Su meditación maneja los conceptos filosóficos pero no se entrega a ellos; en cuanto aparecen en su vida (esa memoria reconstruida por el deseo y el examen) se ven envueltos y transformados en narración, en poesía (no hablo del verso). La verdad no es pues la del absoluto, tampoco la de las ciencias, no al menos para el propósito de vivir y ser sabio (según el dictum clásico: aquel que sabe examinar su vida) sino, en expresión suya, «el lugar en el que el pensamiento y la sensación coinciden». Una verdad sentida, aliada a la experiencia, y unos sentidos que se esfuerzan por ver lo que hay. No estamos ante la subjetividad entregada a su ídolo, sino frente al equilibrio entre el interior y el exterior; una verdad que tiene cuerpo y por lo tanto está destinada a ser una vida. La vida como experiencia será pues una elección continua, aunque sabiendo que no hay ninguna elección que sea definitiva, sólo un paso en el camino del nómada. Pero no se trata de la caminata absurda de quien no tiene centro, al que ningún viento conduce a ningún puerto, como he dicho antes, sino el nómada que se sabe en un laberinto y, por lo tanto, es sujeto de desafíos, enigmas y, aquí y allá, alguna batalla que podemos perder o ganar, tanto da, porque su sentido es errante. «La condición de nómada del hombre es miserable y sagrada, pero no gratuita», afirmó en Aventura. A lo que hay que añadir esta otra aseveración de sus memorias: «Somos carne de laberinto». Y todo laberinto supone enigmas y pruebas y necesidad de la espera, por eso se percibe a sí mismo como buscador de lo mediato, no de lo inmediato. Todo viajero ha de ser un maestro de la espera.

La imaginación es el instrumento del nómada y también del sedentario (Marco Polo y Lezama Lima), y Argullol, además de testimoniar lo que le ha sucedido, o ha soñado o pensado, ha sentido una gran curiosidad por lo que no ha vivido, por ejemplo la muerte, una inexperiencia que comparte con todos los vivos. En dos ocasiones nos da un relato de su muerte futura; las dos tan bellas como perturbadoras. «Si no estuviéramos inquietos por el secreto de la muerte, apenas nos interesaría el secreto de la vida. Y todo lo que llamamos tiempo, nuestra existencia, nuestro cuerpo, nuestra alma, es lo que transcurre entre ambos secretos», afirma. No sólo no la oculta o la supone poco interesante (a la manera estoica) sino que, apoyándose en algunos episodios extremos de su vida, asistimos a un diálogo con ella, es decir, con la vida sin negación de la muerte.

Lo importante en esta meditación como en todas las de Visión, así como en las descripciones y relatos, sea el recuerdo de un amigo, una situación chusca, amorosa o estética, es su capacidad para escribir de manera oblicua, sugerente, nunca de manera frontal, en el sentido de suponer que la realidad está ahí de manera evidente. Su obra se aparta de la grande, y por otro lado muy valiosa, tradición realista y picaresca española. Tampoco es confesional al modo de san Agustín, Montaigne o Gide (tres modos distintos), sino como Proust, Yourcenar o, en un caso algo menor, pero valioso, Juan Gil-Albert. La memoria de Argullol necesita de la imaginación para penetrar en lo vivido, no la supone cifrada o contenida en un puñado de sentencias o conceptos, tampoco de anécdotas. De ahí el tono magistral de su obra, informado de formas indirectas que no eluden la confesión sino que la muestran en su complejidad temporal y existencial. Es cierto que el término confesión está tiznado por su vínculo con la noción de culpa: sea civil o religiosa. Por supuesto, Argullol no expresa ciertos momentos de su vida de carácter íntimo o controvertidos ante Dios ni ante una sociedad a la que tenga que rendir cuentas, y él mismo considera la confesión ajena al verdadero secreto, que es una categoría que le atrae. El secreto verdadero es para él de otro orden. ¿Pero lo hay? ¿No hemos quedado en que no hay absolutos y que la propia naturaleza del autor está recorrida por un fondo metafísico —no constante— de indiferencia? El secreto en la obra de Argullol, tanto en sus memorias como en buena parte de su narrativa y ensayos, está en el tiempo y en las presencias, y para su desvelo es necesario la obra, la tarea de una labor arriesgada y minuciosa, hecha de esa alianza que antes he mencionado: la de la verdad y la sensación. El secreto aquí no es aquello que se oculta sino lo que está, más allá de la voluntad, ocultado. De manera complementaria a esta conjunción de tiempo y sensación resuelta en sentimiento, piensa que el «el verdadero objetivo del cuerpo es desprenderse del tiempo». Un no-tiempo, el del placer, el del amor como utopía. Se trata, claro, de un no-tiempo (un verdadero secreto) cuyo significado tratamos de recobrar desde el tiempo, como todo paraíso. Porque «si cae la arquitectura del tiempo, con igual estrépito cae la quimera de la verdad».

Rafael Argullol ha meditado sobre el amor, sobre el erotismo, sobre el deseo a lo largo de Visión, y de hecho le dedica uno de los capítulos importantes de este libro, «Tratado erótico-teológico», de título un poco rocambolesco que nos recuerda ciertos momentos de la tradición filosófica. Como en gran parte de su obra y sobre todo en este libro, el término que he usado, meditar, debe ser aclarado. No se trata de que tome como tema de estudio el amor y el erotismo, sino que al pensarlo lo recrea hasta el punto de que podemos hablar de un pensamiento narrativo, es decir: las ideas y observaciones participan de una realidad temporal cuya substancia es la presencia. Como en la filosofía religiosa vedanta, el deseo está en el origen, y en Argullol (también en Antonio Machado y en otros), el deseo es condición de la existencia del otro. El deseo es la fuerza siempre previa que esculpe, a cada momento, el mundo (nuestro mundo). Por eso, en muchos tramos de su testimonio, el deseo se muestra como nostalgia: un horizonte indefinido acicatea y mantiene vivo su fuego. «El amor es un peregrinaje más que un libertinaje», afirma, un monoteísmo. «Siempre te busqué a ti». Un tú siempre real, no desvivido por los reflejos, fatalmente sucesivo, como en André Breton.

Puesto que estas páginas que he mencionado son un tratado, no es extraño que se nos hable en ellas de los aspectos constitutivos del amor erótico, y uno de ellos, fundamental, es la espera, esa actitud que nos sitúa en una quietud activa, como la tensión que abre el arco y lo mantiene en su deseo de espacio, hasta que abarca lo deseado integrándolo sin negarlo. La otra cara de esa actitud alerta, de esa distracción esperanzada, es la desesperación, el desfondamiento o extravío. En la evocación que realiza de su vida amorosa vislumbra todos aquellos que ha sido, la multitud de sus rostros que tal vez conforma uno solo. ¿Cómo es? Si repaso mentalmente Visión desde el fondo del mar, como hago en este instante, percibo, más que un solo rostro, una suerte de transparencia donde todas esas imágenes de Rafael Argullol se suceden y se mezclan y no podría decir desde una idea quién es, tampoco refiriéndome a una anécdota o una adscripción estética, ideología o credo. Argullol está disuelto en su propia obra, y esa obra, el pensamiento sentido que percibo, es el de un hombre libre que no cesa de escuchar en el mar el bosque de voces y, al tiempo, una sola voz que no es siempre la misma. Esta obra es una casa, una de las más hermosas en las que he estado.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]