Nos cuenta en El hijo del héroe como la figura del héroe era utilizada para justificar la participación en el conflicto y las bajas en la guerra. En su libro el intento de desarmar esa sublimación es claro. ¿Qué idea tenía la población civil sobre la guerra a la que se alistaban?

Hubo de todo. En la novela intenté mostrar ese coro de opiniones y desacuerdos. En la familia de Ernesto, mencionar Angola es el preámbulo de una amarga discusión. Y tiempo después, ya fuera de Cuba, los amigos de Ernesto también discuten, nunca están de acuerdo, porque no existe una única idea. Para escribir el libro conversé con muchas personas. Con algunos que se negaron a ir porque estaban en contra de cualquier manifestación bélica, pero, sobre todo, con muchos que estuvieron en distintas etapas y condiciones: por el servicio militar o la reserva, militares, civiles del transporte o de la construcción, periodistas, un poco de todo. Mi primera pregunta era: ¿por qué fuiste? Una buena parte respondió que era necesario, de algún modo, los angolanos eran hermanos nuestros y había que ayudarlos, además, en aquellos tiempos el discurso ideológico era muy fuerte y mucha gente sí creía que estaba haciendo lo justo. Otros respondieron que temían las consecuencias que podrían sufrir en caso de negarse, por ejemplo, problemas en el trabajo o para encontrar trabajo, eso era algo que podía suceder. Otros dijeron que les entusiasmaba el hecho de viajar por primera vez, montarse en un avión e irse al extranjero. Esto puede parecer escalofriante, pero es real. Mucha gente no tenía una conciencia clara de a lo que iba, eran jóvenes, muy jóvenes.

 

¿Cuándo y por qué decidió marcharse de Cuba?

Me fui en 1998, porque quería vivir otras cosas, encontrar una mejor salida a mi vida. Los años noventa en Cuba fueron durísimos, fue el llamado Período Especial que vino después de la desaparición de los aliados comerciales de Cuba: la Unión Soviética y los países del bloque del Este. Fueron años de completa crisis. De un día para otro desaparecieron casi todos los productos; cerraron las tiendas y, cuando volvieron a abrirlas, eran para los turistas; se establecieron dos monedas, o sea, dos economías, una en peso cubano y otra en una moneda equivalente al dólar (que todavía existen). Yo me había graduado de Ingeniería Electrónica a inicios de la década, pero muchos de los sueños que había tenido mientras estudiaba ya eran irrealizables, porque el futuro, nuestro futuro, no parecía querer mejorar. Fue un tiempo en el que muchos amigos comenzaron a irse del país. Y yo también me fui. Siempre había querido vivir en otros sitios y mi país era un desastre. Viví unos años en Roma, otros en París y llevo varios en Lisboa.

 

¿Significó algo inherente a la novela escribirla fuera de Cuba? ¿Hubiese podido escribir este libro en Cuba?

Desde un punto de vista emocional, más que la distancia física, para mí fue fundamental la temporal. Hay temas difíciles porque, aunque la novela es ficción, estoy hablando de una realidad que viví. Volver a ella me trae recuerdos, buenos y malos, y algunos que me revuelven las tripas. Desde un punto de vista práctico, sí me fue útil escribirla fuera, sobre todo, hacerlo en Lisboa. Cuando llegué, estaba apenas al inicio del trabajo. Aquí conocí portugueses que me contaron sobre Angola durante la guerra colonial, lo cual me sirvió para tener una continuidad histórica. Hablé, asimismo, con angolanos y fue muy interesante, porque yo sólo conocía la versión vista del lado cubano. Pero una guerra es una guerra. Para muchos en Angola, Cuba era un país aliado, «el amigo», si bien para otros era un país invasor, «el enemigo». En Lisboa tuve acceso a libros, también en este caso, con testimonios de ambos bandos. Como ya dije, mi novela no explica la guerra, aunque el conflicto de Ernesto parte de ella, de ahí que todo me interesaba. Por otro lado, aquí tengo internet las veinticuatro horas (en La Habana no), por eso pude consultar blogs sobre el tema y ver, en YouTube, programas de televisión y vídeos musicales de aquellos años. Ernesto pasa la novela escuchando música y a veces, como sucede en la vida real, una canción le trae un recuerdo. Para terminar, en Lisboa me sucedió algo importante: el azar me llevó a conocer a alguien cuya historia me ayudó a resolver la intriga que plantea mi novela.

