«Siempre me gusta imaginar qué relación podría tener con mis personajes si fueran reales»Por Carmen de Eusebio

© Francesco Gattoni

 

Karla Suárez (La Habana, Cuba, 1969) es escritora e ingeniera electrónica. Es autora de las novelas Silencios (Lengua de Trapo, 1999; Premio Lengua de Trapo); La viajera (Roca Editorial, 2005); Habana, año cero (Premio Carbet del Caribe, 2011, y Gran Premio del Libro Insular, 2012) y El hijo del héroe (Comba, 2017). También ha escrito cuentos y libros de viajes: Espuma (Letras Cubanas, 1999, y Norma, 2012); Carroza para actores (Norma, 2001) y Grietas en las paredes (Husson, 2007). Su obra ha sido traducida a varios idiomas y en 2007 fue seleccionada por el Hay Festival entre los treinta y nueve mejores escritores de América Latina menores de cuarenta años. En la actualidad reside en Lisboa.

 

Ernesto, protagonista de El hijo del héroe, pierde a su padre en la contienda bélica de Angola, donde Cuba tuvo una gran presencia. Tenía entonces doce años. Este accidente desencadenará una serie de responsabilidades que tendrá que asumir. Convertirse en cabeza de familia, al ser el único hombre en una casa de tres mujeres (abuela, madre y hermana), y la muerte de su padre son los acontecimientos que marcarán toda su vida. ¿Qué dificultades le ha planteado una voz de hombre con la carga machista propia del tiempo y el entorno?

Desde el principio tenía claro que el protagonista sería un hombre porque me interesaba hablar de esa carga machista que existe en la sociedad cubana, que en aquellos tiempos era todavía mayor. Encima, el imaginario revolucionario ha exaltado siempre la figura masculina: el varón es fuerte, va a la guerra y se comporta como un «macho». Tras la muerte del padre, para la familia de Ernesto, él se convierte en «el hombre de la casa». Y los hombres no lloran, como le recuerda su abuela. Para el resto de las personas se convierte en «el hijo del héroe», que debe honrar a su padre en cada momento. Ernesto crece con esta responsabilidad, cuyo peso se le hace cada vez mayor. Para construir el personaje, tenía a mi favor que somos contemporáneos. Lo más complicado era que se trataba de un hombre y narraba en primera persona. Pero, si bien Ernesto es mi primer protagonista de novela, tengo varios cuentos narrados por hombres. Tuve que meterme en su piel, tomar como modelos a conocidos, hablar con mis buenos amigos y así fui conformándolo. Creo que, durante la escritura de la novela, yo fui bastante Ernesto. Es una de las maravillas de este oficio, que podemos vestir otra piel.

 

Entre el personaje central de la novela, Ernesto, y usted existen algunas concordancias. Comparten edad, lugar de nacimiento, familia que participó en la guerra de Angola, la necesidad de emigrar a otro lugar… ¿Cómo ha sido la relación que ha mantenido con Ernesto a lo largo de la escritura de la novela?

A veces lo sentía muy cercano, como alguien a quien pude haber conocido en una fiesta o escuchando a trovadores en un parque cualquiera de La Habana. Otras veces me resultaba difícil, porque somos distintos de carácter y, además, yo no he vivido una experiencia como la suya. A los doce años Ernesto se ve obligado a representar el papel que los otros casi le han impuesto. Y digo «casi» porque podría haberse revelado, pero no lo consigue, no le alcanzan las fuerzas para hacerlo. Entonces, se queda como viviendo la vida de otro, anclado en un pasado que no acaba de digerir. Él es, como lo llama su esposa, «el hombre detenido». Alguien que sufre, pero no es capaz de confesarlo. Y en eso no nos parecemos. Yo, como persona, podía comprenderlo a pesar de no pensar igual que él, aunque, como autora, tenía que meterme dentro de su cabeza y actuar como él lo haría. Muchas veces sentí pena mezclada con un poquito de rabia y me daban ganas de abordarlo: «Despierta, la vida está por delante». Pero, claro, un autor no es quien debe decirle algo así a su protagonista. Para eso están los otros en la novela. Siempre me gusta imaginar qué relación podría tener con mis personajes si fueran reales. Pues con Ernesto yo podría salir una noche, no llegaríamos a ser pareja, pero amigos quizá sí, creo que terminaría tomándole cariño a ese «cierto aire melancólico» que tiene.

 

¿Qué la ha llevado a escribir sobre la guerra en Angola?

Como Ernesto, crecí con la presencia de esa guerra. Varios amigos míos y, sobre todo, mi padre también estuvieron en Angola, aunque, a diferencia del suyo, el mío regresó. El tema empezó a aparecer en la literatura. Yo misma tengo una novela con un personaje que va allí y siempre pensé que debía dedicarle más que un capítulo, porque ese conflicto fue parte de la vida de los cubanos durante quince años. Pero yo no quería escribir una novela «de guerra». En literatura, me interesa el enfrentamiento entre la historia personal (el hijo) y la historia con mayúscula (el héroe). Tampoco quería referirme a un momento puntual del conflicto, quería verlo desde una perspectiva más amplia. El problema era que, entre el secreto oficial de aquellos años y el olvido del tiempo, un día me di cuenta de que, en realidad, yo sabía muy poco sobre el tema. Sin embargo, Ernesto tiene la obsesión de entender por qué su padre desapareció en Angola, así pues, tuve que acompañarlo. Tras esa guerra hay demasiados secretos, si bien no me interesaba centrarme en los hechos históricos. Yo quería escribir sobre las consecuencias que puede tener una guerra. Mostrar a mis personajes viviendo en Cuba, desde el principio hasta el fin, un conflicto que, en verdad, ocurría a miles de kilómetros de distancia. Pero situar a mi protagonista en la actualidad para darle perspectiva. Por eso, la novela tiene tres tiempos: un pasado remoto, uno reciente y el momento actual. Tres planos que se van mezclando como lo hacen las vivencias en nuestras memorias.

