Juan Manuel de Prada
Mil ojos esconde la noche
Espasa
1.648 páginas
POR FRAN G. MATUTE

Los que seguimos a Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) desde que publicara su primera novela, aquella insospechada maravilla (escrita por un veinteañero) titulada Las máscaras del héroe (1996), soñábamos con que algún día volviera a esos mundos de la bohemia gañán, tan cafres y novelescos, a los que supo darles verdadera vida literaria. Así, el anuncio de la publicación de Mil ojos esconde la noche (2024-2025), secuela espiritual de aquella (aunque solo fuera porque recupera a su protagonista, Fernando Navales, reconocido «falangista de sangre»), nos hizo a muchos dar un bote de alegría. La alegría sin embargo llegó en paradinha, esto es, en dos tomos separados (quizás demasiado) en el tiempo, una jugada literario-comercial a mi juicio fallida, como ya comentaremos. Por el camino, un camino largo de casi treinta años, el propio Prada se había dedicado a desmitificar su fastuoso debut. «No es tan buena, es una novela de principiante», nos llegó a decir una vez en persona. Al autor le pesaba que el personaje de Navales no evolucionara en Las máscaras del héroe, quedando retratado de una piedra, casi caricaturesco. Esta pega que Prada se ponía es importante recordarla ahora, pues no es posible entender Mil ojos esconde la noche sin tenerla en la mollera.

Algunos se preguntarán, ¿cuánto debe Mil ojos esconde la noche a Las máscaras del héroe? Todo y nada, como suele decirse, pero más nada que todo. Cierto es que las dos son en el fondo novelas corales que versan de algún modo sobre los bajos fondos de la cultura española, pero el tapiz en el que se mueven sus muchos personajes, desubicados siempre y pasando penurias, no puede ser más diferente, porque del Madrid previo a la Guerra Civil al París ocupado por los nazis, donde se refugiaron tantos exiliados españoles, hay un trecho, y esto a pesar de que las miserias vividas en uno fueran consecuencia directa de las del otro. También, porque sabemos que de donde bebe realmente Mil ojos esconde la noche es de El derecho a soñar (2022), la monumental y apabullante biografía de Ana María Martínez Sagi, que pasa por ser, hasta la fecha, la incontestable obra maestra de Prada, un trabajo mayúsculo que le llevó a escudriñar incontables archivos nacionales e internacionales, en los que encontró «petróleo», como se diría vulgarmente, en forma de fichas policiales de algunos de nuestros más egregios exiliados.

En El derecho a soñar ya se apuntaban además, veladamente, algunas de estas historias, sobre las que se nos dejaba ver su potencial narrativo, pues cuando el Prada biógrafo confesaba no tener certezas documentales sobre tal o cual episodio importante en la vida de Martínez Sagi daba pie a que entrara el Prada novelista, que exponía, siempre con cautela y desde el respeto al rigor ensayístico, lo más probable que hubiera podido pasar. Y uno notaba que se quedaba con ganas de fabular, de tirar del hilo, y aquí están estas más de mil seiscientas páginas llenas a rebosar de fabulaciones, sí, pero basadas todas en hechos históricos contrastados, algunos especialmente incómodos, como el relativo a las colaboraciones con Falange en París de no pocos exiliados republicanos. Prada le regala así a su Navales una dulce y perversa venganza, tras haber sido ninguneado como escritor en Las máscaras del héroe, pues a él se le encargará reclutar a estos «rojillos» desubicados y muertos de hambre con el fin último de manchar su expediente. Navales, movido por el resentimiento, llevará a cabo su misión, cómo no, encantado de la vida, saboreando cada sometimiento.

A estas maliciosas vicisitudes dedica Prada el tomo primero de su novela, cuya lectura sin embargo (a pesar del placer culpable que supone siempre mirar el mundo a través de los ojos de un personaje tan recalcitrante como Navales) se nos hizo un tanto repetitiva, toda vez que en sus capítulos se abusaba de ciertas fórmulas narrativas, basadas sobre todo en el encuentro con tal o cual artista al que se quería engatusar, siempre con las mismas armas, pero que, con todo, la crítica se lanzó a encumbrar, unánime, como una obra mayor de nuestro tiempo. Pero el tomo primero por sí solo no podía ser entendido bajo ningún concepto como una novela autónoma reseñable, básicamente porque Mil ojos esconde la noche no es una obra que conste de dos partes al modo de las sagas de fantasía sino que es un todo único y compacto dividido exclusivamente por cuestiones de volumen. ¿A cuento de qué hacer ahora esta advertencia? Al hecho de saber a ciencia cierta que el tomo primero carecía de un «final», ya que tan solo cerraba con un clímax, el de un sonado discurso (hasta la fecha inédito) de Gregorio Marañón que, por un lado, demostraba su participación en las actividades de Falange pero por otro sus agallas para ensalzar otras «razas» ante los nazis; y también al hecho de saber que solo el tomo segundo da sentido al primero, pues es en sus páginas donde Prada desarrolla con verdadera complejidad a su personaje maldito.

