de «racista» que me granjeó la animadversión de medio país, en especial de los poderosos y los empleadores…».

La combinación del desafortunado artículo junto a la reacción social subida de tono permitirá comprender el motivo de la huida del personaje hacia el país vecino y su preocupación creciente de posibles agresiones físicas, viniendo de un lugar que mantiene la práctica de solucionar todo con violencia.

Resulta interesante que el narrador sea un corrector de estilo, un oficio poco reconocido y valorado; un oficio que, además, podría pensarse monótono para un personaje de novela. Sin embargo, esto lo coloca en una posición interesante, ya que se enfrenta a un informe de mil cien cuartillas (como nos reiterará en numerosas ocasiones), un informe plagado de testimonios y narraciones escalofriantes. Esto también lo sabremos gracias a que, según nos cuenta, tiene una libreta personal donde va anotando las frases de los testimonios que más le impactan del legajo.

Al inicio de la tarea, el personaje se muestra más preocupado por el pago de su labor y por conquistar a un par de españolas, compañeras de trabajo. Su ánimo pareciera cargado de indiferencia y de petulancia. Sin embargo, a medida que avanza en la lectura del documento, la selección de algunas frases que lo impresionan y las reflexiones que se revuelven alrededor de ellas se convierten en espinas que rasgan la ya frágil estabilidad mental del protagonista.

«A puro palo y cuchillo mataron a esos doce hombres de los que se habla allí (…) Si yo me muero, no sé quién me va a enterrar (…) Hay momentos en que tengo ese miedo y hasta me pongo a gritar».

Son algunas de las frases que el narrador apunta en su libreta y que, en los momentos menos esperados, saca para consultarlas o para leérselas a alguien, aunque nadie parece captar la magnitud de lo que el personaje quiere transmitir a través de su lectura.

Dichas frases no son ficción ni invento del autor. Según me comentó Castellanos en consulta realizada vía correo electrónico el 19 de junio del 2026, las frases en cursiva que aparecen a lo largo de la novela y que el narrador apunta obsesivamente en su libreta, están incluidas en el informe Guatemala, Nunca Más del Rehmi (el Proyecto lnterdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica de Guatemala). Son frases reales encontradas en los testimonios anónimos de sobrevivientes de las masacres ahí referidas.

Imagen de Horacio Castellanos Moya. Fotografía de Miguel Lizana

Aquí podríamos hablar de «la soledad del corrector de estilo». La naturaleza de su oficio lo obliga al silencio. El corrector está obligado a leer todo, sin importar lo que sienta sobre su contenido. No puede interactuar ni opinar sobre lo que lee, no puede indagar ni hablar con quienes dieron su testimonio. No tiene más alternativa que continuar su trabajo. ¿Pero cómo se corrigen comas y tildes sin una pausa para indagar en el sentimiento propio, en «el susto» que le provoca la lectura? ¿Cómo se mantiene la ecuanimidad para recordar reglas gramaticales cuando lo que se lee son testimonios gráficos y detallados de masacres reales?

El corrector de estilo de la novela no tiene nombre. Comparte así el anonimato de esas víctimas que en la novela tampoco son nombradas. Lo que sí nos consta es que esas fragmentaciones del dolor son parte de una realidad colectiva. La soledad emocional e intelectual del narrador también se nos impone a los lectores. La historia y la espiral descendente hacia la paranoia las conocemos estrictamente desde el punto de vista del narrador. No tenemos otras opiniones. Por lo tanto, no sabemos si exagera, si sus permanentes sospechas de que algo o alguien lo persigue son acertadas o si la lectura de tantas atrocidades lo empuja a pensar que aquellos hechos pueden «salirse de la página» y afectarlo personalmente.

Estamos, pues, ante un narrador no fiable, que trata de mantener un asidero con la realidad a través de la libreta personal, del dolor ajeno que le golpea a través de frases que lee y repite, como si ello le sirviera de protección contra las amenazas que parecen acechar su vida.

3. La forma: la gramática del dolor

Resulta inevitable mencionar la novela El asco, el libro más conocido de Horacio Castellanos Moya. Publicada en 1997 por la editorial Arcoiris de El Salvador, esta breve novela de 119 páginas consiste en un monólogo donde un personaje llamado Edgardo Vega, que vive en Canadá, regresa a El Salvador después de 18 años de ausencia para atender una emergencia familiar. Dicho monólogo es una crítica y desmontaje brutal de muchos elementos que identifican a la salvadoreñidad. El fútbol, la cerveza, la comida, nada se salva de los ácidos comentarios de Vega, quien es escuchado en un bar por otro personaje identificado como Moya.