 

La operación Carlota, así fue como se denominó a la participación de Cuba en el conflicto, era una misión secreta que conocía todo el mundo, sin embargo, ni la prensa ni el Gobierno lo hacían oficial. ¿Cómo se enteraban de las noticias? ¿Sabían, realmente, el alcance que tenía?

Esta operación empezó en noviembre de 1975, días antes de la declaración de independencia de Angola. Y comenzó siendo secreta. Parece ser que ni siquiera otros implicados en el conflicto, como Estados Unidos, por ejemplo, supieron en un inicio que había cubanos allí. La gente en Cuba se enteró a finales de año, cuando Fidel Castro habló públicamente del envío de tropas y de la ayuda que el país le había estado dando a Angola. Primero fueron tropas regulares, pero, después, se extendió a la reserva y al servicio militar. La gente en Cuba seguía recibiendo «resúmenes de noticias oficiales», si bien ya existía un primo, un vecino, un conocido que había estado en la guerra. Hay dos detalles. De una parte, en ese tiempo las comunicaciones no tenían la velocidad de ahora, a veces sucedían cosas en el sur de Angola y en el norte se enteraban mucho después. De otra, en Cuba el Gobierno controla la prensa, por tanto, a nosotros sólo nos llegaba lo que el Gobierno decidía informar, que se repetía en todos los medios. Lo extraoficial venía por las historias que traían los que regresaban y, así, la gente se iba haciendo una idea un poco más completa de la situación real. Ese proceso yo quise reflejarlo en mi novela: cómo algo que empezó siendo un secreto luego fue un secreto a voces y, más tarde, una suerte de rompecabezas que la gente armaba con los retazos de información que le llegaba.

 

De la participación de Cuba en Angola se sabe, en general, poco, aunque el número de soldados enviados fue muy elevado. También enviaron cuerpos técnicos, médicos, ingenieros, etcétera. ¿Cómo se vivió en Cuba esa contienda que duró quince años? ¿Cómo afectó a la economía del país? ¿Es un conflicto del cual se habla o se estudia en las escuelas?

Decía antes que una de las cosas que cuenta la novela es cómo se vivió en Cuba esa guerra. Angola es como una sombra presente en todo el libro, pero mi historia no ocurre allí. Pasa en La Habana, Berlín y Lisboa, donde vive Ernesto y desde donde reconstruye aquellos años que duró el conflicto. A Angola fueron más de trescientos mil cubanos, hombres y mujeres, entre combatientes y civiles. Cuando empezó, quienes iban eran los de la generación de mis padres o mayores. Cuando terminó, ya iban los de mi generación. A nuestra economía me imagino que la afectó muchísimo. De hecho, me encantaría saber cuánto, porque el país empleó muchos recursos en esa guerra, cuando la economía cubana estaba sostenida por la Unión Soviética. Y la guerra duró quince años. En casi todas las familias cubanas hay alguien que estuvo allí. Y en más de dos mil familias hay muertos y en otras hay historias gloriosas y en otras historias tristes. Las heridas de una guerra, que no son sólo las visibles físicamente, son difíciles de borrar. Sin embargo, cuando trabajaba en la novela, me sorprendió (y me produjo también tristeza) constatar que muchos jóvenes saben poco sobre ella o no les interesa. Muchachos que nacieron después, ante mi pregunta sobre Angola, me dijeron que sabían que los cubanos habían participado en una guerra, pero en la escuela no se estudia mucho el tema, ellos lo veían como algo que había pasado hacía mucho tiempo.

Cuando trabajaba en la novela, me sorprendió (y me produjo también tristeza) constatar que muchos jóvenes conocen poco sobre la guerra de Angola o no les interesa

¿Qué cree que pudo motivar a Cuba para intervenir en esa operación?

El Gobierno de Cuba siempre colaboró con los movimientos de liberación nacional en África. Así, antes de irse a la guerrilla en el Congo, en 1965, el Che Guevara se había reunido con varios dirigentes de estos grupos para coordinar ayuda, ya fuera civil o militar. En Cuba, además del discurso de «la hermandad con los pueblos», existían lazos con África, por nuestras raíces, que son también africanas. En el caso de Angola, la diferencia está en la magnitud y en el tiempo que Cuba permaneció en el conflicto, porque la ayuda militar que antes brindaba a otros países consistía en entrenamientos, armas o instructores en el terreno, pero a Angola mandaron tropas regulares. Aquél se convirtió en un terreno de batalla de la Guerra Fría. Muchos países africanos habían alcanzado la independencia y los dos bloques luchaban por ganar terreno. En Angola no había un movimiento de liberación, había tres que estaban enfrentados entre sí y que tenían el apoyo de terceros países. Cuba y la Unión Soviética, por ejemplo, ayudaban al Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), Estados Unidos y Zaire al Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA), Sudáfrica y Estados Unidos a la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA). Sudáfrica, donde aún existía el apartheid, invadió Angola. Cuba comenzó la operación Carlota. Siempre me ha parecido que esa guerra tenía dos planos: uno estaba en el terreno y otra la movían los Gobiernos desde el exterior.