 

La guerra de la Independencia de Angola fue una guerra muy larga y cruenta que desencadenó en una guerra civil. Vivir en Portugal y escribir sobre la guerra de Angola abre una serie de interrogantes, como, por ejemplo, qué se encontraron las tropas enviadas por Cuba cuando llegaron allí. ¿Ha seguido documentándose? ¿Tiene pensado seguir escribiendo sobre los efectos de ese conflicto? La pregunta me ha asaltado por el final del libro, donde Ernesto está subido a un avión con destino a Angola.

Estuve unos cuatro años documentándome. Pero llegó un momento en que paré, porque quería escribir una novela, no un libro de historia. Cuando empecé a soñar con los testimonios leídos y a sentir que las voces se mezclaban dentro de mi cabeza, me dije que era el momento de detenerse y dedicarme sólo a escribir. En efecto, durante la novela Ernesto está viajando rumbo a Luanda. Para él es fundamental ese viaje. Angola es un fantasma en su vida. Lo es tanto para él como para mí como para muchos cubanos que vivieron el conflicto sin haber estado. Si bien para Ernesto, además, tiene otra connotación: allí él perdió a su padre. Para salir de ese círculo obsesivo en el que vive, necesita cerrarlo y eso sólo podrá conseguirlo si Angola deja de ser un fantasma, viajando hacia ella. Yo regresé a mi fantasma mientras trabajaba en esta novela. No sé si voy a seguir escribiendo sobre el tema, aunque con los fantasmas nunca se sabe, a veces pueden reaparecer.

 

Berto es un personaje esencial de la novela, Ernesto lo conoce en Lisboa, es un tanto misterioso, es cubano y formó parte de la operación Carlota, habla poco de la guerra. Recordaba las veces que, al escritor Lobo Antunes, le han preguntado en entrevistas sobre la guerra y solía decir «De la guerra no hablo», aunque sí ha escrito sobre la guerra en Angola. ¿Se han escrito y publicado, en Cuba, testimonios sobre la contienda?

Sí y no. En Cuba se han publicado libros sobre determinados momentos de la guerra y con testimonios, ya sea de combatientes o de civiles, médicos, maestros. Yo tengo muchos de esos libros. También varios autores cubanos han abordado el asunto, en cuentos o en novelas, que se han publicado algunos en Cuba y otros fuera. Por otra parte, en la televisión a veces pasan programas que hablan del tema. El problema es que sobre la guerra en Cuba se muestra siempre y únicamente la visión de la «gesta gloriosa». Hubo gloria, desde luego que la hubo (hablo desde el total y absoluto respeto por todos los que estuvieron y por sus familias), pero la versión oficial ya la gente la ha visto hasta el cansancio. Hay momentos que la historia oficial ha borrado. Y ése es un silencio que responde obviamente al hecho de querer mantener en exclusiva la versión oficial. Un caso totalmente distinto es el otro, el de las personas que no quieren hablar porque les duele, como le ocurre al personaje de Berto que, en efecto, es esencial en mi novela. Creo que, cuando una persona ha vivido un momento muy dramático, no quiere hablar de ello porque hablar lo hace regresar. Yo estuve frente a personas que se quedaban calladas de repente, no querían pronunciar ciertas palabras para no revivir ciertos momentos. La palabra tiene ese extraño don, por eso a veces puede ser terapéutica, aunque, otras, puede ser destructiva. Y, en ese caso, la opción del silencio es una tabla de salvación.

 

Todos los capítulos llevan títulos de grandes novelas («Otra vuelta de tuerca», «El buen soldado», «Berlín Alexanderplatz», «El tiro de gracia»…), cada uno parece el preámbulo de las distintas etapas vitales de Ernesto. ¿Qué significado real tiene esa elección?

