Efectivamente, el único escritor en francés que frecuentará será Jean Moréas, a quien le dedicara otro esbozo biográfico en Los raros (Darío, ca. 1915, 91-109), acaso, precisamente, por su origen griego, como revela su verdadero apellido Papadiamantopoulos; otro meteco, a fin de cuentas.

 

Vargas Llosa, por su parte, dedica, significativamente, el penúltimo capítulo de sus memorias a su experiencia en París –que, tras un primer contacto, se extendió durante siete años–, el lugar donde reconoció que, finalmente, se «haría escritor» (Vargas Llosa, 1993, 470). En su primer encuentro con la capital francesa –antes de instalarse a escribir como esa «pobre gente de París» que retratará Sebastián Salazar Bondy en su libro homónimo de cuentos–, conocerá incluso a Albert Camus («Me acerqué, balbuceando, en mi mal francés, que lo admiraba mucho y que quería entregarle una revista y, ante mi desconcierto, me respondió unas frases amables en buen español [su madre era una española de Orán]», 461), se reunirá con Benjamin Péret y Maurice Nadeau, tras el rastro de quien fuera su profesor de francés, y uno de los grandes poetas surrealistas de ambas orillas: César Moro, al que había homenajeado con un esbozo biográfico en el segundo número de la revista Literatura (1958, 27-31). Es a la vuelta de este primer encuentro con la ciudad soñada, tras esa experiencia especular con el ideal compartido con el escritor nicaragüense, cuando Vargas Llosa comenta: «Me puse a trabajar en la tesis sobre los cuentos de Rubén Darío, en todos los momentos libres, en la biblioteca del Club Nacional, entre los boletines de Panamericana, y, en las noches, en mi casa, hasta quedarme a veces dormido sobre la máquina de escribir» (Vargas Llosa, 1993, 467).

Para terminar, como se ha visto, el contenido de estas páginas ha sido unir a Darío, que va a liderar ese movimiento que, por primera vez, internacionaliza la literatura hispanoamericana y la exporta del Nuevo al Viejo Mundo, con Vargas Llosa, uno de los referentes del llamado boom, ese segundo momento del siglo xx en que se vuelve a producir o se continúa el mismo fenómeno, esta vez en el ámbito de la narrativa. Son dos escritores con una misma vocación mundial, global, muy temprana, de trascender las fronteras, y cuyas figuras se reflejan, a través del tiempo, más allá del sueño de París.

NOTAS
1 Agradezco a E. Dobry por su invitación, por contar conmigo y, sobre todo, por las lecturas y las asignaturas compartidas y por el diálogo que todo ello implica, del que surgen estas páginas.
2 Concretamente, tres series de entrevistas: «Narradores de hoy» y «Narradores peruanos», entre el 4 de setiembre de 1955 y el 29 de enero de 1956, con los más relevantes autores peruanos, desde José María Arguedas a Sebastián Salazar Bondy, pasando por Enrique López Albújar, Eleodoro Vargas Vicuña, Carlos Eduardo Zavaleta o Enrique Congrains; y «Escritores peruanos», donde también tenían cabida poetas, entre el 15 de enero de 1956 y el 2 de junio de 1957, con autores como Enrique Solari, Manuel Scorza, Raúl Deustúa y Alejandro Romualdo.
3 Como se indica, la primera nota con su firma apareció el 16 de febrero de 1952 en la segunda página: «Esfuerzo a favor del teatro en el Perú» (Gargurevich, 2005, 41), sobre esa pasión primera que siempre ha albergado y a la que ha vuelto, con más intensidad, en los últimos tiempos.
4 Los dos últimos relatos formaron parte de su primer libro publicado de cuentos: Los jefes (1959), que obtuvo el premio Leopoldo Alas. Por otra parte, además de los textos referidos, en su archivo personal se guardan también algunos poemas que escribió de niño y adolescente en el contexto escolar y familiar (Cueto, 2010).
5 Sobre todo, reconoce Vargas Llosa: la «gratitud al maestro Raúl Porras Barrenechea, que durante mis años de estudio en la Facultad, me concedió el privilegio de trabajar bajo su dirección […]» y a Luis Alberto Sánchez, «en cuya cátedra de Literatura Americana inicié esta tesis, a sugerencia suya, como una monografía sobre el naturalismo en los cuentos de Darío […]» (Vargas Llosa, 2001, 35). También menciona en estos agradecimientos a Augusto Tamayo Vargas. Porras Barrenechea se adelantó en sus estudios adjudicando al periodismo el valor que merece, reactualizando el valor de la literatura peruana durante la época de la Colonia y se dedicó a la política. Sánchez se especializó, sobre todo, en la literatura peruana de la República y es principalmente conocido por su ensayo América: novela sin novelistas (1933). Tamayo Vargas, el más joven de los tres, también fue poeta y novelista y se ocupó de la literatura más contemporánea. No obstante, Mario Vargas Llosa dedica la investigación a Luis Llosa, su «tío Lucho», hermano de su madre, «jefe de la tribu de los Llosa» (1993: 183), y pieza fundamental en su vida, sobre quien escribe todo un capítulo de sus memorias.
6 Y también de angloamericanos, estadounidenses, en ambos casos: Ralph Waldo Emerson, Edgar Allan Poe y Walt
Whitman, en Darío, y William Faulkner, sobre todo, en Vargas Llosa, como ha evidenciado Efraín Kristal, relacionando, por ejemplo, Light in August (1932) y La ciudad y los perros en estudios como Temptation of the Word (1998, 34-37).
7 En el caso de La casa verde, el propio Vargas Llosa escribiría Historia secreta de una novela (1971), dando las claves
de la experiencia de la que surgió la obra. Respecto a La ciudad y los perros, véase Sergio Vilela (2011). No obstante, ese punto de partida autobiográfico se halla presente también en otras obras de esta primera etapa del escritor, así en Conversación en La Catedral (1969) y La tía Julia y el escribidor (1977), como puede comprobarse, además, en distintos capítulos de su libro de memorias ya referido, El pez en el agua. En cuanto a la propia poética narrativa de Vargas Llosa, se halla ampliamente desarrollada en múltiples ensayos por el propio autor, aunque explique esta cuestión, de forma resumida, en Cartas a un joven novelista (1997, 21-31 y 103-115).
8 Novela por entregas en la que se basa La Bohème (1896) de Giacomo Puccini.

BIBLIOGRAFÍA
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