Imágenes cruzadas en el espejo de París

 

Como indica Mariano Siskind en Cosmopolitan Desires (2014), para Darío es sobre todo la poesía francesa, representada principalmente por Victor Hugo y Paul Verlaine, el máximo exponente de la modernidad y la universalidad; en especial, la obra del primero, como afirma en «El Dios Hugo y la América Latina»:

«No ha vuelto a verse, después de Hugo, un espíritu de poder tan universal. Él conquistó el globo. Su nombre llegó luminoso a todas partes, casi como entre un soplo legendario… En China, en la India, en países lejanos de extrañas civilizaciones y razas distintas, la gloria del poeta hizo vibrar algunos rayos» (192).

 

Y también para Vargas Llosa, muchos años después, supuso la figura de Hugo, y, más concretamente, la lectura de Los miserables (1862), una revelación en cuanto al ejercicio de una literatura comprometida sin perder el aliento de la imaginación que le inspiró la novela desde su lectura juvenil, como revelará La tentación de lo imposible (2004), el ensayo que dedica a la obra más conocida y popular, universal, del prolífico romántico francés.

En cualquier caso, en un principio, tanto para Darío como para Vargas Llosa, la modernidad se halla representada por París como capital de la República Mundial de las Letras, concepto que Pascal Casanova desarrolla en su libro, convertido ya casi un lugar común, recordando a Walter Benjamin y su «Paris, die Hauptstadt des neunzehnten Jahrhunderts» (Das Passagen-Werk, 1927-1940). París representa también el centro para estos dos jóvenes hispanoamericanos, periféricos –respecto a la capital de la consagración literaria–; ambos se miran –y desean verse reflejados– en ese espejo en dos momentos distintos de la historia.

 

Para Darío, como señala en su Autobiografía, París se configura como un espacio idealizado donde proyecta sus sueños infantiles:

«Yo soñaba con París desde niño, a punto de que cuando hacía mis oraciones rogaba a Dios que no me dejase morir sin conocer París. París era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la felicidad sobre la tierra. Era la Ciudad del Arte, de la Belleza y de la Gloria; y, sobre todo, era la capital del Amor, el reino del Ensueño. E iba yo a conocer París, a realizar la mayor ansia de mi vida. Y cuando en la estación de Saint-Lazare pisé tierra parisiense, creí hallar suelo sagrado» (Darío, 1990, 69).

 

Vargas Llosa, unas décadas después, apunta en la misma dirección, es decir, idealiza la Ciudad de la Luz y la sensación al visitarla, finalmente, de convertir en realidad un sueño:

«Dudo que, antes o después, me haya exaltado tanto alguna noticia como aquella. Iba a poner los pies en la ciudad soñada, en el país mítico donde habían nacido los escritores que más admiraba. “Voy a conocer a Sartre”, le repetía esa noche a Julia [su primera esposa] y a los tíos Lucho y Olga, con quienes fuimos a celebrar el acontecimiento» (Vargas Llosa, 1993, 455).

 

Efectivamente, París es, para ambos autores, la meca de su destino literario y, aunque lograrán cumplir su sueño, también descubrirán pronto el espejismo. Darío irá mostrando ese desencanto sobre todo en sus crónicas. Sobre el que se constituye ya como mito de París, escribe en 1904, más de diez años después de su primer encuentro con la ciudad de sus sueños (1893), la crónica «En el ‘País Latino’», incluida en el volumen Parisiana:

«Un joven hispanoamericano que llegó a París recientemente, lleno de frescas ilusiones y de antiguas lecturas, me pidió que le llevase a conocer el Barrio Latino. Tenía su [Henri] Murger [Escenas de la vida bohemia / Scènes de la vie de bohème][i] bien conservado, y la leyenda verleniana y moreesca flotaba en sus imaginaciones. Yo no quise derribar tanta ilusión con palabras, sino que, después de mucho tiempo de no pasar el río, lo pasé con él dos noches, a fin de que por su propia observación se convenciese de lo mucho que dista la realidad de hoy de las pasadas historias… Historias de ayer no más, pues la primera vez que escribí mis impresiones del Quartier, todavía no existía el ambiente actual, y de esto hace apenas doce años.

De más deciros que mi amigo no encontró ni a Mimí, ni a Schaunard, ni a Colline; en cuanto a Verlaine, le vio en un plafond del restaurant del Panteón, en una apoteosis pictórica, y en dicho restaurant, entre las genuflexiones del sommelier y las conversaciones de clientes elegantes, no se puede comer correctamente a menos de un luis. En la parte baja de la célebre taberna hay un american bar, donde se sirve toda clase de american drinks hasta las dos de la mañana» (Darío, 1920, 169-170).

