Hay algo de laberinto y recurrencia sin fin en su literatura, tanto en sus narraciones como en sus ensayos. ¿Hay salida del laberinto, un acto final, así sea momentáneo, de contemplación, o bien el vértigo de estar siempre en tránsito, en definitiva, de ser transitorio?

No hay salida, ni la quisiera. Desde Bartleby y compañía (2000), como si fuera la maldición del «no», terminar mis libros y llevar al límite la obsesión que ese libro encerraba ha significado para mí llegar al fondo de un callejón sin salida y tener que preguntarme cómo lo haría para continuar. Una frase de Bioy Casares me ha acompañado desde entonces: «La inteligencia es el arte de encontrar una brecha por donde salir de la situación que nos tiene atrapados». Recordar esa frase me ha sido con frecuencia útil al terminar un libro, porque supe siempre buscar, incansable, esa mínima brecha que yo sabía que tenía que estar en mi cul-de-sac y que, al final, encontraba, pero no para salir, sino para ir hacia otro libro y otra obsesión.

¿Qué le dice la idea, de origen sartriano, del compromiso del escritor, tan cara, por ejemplo, a Mario Varga Llosa?

Aquí le voy a repetir algo que ya he dicho otras veces, porque no quiero moverme del mismo guión. Siento que la obra escrita está fundada sobre la nada y que un texto para tener validez debe abrir nuevos caminos y tratar de decir lo que aún no ha sido dicho. En una descripción bien hecha, aunque sea pornográfica, hay algo moral: la voluntad de decir la verdad. Cuando se usa el lenguaje simplemente para obtener un efecto, para no ir más allá de lo que nos está permitido, se incurre, de manera paradójica, en un acto inmoral. Me gustan los escritores en los que hay una búsqueda ética, precisamente, en su lucha por crear nuevas formas.

Desde Historia abreviada de la literatura portátil (1985) a Mac y su contratiempo (2017), hay una amplísima y admirable investigación del mundo creativo, de los mecanismos de la ficción, tanto psicológicos como formales. ¿Nos podría hablar sobre otros autores con los que comparte esta deriva yo diría que concéntrica?

Toda mi obra narrativa propone, de forma indirecta, un canon literario no muy ortodoxo, lo que no deja de ser una labor crítica un tanto especial y hasta sorprendente, por ser consecuencia, como señalara Domínguez Michael, de un carácter novelesco y no de una intención apologética. En cierta forma y salvando las insalvables distancias, he operado al modo de Borges, dando orden y concierto a una literatura que ya estaba en las librerías, como lo estaban, en 1940, los libros de Wells y de Chesterton que citaba o reseñaba el autor de Ficciones.

Cerremos, si le parece, con el taller del autor. ¿Cómo es un día suyo de trabajo?

Fatigado ayer por la noche, dejé esta última amable pregunta suya para contestarle hoy esta mañana cuando me levantara y, como todos los días, hacia las ocho, tras el desayuno —con una taza de café que siempre elevo a la categoría de musa, salvo cuando está la musa real en casa—, comenzara mi día de trabajo. Y, aunque le parezca raro, su pregunta ha condicionado los próximos minutos de mi taller de autor, ya que me ha recordado que ya hace tiempo que quiero escribir acerca del origen de esta pregunta, hoy tan habitual, en las entrevistas a los escritores; esa pregunta que se interesa —por decirlo de un modo general— por el horario de los escritores. La teoría que busco desarrollar sostiene que esta pregunta se populariza a partir de la entrevista que le hizo George Plimpton a Ernest Hemingway en 1954 para The Paris Review. La pregunta —dos en realidad— abría la entrevista: «¿Cuándo trabaja usted? ¿Mantiene un horario rígido?». La respuesta de Hemingway fue memorable, todavía hoy la citan los escritores principiantes y también los no tan principiantes: «Uno escribe hasta llegar a un lugar en el que todavía le queda resto y sabe lo que ocurrirá a continuación y allí uno se detiene y trata de vivir hasta el día siguiente para volver a seguir con aquello». Es una respuesta muy buena y que contiene un consejo interesante, pero yo creo que el éxito de esa respuesta viene de que a la vez contiene un enigma, porque, teniendo en cuenta que, cuando emprendemos un camino, todo va cambiando a nuestro alrededor, es difícil creer que uno pueda saber lo que ocurrirá a continuación.

 

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