POR ELENA SALAMANCA

¿Qué hago yo con esas flores en los cuadernos? ¿Qué hago con esas flores prensadas en libros que sigo leyendo? ¿Cambiar a la flor de ese lugar que es el libro le da un tránsito o un lugar propio? ¿Qué hago yo con mis herbarios si me digo que no tengo casa, ni ciudad ni país para resguardarlos, para tenerlos a salvo?

¿Qué hago yo con estas flores?, me he preguntado muchas veces y he decidido no sacarlas de los libros ni los cuadernos. Están ahí a media escritura, en lecturas en proceso o en libros que ya no quise leer y ahora son únicamente prensadores. Porque hay algo del herbario que tiene de ese antiguo mundo taxonómico y colonial que yo necesito desarticular para mí, y prefiero ese herbario fragmentado y sin nombres. Y prefiero que las flores vayan conmigo en la errancia.

Hay una cosa en las flores que recojo y guardo. No son novedad. No son esas flores que recogen las científicas para estudiarlas. Son las flores, las hojas y hierbas que he visto desde niña y las que he dejado de ver por décadas. Son las flores que perdí.

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Una vez el origen (el país, la nación, la patria) se me manifestó como una flor. Una flor solitaria sobre el tronco de un árbol. Una ipomoea índica.

La vi en Ciudad de México, veinte años después, quizá más, desde la última vez que la vi en mi casa de infancia en El Salvador. Estaba sola y abierta en un enorme tronco, como una aparición virginal. Era pequeña y azul, de un azul casi púrpura. Ipomoea índica o ipomea purpúrea. Me quise poner de rodillas como si en efecto me hubiera saludado una santa. Tantos años, tantas ciudades, latitudes y mudanzas, y ese bejuco tan común y dúctil no había vuelto a aparecer en mi camino.

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Mi primer desplazamiento no fue emigrar para estudiar en España, Estados Unidos o México. Mi primer desplazamiento fue la guerra. Fue el desplazamiento de varias generaciones juntas y ocurrió hace poco, apenas a finales de la década de 1980.

Siempre se ha estudiado este como un desplazamiento únicamente de seres humanos, las personas civiles, mayoritariamente infancias, mujeres y personas adultas mayores que fueron desplazadas por el ejército, pero en los últimos años, algunas personas hemos comenzado a pesar este desplazamiento también desde seres más que humanos, y en mi caso me pregunto y escribo sobre las plantas.

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Seres humanos y plantas compartimos estos dos puntos: tenemos linaje y tenemos memoria. Lo dice la ciencia. Si no lo dijera la ciencia, lo diría mi abuela y yo lo creería igual. No me interesa el linaje patrilineal del liberalismo y su acumulación de capital, sino el linaje entre mitocondrias, de abuela a nieta, genealogías femeninas que nos conectan entre generaciones. De la memoria me importa todo lo que posiblemente me una a una planta. Las primeras plantas con memoria que conocí me las enseñó mi abuela. La mimosa púdica (mimosa, sensitiva, o dormilona como la llamábamos nosotras) y la flor de las once (o bella a las once, una suculenta que ha sido nombrada Portulaca grandiflora). La mimosa, la dormilona, recuerda que debe protegerse y al tener contacto (en mi caso era con mis manos de niña) se aparta, se cierra, se repliega, contrae sus hojas y «se duerme»; más o menos como lo entenderíamos ahora sobre la defensa de tlacuaches (o zarigüeyas, o tacuazines) ante el peligro. La flor de las once (esa suculenta de flores encendidas, mayoritariamente rosas, aunque también brotan amarillas y naranjas) abre su capullo siempre a las 11 de la mañana, a la misma hora. De niña aprendí que eran las 11 de la mañana por las flores, antes de aprender a usar un reloj. Tal vez esta última no sea necesariamente la memoria que se integra a mi interés por la relación con las plantas, puede ser una memoria ritual, pero ambas plantas recuerdan, recuerdan florecer y recuerdan morir, de cierto modo.