Se trata de un gran juego. Por una parte, al padre de Ernesto le encantaba el cine y, como no era bueno con la poesía, para enamorar a su novia inventaba frases uniendo los títulos de las películas. Ernesto, que es un gran imitador de su padre, hace algo parecido, pero con los libros, porque es un apasionado de la literatura. Ése es uno de los juegos. Por otra parte, las novelas que dan título tienen alguna relación con lo que sucede en el capítulo. Puede tratarse de un libro que Ernesto está leyendo, o que alguien le ha prestado, o que fue importante para él y otra persona (como Los hermanos Karámazov, que está relacionado con su hermana). También puede suceder que algún hecho vivido por Ernesto en el capítulo le haga recordar el título de una novela (como en «Otra vuelta de tuerca»). En otros casos, se trata de sus amigos de infancia y sus héroes literarios. De niño, Ernesto es el Conde de Montecristo, su gran amigo es Lagardère (personaje de El jorobado, de Paul Féval) y la niña que le gusta es el Capitán Tormenta (personaje de Salgari). Éste es otro de los juegos. Por último, los títulos de la novelas en mis capítulos recuerdan lo que Ernesto no pudo ser. A él le hubiera gustado estudiar literatura, pero, para seguir los pasos de su padre, se hizo ingeniero porque creía que era lo que los otros esperaban de él (que fuera El buen soldado, como la novela de Ford Madox Ford).

El problema es que sobre la guerra en Cuba se muestra siempre y únicamente la visión de la «gesta gloriosa»

Tengo entendido que la novela se publicó primero en Portugal y en Francia antes que en España. ¿Qué sucedió para que fuese así?

En realidad, salió en los tres países en el mismo año, 2017, aunque, por unos meses, la última edición fue la española. Sucede que, desde que empecé a publicar, hace casi veinte años, tengo los mismos editores en Francia y Portugal. A ellos les debo muchísimo, me han acompañado en mi carrera desde mi primera novela, lo cual ha sido esencial para mí. Con España mi historia es distinta. Mi primera novela, Silencios, ganó el Premio Lengua de Trapo en Madrid, en 1999, la editorial la publicó y luego hubo traducciones a varios idiomas y nuevas ediciones en España. Pero a los editores no les interesó la siguiente novela, así que hubo que buscar otra editorial. Conseguí publicarla en España y, más tarde, en varias traducciones. Seguí escribiendo, por supuesto, tengo libros de cuentos, cuatro novelas, crónicas de viaje, que en estos años se han ido publicando en distintos países, pero no en España. La verdad es que yo no entiendo mucho el mundo editorial. Lo cierto es que estuve más de diez años sin editor en España. Hasta que encontré a Comba o Comba me encontró a mí. Decía antes que para mí es fundamental el diálogo que tengo con mi editor y, en este caso, lo tengo. Hablamos del libro, de la edición, de la portada, de todo. De veras estoy muy contenta. Comba publicó El hijo del héroe y el año próximo va a publicar Habana, año cero, mi novela anterior.

 

¿Cuál es su relación con el mundo literario español?

En cuanto a literatura, he leído a muchos autores españoles, desde luego, y algunos son parte de mi formación. Y, dentro del mundo literario actual, he podido conocer a varios, incluso personalmente. Tengo la suerte de viajar, invitada a festivales literarios. Debido a lo que contaba antes, al haber estado tantos años sin publicar en España, la verdad es que no he sido invitada a muchos eventos allí, pero sí en otros países de Europa y América, sobre todo. Estos festivales son una buena oportunidad para conocer y conversar con autores. Para que te cuenten más o menos qué está sucediendo. Además de eso, soy la coordinadora del club de lectura del Instituto Cervantes de Lisboa, cada mes leemos a un escritor hispanoamericano y muchas veces el Instituto recibe autores españoles, así que por ahí tengo otra puerta abierta. También soy profesora en la Escuela de Escritores de Madrid, aunque no tengo que ir allí para impartir las clases. La escuela tiene un campus virtual donde se imparten cursos online. Yo doy varios de estos cursos y eso me mantiene en contacto permanente. Para terminar, algo personal: desde hace muchos años, vivo con un escritor español y, gracias a eso, he mantenido, asimismo, una conexión con el mundo literario español.