EFECTOS GLOBALIZANTES EN LA ESCRITURA POÉTICA DOMINICANA DEL SIGLO XXI
Alguna sombra seguro se levanta sobre los edificios y las yipetas de un país pequeño y pobre, cuyas venas de capitalismo y modernidad se van transparentando poco a poco, quedándose sin sangre y agua, secas como la decepción. Algo debe salir de tanto encierro y tanto mar alrededor; tanto resentimiento en los arrecifes.
Ariadna Vásquez
La globalización, que ha sido un proceso gradual a lo largo de la historia, se aceleró en la década de 1980 y 1990. Las tecnologías digitales, el acelerado flujo de capitales e información transformaron el mundo conocido acercando lugares y culturas y determinando un tránsito hacia una situación de homogenización cultural. De igual manera, estos procesos facilitaron la creación de focos de resistencia que reivindican el sentir local o sirven de nicho a grupos históricamente marginados. La República Dominicana formó parte de este proceso de inserción en el ámbito global a partir de una perspectiva muy particular que implicaba la participación de las nuevas condiciones planetarias en una situación de desigualdad. En estas circunstancias, una parte de la población tenía patrones de consumo acordes con los del siglo xxi, mientras otra parte de la población vivía en condiciones económicas y culturales del siglo xix (Cassá, 2018). La modernidad dominicana, que tiene un origen autoritario marcado por el primer proyecto modernizador que fue la larga dictadura de Trujillo (D. Mena 2013), se encuentra marcada por múltiples aspectos deficitarios en lo social, institucional y económico.
De igual manera, ya a partir de la década de 1970, la República Dominicana experimentó un acelerado proceso de urbanización y el número de conglomerados urbanos aumentó de manera significativa. Para 2002 un sesenta y cuatro por ciento de la población nacional habitaba en ciudades. Esta situación implica una serie de dificultades, puesto que no existe una correspondencia entre el crecimiento urbano y la capacidad estructural para satisfacer las demandas de esos grupos humanos (Cáceres, 2018). Se produce así una urbanización descapitalizada donde, juntamente con el modo de vida urbano, perviven los modos de vida anteriores perpetuados en un ambiente de marginalidad (Browne, 1987).
La situación insular de marginalidad social llevó a que, durante los últimos decenios del siglo xx, incrementara significativamente la migración dominicana hacia Estados Unidos y Puerto Rico y, en años más recientes, a Europa. Esta migración, en cuanto a proceso dinámico, ha construido nuevas formas de presencia cultural y la aparición de un nuevo sujeto dominicano que reivindica el ser nacional en espacios que les son culturalmente ajenos. Surge una nueva dominicanidad, la cual ha determinado nuevas formas de mirar y manifestarse en los diferentes ámbitos del arte, la cultura y la política. En este sentido, la proliferación y el reconocimiento de escritores y escritoras dominicanas en los Estados Unidos ha colocado a la cultura dominicana como objeto de estudio en diferentes campos de las ciencias humanas y sociales. Escritoras dominicanas como Elizabeth Acevedo, The Poet X, y Josefina Báez, Dominicanish, entre otras, cuestionarán desde fuera aquellas categorías, muchas veces inamovibles, de la cultura dominicana: la religión, la raza y el género, las cuales regresarán reconstruidas al ambiente local, en donde volvemos a ver una segmentación social que altera las expectativas y los patrones de comportamiento.
También nos llegará de los Estados Unidos y de otros países centrales una inserción hegemónica de la cultura, surgiendo así una amplia gama de opciones de consumo de bienes culturales que choca con una realidad material degradada (Hopenhayn, 1997), se trata, como señala García Canclini, de «un proceso segmentado y desigual».
Podría decirse que los procesos de globalización implican un acceso a bienes culturales que no existía en las condiciones anteriores de vida en República Dominicana, donde, desde la dictadura, hubo siempre restricciones de acceso a libros, películas u obras musicales. La situación no mejoró de manera significativa en los veinte años posteriores a la dictadura de Trujillo. Es a partir de la década de 1990 que ese acceso se hizo más fácil.
La globalización y los procesos de exclusión no están al margen de los principales acontecimientos políticos y culturales de entrada al nuevo milenio. El final del siglo xx representó el relevo de los líderes que habían dominado el escenario de gran parte de la centuria. El advenimiento al poder en 1996 de Leonel Fernández vendría a marcar un nuevo rumbo en la gestión del Estado con todas las consecuencias que ello implica, en un país donde las decisiones de los políticos afectan en gran medida la cotidianidad del ciudadano común. De manera casi inmediata, Fernández inició una acción de gobierno caracterizada por esfuerzos modernizadores en el aparato estatal y una serie de medidas de corte neoliberal que incluyeron la privatización de las empresas estatales que habían sido propiedad del dictador Rafael Leónidas Trujillo y que pasaron a la cosa pública a raíz de su ajusticiamiento en 1961. A pesar de su afán modernizador, Fernández no tardó en reproducir las acciones clientelares que caracterizaron a casi todos los gobiernos que tuvo el país desde 1966.
La política cultural del primer gobierno de Fernández (1996-2000) creó el Consejo Presidencial de Cultura, que dio origen al Ministerio de Cultura en el año 2000 y relanzó la Feria Nacional del Libro de Santo Domingo, que incluía un nuevo formato más orientado a la internacionalización del evento. De ahí en adelante, la Feria se ha mantenido con los desajustes estructurales que caracterizan a cualquier emprendimiento cultural en República Dominicana, aun sea este gestionado por el estado. El Ministerio de Cultura se hace cargo de la política cultural oficial del Estado dominicano y gestiona las instituciones culturales oficiales.