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Con las plantas, las que conocí en la infancia, las que identificado después de leer sobre arqueología ambiental y erupciones volcánicas y las que seguí conociendo en la historia oral de las mujeres sobrevivientes de la guerra que conocí los últimos años, me pregunto qué posibilidad tengo de llevar conmigo algo verdaderamente mío que me conecte con la tierra de esa manera tan rotunda, tan verdadera.

El herbario (nos) me sigue poniendo en tensión con esto, pero también opera para mí como bisagra, porque abre y cierra mundos y también posibilidades de pensar cómo organizamos, guardamos y sentimos el pensamiento y el recuerdo. De ese lugar en el que ya no estamos y al que algunas personas no tienen posibilidades de volver.

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Creo en la tierra y en su fertilidad volcánica porque volveré a ella en carne (aunque he pedido ser incinerada). Sé que la tierra es disputa porque es territorio, y ahora mucho más lo es en Centroamérica. Sé que soy parte de cierta tierra aunque me he desplazado voluntariamente y también he sido desplazada forzosamente de ciertas parcelas llamadas patria, país, estado nacional, origen. Tengo muy claro que recolectar flores no contribuye absolutamente a nada más que a mi necesidad de enraizamiento (y, a la vez, lo contradice). Pero también es parte de una posibilidad de situarme. Recojo flores porque sé que vamos a perderlas. Muchas ya las perdimos, y también tengo claras las pérdidas futuras. En mi país, la tierra, el agua y el mar han pertenecido constitucionalmente al pueblo, pero siempre han pasado a manos privadas, que poco a poco se han apropiado de los bosques y hasta de las reservas ecológicas. El Salvador ha perdido muchos bosques, como toda Centroamérica.

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La historia de Centroamérica también es una historia de herbarios. De grandes bosques y selvas, de árboles, semillas, frutos, hierbas, yerbajos, que nos han querido quitar. Yerbajos que quitan los estados nacionales, los gobiernos, las empresas transnacionales, como quien poda y destruye el orden vegetal para trazar artificialmente el camino de la uniformidad del monocultivo, ordenado, organizado, repetitivo, monótono, hegemónico. Añil, café, algodón, caña de azúcar, banano. El estado-nación y sus tantos planes han deseado lo impoluto como horizonte. Donde no sea posible ver una rama, un tronco seco, una flor, un yerbajo a la orilla de los caminos del progreso. Lo que limpia el estado nación no es la tierra, somos los seres vivos, nuestras vidas, que se arrancan como se arrancan los yerbajos.

Antes, fueron los exploradores de la modernidad los que crearon sus herbarios, grandes inventarios naturales más allá del Atlántico, y cultivaron nuestras orquídeas en sus invernaderos. Luego, fueron los científicos que acompañaron las construcciones de los ferrocarriles y los enclaves (bananeros) que acompañaron el saqueo de las especies de la tierra y el patrimonio arqueológico. Pero nunca, o casi nunca, hemos sido nosotras a las que se nos ha permitido nombrar y mantener en espacios seguros a nuestras plantas.

Por eso, creo firmemente en los yerbajos. Aquellas plantas que crecen a la vera del monocultivo, en los márgenes, diríamos a quienes nos interesa ese campo teórico, las plantas originarias de la tierra centroamericana, que han sido forzadas, como nosotras también, a desplazarse.

Pero a los yerbajos les llaman en Puerto Rico yerbas brujas. Y como tales, tienen sus potencias.

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De todas las flores de ese primer jardín que perdí y que he vuelto a encontrar, la ipomoea es la única que no he guardado en un cuaderno, o en un libro que lleve en el bolso; la que no me he atrevido a tocar. La que no he querido recuperar. Hay un pacto entre nosotras: una vez salida del origen, todo es memoria y de la memoria existe por supuesto lo tangible, pero entre lo tangible hay también lo que se escapa entre las manos. Esa forma de estar y no entre dos territorios y no pertenecer ya plenamente a ninguno.

Así es una vida de emigración: sin los bosques primeros, las primeras flores, los primeros pájaros, todo ese lenguaje aprendido para nombrar lo sonoro o lo inasible. Raíces aéreas y terrestres.

Hay especies, como las tillandsias, que viven con las raíces en el aire.

