
Elegir una novela para recomendar es, a menudo, decidir qué historia merece seguir siendo contada y, sobre todo, por qué su eco debe perdurar. En el caso de Narciso (Criterio Ediciones, 2016), de Guido Rodríguez Alcalá, la elección es casi una obligación. No solo porque reconstruye uno de los crímenes sin resolver más conocidos de Paraguay, sino porque lo hace desde la mirada de un escritor que también es historiador y periodista. Esa doble condición le permite narrar con la libertad de la ficción sin renunciar al rigor documental. El resultado es una novela que ilumina no solo un asesinato, sino la forma en que un país aprendió a convivir con el miedo.
Primero fue el fuego. Después, el llanto; luego, la sangre; y finalmente, el orgullo. El protagonista de la novela se llama Narciso, pero su historia nace de un hombre real: Bernardo Aranda. Hoy su nombre puede decir poco fuera de Paraguay; sin embargo, su muerte se convirtió en uno de los episodios más reveladores del funcionamiento del aparato represivo de la dictadura de Alfredo Stroessner en Paraguay. El 1 de septiembre de 1959, una explosión sacudió un edificio en el centro de Asunción. Cuando las autoridades llegaron, encontraron un cuerpo calcinado, atado a una cama. Era él. Locutor de radio y bailarín de rock and roll, música que entonces era considerada profana. Conocido como el «Elvis paraguayo», aunque también podría evocar a un James Dean o, por el modo en que su muerte terminó convirtiéndose en un símbolo para la memoria LGBTIQ+, a una Venus Xtravaganza con tintes políticos.
Tras el estallido, vino el silencio. Luego, la oscuridad de la humareda. Y fue detrás de esa cortina de humo donde se encendió la chispa de una lucha. El asesinato de Bernardo Aranda se convirtió en el eco de 108 almas injustamente condenadas: una tragedia que empezó a perfilarse con el escándalo de la música profana y cuyas brasas aún arden alimentando el arte, el cine, el teatro y la literatura desde sus escombros.
Tras la muerte de Aranda, el caso se catalogó como un «crimen pasional entre homosexuales». La policía no necesitó inventar figuras legales; utilizó el artículo 325 del Código Penal como excusa para detener a cualquier ciudadano bajo la simple sospecha de ser «sodomita». Los detenidos del «Caso 108», llamado así por la primera lista de hombres señalados como sospechosos, fueron brutalmente torturados en «La Técnica», como se conocía a la Secretaría Técnica, una dependencia creada en 1941 para combatir al comunismo y sistematizar la tortura. Además del Código Penal, el régimen stronista promulgó leyes especiales de seguridad nacional destinadas a perseguir a opositores políticos, comunistas y «elementos subversivos». Si un opositor era arrestado, la policía le sumaba cargos de «amoralidad» para destruir su reputación ante la sociedad.
No es casual que el 108 haya sido durante décadas un insulto en Paraguay y que la comunidad LGBTIQ+ decidiera apropiarse de ese número para transformarlo en un emblema de orgullo y resistencia.
A través de la mirada de testigos clave como Lolita, la novela filtra el Paraguay de los años 50, bajo la dictadura militar de Alfredo Stroessner, pero no se limita a contar una historia, sino que sitúa al lector en medio de sucesos como la huelga obrera de 1958 y la huelga estudiantil de 1959. La intrahistoria de Narciso, personaje inspirado en Aranda, funciona como una cámara fotográfica humana: registra todas las capas de la hipocresía de la sociedad y la manera de operar del régimen para manipular y oprimir al pueblo. Aquí, el contexto histórico no es un telón de fondo, sino la fuerza que define el destino de los protagonistas.
Esa amplitud es una de las mayores virtudes de Narciso. La novela policial nunca deja de ser una novela histórica; la reconstrucción documental convive con el drama íntimo y con una reflexión constante sobre el miedo, el deseo y el poder.
