ENFOQUE SOCIOLÓGICO DE UN PROBLEMA
Dejando aparte esta burguesía mercantil de comerciantes acomodados, obligada a adaptarse a los nuevos tiempos, los únicos representantes del nuevo tipo humano del burgués enriquecido por su trabajo en la España de Galdós no son los fabricantes, sino los indianos. En la mayor parte de los dramas y novelas galdosianos, el personaje que, a pesar de su rudeza tosca y plebeya, encarna el espíritu laborioso y emprendedor del nuevo hombre burgués, creador de riqueza, es casi siempre un indiano, desde el Agustín Caballero de Tormento al papel de La loca de la casa. En esta última obra, novela dramática y dialogada, en la que Galdós se atreve por vez primera a abordar el mundo de la alta burguesía industrial catalana y a situar la acción de su obra en un ambiente barcelonés, el rasgo que acabo de apuntar es claramente perceptible, por cuanto en ella se enfrentan la fuerza ascendente de un indiano enriquecido y plebeyo y la decadencia económica de un rico fabricante súbitamente arruinado. Aunque la identificación que Galdós lleva a cabo en esta obra entre la aristocracia de la sangre y la del dinero, entre una rica familia de fabricantes barceloneses y una vieja familia aristocrática de la más rancia nobleza, viene a confundir un tanto el enfoque sociológico del problema, es evidente que contribuye a establecer una distinción muy clara entre la codicia elemental y primaria del indiano como hombre de presa, y el trabajo productivo, industrioso y racional del fabricante como hombre de empresa. Esta distinción, que Galdós no ha desarrollado externamente en ninguna de sus novelas, pero que es claramente perceptible en varios artículos dispersos no recogidos en sus obras completas, es fruto de su segunda visita a Barcelona para asistir a la solemne inauguración de la Exposición Universal de 1888, a la que fue invitado por el alcalde Rius i Taulet, como diputado a Cortes por la Isla de Puerto Rico y miembro del Partido Liberal de don Práxedes Mateo Sagasta, entonces en el poder. En el curso de esta visita, el gran novelista canario, que tan severamente va a fustigar en las novelas de Torquemada el aspecto negativo del negociante en dinero, entregado a contratos de privilegio y a turbias especulaciones financieras, ante el soberbio alarde de recursos materiales, eficiencia técnica y genio improvisador de la Exposición Universal de Barcelona, descubre la existencia, entre nosotros, de un capitalismo industrial creador de progreso y de riqueza.
Es preciso advertir, sin embargo, que la mirada lúcida y escrutadora del gran novelista no se deja deslumbrar por la brillante apariencia de las visitas, festejos y ceremonias oficiales, y que su curiosidad sagaz e inquisitiva intenta desentrañar la base real en que se apoya la impresionante exhibición barcelonesa. Es entonces cuando descubre que, tras el alarde de potencialidad industrial y financiera de la Exposición Universal de Barcelona, se oculta en realidad la inteligente energía y la poderosa vitalidad de Cataluña entera, única región española en vías de industrialización, que ha logrado ajustarse al compás de la hora europea. Ante el espectáculo insólito que contempla desde las alturas del Tibidabo, «viendo a sus pies la inmensa ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro resuello que declara su fogosa actividad»; ante «el laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas», y en medio «del triquitraque de los telares», cuyo funcionamiento observa «visitando las soberbias fábricas de Batlló y de Sert», Galdós percibe por primera vez en la España de su época la existencia de una sociedad industrial en pleno desarrollo, en la que descubre más o menos los mismos rasgos que pose en el resto de Europa la nueva civilización burguesa.
De la importancia de Barcelona como población fabril —escribe—, nada tengo que decir, pues harto conocida es en todo el mundo. En el término de la capital del principado, en los pueblos que la rodean y en otros de la provincia, como Terrassa, Sabadell, Manresa, Badalona, Esparraguera, Vich, existen talleres, en mayor o menor escala, de todas las industrias conocidas, descolando los tejidos de algodón, los de lana y seda, las alforjas, las fundiciones y forja de metales, los muebles, los muebles, los trabajos tipográficos, la cristalería y la cerámica, etcétera. De cuantas fabricaciones enriquecen a Inglaterra, Alemania y Francia, hay en Cataluña alguna muestra, pudiendo decirse que los catalanes ensayan su inteligente actividad en todas las ramas de la industria contemporánea. Sobresalen en unas más que en otras, y en algunas compiten, sin género de duda, con los extranjeros. Aunque la agricultura está muy adelantada en el país, la industria es la base de su riqueza no sólo en Barcelona, sino en las otras tres provincias catalanas. Con la industria se han hecho en todo aquel país, y principalmente en Barcelona, enormes capitales; a la industria se debe la prosperidad, el bienestar y la cultura que admiramos allí.