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Cuando me (o nos) preguntan por la migración, a veces (me) interpelan por categorías (mayoritariamente dolorosas) que no son mías. Y yo no puedo usurpar categorías que son en realidad experiencias políticas y humanas. Tengo, por eso, una relación con la errancia y el desplazamiento; me siento más cercana a la errancia, aunque no sea una categoría de las ciencias sociales.

Otras veces, me preguntan por los paisajes, las postales y los tópicos de los nacionalismos. Y aunque son un asidero común que de vez en cuando se activa como salvavidas, me interpelan y me duelen más otras pérdidas, como el dejar de nombrar la naturaleza en la que crecí (bosque nebuloso, bosque tropical húmedo), las especies que no he vuelto a ver (pájaros que ya no escucho a las horas que acostumbraba hasta mis veinte años), y las hierbas, aquellas que me enseñó a nombrar mi abuela, y que fui reafirmado con la conversación de mujeres que, desplazadas por la guerra, vieron desaparecer en el fuego del napalm, o junto a otras que aún recuerdan las hierbas perdidas después de la introducción de los pesticidas en la llamada revolución verde. Con estas mujeres he aprendido que un herbario se reconstruye en varios estratos del tiempo y de historias orales.

De mi origen lo que más extraño son los montes, indisciplinados jardines.

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El desplazamiento no se articula como una imagen fija, lo sabemos quienes hemos estado en movimiento. Pero el tópico nos detiene, nos fija y lleva en sus encuestas la contradicción de desplazarse, aquello que fija una idea también de lo que son las experiencias de la persona que ha migrado. No me niego a la respuesta común: extraño la playa, extraño el volcán, extraño alguna comida o receta familiar, aunque me cansa.

Por eso, lo que me identifica como migrante, como mujer que se reconoce así, es esa interrupción de la escritura o la lectura por el surgimiento de las flores secas. Hierbas y flores guardadas al azar —muchas de ellas ni siquiera recuerdo en qué libro o cuaderno están—. Precisamente lo que me importa de esta acción es el aparecer.

Más fácil, me recomendaría más de alguien, sería ir a un vivero con una lista de flores nativas de tu pueblo (país, nación, patria), y sembrarlas. Pero hay quienes no tenemos esa posibilidad de la fertilidad en macetas.

Y por eso confío un poco en el azar, en la aparición.

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Vivo en una calle con jardineras de rosas, árboles de jacaranda y veraneras (bugambilias). Pero hay días en que la providencia manifiesta el herbario errante. Una mañana de este año, en una jardinera de la calle Matías Romero vi un hibiscus florecido. Era ese hibiscus que mi abuela y yo solíamos llamar clavel y que ella había injertado cuando yo era pequeña. Ella quería una flor nueva, de dos o tres colores.

Con mi abuela aprendí también lo que era el hibridaje. Ella cortaba los cogollos de las plantas en dirección diagonal y las unía con una cuerda, un listón incluso, que ataba entre dos estaquitas. Regaba la planta y esperaba, paciente, el día del florecimiento. Hasta que un día abrió el capullo del enorme hibiscus de colores amarillo y naranja. Celebramos.

En algún momento, mi abuela se llevó unos vástagos (hijitos, los llamaba también) de esos claveles envueltos en papel húmedo, para plantarlos en las casas de mis tías, que vivían en otras ciudades. Y por eso, por el transplante, fue que cuando dejamos la casa durante la guerra, pudimos recuperar los claveles.

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Pero perdimos muchas flores de ese primer jardín, principalmente rosas de varios colores, también resultado de injertos que había practicado mi abuelita. Perdimos a la ipomoea, que era silvestre y volátil y cubría toda la pared blanca del jardín exterior de la casa, perdimos árboles, palmeras y hierbas silvestres que mi abuela respetaba. Algunas a las que no he querido buscar un nombre equivalente en México, ni en España ni en Estados Unidos (¿para qué?), flores de lluvia, velo de novia y algunas zebrinas y sansevierias. Con los árboles, perdimos las ramas en las que cantaban y anidaban los cenzontles, las guacalchías, las tórtolas y los pericos, verdísimos y ruidosos al atardecer; las ramas donde pasaban la migración los siete colores, los chipes y otros pájaros. Hay un paisaje sonoro que también se extingue cuando se extinguen el árbol o el arbusto.