Tiene además uno la sensación de que habiendo fraccionado Mil ojos esconde la noche se han podido perder lectores, lectores que además se habrán quedado con una percepción de lo más errónea de lo que es esta gigante novela, jaleada prontamente como una gran barrabasada carnavalesca cuando en su fuero interno esconde una honda historia de redención. Pues si en «La ciudad sin luz», título con el que se bautizó el primer tomo, se nos mostraba, cierto, a un Navales supurante de bilis, en «Cárcel de tinieblas», el segundo, veremos a un hombre atribulado por las circunstancias que deseará de corazón hacer el bien. Una transformación esta imposible, a priori, pero que Prada constata bellamente a través del reencuentro de su personaje con la angelical niña Mariuca en la Navidad de 1942 y al fondo toda una peripecia clandestina para salvar la vida a no pocos niños judíos españoles (y hasta aquí podemos leer).

Si se queda uno con la mirada ácida y despectiva de Navales, se reirá sin duda a carcajadas, pues desde su posición militante de falangista joseantoniano, prácticamente todo lo que le rodea huele a estiércol. Desde los «rojillos» republicanos pasando por los «polaquitos» catalanes, por no hablar del «cogollito» que acompaña a César Gonzáles Ruano («Ruanito») en sus fechorías falsificadoras. Pero también el franquismo le repele, con su «nacionalseminarismo» a cuestas. Porque Navales no tiene reparos en alabar la coherencia de muchos anarquistas convencidos, tanto como en sentir repugnancia hacia «los suyos», chupatintas apoltronados en sillones que no merecen, a los que hará la vida imposible desde su anonimato conspirador. A quien así lo quiera ver, Mil ojos esconde la noche ofrece, mayoritariamente, una visión poliédrica y pestilente de lo que fue el bando nacional (con sus pugnas palaciegas entre monárquicos, carlistas y falangistas), mientras que es capaz de reconocer el pundonor de muchas pobres almas que se vieron de un día para otro expulsadas de su país, con una mano delante y otra detrás, y que tuvieron la mala suerte de acabar en un país como Francia, donde se les trató como a ratas. Si a alguien odia Navales con todas sus fuerzas y sin reparos es a los franceses, ya agachen la cerviz ante el «ángel con gabardina y bigote» o digan pertenecer al propagandístico «ejército de las sombras», de ahí que todo español puteado en Francia merezca al menos su consideración. Quizás a Navales le hubiera gustado ser como Lucien Rebatet, el feroz escritor fascista autor de Los escombros, a quien califica en un momento dado como «un lírico del odio, un rapsoda de la venganza, supurante de rencor y desilusión por las mil llagas que ulceraban su alma, que eran el motor de su escritura», pero una cosa es la escritura y otra muy diferente la vida, y por eso Prada, consciente de que la naturaleza del ser humano es entreverada, se esmera en moldear a su villano otorgándole por fin la tan ansiada tridimensionalidad.

Y es ahí donde reside el verdadero logro de esta novela, pensamos, no solo en la capacidad inusitada que tiene su autor para sostener durante tantísimas páginas una obra tan meándrica y mastodóntica, sin desfallecer en ninguno de sus párrafos, todos esculpidos gracias a una prosa atiborrada de vocabulario descacharrante, sino en el hecho de haber sido capaz de dibujar con tanta finura a un personaje tan… como Navales, en medio de semejante caos histórico, en medio de semejante fauna infecta, y por más que sea cierto que ya no se hacen novelas así, que el modelo de novela que gasta Prada se haya quedado obsoleto en el marco de la posmodernidad, no debemos olvidar que si uno de los grandes placeres que tiene la literatura es el mero placer lector, con pocas novelas se puede disfrutar tanto leyendo como con esta espectacular Mil ojos esconde la noche, toda una proeza literaria, reconozcámoslo, al alcance hoy día de un solo escritor vivo.