No tendría más de treinta años, pero su mirada estaba marcada por la pasión sin fondo de los obsesivos. Esa misma mirada ausente que sentí haber visto en las pocas fotografías que conocía de Walser y que, de alguna manera, me hacía pensar en los cuadros de Hopper o de Hammershøi. Un hombre sin atributos en torno al cual se concentraba un profundo silencio, mientras sus ojos vagaban de la serie de cuadros que tenía frente a sí hasta el cuaderno azul en el que parecía dibujar. La escena, teatral y extraña, me recordó el teatro de la escritura que proponía el propio Vila-Matas en Kassel no invita a la lógica. También allí un hombre ponía en escena la escritura como arte. También allí un hombre decidía encarnar el arte frente a la mirada ajena. La vanguardia como performance, aunque la vulgaridad de la teoría me forzó a añadir que aquello sólo podía ser considerado performance si entendíamos por tal una puesta en escena que se atrevía a llevar la actuación hasta el límite. Siempre que alguien actúa arriesga morir en escena, había dicho mi antigua profesora Peggy Phelan, y su frase, olvidada durante tantos años, regresó entonces a mí con la fuerza del peor destino. Brevemente, temí por aquel joven Sebastián y temí por mí. Temí por todos los que se aventuraban hasta aquel extraño museo buscando repetir los pasos de Walser. Tal vez para tranquilizar los nervios, tal vez para disipar la imagen de aquel fatídico destino, me acerqué a la serie de cuadros que el joven pintaba. Se trataba de fascinantes escenas en las cuales, a base de repetición, el pintor lograba un extraño efecto de encantamiento. Una suerte de escritura automática que se repetía hasta degenerar en una serie de trazos elásticos, que terminaban convirtiéndose en dibujos que en algo me recordaron a los doodles que solía esbozar en el colegio en momentos de distracción. La escritura desapareciendo hacia el dibujo, la letra esfumándose: aquellas pinturas —reminiscentes de los encantadores garabatos de Cy Twombly— remitían a la vez a la forma en la que en los microgramas de Walser la letra parecía ganar independencia hasta llegar a convertirse en un idioma privado. Junto a los cuadros, una pequeña placa proveía los datos del artista y esbozaba una pequeña biografía. Todavía dándole la espalda al joven, me acerqué hasta la placa y leí: Dwight Mackintosh (Hayward, California, 1906-Berkeley, California, 1999). Una fría punzada me dejó helado tan pronto reconocí ese apellido que me remontaba a Vila-Matas y al Ulises de Joyce, a ese joven fugitivo que recorría las páginas de aquella novela como una suerte de espectro vanguardista. Lo imaginé brevemente en California, esbozando aquellas pinturas desde sanatorios norteamericanos y me reí al pensar que tal vez detrás de aquel nombre se hallaba una conspiración transatlántica, un complot vanguardista detrás del cual se escondía la realidad de que aquel que persigue la vanguardia arriesga desaparecer en la locura. Mejor era partir cuando todavía quedaba tiempo. Me giré, esperando encontrar la imagen del joven pintando, pero ya no estaba. Como buen Mackintosh, se había esfumado. Tomé mis cosas, salí del museo y, al pisar la calle, me pregunté si después, una vez caída la noche, la misma señora de pelo rojo volvería a leer periódicos viejos en aquel bar tal vez soñado. Nunca sabré la respuesta. Dos horas más tarde un avión me llevaba de vuelta a Londres, convencido de que los viajes tienen el poder de convertir las teorías en pesadillas. Una liviana y grácil nieve caía sobre Londres y yo me limité a pensar que ver nevar es siempre ver nevar dos veces. Regresar a una lejana infancia de la que ya no tenemos recuerdo.

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