Sólo el tiempo dirá qué amplitud abrirá esta fenomenología del instante del colorido de la vida.

Otro de los académicos que ha forjado un trabajo sobresaliente dentro de la ontología mexicana es Ángel Xolocotzi (1969), adscrito a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, y ahora también director de la Facultad de Filosofía y Letras de dicha institución. El trabajo de Xolocotzi ha girado alrededor del análisis crítico, la traducción y la divulgación de la obra del filósofo alemán Martin Heidegger. En los últimos años, Xolocotzi está concentrado en escribir una crónica documentada sobre la vida y obra del filósofo alemán, la cual se ha propuesto en cuatro tomos. Han salido hasta ahora el primer y el segundo volumen;[iv] en el primero, Xolocotzi escribe sobre los años de juventud del filósofo de la Selva Negra hasta la publicación de Ser y tiempo, en 1927; mientras que, en su segunda crónica, se concentra en el periodo que va de 1926 a 1936, poniendo énfasis en el polémico momento en que Heidegger se enlista en el partido nazi, en 1933, narrando también los acontecimientos sucedidos al tomar protesta como rector de la Universidad de Friburgo y hasta la redacción de uno de sus textos más problemáticos, los Aportes a la filosofía, iniciados en 1936.

 

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Un segundo campo de la filosofía en México está definido por la metafísica y la filosofía de la religión, un ámbito que, a pesar de la creciente secularización del pensamiento en la época contemporánea, sigue mostrando su pertinencia, especialmente, en lo que respecta a la pregunta acerca de la naturaleza del mal, la historia y diversificación de las doctrinas tanto occidentales como orientales y la reflexión sobre la religión en un sentido más originario: como ese sentimiento de unión con algo trascendente, que puede o no implicar, en sentido estricto, el Dios cristiano. En el rubro de la metafísica actual, que quizá será mejor entenderla como historia de la filosofía antigua y moderna, hay un importante rescate crítico por parte de algunos investigadores mexicanos de la filosofía clásica griega y de las obras europeas de la modernidad.

En esta área es de reconocer la labor de Ricardo Salles (1965), adscrito al IIFL-UNAM, coordinador desde su fundación en 1997 del Seminario de Análisis de Textos Filosóficos Griegos. El doctor Salles ha estudiado a profundidad la metafísica y la ontología en el pensamiento grecolatino, centrando su interés sobre todo en Aristóteles y la ética de los filósofos estoicos. A Ricardo Salles, en conjunto con Marcelo D. Boeri, debemos una de las pocas antologías bilingües que hay comentadas al español sobre los filósofos estoicos. Un volumen de casi novecientas páginas en el cual se extraen los principales fragmentos para analizar en detalle el estoicismo desde distintas vertientes, su ontología, su lógica, física y ética.[v] Ricardo Salles también escribió sobre el problema de la libertad para los filósofos estoicos, un libro donde se explora el concepto de sabio estoico y cómo éste habrá de alinear sus deseos al orden providencial del mundo,[vi] por tanto, el libro es también una obra donde se explora con profundidad la cosmogonía del estoicismo.

Otro de los filósofos que ha dedicado su labor a escribir sobre la historia de la metafísica moderna es Crescenciano Grave (1961), adscrito a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, uno de los pocos académicos que tiene una sólida trayectoria en el análisis del idealismo alemán. Su autor predilecto ha sido Schelling, pero también ha dedicado parte de su labor a estudiar la filosofía de Nietzsche, la estética de Kant, Schopenhauer y Hegel y la comprensión del arte dentro del romanticismo.

Dentro de la filosofía de la religión cabe destacar la figura de la filósofa y poeta Elsa Cross. Su labor ha sido más bien pedagógica y creativa, si bien se ha desenvuelto en el análisis de la mística y su relación con la filosofía en el estudio de religiones orientales, esto le ha servido para desarrollar una obra de tonalidad poética y densidad filosófica. La mayoría de lo escrito por Cross lo podemos encontrar en sus poemarios, y, aunque esto pudiera salirse del acostumbrado método de la filosofía, con el paradigma del ensayo académico, ¿no podríamos fundar también dentro de la poesía un pensamiento de una innegable hondura filosófica?

Considero que una de las principales tareas de la filosofía actual, además del desarrollo de una ensayística clara y concisa, es también tener apertura hacia nuevos modelos de escritura, a otras formas de hacer filosofía más allá de la ortodoxia académica, más allá de la creciente y avasallante profesionalización de la filosofía que condiciona a sus investigadores a pensar a partir de un sólo recurso de escritura, el artículo académico o paper.