El subtítulo de El asco es Thomas Bernhard en San Salvador. Esta alusión no es casual y alude, de manera directa, a la construcción del lenguaje y al empleo de un tono demoledor e incisivo, características ambas del escritor austríaco en cuestión. En numerosas entrevistas, Castellanos Moya ha dicho que la escritura de El asco es un ejercicio de estilo que emula las complejas construcciones en la fraseología de Bernhard, un atributo que los lectores suelen pasar por alto en favor de las polémicas causadas por el «pecado» de Castellanos de criticar al ser salvadoreño.

Quien lea ambas novelas no podrá evitar encontrar en Insensatez un eco de la construcción de forma de El asco. Esto en ningún momento significa que sea un tono repetitivo o que podamos confundir a los personajes. Ambos son totalmente diferentes. Si Vega mantenía un monólogo con una tendencia hacia la reconstrucción de un lenguaje oral, el narrador de Insensatez construye un lenguaje de oraciones largas y con elementos reiterativos, pero con un estilo más refinado, más parecido a la escritura de un diario.

La forma y el tono construidos por Bernhard y Castellanos contrastan con las frases tomadas de los testimonios del informe Guatemala: Nunca Más. En la novela, el narrador apunta dichas oraciones, que aparecen destacadas en cursiva y que, como ya mencionamos, el personaje consulta o relee, tratando de evocar lo que podría considerarse una gramática del dolor y de la tristeza. El vocabulario y las oraciones emitidas en estos testimonios son sencillos, pero transmiten una carga muy pesada. Es comprensible que el narrador, leyendo y releyendo esas oraciones no sólo visualiza el escenario y los hechos catastróficos vividos por los sobrevivientes, sino que termina comprendiendo y asimilando la magnitud de la tragedia vivida por aquellos.

Para los sobrevivientes de la represión, la deconstrucción gramatical ilustra la deconstrucción misma de su cordura. La tragedia que vivieron se transforma en un duelo difícil de elaborar, porque no existe o no encuentran palabras que logren dar sentido alguno a lo que, de ahora en adelante, será una sombra que los acompañará de manera permanente. El duelo se convierte en una búsqueda de la expresión exacta para asimilar y poder nombrar el dolor individual y comunitario.

«Entonces se asustó y enloqueció de una vez. (…) Ése es mi hermano, ya está loco de tanto miedo que ha recibido; su mujer murió del susto también. (…) No son decires, sino que yo lo vi cómo fue el asesinato de él».

4. Conclusión: no estamos completos de la mente

El lector podrá pensar que el último párrafo de Insensatez es un final abrupto o cortado, pero insisto: el conocimiento del contexto de la época en la que ocurre la historia permite que el lector asocie los eventos de la ficción con la realidad. La novela termina, pero su lectura continúa en la indagación del pasado. Las reflexiones que provoca siguen fluyendo, como si las palabras del narrador y los testimonios de los sobrevivientes trascendieran la página impresa.

Quizás, al igual que el personaje de Insensatez, lo cierto sea que no quedamos completos de la mente. Doce años de guerra en El Salvador y treinta y seis años de guerra en Guatemala no pueden dejar cabal a nadie. Nuestras sociedades han sufrido traumas sociales de violencia que seguimos sin procesar ni sanar. El eco de esos traumas sigue resonando hasta el día de hoy y continuará marcando nuestros accidentados destinos. Mientras tanto, los oportunistas siguen capitalizando dichos eventos para mantener vigente la división política en nuestras sociedades.

La lectura de Insensatez nos recuerda que firmar papeles no basta para instaurar procesos democráticos. El espanto de nuestros muertos y la impunidad de sus verdugos continuarán persiguiéndonos tal como al narrador le persigue una frase hacia el final de la novela: «herido sí es duro quedar, pero muerto es tranquilo». Y nuestros países, está muy claro, siguen heridos de gravedad.

En ese sentido, el retrato de aquel periodo de transición que nos presenta Castellanos Moya es interesante para repasar el fugaz momento en que los acuerdos de paz fueron el agridulce augurio de un cambio que nunca terminó de cuajar. Un periodo extraño, mezcla de esperanza hacia el futuro, pero amargado por la resaca del pasado.