La iniciativa privada ha gestionado sus propias instituciones y en la República Dominicana del siglo xxi existen emprendimientos editoriales, espacios de exhibición artística y cultural e instituciones dedicadas a la investigación y el pensamiento que operan casi siempre dentro de un marco similar al de la formula oficial. Los espacios alternativos también ocupan un nicho y enarbolan propuestas diferentes a la de los espacios normados por el pensamiento oficial, como es el caso de Ediciones Cielonaranja, dirigido por Miguel D. Mena.
La globalización, como fenómeno múltiple, ha tenido un efecto a todos los niveles, reivindicando en muchas propuestas de género, alejadas de lo heteronormado. Ello se traduce en un incremento del activismo LGBTQ y el incremento de la visibilidad de estos grupos que reivindican sus derechos y demandan sus espacios de acción.
La poesía que se expurga de estos avatares sociales resulta ser el síntoma de una ciudad cambiante. Los distintos escenarios de la ciudad de Santo Domingo estarán presentes, pero siempre desde una mirada observante o vivencial del margen. Los poetas se ríen tristemente con la ironía de comprender las dualidades discursivas de una ciudad de «odiosas avenidas y túneles» (Pumarol) o de una ciudad que, en su inseguridad ciudadana, genera una cultura de miedo y de violencia en torno al cuerpo de la mujer y a la cual responden las voces poéticas con enojo: «Los transeúntes ignoran […] que esta mujer está formada de cadáveres / del sufrimiento de miles de mujeres / que antes poblaron este cuerpo […]» (Saviñón en Silverio, 248). En otros casos se responde a la ciudad con un canto temerario: «Tú y yo deberíamos citarnos / en la ciudad inmensa y nocturna […] como kamikazes en busca de su muerte» (Galán en Vásquez, 61).
La poesía dominicana del siglo xxi está marcada por diversas rutas de exploración estética, que no siempre serán excluyentes una de la otra, pero que estarán unidas por un escudriñamiento de la ciudad —siempre de espaladas a sus habitantes— y sus dinámicas globalizantes. El efecto de la ciudad sobre la escritura de los y las poetas será irónico, disonante, marginal, fragmentario, triste.
Néstor Rodríguez, en su libro canónico Escrituras de desencuentros en la República Dominicana, señala cómo la ciudad y su contexto figuran las identidades escriturales. En el caso insular, Rodríguez había advertido sobre cómo la ciudad de Trujillo, por medio de proyectos hegemónicos de la cultura, controlaba las identidades de los escritores y de las representaciones. Luego de la caída de la dictadura, persiste una continuidad ideológica de la ciudad trujillista y su proyecto de totalizar las identidades en una unidad cultural. Según el crítico, la narrativa contemporánea dominicana de Aurora Arias y Rita Indiana Hernández se emancipa del proyecto totalizador trujillista por medio de subjetividades diversas, estableciéndose así como contranarrativas de la nación dominicana (Rodríguez, 107). Asimismo, vemos que, en la poesía de las últimas dos décadas, persiste la obsesión por la ciudad, determinando al sujeto dominicano andante que, muchas veces, decide escribir, pero sin alardes ni glorias de seres poetas laureados; el margen y el aislamiento social dominan la escena. En la poesía dominicana del tercer milenio, la mirada desde el margen de la ciudad se inicia con la poesía de Homero Pumarol.
El poema «La República» de Pumarol tiene como voz poética a un poeta que observa en la plaza pública cómo las instituciones de control, «el ministro de cultura» y «el congreso» escogen a aquellos poetas responsables de cantarle a los «nuevos mitos de la ciudad moderna». Los rituales de erigir figuras fundacionales comienzan y «Rápidamente se levantaron las estatuas en su honor […] las fiestas, los banquetes, / las orgías y demás prebendas de la gloria». Ciertamente, el poeta del poema muestra su contradicción. Por un lado, termina decepcionado, pues sale velozmente «con la cabeza descubierta, sin pelos ni laurel», y descubrimos que su canto no puede ser a la «ciudad moderna» porque muestra su rechazo de ella, precisamente en los versos que describen a las «odiosas avenidas y túneles», y porque pudiera estar rechazando los mitos patrios que perpetúan los proyectos culturales del centro. Para el año 2000, Pumarol habría publicado su primer poemario, Cuartel Babilonia, justo cuando concluye el primer gobierno de Leonel Fernández (1996-2000), quien, como señalé anteriormente, reunió diversos esfuerzos para modernizar la ciudad de Santo Domingo y convertirla en un «Nueva York chiquito», logrando transformar, en su primera gestión, la avenida 27 de febrero y la percepción acelerada de la ciudad, inferida con desdén y apatía en la poética de Pumarol.
Sin duda alguna, creo que Pumarol (1971) es una de las voces más significativas de la poesía dominicana de las últimas dos décadas quien, junto al poeta Frank Báez (1978), ha incursionado en la dimensión pública y performativa de la poesía a través de la propuesta de El hombrecito.2
Podría decirse que Pumarol es el poeta que inaugura el siglo xxi. Como gran parte de los poetas actuales, propone una universalidad paradójica, basada no en las adhesiones a credos o movimientos, sino en una escritura que parte de una experiencia vital individual marcada por una cultura eminentemente urbana y global. No hay atisbos de llamados a compromiso social, y, si alguna propuesta de rebelión existe en su poesía, es la del individuo contra el poder en cualquiera de sus manifestaciones. Esta condición apartada se propone desde una escritura que debe más al habla de la calle al recurso de la intertextualidad que a referencias a experiencias literarias anteriores a las que el poeta pudiese servir como epígono. Se trata de una escritura formulada desde la experiencia misma que oscila entre lo festivo y la angustia frente a la homogenización cultural, como pudimos ver en su poema «La República».