La próxima imagen que tengo de ese viaje a tierras suizas es la de estar montado en un tren que atraviesa una noche perfectamente oscura, sobre la cual la única certeza era aquella que trazaban las puntuales luces que, de vez en cuando, se interponían ante la oscura silueta del lago Leman. Recordé entonces, en aquel silencio, otra frase de la novela que ahora volvía a abrir: «Escribí mentalmente un poema que hablaba de mis ansias grandes de realizar una excursión al fin de la noche, un deseo total de viajar sin retorno» (p. 157). Y temí, por un breve instante, estar dentro de ese poema que narraba uno de esos viajes sin retorno que tanto le gustaban a Vila-Matas. A mi alrededor los pasajeros dormían, mientras el tren completaba el trayecto que separaba Ginebra de Lausana. Yo me limité a prender la luz sobre mi asiento mientras volvía a adentrarme en la lectura de Doctor Pasavento y recordaba una escena de lectura que rescataba Ricardo Piglia en El último lector: esa escena en la que Anna Karénina, a bordo de un tren nocturno que cruza la llanura rusa, saca su pequeña linterna y se pone a leer una novela. Esa imagen siempre me había fascinado por su aura de soledad y silencio: la historia de la lectura, pensé entonces, también era una historia de linternas personales, de pequeñas obsesiones que nos ayudaban a anclar una realidad que se nos escapaba con el mismo vértigo con el que el tren ahora corría fugitivo hacia lo oscuro. La imagen ferroviaria de Anna Karénina leyendo al amparo de su linterna sugería que la literatura siempre era un viaje inmóvil. Un voyage autour de ma chambre como aquel que imaginó, hace ya tres siglos, el militar Xavier de Maestre. Atlas inmóvil, repetí en voz baja, como si buscase un título capaz de sintetizar esa extraña coincidencia de movimiento e inmovilidad que esbozaba la línea de fuga del lector moderno. Algo así también era la vanguardia, una silueta aparentemente inmóvil que en secreto ejercía su derecho a desaparecer.

Hubiese querido, esa noche, haber llegado a una Lausana nevada. Repetir, en tierras suizas, una de esas caminatas solitarias que Walser solía tomar sobre los predios nevados que rodeaban el sanatorio de Herisau. Esas mismas tierras nevadas sobre las cuales lo encontraron muerto el día de Navidad de 1956. Me hubiese gustado llegar a esa nieve tan literaria. El clima, las nubes o la meteorología trabajaron contra mi mal gusto. Llegué a una Lausana helada pero desprovista de nieve, entre cuyas empinadas calles las personas parecían pasear escurridizas, livianas, siempre en tránsito. Incapaz de fijar los rostros de aquellos ciudadanos del frío, recordé una escena de Dublinesca en la que el protagonista cree advertir, en repetidas ocasiones, la elusiva silueta de un joven que lleva una chaqueta Nehru azul. Recordé cómo, en aquella novela, la enigmática figura de ese joven enchaquetado le servía a Vila-Matas para esbozar la huidiza presencia de una vanguardia siempre en proceso de desaparición. En la noche helada de Lausana todos parecían una reencarnación de aquel fugaz personaje. Había en ellos la misma mezcla de presencia y ausencia, de fijeza y mudanza. Una convivencia de fugacidad y eternidad que los emparentaba con las esculturas de Giacometti. Pensé entonces en aquella hermosa definición que, en torno a la modernidad, había esbozado Baudelaire: la modernidad como la sincronía entre lo efímero y lo eterno. Lo eterno desapareciendo en lo efímero y lo efímero en tránsito hacia lo eterno, repetí, mientras rememoraba que en aquella novela la figura del joven enchaquetado era apenas una forma de llegar a otra figura aún más enigmática: la de un extraño personaje del Ulises de Joyce que aparece en el entierro de Paddy Dignam y cuya identidad siempre permanece envuelta en misterio. Ese personaje, caracterizado por su gabardina Mackintosh, era el acompañante secreto del protagonista en su viaje a Dublín para celebrar el aniversario de la publicación de la gran novela de Joyce, pero era a la vez una suerte de fantasmagórica silueta de la vanguardia. Su presente fugitivo y la frase, extraña, me regaló una teoría que hasta entonces no había formulado: la de que la vanguardia era el presente fugitivo del arte, la temporalidad constitutiva de su historia. Cesárea Tinajero, Benno von Archimboldi, Macedonio Fernández, Robert Walser, Marcel Duchamp: todas esas inapresables figuras remitían a un pasado que, sin embargo, siempre se hallaba muy lejos, en un futuro hacia el cual apenas nos dirigíamos. Fantasmas futuros, me dije, mientras pensaba que la paradoja de la vanguardia tenía mucho de fantasmagoría y que su desaparición siempre pedía reencarnaciones futuras: neovanguardias que retomasen la imposible utopía de retratar ese presente fugitivo. Tal vez por eso la vanguardia daba paso al relato de la vanguardia, a su búsqueda narrativa: sólo así podíamos entender la fuerza motriz que regía la historia del arte y de la literatura. Cesárea Tinajero, Benno von Archimboldi, Macedonio Fernández, Robert Walser, Marcel Duchamp: detrás de esos nombres se hallaba la paradoja de que el arte se mueve adelante retrocediendo, produciendo novedades que hacen eco de un pasado inaccesible. Pero atrapar al joven Mackintosh era siempre imposible y, tal vez por eso, aquella noche en Lausana sentí que la ciudad se me escurría de las manos, inapresable y eterna, dejándome vagamente perdido ante un sinnúmero de ventanas cerradas que me hicieron pensar en los extraños inviernos de los pueblos de la costa italiana, esos pueblos olvidados por meses antes de que el verano les recordase a los turistas que existían sus cálidas playas. No nevaría en Lausana, porque la nieve —como la vanguardia— era algo que ocurría en pasado o en futuro, pero nunca en presente. Buscando escapar de tantas teorías, o tal vez meramente tratando de refugiarme del frío, entré en un pequeño bar a la puerta del cual creí vislumbrar a un joven en cuyo rostro sentí reconocer la silueta de un jovencísimo Enrique Vila-Matas. La vanguardia me impulsaba hacia adelante como un fantasmagórico déjà-vu.

