A partir del descubrimiento de la muchacha, Marino comienza a pergeñar el relato de su vida al ver que cada día se cita con un hombre mayor que ella. Sobre la base de una hipotética historia de amor entre el adulto y la adolescente, con sus citas a escondidas tan solo advertidas por Marino, éste se enamora de la muchacha. Sin embargo, las expectativas son quebradas al final del relato, cuando todas las presuposiciones y sospechas de Marino se rompen al descubrir a la joven en el suelo del baño y comprender que las miradas ansiosas y el nerviosismo en los gestos no se debían al amor hacia el adulto con el que se citaba en el mismo bar en el que desayunaba el oficinista protagonista, sino a una adicción más devastadora que la pasión.

«Las otras vidas» narra el viaje de un grupo de programadores y de regidores de salas de conciertos europeos y sudamericanos invitados por una marca de pianos como premio a su fidelidad. En esta ocasión, la narración estructura de forma lineal el devenir del viaje demorándose en las dificultades que surgen en la convivencia, así como en los diferentes puntos de vista que sobre la práctica musical revelan los gestores y sus relatos de las experiencias vividas con renombrados intérpretes. De nuevo, la sorpresa la halla el lector al final del cuento con la aparición de Milton Oliveira, prestigioso pianista, en un tugurio de Marrakech interpretando sin descanso y gratis el repertorio que con mucho esfuerzo los programadores culturales conseguían para sus reputadas salas de conciertos.

«Extraños en la noche» es un ejemplo de cómo la materia narrativa la descubre Muñoz Molina a menudo en las páginas de sucesos (Aguilera, 2006, p. 107). A partir de la noticia publicada en un periódico en la que se decía que una mujer indocumentada estaba ingresada en un hospital varios días sin que nadie se interesase por ella, el escritor ubetense construye un relato en el que el miedo a la soledad, las vidas fracasadas y el problema de la convivencia dan cuenta del mapa delineado en las sociedades contemporáneas. La desdicha de la mujer anónima lleva al protagonista del cuento a ver reflejados sus miedos:

«Pensaba en ella, y rechazaba su recuerdo porque le traía la pesadumbre de la mala suerte y del miedo a que también él fuera exterminado algún día por la soledad, a que lo despidieran del trabajo y acabara tirado por las calles como los borrachos y los locos, como las mujeres que andaban solas hasta la madrugada y una tarde cualquiera perdían el conocimiento y eran llevadas en estado de coma a un hospital donde nadie iría a identificarlas» (Muñoz Molina, 2013, p. 158).

 

De la misma manera que en «Nada del otro mundo» se parodian los cuentos de terror gracias a la veta irónica y al carácter digresivo del relato, en «El cuarto del fantasma» se parodia la tradición fantástica de los cuentos de misterio (Valls, 1991, p. 38). Al calor de una tertulia, Don Palmiro relata a sus amigos una historia de fantasmas vivida en primera persona. Sin embargo, el hecho de que el protagonista del cuento no reaccione según los rasgos del género provoca que se desactiven los mecanismos fantásticos, resultando en una parodia final que rebaja la tensión acumulada en un final anticlimático. La expectativa de los tertulianos se ve diluida con la displicente actitud del protagonista:

«Amigo mío. […] Yo había visto a un soldado turco degollar a mi padre. Yo había creído que el mundo entero iba a ser tragado por el mar durante el terremoto de Valparaíso. En la bodega de aquel vapor donde pasé dos meses escondido entre alfombras, las ratas me despertaban mordiéndome las orejas… ¿Y quiere usted que una silla, porque daba saltitos, me quitara el sueño?» (Muñoz Molina, 2013, p. 170).

 

«La colina de los sacrificios» es sin duda otro de los grandes relatos del libro. Epicteto Díaz ha visto en este cuento el carácter de sinécdoque que marca al cuento moderno, «pues una parte sugiere una entidad mucho mayor» (Díaz, 2011, p. 361). Sabemos por la nota introductoria del autor que la base de esta historia es una noticia leída en 1983 y sobre la que también el ubetense escribió un artículo. Puede afirmarse que este cuento añade a la poética cuentística de Muñoz Molina el ingrediente del relato policíaco: tenemos una investigación, un policía, el cuerpo del delito y un sospechoso que reconoce los hechos (Martín, 2006, p. 39). Sin embargo, hay algo que no encaja y esa disyunción que acontece al final provoca que el devenir fallido del relato policíaco se abra hacia una lectura fantástica. La veta sorprendente procede de un viraje en la resolución de la investigación policial, cuando, una vez que el sospechoso ha confesado su crimen, conocemos que el dictamen del forense data el cráneo encontrado con una antigüedad de quince siglos y, según las excavaciones, pertenecería a uno de los muchos sacrificios humanos realizados en la colina. Ese final convierte el espacio del suceso en uno de los protagonistas del relato, como si la zona estuviera contaminada de una extraña fuerza que hubiera impulsado el asesinato ahora no demostrado, pero sí confesado.

«Si tú me dices ven» es un cuento breve que nos interna en el terreno de lo inefable. La fantasía y el misterio se concitan en este relato gracias a una enigmática presencia en el apartamento que una pareja había proyectado convertir en su hogar. Narrado en tercera persona el cuento presenta a un escritor, Guzmán, que –ilusionado– emprende la tarea de instalarse en una casa para imaginar con su mirada en cada rincón un futuro pleno en compañía de Susana, que debía abandonar a su marido para comenzar una nueva vida a su lado. La ilusión inicial va poco a poco aumentando y convirtiéndose en tensión al ver Guzmán cómo pasan los días y Susana no aparece, al tiempo que en la casa comienza a oír ruidos y pasos, presencias que tintan el relato de un halo de misterio cuyo final no hace más que acrecentar al conocer que el marido celoso ha asesinado a su amada.