Empecé a escribir sobre la memoria ambiental y la conservación de las plantas en diferentes tipos de herbarios (prensados, disecados, dibujados o bordados) cuando vi, en un museo en San Salvador, un bordado de la década de 1980 (no tiene fecha). En ese bordado, un árbol recibía un ataque aéreo: el bombardeo desde un helicóptero de la fuerza armada provocaba que se rompiera una rama.

Una rama rota me removió lo suficiente para entender que, así como mi abuela y yo llevamos el recuerdo del jardín cuando dejamos la casa por la guerra, muchas personas lo llevaron también y lo llamaron de diferentes formas. Ese bordado no estaba firmado, pero había sido por una mujer, una niña o una adolescente en Mesa Grande, un campo de salvadoreñas desplazadas por la violencia militar de la guerra, en la frontera de Honduras con El Salvador.

Entonces, junto a Mike Anastasio, trabajamos en un libro, el concepto de memoria ambiental, mediante los bordados que ha conservado el Museo de la Palabra y la Imagen en El Salvador. Con las mujeres sobrevivientes de ese campamento, y los de Colomoncagua y La Virtud, trabajé también entre 2023 y 2024, junto a Naciones Unidas, los bordados de memoria y en cada uno había una planta —un árbol, una flor, una verdura— específica. La memoria ambiental se me manifestaba como la nostalgia por volver al territorio y evocar (dibujar, bordar) todas sus especies perdidas y ese deseo de recuperar el territorio. Compartimos esas memorias y las preservamos de la manera en que mejor nos resulta con lo que hemos aprendido. A veces no necesitamos escribir notas de identificación sobre las especies (como se espera en un herbario) pero podemos decir sus distintos nombres, la época en que florecen, en qué territorio nacen y hasta la hora en que unas abren el capullo.

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Mi primer herbario fue recolectado con mi abuelita. Primero en nuestro jardín, después en los jardines de las vecinas, después en los espacios baldíos, que eran verdaderos jardines silvestres. Todas las vecinas nos regalaban una hoja, una flor, una raíz, un hijito para la misión. Y como no era tiempo de prensas de flores, de máquinas, las colocamos en las enciclopedias más gordas, y sobre cada enciclopedia gorda, otra más gorda, para secar la flor o las hojas. No usábamos pinzas, ni papel secante o libre de ácido. Algunas flores, aún con polen, tuvieron una especie de polinización y destruyeron los libros, las letras se borraron por la humedad y en otras se rompieron las páginas.

Después de la guerra, cuando recuperamos nuestras pertenencias, que mi mamá guardó cuidadosamente en cajas cuando pudo volver a la casa, a la calle, a la colonia, aparecieron las flores y las hojas secas. Esas primeras flores fueron el primer herbario que guardé y es el único que he publicado hasta ahora.

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¿Qué hago yo con estas flores?, me sigo preguntando cuando las escaneo y las mando a mis editoras, o cuando las bordo en las fotografías de los juicios de una masacre ocurrida antes de que yo naciera. Con los años, mis herbarios se han ido componiendo y descomponiendo en otra cosa. En la errancia, el herbario es una praxis y es donde oficio y disciplinas se trenzan. Poco a poco, he publicado mis herbarios, incompletos. También he llegado comprender que algunos libros en los que me refiero a la historia ambiental y de las violencias en El Salvador, son también, sencillamente herbarios.

En [Incognita flora cuscatlanica] (2025), escribí sobre las flores perdidas por la erupción de la caldera de Ilopango en el siglo V y la del Loma Cladera en el siglo VII. La arqueología me dio la posibilidad de pensar las flores perdidas, como monstruos, entre el tentáculo y el terciopelo. Unos fragmentos publicados en primera edición, traducida al inglés por Ryan Greene, aparecieron como Monsters maybe en 2022. Tanto Tal vez monstruos como [Incognita…] me permitieron presentar la flora perdida y la sobreviviente a modo de una nova flora, me interesaba jugar (o burlar) el catálogo decimonónico para presentar un catálogo de lo imaginado.