En una columna de opinión publicada en el diario La Razón, el filósofo Guillermo Hurtado, adscrito también al IIFL-UNAM, muestra cierta nostalgia por modos de escritura filosófica que se han mantenido al margen de los códigos habituales del discurso académico y sugiere desarrollar nuevamente una mayor apertura a otros estilos de expresar la creatividad del pensamiento filosófico mexicano, aunque no son nada novedosos, sino que se han ido perdiendo a lo largo de los años. Por ejemplo, el diálogo filosófico, el ensayo de largo aliento, rebelde ante las citas, y la literatura fragmentaria y poética que filósofos como Pascal, Nietzsche y Kierkegaard osaron emplear en su momento, textos sin los que no podríamos comprender la filosofía occidental.

Como escribe Hurtado, «Pienso que es falso que para imprimirle un carácter científico a la disciplina estemos obligados a escribir artículos […]. Desde que se impuso el sistema de profesionalización, la filosofía ha perdido creatividad, riqueza expresiva y donaire».[vii] Aprovecho la cita de Hurtado para hacer énfasis en esa otra manera de hacer filosofía que los amantes de la ortodoxia a veces tienden a nombrar como «divulgación de la filosofía», en un sentido ciertamente peyorativo. En la actualidad, filósofos mexicanos como Guillermo Hurtado, Julio Hubard, Héctor Zagal y Paulina Rivero Weber han desarrollado una labor importante de pensamiento filosófico publicado en prensa, los tres son colaboradores habituales en medios nacionales y se han dedicado tenazmente a recuperar temas de actualidad, como reflexiones políticas y avistamientos culturales, generalmente, desde una óptica filosófica.

 

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La filosofía analítica empezó a desarrollarse en México de manera mucho más tardía que el resto de las áreas antes mencionadas. Nació a inicios del siglo xx en la academia anglosajona y fue introducida a nuestro país en los años sesenta de la centuria pasada por figuras como Luis Villoro (1922-2014), Fernando Salmerón (1925-1997) o Alejandro Rossi (1932-2009), entre otros. Los textos filosóficos de tendencia analítica comparten una metodología común: se concentran en el análisis lógico y riguroso del discurso, combatiendo postulados sin claridad o formalidad científica y que, en cierto sentido, no muestren certezas empíricas. La analítica es finalmente una filosofía del lenguaje, una metodología antes que una tradición filosófica construida a lo largo de los siglos, y que puede convertirse en el metarrelato crítico de una serie de conflictos subyacentes en aquellas tradiciones filosóficas. Por ejemplo, puede ser el verdugo «cortargumentos» de eso que ella considera «pseudoproblemas», como la metafísica y algunos tipos de ontologías clásicas. Y, al mismo tiempo, está habilitada para construir su discurso como una filosofía crítica del derecho y las ciencias actuales, una que juzgue qué tan convenientes o inconvenientes son los métodos aplicados por dichas disciplinas.

Una de las figuras contemporáneas más importantes dentro de esta área es, sin duda, la del filósofo Luis Villoro, de los pioneros de la filosofía analítica no sólo en el IIFL, del cual llegó a convertirse en profesor emérito, sino en el resto de Latinoamérica. Villoro estuvo preocupado por definir y distinguir a profundidad el significado entre sabiduría y conocimiento científico, sin embargo, su perspectiva, a diferencia de la de muchos analíticos dogmáticos, no es echar por la borda la sabiduría ni escindir tajantemente un ámbito del otro, porque ambos siempre terminan enredándose en la realidad. Los dos cumplen una función bien definida: la ciencia como esa suma de saberes compartidos por una comunidad de investigadores, con teorías que aspiran a una objetividad que pueda legitimarse al contrastar sus observaciones personales con «razones comprobables por cualquiera».[viii] Mientras que la sabiduría está sostenida en «conocimientos personales, y en creencias más o menos razonables y fundadas; creencias compartidas sobre el mundo y la vida, que integran una cultura»,[ix] en la cotidianidad, no podemos decir que ciencia y sabiduría se ejercen siempre, cada una independiente de la otra, con pureza. Por lo tanto, «la ciencia no puede reemplazar a la sabiduría, ni ésta a aquélla. Ciencia y sabiduría son imprescindibles porque ambas cumplen una necesidad: orientar la vida de modo que nuestra acción sea acertada, por acorde con la realidad, y tenga sentido, por valiosa».[x] Me gustaría extenderme más en Luis Villoro, porque no solamente es un icono de la filosofía analítica, sino que su propuesta es un llamado al pensamiento universal, a la tolerancia y a salirse de los dogmas que muchas veces encierran a la filosofía en una apartada isla sin dejarla levantar los ojos al mar. La propuesta de Villoro es, pues, un llamamiento a la pluralidad, una convicción con repercusiones prácticas, como bien habría de expresar alguna vez el filósofo Pedro Stepanenko:

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