 

Atrás quedan esas otras crónicas tras su primer viaje a París, en 1893, como «Impresiones de París. La agitación recién pasada. Jean Carrère. Ferro non auro». Ya en 1901 adopta una postura más crítica, como la que Darío muestra en «La vida intelectual, Cinq ans chez les sauvages», bien estudiada por especialistas como Günther Schmigalle.

Por su parte, Vargas Llosa recordará también, a pesar de todo:

«Lo escribió O. Paz, presentando una antología: “París, capital de la cultura latinoamericana”. No exageraba […].

En París crecí, maduré, me equivoqué y rectifiqué, y estuve siempre tropezando, levantándome y aprendiendo, ayudado por libros y autores que, en cada crisis, cambio de actitud y de opinión, vinieron a echarme una mano y a guiarme hacia un puerto momentáneamente seguro en medio de las borrascas y la confusión […].

Mis siete años parisinos fueron los más decisivos de mi vida. Aquí me hice escritor […]. No exagero si digo que pasé toda mi adolescencia soñando con París» (Cueto, 2010, 90).

 

Conocerá Vargas Llosa también a sus admirados Sartre y Simone de Beauvoir, y compartirá con ellos incluso actos públicos –como el de apoyo a los presos políticos peruanos en la Mutualité, en torno al Mayo del 68–, del mismo modo que Darío pudo conocer, para su desilusión, a Verlaine en el café D’Harcourt (Darío, 1990, 70).

Darío y Vargas Llosa se van a convertir, a pesar suyo, en turistas de larga duración, en meros residentes, sin que París los acabe de acoger, de abrir sus puertas al sancta sanctorum de la consagración literaria, debido esencialmente a una cuestión lingüística, que implica, sin embargo, el ejercicio del poder: hablar el idioma no es la llave de la legitimación literaria, sino escribirlo (y, aun así, tampoco representa ninguna garantía, como ponen en evidencia poetas bilingües como César Moro). Darío lo intentará en algunas ocasiones, en sus «Échos», por ejemplo: esos poemas tentativos en francés que añadirá a la segunda edición de Azul…, en 1890, aún antes de llegar a París, cuando el propio poeta admitía que «apenas hablaba alguna que otra palabra de francés» (69) e incluso reconocía:

«Por mal de mis pecados, incluí unos versos franceses, entre los cuales los hay que no son versos, pues yo ignoraba cuando los escribí muchas nociones de poética francesa. Entre ellas, pongo por caso, el buen uso de la e muda, que aunque no se pronuncie en la conversación o es pronunciada escasamente, según el sistema de algunos declamadores, cuenta como sílaba para la medida del verso» (71).

 

Darío lo intentará en algún otro más, como «France-Amérique», que escribe ya en 1911, tras una larga década instalado en la capital francesa, y que aparecerá en El canto a la Argentina, pero será la mera evidencia de una imposibilidad; y también de una resistencia, de una impermeabilidad: traducir Francia, o traducirse al francés, no lo convierte en un autor francés (Siskind, 2014, 198). Esa carta de naturaleza sólo llega con la integración en el propio sistema o campo literario y, por tanto, mediante un proceso de «naturalización» que implica la asunción total y absoluta de la lengua en el ejercicio pleno de la escritura, sin tentativas ni condiciones.

En este sentido, llama la atención que, a pesar de la habilidad de Darío para establecer redes literarias transatlánticas de forma intuitiva, en las que acostumbraba a ejercer la centralidad –como puede observarse en proyectos como las revistas literarias que dirigió (desde La Revista de América a Elegancias, pasando por la reveladora Mundial), o en las múltiples en las que participó, o repasando las páginas de su propia autobiografía, ya citada en diversas ocasiones aquí–, no va a establecer relaciones significativas con los escritores franceses contemporáneos de igual a igual: «Nunca quise, a pesar de las insinuaciones de Carrillo, relacionarme con los famosos literatos y poetas parisienses. De vista conocía a muchos y aun oí a algunos en el Calisaya o en el café Napolitain» (Darío, 1990, 109).  Llega al punto incluso de rechazar invitaciones concretas, como la de Rachilde tras su inclusión en Los raros (1896):

«Uno de mis artículos me valió una carta de la célebre escritora francesa Mme. Alfred Valette, que firma con el pseudónimo de Rachilde, carta interesante y llena de esprit, en que me invitaba a visitarla en la redacción del Mercure de France cuando yo llegase a París. A los que me conocen no les extrañará que no haya hecho tal visita durante más de doce años de permanencia fija en la vecindad de la redacción del Mercure. He sido poco aficionado a tratarme con esos cher maître franceses, pues algunos que he entrevisto me han parecido insoportables de pose y terribles de ignorancia de todo lo extranjero, principalmente en lo referente a la intelectualidad» (80).