Todavía con aquel extraño déjà-vu en mente me senté en una mesa esquinera. A mi lado, una mujer mayor de pelo rojo leía periódicos y yo pensé que era extraño leer noticias llegada la noche. Me sedujo, sin embargo, la idea de que tal vez aquella escena escondía la idea de que el truco era aprender a leer el pasado anacrónicamente, aprender a estar un poquito fuera de tiempo. Como no tenía mucho más que hacer, saqué la pequeña libreta de cuero rojizo en la que solía tomar apuntes y me puse a esbozar teorías con la misma libertad absoluta con la que los artistas del art brut garabateaban líneas sobre sus cuadernos. Reflexioné sobre aquel presente fugitivo bajo el cual había imaginado la vanguardia y me dije que mucho de déjà-vu tenía todo aquello: también en el caso de ese presente fugitivo del que hablaba se trataba de un pasado que, de repente, aparecía como presente para desaparecer inapresable hacia el futuro. Sentí que toda verdadera vanguardia era déjà-vu de una vanguardia anterior, olvidada y desaparecida. Toda vanguardia intentaba hacer surgir lo nuevo repitiendo el vacío de la vanguardia inicial, repetí, mientras copiaba en el cuaderno una frase que creía haber leído en Mac y su contratiempo, la última novela de Vila-Matas: «El oscuro parásito de la repetición que se esconde en el centro de toda creación literaria» (p. 20). Sobre aquella cita, a modo de título, escribí Repetición y diferencia y me alegré al pensar que tal vez aquel texto, de haber sido escrito en letra diminuta, podría haber sido uno de los microgramas de Walser. Tal vez, asimismo —Repetición y diferencia de la vanguardia—, podría titularse mi ensayo, me dije, mientras regresaba a aquella última novela de Vila-Matas en la que, quizá cansado del mito de la originalidad, el escritor se lanzaba contra la voz propia y proponía, en cambio, una teoría del autor como copista. Recordé a Piglia y su defensa del plagio en Homenaje a Roberto Arlt, recordé la poética de ventrílocuo con la que Cabrera Infante llenaba las mejores páginas de Tres tristes tigres, recordé la forma en la que cita literaria se convertía para el propio Vila-Matas en un dispositivo poético y comprendí que la vanguardia desaparecía en su repetición. Como decía Kierkegaard en esa frase que le atribuía Vila-Matas: «La repetición recuerda avanzando» (Mac y su contratiempo, p. 23). Aprender a repetir la vanguardia era otra forma de vivirla, aventuré, mientras en la libreta esbozaba una historia del arte como una gran lista de plagios y repeticiones: Cervantes plagiado por Laurence Sterne, a su vez plagiado por Xavier de Maistre, a su vez plagiado por Machado de Assis, a su vez plagiado por Macedonio Fernández, a su vez plagiado por Marcel Duchamp, a su vez plagiado por Walter Benjamin, a su vez plagiado por Jorge Luis Borges, a su vez plagiado por Italo Calvino, a su vez plagiado por Lorenzo García Vega, a su vez plagiado por Enrique Vila-Matas. La historia del arte y de la literatura entendida como una infinita cadena de plagios y de repeticiones que iba a culminar allí, en ese bar oscuro en el que una vez caída la tarde una señora mayor se sentaba a leer noticias viejas. A la historia de la literatura, parecía decir Vila-Matas, siempre se llega un poco tarde. Unas cuantas horas después del final de la fiesta. La pregunta entonces era: ¿cómo escribir después del fin? Miré a mi alrededor buscando respuesta, aunque sólo pude pensar en Walser, en la forma en la que de sus últimos años la única obra de arte que quedaba era su propia vida. Esa apuesta total por encarnar la literatura lo emparentaba con los artistas del art brut que vería a la mañana siguiente. Para él, concluí, no era suficiente narrar el relato de la vanguardia. Tocaba volverse literatura, darle cuerpo. Luego, volví a tomar una copa de vino y sentí que todo aquello eran meras teorías. Tocaba perder teorías o, por lo menos, encarnarlas. Titulé aquellas reflexiones Tantas veces Lausana, convencido de que todo título daba coherencia a los pensamientos más dispares. Después, tomé mi abrigo y volví a salir al frío, convencido de que mañana todo estaría más claro y una extraña lucidez iluminaría lo oscuro. Ya afuera sentí que aquella ciudad era muchas, pero que en ninguna de ellas nevaba.

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