Otras flores que he recogido, o han recogido para mí como un regalo, fueron parte de Memoria vegetal de la guerra, un ensayo literario y fotográfico que Fred Ramos y yo presentamos en 2022. Ahí no era posible la especulación, sino la recuperación de la tierra. En 2017, Fred registró los primeros juicios a los mandos militares, exsoldados, sobrevivientes e hijos e hijas de sobrevivientes de la masacre de El Mozote en El Salvador, ocurrida en diciembre de 1981. Fueron asesinadas por el ejército 978 personas, mayoritariamente mujeres y menores de edad, de los 553 menores de edad, 477 tenían menos de 12 años; estas cifras fueron oficializadas por el Estado hasta 2017. Aunque la tierra fue arrasada, la memoria florece y se articula como las hierbas y las flores silvestres, que son las que restituyen el suelo después de los incendios. Fred y yo decidimos poner en diálogo el escenario rural de la guerra con la idea de la reparación. Las memorias de la masacre guardan relación con elementos naturales: parajes, plantas, paisaje. Luego de la masacre y el despoblamiento, la naturaleza volvió a cubrir esos espacios que fueron casas, escuelas, iglesias. Mucho del material que ha servido como recuerdo para familiares y pruebas para la justicia y la antropología forense fue encontrado a ras de tierra o enterrado. En su testimonio inmediato en 1982, Rufina Amaya, sobreviviente y testigo, declaró que salvó su vida al refugiarse en un arbusto. La sobrevivencia de las personas siempre fue resguardada por el bosque. Ahora, también la naturaleza, sigue siendo el espacio más vulnerable y explotado, donde el Estado gesta la violencia hoy contra el mundo rural y las personas más precarizadas.

Nuestro trabajo fue buscar ese ras de tierra. En algunas fotos, las selecciones de flores y plantas incluidas buscaron también responder a nuestras ideas de una historia vegetal sobre todo aquello que ha sido contado desde las épicas y disputadas relaciones del Estado y la guerrilla. La selección principal del floripondio [Brugmansia arborea], para enmarcar al ministro de defensa de 1979-1983 Gral. Guillermo García en el tribunal, pone en el centro también la relación con el olvido. En los mundos rurales, el floripondio es conocido como causante de sueño, alucinaciones y pérdida de memoria. Como en la escritura de [Incognita…], las flores y plantas seleccionadas fueron nativa, no han pasado por un proceso de domesticación, crecen sin intervención humana y sin orden en cualquier paraje.

A modo de la tefra, la capa de materiales piroclásticos que en El Salvador permite la fertilidad de la tierra y ese verdor efervescente de las postales, mi escritura es una mezcla de materiales y fuentes (entrevistas e historia oral, registros geológicos, archivo histórico y artefactos materiales y culturales como el paisaje mismo). En los últimos años, la escritura de las violencias, la escritura del trauma y la escritura del paisaje y la naturaleza han sido para mí una misma cosa, un trenzado que se articula en diversos estratos del tiempo y de fuentes científicas, orales y patrimoniales que responden a mi interés por las relaciones más allá de lo que llamamos humano.

De mi oficio, lo principal para mí es el sitio de enunciación. No es lo mismo el herbario que el invernadero. Evidentemente, el invernadero tampoco es el jardín. Aunque en los tres lugares o instrumentos hay artificio, quizá el invernadero sea demasiado cuidado, con sus compartimentos estancos metodológicos, que encuentro en mis disciplinas. El jardín me dio lo primero que me puede dar la experiencia de escribir: lenguaje, contemplación, sonoridad, deslumbramiento, asombro, horror y un afán de querer abarcar, de querer tener algo (lo que es) efímero.  Como historiadora me he preguntado algunas veces también por qué la flor no es documento, por qué no lo es aún la hoja o la hierba. El herbario me interpela porque es documento. Una naturaleza escrita, esa escritura que no nos alcanza para descifrar esos misteriosos espacios aunque no escatimemos en nombrar, como ocurre cuando escribimos poesía.