«Un amor imposible» es un breve relato erótico capaz de sostener la atención del lector desde el principio in medias res hasta un inesperado final. Juega en este cuento un papel fundamental la calculada tensión sensual, sabiamente administrada por Muñoz Molina como si se tratara de un relato de misterio al ofrecer en cada paso sólo aquella información necesaria para avanzar en la narración. Es la última palabra del cuento la que cierra la historia y vertebra de sentido en una dirección opuesta lo que parecía un encuentro amoroso.

«Borrador de una historia» y «La gentileza de los desconocidos» son dos cuentos en los que Muñoz Molina ha continuado investigando sobre el relato policíaco. «Borrador de una historia» juega desde el título con el hecho de que en el interior del cuento hay un escritor que fantasea con una historia de detectives al tiempo que, por su tono menor, se desvela como una parodia de las narraciones policíacas al invocar en su desarrollo buena parte de los clichés que la tradición ha venido señalando. Frank Blatsky es el protagonista, pseudónimo detrás del cual se esconde un escritor de novelas pornográficas que se venden en los quioscos. Pero a Blatsky le gustaría en realidad ser el detective Blázquez y escribir novelas policíacas al estilo del Marlowe de Chandler. La fantasía de una historia imaginada es la que da cuerpo al cuento breve cuyo fin hace converger la trama proyectada en el borrador ficcional con la realidad del protagonista.

Por su parte, «La gentileza de los desconocidos» abandona el tono paródico del anterior relato policíaco para convertirse en otro de los grandes cuentos de la colección de Muñoz Molina. Confluyen en este cuento la soledad del anciano, la memoria de las vivencias y la confianza rota en una inesperada amistad, todo ello junto a la noticia de unos horribles crímenes, los asesinatos de los labios cortados:

«Desde el verano, tres mujeres de una edad semejante, treinta y tantos años, que vivían solas y se ganaban la vida con notable éxito profesional habían aparecido apuñaladas en sus domicilios: la rúbrica del asesino, según dijo un locutor sensacionalista de la televisión, era cortar los labios de sus víctimas y llevárselos como único trofeo, ya que en ninguno de los tres casos se había robado nada» (Muñoz Molina, 2013, p. 239).

 

Walberg, protagonista del relato, es un profesor jubilado, culto e inteligente, que huye del estigma de un amor prohibido con una alumna menor. En su buscado anonimato entabla amistad con Quintana, un vendedor de enciclopedias a domicilio seductor pero poco cultivado. Cada uno encuentra en el otro aquello de lo que carece y así comienza una espontánea amistad avivada con los relatos del profesor jubilado. Con los asesinatos de las tres mujeres como fondo, el relato adquiere un creciente desasosiego cuando Walberg encuentra en su frigorífico los labios cortados en el interior de un frasco de alcohol. El profesor jubilado conseguirá resolver el misterio gracias a su inteligencia y a su capacidad de observación, resolución que viene acompañada con su muerte.

«El miedo de los niños» es el último de los cuentos recopilados en Nada del otro mundo, después de la divertida sátira «Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad», brevísimo relato en el que Muñoz Molina critica la demagogia y la hipocresía de ciertos escritores e intelectuales que deben pagar ante una supuesta Brigada de la Realidad por sus necias e insensatas declaraciones. Muy distinto es el tono que recorre «El miedo de los niños», relato extenso estructurado en once fragmentos que narra el desamparo de la infancia frente a la maldad de los adultos. Los posibles elementos fantásticos que acompañan la narración aparecen al final de la historia como estrategias defensivas de los niños protagonistas para protegerse de una realidad en exceso cruel.

Como se ve, a pesar de que existe una gran variedad de tonos, de temas y de recursos narrativos, es posible hallar una tendencia hacia la revelación sorpresiva sabiamente administrada gracias a unas narraciones depuradas en las que se privilegia la intensidad. Sólo el primer cuento del volumen, «Nada del otro mundo», se demora en su resolución debido a las digresiones que lo conectan con la vida durante la Transición y sus comentarios críticos. En el resto de los cuentos, Muñoz Molina sigue muy de cerca la caracterización que del cuento ofreció Cortázar en «Del cuento breve y sus alrededores» y existe al terminar de leerlos la impresión en el lector de una esfericidad artística, esto es, que el escritor ha sabido desarrollar un ambiente interno cuya última palabra cierra su forma y concluye su tensión. Otro interesante aspecto que señalaba Julio Cortázar y que también podría encontrar en los cuentos de Muñoz Molina ejemplaridad es la visión del cuento como una particular exorcización, como un producto neurótico mediante el cual el escritor objetiva sus miedos y sublima sus pulsiones (Cortázar, 1969, pp. 35-45). En este sentido, podríamos interpretar la presencia constante en sus cuentos de la figura del escritor debatiéndose entre la soledad y la necesidad de ser reconocido.

Entrevistado por Carlos Alfieri, Antonio Muñoz Molina comprendía la literatura como el coraje de los débiles; especialmente, la tradición del cuento y de la novela moderna en oposición a la épica: