«Siento que la obra escrita está fundada sobre la nada»

Por Carmen de Eusebio

© Elena Blanco

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es escritor y colaborador habitual de las más prestigiosas revistas literarias y prensa. En el extenso prólogo de En un lugar solitario (2011), volumen que reúne los cinco primeros libros publicados, nos cuenta cómo llegó a la literatura. Su deseo era dirigir cine, pero la obligación de cumplir un año de servicio militar en el norte de África lo llevó a escribir Mujer en el espejo contemplando el paisaje (1973), sólo por no perder el tiempo. A este comienzo lo siguen más de cuarenta libros publicados, que incluyen novelas, ensayos y otros géneros literarios, entre los que destacamos El viaje vertical (1999), Extraña forma de vida (1997), Bartleby y compañía (2000), El mal de Montano (2002), París no se acaba nunca (2003), Doctor Pasavento (2005), Exploradores del abismo (2007), Dublinesca (2010), Aire de Dylan (2012), Kassel no invita a la lógica (2014), Mac y su contratiempo (2017) y Bastian Schneider (2017). Ha recibido numerosos premios, tales como el Internacional de Novela Rómulo Gallegos, el concedido al mejor libro extranjero en Francia, el Herralde de Novela, el de la Crítica, el Fundación José Manuel Lara a la mejor novela del año, el Real Academia Española o el Nacional de Cultura de la Generalitat de Cataluña. Su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas.

Una pregunta un poco orteguiana para comenzar: ahora que ha cumplido setenta años (por cierto, los mismos que nuestra revista), y con una amplia obra en su haber, ¿puede decirme si cuando comenzó su carrera de escritor vislumbraba que era esto lo que quería escribir?

Al revisar en décimas de segundos casi cincuenta años de escritura, sonrío al pensar en el susto que al acercarse a mi obra actual podría llevarse el joven que fui y que comenzó a escribir en serio en un cuartucho al norte de África en enero de 1971. «Pero, Dios santo, ¿qué es esto?», lo veo preguntarse en un atardecer al entrever mi obra futura con la ayuda de un quinqué en aquel colmado militar de Melilla donde empecé a escribir. «¿Preguntas qué es esto? Pues mira, no te lo voy a contar, porque es muy difícil ser un buen artista y a la vez ser capaz de explicar de un modo inteligente cómo es tu arte», le diría. Y me lo imagino de rodillas, rezando una oración.

Usted podría afirmar, como Montaigne, que la materia de su libro es su vida misma, pero entonces podríamos preguntarle: ¿quién es usted? No me refiero al Vila-Matas que transcurre entre sus vecinos y acude al café, sino el que ha surgido de su obra.

Ya sé que una vez le dije a Rodrigo Fresán que me había pasado una gran cantidad de años creyendo que escribir equivalía a empezar a conocerse a sí mismo, aunque, a medida que había ido pasando el tiempo, había comprendido que nunca sabría quién era yo por culpa precisamente de escribir. Pero mire por dónde creo ahora saber quién soy, quizás porque ya tengo la edad del Quijote, aquel que gritaba «¡Yo sé quién soy!» en medio de sus alucinaciones. Soy alguien que se dedica al arte de la ficción, alguien que cree que ésta tiene más posibilidades de acercarse a la verdad que cualquier representación de la realidad. Con esta convicción he trabajado a lo largo de los años, sin moverme jamás del espacio de la literatura como invención, alejado de la no ficción y de las historias basadas en hechos reales, que, como diría Nabokov, son un insulto al arte y la verdad.

Entre la memoria y la sensación de un yo, y la obra como forma que trasciende esas experiencias, hay una tensión. ¿Cómo la vive como escritor?

Pues de muchas maneras distintas, por lo que voy a hablarle de cómo la he vivido esta tarde. Y ya me disculpará, pero sólo puedo contestarle a esto de un modo eficaz si lo hago narrativamente. He tenido una discusión a media tarde y, mientras me encontraba duramente enzarzado en ella, me he acordado de que la literatura ayuda a saber que no es verdad eso de que hablando se entiende la gente y que más bien la gente se entiende escribiendo (no mucho más, aunque seguro que un poco más sí). Lo he comprobado poco después de la discusión, cuando desde la lejanía he escrito a la persona con la que había litigado antes en directo y hemos ido llegando a un inesperado punto de encuentro a través de unos razonados mensajes de WhatsApp. ¡Como para no tener una cierta fe en la escritura!

El arte de la ficción tiene más posibilidades de acercarse a la verdad que cualquier representación de la realidad

Ha mezclado en algunos de sus libros listas verdaderas (existentes para un tercero) con ficticias y ha jugado con la imposibilidad de la figura del autor, de este modo, se inserta en la mejor tradición crítica cervantina. ¿Hay algo de esto?

Lo hay. Pero debo decirle que lo hago sin darme cuenta, que es también una manera de hacerlo. En cualquier caso, es cierto que los libros que no existen también para mí existen, del mismo modo que, si uno va a la cueva de Montesinos real y mira la llanura y los colores que hay a su alrededor y repara en la increíble tierra roja al lado de la cueva, puede que allí se dé cuenta de que la literatura es, asimismo, parte del mundo, como lo son, por ejemplo, las hojas.

¿Para que la vida sea verdadera hay que inventarla una y otra vez? ¿Somos, en este sentido —un sentido muy pessoano— el producto de una invención?

Pues sí. Para crear la realidad hay que escribir. El origen de la novela —volvemos a Cervantes— es de cariz radical. Porque entre lo más seductor de la literatura está el hecho de que desequilibra nuestra vida colocando la cuestión de la representación y del lenguaje en primera línea de combate. El lenguaje no es algo que representa la realidad, sino algo que la construye y la deconstruye desde una inapelable propuesta subjetiva. Esto arrastra unas cargas morales, estéticas extremas. Las novelas convencionales que nos rodean hacen lo posible para huir de esto…

Siento que la obra escrita está fundada sobre la nada y que un texto para tener validez debe abrir nuevos caminos y tratar de decir lo que aún no ha sido dicho

Algunos estudios neurocognitivos actuales nos muestran que muchos de nuestros recuerdos son inventados (como su libro Recuerdos inventados), y todo eso nos sitúa ante dificultades serias en relación a cuál sea nuestro verdadero pasado. Como escritor, ¿tiene para usted sentido lo que se puede denominar «un pasado real»?

A veces narro en reuniones de amigos historias de mi pasado real, anécdotas de cuando tenía veinte, treinta, cuarenta años y, normalmente, acaban diciéndome que tendría que escribir acerca de todo eso, porque tengo una memoria muy en forma y, además, lo que cuento es muy divertido. Y siempre en silencio desconfío de lo que acaban de decirme, porque pienso que en el fondo me están diciendo: «Pero hombre, si escribieras contando las cosas como nos las cuentas aquí, tendrías más lectores, te entendería todo el mundo». No se dan cuenta de que, en realidad, ya estoy, de algún modo, escribiendo ahí, no sobre un papel, aunque escribiendo también. Y tampoco se dan cuenta —reconozco que esto es más difícil verlo— que esas historias orales sólo me interesan para hacer probaturas, ensayos técnicos; muchas de ellas las he contado ya en otras partes antes y, al repetirlas como si vinieran a mi memoria por primera vez, busco sólo contarlas cada día mejor —dotarlas, por ejemplo, de un mayor ritmo y efectividad sintética—, en definitiva, seguir aprendiendo a contar. Dicho de otra manera: el pasado lo utilizo para mejorar mi técnica narrativa y el futuro lo coloco aparte, lo reservo para el tiempo de la escritura, para mi literatura.

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