Barcelona supuso un cóctel explosivo de juventud, de sensualidad, de hallazgos y revelaciones. Quizá un bautizo de la desmesura. Un coqueteo con el hipismo, «fuera de salón o no lo fuera. Fuera ese hipismo una cosa más o la cosa en sí» (p. 99), porque «quien no conoció la Barcelona de mediados de los setenta no conoció la intensidad de vivir, su canallería y su esplendor» (p. 106), sentencia. Y, entre tanto frenesí, siempre el clasicismo de Pound y, tras él, la vanguardia de Eliot, el paraíso natural de Thoreau, el paraíso bibliófilo de Borges, el génesis americano de Whitman, el oscurantismo existencialista de Hesse, etcétera. Todos esos nombres, junto con otros de escritores catalanes con los que convivir y aprender (Ferrater «era ineludible», Gimferrer había publicado Els miralls y Foix, Gil de Biedma, Espriu o Vinyoli aún vivían), sobrevolaban la ciudad y hacían de ella un paisaje interior: la Barcelona espiritual, la literaria, la rebelde, la heterodoxa, la del descaro en el Bocaccio, la del esplendor de la fonda España mientras Pau Riba cantaba Noia de porcellana. La poesía en efervescencia, en vena (la literatura, la cultura que buscaba reocupar su lugar perdido pisando fuerte) despertaba de dentro hacia afuera y permitía auscultar mejor el mundo en torno, pues «un poeta es —vuelve al mismo símil— un piel roja agachado sobre el suelo, escuchando el latido de la Tierra, el latido del mundo» (p. 115). En definitiva, lo que Reyes de Alejandría dibuja es la Barcelona que pertenece no a una generación, pero sí a un grupo representativo que marcó una generación y del que Llop formó parte activa; aquellos que «vivíamos la vida a través de la poesía y la música […] y la interpretábamos sub specie literaria o sub specie artística, no de otra manera» (p. 113). Indudablemente, una buena fórmula para definir la heterodoxia cultural y vital del discreto encanto de la gauche divine de la Transición, una definición que, a su vez, matiza el profesor Alberto Villamandos, entre otros, como una generación que, con incuestionables salpicaduras de elitismo, aportó renovación en numerosos ámbitos a una sociedad ahogada en el gris de los últimos coletazos del franquismo y de la posterior Transición: renovación literaria, estética, cinematográfica y, sobre todo, en costumbres, actitud y europeísmo en la esfera urbana.[xi]

Como decíamos, la técnica constructiva de utilizar la memoria como herramienta para contar provoca que lo acontecido en el relato esté difuminado y que se describa a base de resplandores fotográficos o sensoriales que se distribuyen de manera aleatoria y desordenada. Sin embargo, el narrador y protagonista de todas las escenas se detiene con destacable lucidez en el día de la muerte de Franco. Aquel día preciso se nos presenta intacto y se le dedican varias páginas. «Franco acababa de morir y la vida continuaba como un brindis» (p. 106), reflexiona, aunque la incertidumbre contenía el júbilo y el silencio, las posibles reacciones precipitadas. Los barceloneses tomaron las Ramblas sin que cupiese un alma, en una actitud nada eufórica, más bien prudente, mirándose de reojo en los paseos avizores. Al parecer, nadie se detenía en sitio alguno,

como si hacerlo representara un peligro […]. De vez en cuando volaban octavillas o se oía algún grito de libertad, pero lo que más se escuchaba era el silencio. Hasta los coches parecía que no fueran a motor. Mirábamos a un lado y a otro como si tuviera que suceder alguna cosa insospechada, alguna cosa deseada, pero no sabíamos qué: la revolución, un golpe militar, una iluminación colectiva, la aurora boreal… (p. 104).

 

Las Ramblas de aquel día de noviembre de 1975 sin duda contrastaban con las del trasiego y el desenfado habitual. Si bien, ironías de la vida, aquel esperado cadáver no vino solo, como recuerda con lamento el narrador: Pasolini moría también aquella madrugada, al mismo tiempo que Franco, y convertía en agridulce una noche tan ansiada; y José Agustín Goytisolo rendía un homenaje al cineasta asesinado en el Instituto Italiano de la ciudad, al que asistieron algunos del grupo. Ahora, con perspectiva, «cuando pienso […] en aquella noche, me parece la noche de otra civilización. O mejor: el alba de una civilización que después vimos extinguirse» (p. 131). Todo iba a cambiar y la esperanza existía.