Sobre la base de esta prosperidad económica, promovida por un poderosos desarrollo industrial y una intensa actividad mercantil, Galdós entrevé sagazmente la robusta vitalidad de «un país lleno de savia y de iniciativas, un país que a los elementos acumulados une su genial aptitud para utilizar las fuerzas de la naturaleza y que se asimila con pasmosa precocidad todas las conquistas de las ciencias experimentales». Un país, en fin, en el que había «un pueblo morigerado y sobrio», dotado de una inteligente laboriosidad y de una gran sentido práctico, que tiene, «para el trabajo industrial, como hoy se practica en Europa, más aptitud de inteligencia y de manos que cualquier otro de la península, y cuya privilegiada situación geográfica le ha dado una especial aptitud para los negocios, que nace se ejercita y se robustece allí donde existen corrientes comerciales». «Cualidad esta —concluye filosóficamente Galdós— que brilla poco en los pueblos del centro, los cuales, por no comprenderla, incurren en la injusticia de llamar egoísmo a las combinaciones del cambio, el giro y el descuento. Del pueblo catalán se dice en España lo que en toda Europa del pueblo inglés, pero todo ello, bien mirado, es puro amaneramiento de la opinión común sin consistencia racional».
SAGACES ATISBOS
Es evidente, sin embargo, que lo que más vivamente interesa a Galdós de la inmensa aglomeración industrial y urbana que es la Barcelona de 1888 no es su potencia económica, sino la peculiar estructura social a que ha dado origen su carácter comercial y fabril. El hecho es fácilmente explicable si se tiene en cuenta que el gran novelista de la burguesía española de la Restauración se halla, por primera vez ante nosotros, ante una ciudad industrial típicamente burguesa, cuya estructura social está presidida por el poder nivelador del dinero y por el omnímodo imperio de la clase media. Aunque Galdós no ignora los problemas sociales de la explotación obrera, ni las duras condiciones de trabajo en los talleres y en las fábricas, propias de la fase acumulativa del capitalismo naciente, es evidente que prefiere las posibles injusticias de la industrialización al estancamiento y la miseria ancestral de la España agraria, que condena a sus hombres a la emigración, a la mendicidad o la indigencia. Al margen de la realidad de este problema, que con toda evidencia prefiere soslayar, lo que realmente le interesa Galdós es el tono general de bienestar que observa en la población entera y el alto nivel de vida originado por la laboriosidad, la previsión y el espíritu de ahorro, común a todas las clases sociales, y por una más justa e igualitaria distribución de la riqueza. De ahí proceden los sagaces atisbos galdosianos sobre las costumbres y formas de vida de la sociedad barcelonesa de la Restauración. «En Barcelona no hay más que una aristocracia: la del dinero amasado laboriosamente en el comercio y la industria. Las grandes fortunas descuellan quizá menos que aquí, porque las empequeñece algo el nivel de las fortunas medias, bastante más alto que en Madrid. Los capitales saneados y de importancia, sin llegar a la opulencia, los capitales modestos que aseguran el bienestar de una familia numerosa, abundan en Barcelona tanto como escasean en Madrid, donde las grandes riquezas, labradas en parte con las contratas del Estado, no han podido subdividirse, como se subdividen donde la esfera de actividad es más amplia».
Las clases ricas de Barcelona viven bien, con vida menos tormentosa y agitada que la de Madrid; saborean el lujo, viajan, prefieren por lo común las comodidades domésticas a la ostentación pública. En cuanto a la clase media son mayores las diferencias entre Madrid y Barcelona, pues aquí existe una parte importantísima del vecindario, clase bien vestida, bien educada, de agradable trato, que vive de un sueldo más o menos grande, pero sueldo al fin, con el cual no se pueden hacer maravillas. Los pensionistas del Estado, gentes que viven de una jubilación, o de los montepíos militares y civiles, constituyen en Madrid una clase numerosísima, la rama menos holgada de la mesocracia después de la de los cesantes. Los rentistas, o gente que vive de su capital empleado en valores públicos, abundan bastante en ambas poblaciones, pero no sería difícil probar, a mi juicio, que en Madrid están aquellas riquezas en menor número de manos y que en Barcelona la distribución es más proporcionada.
En cuanto al pueblo, no diré que el de Barcelona tenga más aptitud para el trabajo fabril, pero posee una educación industrial y una práctica de que el obrero madrileño carece. Por lo común, al madrileño, dotado de viva imaginación y de inteligencia, no iguala al catalán en habilidad de manos, salvo en contados oficios cuya tradición no se ha perdido. Para aquellos en que funciona la gran maquinaria de vapor, el obrero madrileño necesita instruirse, pero la verdad es que si logra vencer ciertas dificultades, se pone en primera línea y no hay quien le supere. Como cultura y formas sociales, únicamente diré que las clases bajas de Madrid tienen mucho que aprender de las de Barcelona, ciudad que en esto puede enorgullecerse ante todas las de Europa, pues ningún pueblo del mundo le iguala en escasez de tabernas, son menos frecuentes en ella las pendencias y en ninguna otra dan los obreros menos trabajo a las autoridades municipal y judicial.
Gran parte del bienestar de la sociedad catalana —concluye finalmente Galdós— se debe a la previsión, virtud poco extendida en las regiones centrales de la Península. Debemos declarar sin rebozo que en economía doméstica, que no sé si es ciencia, arte o qué es, en ese cúmulo de reglas prosaicas cuyo cumplimiento disminuye las desazones de la existencia, nos llevan los catalanes mayor ventaja que en todos los demás órdenes del saber. De aquí que, en general, se viva mejor en Barcelona que en Madrid; de aquí que el nivel medio de bienestar sea más alto allá que acá; de aquí que habiendo bastante riqueza en una y otra población, haya en Barcelona más reservas que en Madrid y se advierta en todas las clases mayor desahogo.
Tal es, reducida a sus rasgos esenciales, la visión abierta y comprensiva que Galdós tiene de la Barcelona ochocentista.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]