Carlos Edmundo de Ory
Los reinos de allí. Poesía reunida
Galaxia Gutenberg
1.648 páginas
POR EDUARDO MOGA

En 2023 se cumplió el centenario del nacimiento, en Cádiz, de uno de los mayores poetas españoles de la segunda mitad del siglo pasado, pero cuyo pleno reconocimiento está aún por llegar: Carlos Edmundo de Ory. A este fin —el reconocimiento cabal de su singularidad e importancia— apunta la publicación de su poesía reunida, Los reinos de allí, en Galaxia Gutenberg, a cargo del mayor especialista en la obra del Ory, Jaume Pont. Los reinos de allí reúne veintisiete libros de poemas —doce de ellos exentos y quince integrados en los seis ciclos creativos en los que Ory dividió su extensa obra—, empezando por Versos de pronto, su primer libro, aparecido en la revista Fantasía en 1945, y acabando por Melos melancolía, cuya segunda edición vio la luz en 2003. A este dilatado conjunto se suman «Solo de poemas solos», un amplísimo apartado con las composiciones no incluidas en libro y los poemas inéditos, y la Poesía primera, de adolescencia, que se recoge en un apéndice. Los famosos aerolitos de Ory, mezcla de aforismo y greguería, bautizados así por el gran amigo y maestro de Ory —y creador con él de la única aportación específicamente hispana a la historia de las vanguardias, junto con el ultraísmo: el postismo—, Eduardo Chicharro, publicados en 1985, quedan excluidos de Los reinos de allí por expreso deseo del autor, como indica Pont en la detallada nota a la edición.

La publicación de la poesía reunida de Ory cubre, por fin, un vacío inexplicable en la literatura española contemporánea. Aunque quizá me haya apresurado a calificarlo de inexplicable: Ory, asumiendo su destino de poeta excéntrico, de poeta errante, dejó España, la sórdida España de posguerra, por la más luminosa Francia en 1955, de donde ya no volvería: allí murió, en 2010, en el pueblecito de Thézy-Glimont, y allí está enterrado. A este alejamiento, que en tantos casos ha sido fatal para el conocimiento y la reputación de un escritor —con lo olvidadizos que somos todos—, se suma otro hecho fundamental para que la figura de Ory quedara emborronada por la lejanía y la desatención: tras Versos de pronto, el breve e inaugural conjunto de poemas aparecido en un semanario madrileño, Ory no publicaría su primer libro de poemas, Los sonetos, hasta la muy tardía fecha de 1963, con cuarenta años, y el siguiente, con otro título poco incitante, Poemas, hasta 1969, cuando ya se acercaba a los cincuenta. A esta tardanza y morosidad en la publicación (a las que contribuyó no poco la censura franquista, que fue inclemente con él), se añade un factor estrictamente literario para explicar su alejamiento del público y del reconocimiento institucional (el poeta no recibió un solo premio literario a lo largo de su vida; únicamente en 2003 se le concedió un honor provincial, o provinciano: ser hijo predilecto de la provincia de Cádiz): Ory nunca fue un autor de masas. Su poesía no convocaba al lector mediano y, aun dentro del muy minoritario terreno de la poesía, adocenado, sino a ese otro, aguerrido, que no desdeña la superficial irracionalidad de los versos, sino que la entiende como expresión de otra lógica —de otra alquimia— y que accede a dejarse llevar por las inquietantes fabulaciones oníricas, por la música quebrada y vehemente, por el espíritu lúcido y lúdico, pero también doliente y ensombrecido, de un poeta órfico, experimental, romántico, visionario, existencial, sincrético —y que no utiliza los signos de puntuación—, como Carlos Edmundo de Ory.

Jaume Pont subraya, ya en la primera página de su impecable introducción, la «abisal contradicción» que acompañó siempre a Ory, y que es la principal característica de su poesía: «Pocos poetas como él han sabido conciliar, de forma tan singular, la pasión por la vida con la imaginación creadora, el dolor con la risa, lo cotidiano con lo metafísico, el sentimiento de un tiempo roturado con la pasión por el lenguaje y la música del alma», una contradicción en la que insiste a lo largo de su estudio, y que es perceptible en todos los libros y facetas del poeta gaditano. En Música de lobo, su cuarto libro, publicado en 1970, esa «contumaz propensión a la fusión de los contrarios» se manifiesta ya en el título —que luego sería el de la antología de sus versos, publicada asimismo por Galaxia Gutenberg en 2003—: la música implica el canto, la embriaguez, el amor: el ánodo órfico de un arte que nos permite religarnos con lo desconocido y lo sagrado; y el lobo simboliza la sangre, el dolor, la devoración: el cátodo angustioso de las sombras.

Hay que celebrar el acontecimiento editorial y literario que supone la publicación de la obra poética de Carlos Edmundo de Ory: la confirmación, sistemática, razonada y tangible, de su enorme talla de poeta.