Cargada de ritmo, la novela se convierte por momentos en una secuencia de montaje cinematográfico en la que el relato deja momentáneamente en segundo plano a los personajes para concentrarse en los acontecimientos históricos. La narrativa se transforma así en una crónica implacable donde el individuo es devorado por el plano general de la crisis nacional. Narciso importa porque su muerte será el detonante de una cacería humana iniciada por la policía y esta persecución es además azuzada por medios de prensa conservadores, que actúan como un brazo propagandístico del régimen, agitando el odio social y utilizando el lenguaje como un arma para la humillación pública y la muerte civil.
Para entender la dimensión de esa persecución debemos centrarnos en Narciso, porque este episodio histórico no puede entenderse sin la figura que lo desencadena. Rodríguez Alcalá construye un personaje atrapado por las apariencias, un «joven esbelto y vigoroso», un «adonis guaraní» y, muchas veces, solamente un fantasma. Perseguido por chicas adolescentes enamoradas y por hombres poderosos e inescrupulosos, se convierte en presa de su propia fama. Siendo una figura pública, acapara miradas en una sociedad conservadora y se ve obligado a vivir una doble vida, como tantos otros, en una época en que la homosexualidad era un delito penalizado por la ley paraguaya.
La novela entreteje nombres reales y ficción para revelar la maquinaria de poder detrás del régimen. Desentraña la memoria histórica y evidencia a un enemigo oculto: una sociedad dividida que actuó como cómplice. El sistema permeó todos los estratos mediante los pyragües (delatores). Ser funcionario exigía militar en el partido y denunciar cualquier «irregularidad». A esa red se fueron sumando civiles e, incluso, algunos torturados terminaron convertidos en informantes. A través de diálogos, la obra disecciona esa conducta colectiva clave para entender el caso. Estos factores encaminan la historia hacia su desenlace trágico: toda la ciudad parece volverse pyragüe y una comisión civil, instigada por los medios y hasta por la Iglesia, comienza a señalar a los «pervertidos». Basta llevar el pelo largo, vestir colores vibrantes o apartarse de las normas de la época para despertar sospechas. Sobre ese clima de miedo prosperan las denuncias por odio, resentimiento o conveniencia política, y la acusación de homosexualidad se convierte en un instrumento para perseguir también a opositores del régimen. Así se desata una cacería de moralidad pública que termina por consumir a los personajes.

Ahí es donde interviene la responsabilidad de la prensa. Los medios de comunicación desempeñaron un papel decisivo en la difusión de una terminología de odio. Términos como «invertidos», «parias» y «monstruos morales» aparecen en la cobertura del asesinato de Narciso. Los diarios publican caricaturas de los detenidos con rasgos afeminados para ridiculizarlos, pero también los presentan como una amenaza para la sociedad. Cuando queremos juzgar a los involucrados, la novela muestra que el problema es más complejo, porque, como dice uno de los personajes: «Si no escribís lo que te mandan, te vas a la cárcel», incluso a sabiendas de que «todo lo que se publica es contrario a la realidad».
Rodríguez Alcalá reconstruye el clima político, económico y social del Paraguay en dictadura, especialmente en la década del 50 y en la serie de eventos hicieron tambalear al poder, para que podamos sacar nuestras propias conclusiones. La narración discurre al mismo tiempo que el gobierno de Stroessner; las transiciones de tiempo se establecen con las obras y proyectos presidenciales para que podamos ubicarnos en el tiempo. También desfilan ante nosotros eventos mundiales como la Guerra Fría, las figuras de Castro, Perón y Somoza, todo lo que pudo influenciar los hechos históricos nacionales o las decisiones gubernamentales.
El autor rescata la memoria urbana remontándonos a una Asunción que ya no existe, pero no reconstruye solamente edificios desaparecidos, también devuelve a la vida una constelación de personajes públicos, periodistas, artistas y figuras de la época que aparecen fugazmente, muchas veces sin necesidad de nombrarlos por completo. Basta una anécdota o un gesto para reconocerlos. Esa forma de poblar la novela convierte la lectura en una máquina del tiempo donde la memoria colectiva completa lo que la narración apenas insinúa. El autor proyecta frente a nosotros diapositivas de una ciudad que los de mi generación conocimos por anécdotas de nuestros padres y abuelos, y que quizá empieza a disiparse. Sus escenas nos hablan de nuestras propias raíces, de lo que fuimos y somos, de los cobardes y los valientes, y nos abren los ojos para entender por qué somos como somos. Sus bares, confiterías, calles, iglesias y monumentos —algunos aún en pie, otros desaparecidos— terminan convirtiéndose también en personajes de la novela.
