
Empecemos por señalar una paradoja. Guatemala es el país de Miguel Ángel Asturias, el premio Nobel de Literatura cuya obra, junto con la de Alejo Carpentier, estableció los fundamentos de eso que con más cáscara que jugo, con más pereza que rigor, se llamó después realismo mágico, aunque el odioso término reduzca a postal turística lo que era en verdad pensamiento barroco mestizo, poética del mito, utilización de la lengua impuesta para liberar los retumbos de las lenguas vencidas. También es el país de Augusto Monterroso, que hizo de la brevedad una de las formas más sofisticadas y rigurosas de la inteligencia en lengua española. Y sin embargo, con las excepciones de rigor, la literatura guatemalteca contemporánea parece condenada a una invisibilidad que tiene menos que ver con la calidad de sus libros que con las estructuras que deciden cuáles de ellos cruzarán alegremente las fronteras y a cuáles les será negada la visa del prestigio.
El siglo XX guatemalteco produjo novelas que jamás debieron pasar desapercibidas. Pienso en Los compañeros o En el filo, de Marco Antonio Flores, que con idénticas dosis de compasión y violencia abrió en canal el cadáver de unos sueños revolucionarios que animaron la insurrección de por lo menos dos generaciones de amorosos suicidas. Pienso en Los arrieros del agua, de Carlos Navarrete, esa novela que elevó la mirada antropológica y la convirtió en una elegía que huele a tierra mojada y a carbón de encino. Pienso en La ruta de su evasión, de Yolanda Oreamuno, que en 1948 arrastraba a sus pocos lectores hacia la profundidad psicológica y el vértigo poético del monólogo interior, cuando a ninguno de sus contemporáneos de la región, esos señores que hacían exuberantes y acaloradas novelas criollistas, se le habría ocurrido que tal cosa era posible. Y pienso, sobre todo, en esa obra maestra blasfema, lúdica y revolucionaria llamada El tiempo principia en Xibalbá, de Luis de Lión, escrita a comienzos de los años setenta por un maestro de escuela que fue secuestrado por el ejército en 1984, torturado y desaparecido. Medio siglo después de escrita, esa novela emparentada con Rulfo y con Faulkner encontró por fin, milagrosamente, la posibilidad de ser leída en España. La edición de Libros de la Ballena, publicada el año pasado, reparó una omisión de cincuenta años.
En el siglo XXI la historia no ha sido distinta. Un solo ejemplo entre tantísimos otros: una novela como Diccionario esotérico, de Maurice Echeverría, publicada en 2005, imaginaba ya territorios donde el ocultismo y la degradación urbana se contaminan mutuamente para crear una forma del horror que no distingue entre lo social, lo político y lo cósmico. Esa novela establecería hoy un diálogo alucinante con Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, si alguien, aquí o allá, se ocupara de colocarlas en la misma mesa.
Las veleidades del mercado editorial, sin embargo, no son las únicas responsables. Todos estos escritores venían también de un país que, cuando no intentó silenciarlos mediante la tortura, el asesinato o el exilio, continuó ignorándolos con una constancia ejemplar. El poder en estas latitudes, que además de corrupto es iletrado y estúpido, ha sido sin embargo capaz de entender, o de intuir, que la indiferencia es la forma más barata de la censura.
Después de este pequeño desahogo, tampoco quiero seguir sonando demasiado lastimero y quejón porque, en última instancia, la historia de la literatura es la historia de las exclusiones y de los silencios. Dicho de otro modo, no hay canon sin cementerio. Al mismo tiempo, sería injusto no reconocer que algo ha empezado a cambiar y lo ha hecho por el empeño de personas concretas. Pienso en Sergio Ramírez y en Centroamérica Cuenta, el festival que ha hecho más que cualquier política pública por que la literatura centroamericana, con toda su falta de «factibilidad editorial», establezca un diálogo horizontal con las otras latitudes de la lengua. Y pienso también en Cuadernos Hispanoamericanos, la revista que publica este dossier y que lleva años instigando este tipo de conversaciones. Es decir, los puentes no surgen espontáneamente, siempre hay alguien que se ocupa de construirlos.
Mapa de otros mundos, de Rodrigo Fuentes, publicado en Guatemala por Sophos en 2022 y después en México por Dharma Books, es otro de esos libros que, como tantos, como casi todos, pasó desapercibido a pesar de sus virtudes literarias y su relevancia política. Espero que incluirlo en este dossier sirva para contagiar mi entusiasmo.
Fuentes había conseguido cierta notoriedad con Trucha panza arriba, un admirable libro de cuentos que viajó mejor que casi cualquier otro libro guatemalteco reciente, con ediciones en varios países, traducciones al inglés y al francés, y que, a la contra de la narrativa guatemalteca contemporánea, que tiene a la ciudad como su territorio predilecto para la invención de ficciones, volvía a la noche oscura del campo no para encontrar el paisaje primigenio que vieron Asturias o Monteforte, sino un territorio disputado, moral y materialmente, por finqueros, narcos y desposeídos. Con Mapa de otros mundos, Rodrigo Fuentes dio un salto mucho más arriesgado: escribir una novela sin ficción donde el material narrativo es su propia familia y en la que arroja a la cara de sus lectores una de las más viejas y más urgentes preguntas que podemos hacernos los latinoamericanos: ¿qué es la justicia y quién puede aspirar a ella?
