El interés de Hugh por la historia se despertó a una edad muy temprana. Con doce años escribió una historia de la Gran Bretaña anglosajona. Escribió muy poco sobre Inglaterra después: en parte, se sentía asfixiado por la vida inglesa, especialmente en los años cincuenta. Sus padres eran hijos del Imperio británico (su padre, funcionario colonial en Ghana, de una larga fila de coadjutores galeses, la mayor parte de los cuales se llamaban Thomas Thomas; su madre, una enfermera nacida en la India de una familia de artistas armenios e ingleses). Ambos hablaban de los logros del Imperio británico contra un fondo del escepticismo cada vez mayor. Mi padre admiraba a la generación de su padre y lo que habían hecho en África; pero, en un pequeño acto de rebelión, volvió su mirada a la historia de España y el Imperio español.
Descubrió España en unas Navidades a principios de los cincuenta con sus padres en Torremolinos, que entonces era prácticamente un pueblo. Le fascinó el país desde el primer momento: su cultura, la calidez de la gente y la historia. Se quedó enganchado. En la introducción de la edición de su Guerra Civil española de 1976, escribió lo siguiente: «En los cincuenta la historia de España era tabú. Pero había que tener algún conocimiento o lograr un redescubrimiento sincero de su pasado si se quería afrontar el futuro con confianza. Tal vez un estudio histórico hecho con sosiego puede tener utilidad en España. Por eso en mi libro evité las polémicas sobre las interpretaciones tanto como pude y abordé la tarea con toda la serenidad de que fui capaz para evitar en lo posible los reproches».
Como se ha dicho repetidamente, este libro, que publicó cuando no había cumplido los treinta años y todavía se declaraba de izquierdas, fue un gran logro, porque fue aceptado por los dos bandos.
A diferencia de muchos historiadores que quieren identificar sistemas y causas, a mi padre siempre le interesaron los detalles, lo sorprendente, lo accesorio. Aunque estuvo activo en la política británica tanto en la izquierda como en la derecha, desconfiaba por naturaleza de las ideologías de cualquier signo. Creo que eso le permitía ser capaz de juzgar de forma más libre, ya que nunca encajaba los hechos en marcos preconcebidos.
En España, por supuesto, su libro más conocido es el de la Guerra Civil. Podría haberse especializado y haber sido un historiador del siglo xx español, pero después de reeditarlo varias veces, inquieto como siempre, se rebeló contra esa etiqueta. Un editor griego lo invitó una vez a Atenas y le sugirió que escribiera un libro sobre la guerra civil griega. Rechazó la oferta. No quería ser el experto forense de guerras civiles.
España fue su gran amor y, aunque escribió de muchas otras cosas (la trata de esclavos, la Guerra Fría, la crisis de Suez, la conquista de México, Cuba o novelas), España fue siempre su hogar. Y España le dio mucho, en particular, un grupo de amigos heterogéneos a los que quería de corazón. Los españoles saben comportarse de un modo que los ingleses ignoran, decía con frecuencia.
Se lo invitó a dar charlas en España en el setenta aniversario del inicio de la Guerra Civil y declinó estas ofertas. Escribió después que se había negado a volver a este asunto en parte porque la Guerra Civil se había vuelto a agitar en los últimos tiempos y se estaba politizando: «Ciertamente lo más importante hoy por hoy es hacer hincapié en que la Guerra Civil fue una serie de acontecimientos lamentables en los cuales nadie de importancia actuó correctamente. Fue sin duda el peor episodio de la historia de España. Muchos, en la derecha y en la izquierda, eran gente inteligente, cultivada, elocuente y encantadora. Casi todos abrigaban esperanzas extraordinarias que les impedían llegar a ningún acuerdo. Después de una guerra civil de esa intensidad era probable que se impusiera un Gobierno autoritario, de derechas o de izquierdas. Si hubiera ganado la República, los comunistas la habrían dominado, porque eran los más amorales y profesionales de la izquierda. Como consecuencia habrían desaparecido no sólo los últimos líderes del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), sino también los anarquistas». Como dijo Gerald Brenan, los que ganan las guerras civiles siempre siguen matando.
Sin embargo, pensaba que en España hoy por hoy se ponía demasiado énfasis en buscar culpables, y que la reconciliación y la magnanimidad deben ser el frontispicio de cualquier comentario sobre esa guerra. Opinaba que debería erigirse en algún momento un monumento a todos los muertos, fueran del bando que fueran, ya que todos fueron víctimas.
Su labor como historiador se enriqueció con su experiencia política. Como escribió, «En 1976 era más consciente de las dificultades que deben resolver los personajes políticos y del poco margen de que disponen». Un conocimiento profundo de la historia, en su opinión, hacía que los políticos fueran mejores.
Era un hombre valiente. Enunció las primeras hipocresías del régimen de Castro en su libro sobre Cuba en un momento en que muy pocos socialistas estaban dispuestos a hacer algo así. Y fue valiente al cambiar de partido en la Gran Bretaña de los setenta. Creía que la izquierda británica había perdido el rumbo y que las propiedades públicas eran un error y que por eso Gran Bretaña estaba en bancarrota. Así fue como se adhirió al partido conservador de la señora Thatcher en 1975. Muchos de sus amigos de entonces se quedaron estupefactos, aunque no dejaron de ser amigos suyos. Uno de ellos era el historiador y comunista confeso Eric Hobsbawm, con quien estaba en desacuerdo en casi todo.
Mi padre dejó después la derecha también por el creciente euroescepticismo del Partido Conservador. Se entiende que oscilara de la izquierda a la derecha y, luego, al centro en esos tiempos de arenas cambiantes de la política inglesa: siempre fue un defensor del proyecto europeo y de la participación de Gran Bretaña. De hecho, fue más coherente que otros muchos, ya que Europa fue el eje de su pensamiento.
En las semanas previas a su muerte, decidió pronunciar un discurso sobre el brexit en la Cámara de los Lores. Lo preparamos a fondo. Me envió un borrador lleno de chistes. Yo me sulfuré y le pregunté que por qué no hablaba de traición y de incoherencia, y él me respondió: «Bueno, quiero ser un poco ligero». Su discurso acababa así: «Critiqué la idea de convocar un referéndum el año pasado y no he cambiado de criterio en absoluto. Tal como ha declarado Ken Clarke, los países sensatos no hacen referéndums; ojalá que volvamos a ser un país sensato otra vez».
Una de las pocas alegrías que experimento en estos meses que han pasado desde su muerte es recordar lo rico que fue el tapiz de su vida. Fue, sin duda, un aventurero y, de alguna manera, un romántico, aunque fuera, asimismo, un realista implacable. Si hubiera nacido en el siglo xvi español, habría logrado embarcarse en una de las naos que zarpaban para el Nuevo Mundo con Colón o tal vez con Cortés. Si hubiera nacido en el xvii, podría haber sido un jesuita o un miembro de una escuela internacionalista; en el xviii habría llegado sin duda a mantener contacto con Voltaire y los enciclopedistas. Se habría sentido a gusto en el xix británico, sobre todo si le hubieran permitido viajar al extranjero. Pero en el siglo xx donde mejor podía estar era en los estudios de historia. Y así fue: tuvo la imaginación y el ingenio para navegar en los vastos territorios de la historia, el lugar de cacería perfecto para un hombre lleno de realismo y de imaginación como él.
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