
Fernando Navarro
Crisálida
Impedimenta
272 páginas
El infierno puede ser un lugar, un estado de la mente o una etapa en la vida. La primera novela de Fernando Navarro muestra un infierno que es las tres cosas al mismo tiempo. Así lo siente la narradora protagonista de Crisálida, una niña sin nombre a quien su padre llevó a vivir aislada en un lugar indeterminado entre La Alpujarra y Sierra Nevada, con su madre y sus cuatro hermanos. Visto desde la dimensión material el infierno es un lugar: un bosque mítico habitado por aterradores seres medio fantásticos como un tigre que no come personas, sino almas —«que son personas como la nieve es agua»— o como la temible dama de las alturas, una anciana vestida con una túnica inmunda de quien la narradora dice que tiene «dientes retorcíos marrones y amarillos, las manos de lombrices» y la cara «pintada de ceniza azul». Ese mismo bosque, visto desde la dimensión espiritual, muestra algo real y aún más aterrador: el lugar impreciso donde los demonios de un paranoico someten a su esposa y a sus hijos a una violencia inexplicable, que para mayor tragedia es contagiosa.
Ambos infiernos —el que podríamos ubicar en el mapa y el que se pierde en la cabeza— empeoran ante la indiferencia de los demás, al menos así lo cree la niña, cuya perspectiva es la única que Crisálida ofrece. El desconcierto ante las acciones de los padres, aunado a su culpa de hermana que no puede defender a los más jóvenes se suma a la convicción de que cuando la familia se aisló, el mundo se olvidó de ellos, lo que constituye una manera de deshumanizarlos. «No le importábamos a nadie», recuerda la narradora: «Levantaba la corteza de los árboles y siempre salían insectos y eran como nosotros, familias a las que les han levantado el techo y tienen que huir».
El tercer infierno es un estado de la evolución del ser: la crisálida. En esa imagen se encuentra una metáfora de la consciencia narradora, suspendida entre la pesadilla y el recuerdo lisérgico, mientras la protagonista recibe tratamiento en un sanatorio rural. Su «suspensión» es psíquica tanto como física. Psíquica por las drogas que le inyectan «médicos y hombres con corbata» que de vez en cuando se sientan al lado de su cama e intentan conversar con ella para comprender qué le pasó. Física porque, si bien ella en realidad ha dejado de ser una niña y la violencia paterna la ha llevado a una brutal transformación, tampoco ha comenzado a ser propiamente una mujer. La narradora es como un insecto que ha dejado atrás el estado larvario, pero todavía no está lista para salir volando convertida, por fin, en mariposa. Lo que es propiamente «infernal» en este estado suspendido es que el momento «crisálida» es también el tiempo de la adolescencia detenido para siempre en el recuerdo de la tragedia.
En su libro sobre H. P. Lovecraft, Michel Houellebecq afirma que el autor estadounidense no «podía» llegar a la adultez porque consideraba a esa edad el infierno. Traigo a colación esto porque como Lovecraft, Navarro tiene un extraordinario poder para crear universos, notable en la novela tanto como en los relatos de su libro anterior, Malaventura (Premio Setenil, 2022). Las dos obras del narrador y guionista granadino comparten la atmósfera ácida de una Andalucía mítica descrita a través de un estilo literario seco y directo, en donde los personajes se presentan marcados por los giros del castellano coloquial de su tierra, como harían en una película. Agazapado en ese ambiente, lectores y personajes sienten un mal tan misterioso como inasible, eso inclasificable que en las obras de Lovecraft produce el «horror cósmico». Según Houellebecq, el infierno de la adultez es la base de esa poética y hace que la suerte de los personajes lovecraftianos sea tan inútil que no brinde tranquilidad. «Es ridículo imaginar que en los confines del cosmos esperan unos seres, llenos de sabiduría y benevolencia, para guiarnos hacia quién sabe qué armonía», escribe el autor francés, parafraseando las ideas de Lovecraft. Navarro sigue el mismo camino. Por eso en Crisálida jamás se resuelve el desasosiego. Y una poderosa imagen de ese desasosiego es la dama de las alturas que busca a la narradora en el bosque tanto como en el sanatorio, y que un día, después de hablarle de muchas cosas, le acaricia el pelo —la niña le tiene tanto miedo que se mea encima— y, entonces, le dice algo más, algo que recuerda a los peores momentos del padre paranoico: «No crezcas, por favor. No crezcas nunca».