En este punto quizá convenga decir quién es la familia Fuentes, si no lo hacemos correríamos el riesgo de terminar creyendo que la historia que se cuenta en Mapa de otros mundos es el producto de la imaginación de un novelista obsesionado con las simetrías trágicas. El abuelo del autor, Alberto Fuentes Mohr, economista, canciller, ministro de Finanzas y fundador del Partido Socialista Democrático, fue sobre todo un hombre que creyó posible una vía reformista y democrática que, al mismo tiempo, atendiera las demandas de transformación social de los movimientos populares y detuviera la carnicería promovida por el Estado. Fue asesinado a tiros en enero de 1979, en plena calle, durante el gobierno terrorista del general Lucas García. Semanas más tarde caería también Manuel Colom Argueta, otro demócrata. Con esos dos crímenes el régimen clausuró toda salida política a la guerra. Es decir, si la opción democrática era asesinable, solo quedaba la violencia. Casi cuarenta años después, el padre del autor, el economista Juan Alberto Fuentes Knight, heredero de las convicciones democráticas de su padre asesinado, aceptó la invitación del gobierno de Álvaro Colom para encabezar el Ministerio de Finanzas. Desencantado con un gobierno cuyo ánimo progresista era más discursivo y entusiasta que verdaderamente transformador, renunció hacia la mitad del período. La renuncia no lo salvó y casi una década después fue capturado y procesado junto al expresidente y buena parte de aquel gabinete en uno de los casos de de mayor impacto de la lucha anticorrupción. Rodrigo Fuentes, hijo y nieto, escribe desde el vértice donde se encuentran esas dos historias: la del abuelo asesinado por un Estado criminal a finales de los años setenta y la del padre encarcelado por un aparato de justicia que se presentaba, precisamente, como la superación de ese pasado.
Unas manos menos inteligentes habrían convertido ese material en pequeña venganza, mezquino ajuste de cuentas, o alegato ruidoso y necio. Rodrigo Fuentes, en cambio, lo aprovecha para construir, en primer lugar, un libro que se mueve con agilidad entre el presente de los juzgados, las audiencias y las visitas a la cárcel y la Guatemala de los años setenta. Al hacerlo, termina ofreciendo una honesta reflexión sobre la justicia como una aspiración esquiva que trasciende épocas y generaciones. La narración reflexiva de Rodrigo Fuentes es urgente más allá de las fronteras de Guatemala porque en el resto de América Latina la impunidad tampoco es una anomalía ni un accidente, sino uno de los rasgos fundacionales de nuestros países, la herencia más destructiva del poder colonial, pero también del poder republicano, que le dio continuidad con otras banderas y otros uniformes.
Pero si el libro fuera solo eso, sería apenas un ensayo por el que deambulan personajes. Su verdadera fuerza literaria y novelística, su poética, su belleza, radica en la mirada cuidadosa que Rodrigo Fuentes les ofrece a los afectos familiares. Mapa de otros mundos es, sobre todo, una carta al padre, el retrato de un hombre íntegro, visto por un hijo que lo admira, que le reclama, que quiere entenderlo y que escribe para acercarse a él. También es el libro de un nieto que reconstruye a un abuelo al que conoció a través de los recuerdos de otros. Y tanto el libro como las vidas que narra están sostenidos por la fortaleza de unas mujeres que resisten con la espalda erguida, prodigan cuidados y protegen la memoria familiar, mientras los hombres son consumidos por la vida pública.
Fuentes trabaja con material verificable, pero lo organiza con la voluntad del novelista. Administra los tiempos, alterna planos y construye escenas memorables con una prosa transparente. Dicha transparencia, sin embargo, es engañosa. Cuando creemos que solo le interesa registrar lo que miran sus ojos, nos descubrimos metidos de cabeza en escenas de juzgado narradas desde el espasmo respiratorio de quien sabe que la vida de su padre depende de la interpretación de un oficio o escuchando diálogos en el patio de una cárcel militar que son en sí mismos ensayos sobre la dignidad. Y a pesar de todo ello, la narración parece rehuir deliberadamente la solemnidad y permite que asomen naturalmente el humor y la ternura cotidiana.
Solo me queda señalar un elemento más que, a mi juicio, convierte este libro en necesario más allá de sus circunstancias geográficas. Me refiero a su crítica, que no por implacable es menos serena, a los discursos irreflexivos y polarizantes, a los repetidores, loros de todos los colores, de consignas contagiosas pero insustanciales. Fuentes escribió este libro en el momento más incómodo posible. La lucha contra la impunidad y la corrupción en Guatemala había sido, para mi generación, la primera causa colectiva capaz de sacarnos a la calle a protestar. Ninguna otra lucha social y política había tenido el potencial de permitirnos vislumbrar la posibilidad de un consenso en torno al cual reformar el país. Y ese mismo aparato de justicia, renovado y celebrado con razón por sentar en el banquillo a militares genocidas y a presidentes mafiosos, procesó al padre de Rodrigo Fuentes. Lo fácil habría sido elegir una trinchera, sumarse al bando de los autonombrados perseguidos, calificar la lucha contra la corrupción y la impunidad, como lo hicieron tantos, de persecución política y abjurar de la causa. Otra opción habría sido quedarse callado. Fuentes no hace ni lo uno ni lo otro. Se pregunta, en cambio, si puede haber justicia al final de un camino en el que se cometieron injusticias. E intenta reconciliar, a través de la reflexión literaria, dos verdades enemistadas a muerte: sí, la impunidad destruye países, pero la incompetencia judicial o una justicia subordinada al espectáculo político también pueden destruir personas. En tiempos en que el debate público se ha reducido a un intercambio de lealtades automáticas, cuando no transaccionales, hay pocas acciones más subversivas y valientes que hacer preguntas honestas mientras se abrazan las propias contradicciones. El mapa de Rodrigo Fuentes, inconcluso, abierto, no ofrece uno sino múltiples caminos, no nos muestra solo este, sino otros mundos posibles y, al hacerlo, condensa en la historia de una sola familia, con una mezcla inusual de rigor y ternura, la historia entera de una aspiración continental.