El final es el regreso. Aquel joven veinteañero retornó a su Mallorca natal y, con él, la Barcelona que se describe en este volumen quedó atrás, alimentando el recuerdo, pero, a la vez, nutriendo un estilo literario fruto de aquellas lecturas realizadas, de aquellas músicas deleitadas, de aquellas experiencias aprendidas. Los años posteriores asentarían un sello propio que definiría al futuro escritor. Poco después de la partida, «aquella Barcelona fue enterrada por la Barcelona del diseño, que tuvo su resplandor en los ochenta y que fue preludio de la Barcelona del nacionalismo y sus hombres grises». De la mano de este entierro (o con el entierro de esa idea de Barcelona), el entierro generacional hacia la nada, las ruinas de Alejandría: «Luego ya no quedó nada. O quedó la nada… […]. Incluso la ciudad llegó a desaparecer y en su lugar surgió un erial y los lugares donde había sido feliz fueron su doble muerto, como el alma y el amor, convertido en desolación pura. […] La nada fue la jaula al aire libre donde encerraron a Ezra Pound» (pp. 157 y 158). Esa nada, la destrucción de Alejandría, de la Barcelona que fue, era el presagio que palpita entre las páginas de lo narrado, aunque quedaría su literatura, «que ya no era vida sino refugio», para toda una vida posterior y quedaría, asimismo, la memoria de los lugares en los que había sido feliz:

Todo esto dejaría en nosotros un estigma que reconocemos sin mirarnos siquiera. El estigma del que no es quien era y debía ser. Un estigma que hubo que vencer como figuras fantasmagóricas, derrumbadas en los sillones raídos de un club abandonado en el tiempo, intentando aparentar cierta compostura. […] Nuestro tiempo pasó y ya sólo nos correspondía no mirar atrás (p. 166).

 

Pasaron los años y cada uno emprendió su camino, el camino del porvenir: «Ya no volveríamos a ser modernos». Cada uno construyó una vida que nació de aquel derrumbe y la conciencia del hoy asume, recordando a Cavafis, que todo fue teatro y palabras; desde la noche parisina, la memoria recuerda a aquellos efímeros reyes alejandrinos: «[Ésos] que habíamos sido nosotros, en otros días que fueron luminosos y el cielo era claro y azul» (p. 167). Entre la memoria y la imaginación, reconciliando el pasado con el presente, las páginas y la Barcelona de Reyes de Alejandría se erige como «testamento de una generación», porque «no hay más salvavidas que la escritura de la memoria» (p. 174).

¿Qué queda de aquellos años setenta?, le preguntaba el periodista Jacinto Antón tras la publicación del libro: «Nos queda la vocación artística, que nos salva, y el amor, que sigue salvándonos», respondía Llop.[xii]

«Bona nit a tothom!», gritaba en catalán Mick Jagger al subirse al escenario de la Monumental en el que fue su primer concierto en España, en junio de 1976. Presentimiento y metáfora. Bona nit a una Barcelona que, a juicio de Llop, se iría quedando atrás, solapada por la denominada «posmodernidad».

 

[i] José Carlos Llop, En la ciudad sumergida, Barcelona, RBA, 2010.

[ii] José Carlos Llop, Solsticio, Barcelona, RBA, 2013.

[iii] José Carlos Llop, Reyes de Alejandría, Barcelona, Alfaguara, 2016.

[iv] Ibídem, p. 25. En adelante, todas las citas o referencias que aludan a esta novela se extraerán de esta misma edición, por lo que se indicará directamente el número de página entre paréntesis.

[v] Jacinto Antón, «Subidón emocional en la Barcelona de los setenta», El País, 30 de mayo de 2016, <https://elpais.com/ccaa/2016/05/30/catalunya/1464640571_104791.html>. Última consulta: 28/8/2017.

[vi] Emma Rodríguez, «Los paisajes interiores de José Carlos Llop», Lecturas sumergidas, núm. 33, mayo de 2016, <https://lecturassumergidas.com/2016/05/31/los-paisajes-interiores-de-jose-carlos-llop/>. Última consulta: 28/8/2017.

[vii] Andrés Amorós, «Elegía por la juventud perdida», Libertad Digital, 26 de febrero de 2016, <http://www.libertaddigital.com/cultura/libros/2016-02-26/libro-reyes-alejandria-llop-1276568482/>. Última consulta: 28/8/2017.

[viii] Domingo Ródenas, «José Carlos Llop: cuando casi todo era posible», El Periódico, 2 de febrero de 2016, <http://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20160202/cuando-casi-todo-era-posible-4864839>. Última consulta: 28/8/2016.

[ix] Ibídem.

[x] Jacinto Antón, «Subidón emocional en la Barcelona de los setenta», cit.

[xi] Cf. Alberto Villamandos, El discreto encanto de la subversión. Una crítica cultural de la «gauche divine», Pamplona, Laetoli, 2011.

[xii] Jacinto Antón, «Subidón emocional en la Barcelona de los setenta», cit.

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BIBLIOGRAFÍA
· Rodríguez, Ana, «Juventud», El País, 9 de febrero de 2016.

· Vila-Sanjuan, Sergio, «Lectura crítica de la gauche divine», La Vanguardia, 28 de diciembre de 2011, <http://www.lavanguardia.com/cultura/20111228/54241696292/lectura-critica-de-la-gauche-divine.html>. Última consulta: 28/8/2017.

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