
Nerea Pallares
Punto de araña
Libros del Asteroide, 2026
184 páginas
En la última hornada de mejores narradores jóvenes en español seleccionada por la revista Granta, Valerie Miles, responsable de la edición, resaltó como «estilo distintivo» de la nueva generación la especial atención que esta prestaba a las cualidades sonoras del lenguaje escrito. «A veces nos referimos al estilo distintivo de un escritor como su voz, a menudo como un cliché, o como un sinónimo para no repetir tantas veces en un texto la palabra escritor. La preocupación compositiva por captar la entonación y los giros idiomáticos más sutiles de las diferentes zonas geográficas es ahora muy destacable», se decía en la introducción al volumen publicado entonces por Candaya. El grueso de estos jóvenes autores renunciaba, según Miles, «al español neutro –metropolitano o nómada– con el propósito de captar la exuberancia de cadencias y melodías, de timbres y tonalidades, pero apostando siempre por la naturalidad, sin afectaciones rococó». Nerea Pallares (Lugo, 1989) no se encontraba entre las seleccionadas por Granta pero bien podría haberlo estado: su primera novela, la muy sólida y más que interesante Punto de araña (2025), escrita originalmente en galego (y «traducida» al castellano por la propia autora), comparte no pocos de estos rasgos.
Desde el lenguaje (no solo en lo idiomático, también en lo que tiene de oralidad) hasta el escenario (la Costa da Morte, la pesca y la mar), pasando por la trágica-mágica historia que contiene (construida alrededor de la tradición tejedora de las palilleiras), todo en ella es gallego, y piensa uno que no podría ser de otro lugar, lo cual es sin duda admirable. Con todo, que Punto de araña sea una novela anclada, entomológicamente hablando, a una realidad regional tan identificable no la hace menos universal, pues por sus páginas aparecen deidades con forma de araña (como en la filmografía de Ingmar Bergman) que van de tres en tres (como en la dramaturgia de William Shakespeare), toda vez que la Galicia fantástica, la de las bruxas y las meigas, también comparece en ellas. Lo anterior permite que Pallares salga airosa del órdago narrativo que propone al intercalar en su novela tantas voces distintas (de vivos y de muertos, de jóvenes y de viejos) y dispares (a través de coros o de narradores omniscientes, de primeras y de terceras personas), incluida la siempre peliaguda (por cansina) segunda persona, desde la que se nos cuenta buena parte del metraje.
La historia que se nos narra en Punto de araña es en realidad una historia mínima, según se mire, casi anecdótica, pero por otro lado muy potente, expansiva (abarca hasta tres generaciones) y relevante (por la crítica sobre la que se sostiene), visualmente de lo más atractiva (las invocaciones rituales, los parajes costeros), con fuerte calado histórico y social (pues de fondo late una injusticia ancestral), que contiene a su vez una clara y firme reivindicación feminista (perfectamente traída) realizada además en el marco de un mundo dominado por hombres brutos e incultos. Para hacer convivir (encajar) todas estas realidades en tan poco espacio, la autora levanta toda una poética de imágenes a costa de la acción de tejer, jugando a veces en exceso con estas y otras palabras afines: los hilos y las redes, el mar y las olas… A la novela, dada su extensión y teniendo en cuenta su aliento ya de por sí poético, le habría venido bien cierta contención al respecto.
Punto de araña se erige en cualquier caso como una novela de debut notable, llena de ideas y esculpida prosa, compleja a su manera, sin duda ambiciosa, importante en sus mensajes, hija de su tiempo (comparte pulsiones generacionales, por ejemplo, con el Panza de burro de Andrea Abreu) pero también de cierta tradición (resulta inevitable al leerlo acordarse, cómo no, del Merlín y familia de Álvaro Cunqueiro). Su innegable vocación aleccionadora, la de dar voz a un colectivo de mujeres aplastado por la historia, la de poner el foco en la épica de lo cotidiano, no entorpece en ningún momento la voluntad literaria de esta obra que se sostiene, en última instancia, en una profunda reflexión sobre las potencialidades que tiene el lenguaje a la hora de construir realidades, también, visto a la contra, en cómo el silencio, la no acción, los brazos cruzados, pueden ser empleados para resetear el mundo en el que vivimos. Pues en ella, «más que las bocas, hablaban los gestos».