Clara, sin artificios, sólida, bien construida y con mucha ironía y observaciones sarcásticas, la novela fluye de forma natural. Existe cierta fricción en el ritmo, pero nunca opaca la intención del autor. Con escenas literarias bien logradas, como la huelga de obreros de la República, y momentos que rozan la crónica literaria, Narciso se mueve como un fantasma que une todas las piezas. Es una novela que transita el dolor y la memoria; por ella pasa todo: abuso de poder, narcotráfico, redes de prostitución, fiestas, conspiraciones, dobles vidas, disturbios, alzamientos y violencia estatal brutal.
Hay un momento en la novela que despertó en mí una asociación personal: la figura de Narciso, como ideal masculino de los años 50 ligado al rock and roll, evoca inevitablemente a Elvis Presley, pero también a James Dean. La primera vez que vi una fotografía de Bernardo Aranda, con su peinado pompadour desaliñado y su mirada magnética, pensé en aquel actor estadounidense que no podía revelar su orientación sexual debido a las estrictas cláusulas morales de los estudios de cine. Y me vino a la mente su estrecha relación con Maila Nurmi, famosa por su personaje televisivo de terror, Vampira, con quien compartía un gusto por lo oscuro, y en cierta forma, ambos se presentaban con máscaras ante el ojo público. Ese extraño dúo de la cultura popular encuentra un reflejo inesperado en la memoria paraguaya: Bernardo Aranda (o su doble, Narciso) y el «Drácula paraguayo».
En el espejo aparece Ricardo Turia, actor español de cine y radioteatro, caracterizado siempre como el conde Drácula, muy al estilo Bela Lugosi (coestrella de Nurmi), con chaqueta de lana negra y capa, incluso bajo los 40 grados de calor paraguayo, era conocido como el Drácula paraguayo y su popularidad fue creciendo hasta que el régimen intentó truncar su éxito: en 1963 fue expulsado del país por orden de Stroessner y a pedido de Franco. Los caminos del Drácula paraguayo y Narciso se cruzan por los márgenes de un país en penumbras. Mientras Turia interpretaba a un monstruo imaginario cada noche en la radio, el verdadero monstruo recorría las oficinas públicas, las redacciones y las comisarías.
Casi una década después de publicada la novela, Marcelo Martinessi vuelve sobre esta misma historia para llevarla al cine. La película dialoga con la novela, pero también se aparta de ella para construir una lectura propia del caso. La sensibilidad de Martinessi ha estado siempre puesta en quienes la historia empuja hacia los márgenes. Sus películas no solo denuncian el abuso del poder; también restituyen humanidad a quienes fueron reducidos a estigmas, silencios o cifras.
La aparición de la película ofrece una oportunidad para volver a una novela que merece ser leída más allá de su condición de antecedente. Ambas obras dialogan entre sí, pero ninguna reemplaza a la otra: cada una ilumina zonas distintas de una misma memoria.
La única reserva que me deja Narciso nace, paradójicamente, de una de sus mayores virtudes: la ambigüedad. La transformación de Bernardo Aranda en el personaje Narciso permite a Rodríguez Alcalá construir un personaje más complejo, más contradictorio y literariamente más rico. Pero esa misma operación abre una interrogante sobre qué se gana y qué se pierde cuando una figura histórica se convierte en personaje de ficción. La novela deja abiertas distintas lecturas sobre la vida íntima de Narciso y, por extensión, sobre Bernardo Aranda. No me interesa resolver esa incertidumbre, porque quizá sea irresoluble. La pregunta es otra: qué ocurre cuando las zonas oscuras de un personaje de ficción terminan superponiéndose a la memoria de una persona real cuyo nombre ya fue suficientemente deformado por la historia.
Tal vez esa sea la razón por la que sigo recomendando esta novela. No porque cierre una herida, sino porque obliga a volver sobre ella. Leer Narciso también implica preguntarnos con qué nombre elegimos recordar a Bernardo Aranda.