POR ANTONIO SÁEZ DELGADO

Pocas novelas ocupan un lugar tan singular dentro de la trayectoria de un escritor como Sobre los ríos que van, de António Lobo Antunes. Cuando la publicó, en el año 2010, el escritor portugués, recientemente fallecido, ya había construido una de las obras narrativas más sólidas de la literatura europea contemporánea. Desde Memoria de elefante hasta ¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar?, pasando por títulos decisivos como Esplendor de Portugal, Manual de los inquisidores o Exhortación a los cocodrilos, su escritura ya había transformado profundamente la novela portuguesa, llevándola a un territorio donde la polifonía, la fragmentación temporal y la intensidad poética dejaban de ser procedimientos formales para convertirse en la expresión natural de una determinada visión del mundo. La suya, personal e intransferible, atravesada por su experiencia como médico psiquiatra y por sus vivencias en la guerra colonial de Angola. Con la muerte de António Lobo Antunes probablemente concluye el ciclo de una estirpe de escritores de raza, entregados con un fervor ciego a la escritura, por mucho que su obra haya sido secundarizada en ocasiones por el medio literario, como consecuencia de los jugosos excesos de un escritor convencido de su genio, que llegó a afirmar: «Nadie escribe como yo. Ni siquiera yo».

Desde su título, Sobre los ríos que van anuncia una especie de movimiento. La referencia inmediata del título conduce al salmo 137, el canto de los judíos desterrados en Babilonia, que lloran junto a los ríos recordando Sión. Pero también podemos escuchar en ese verso el eco de Camões, que convirtió ese mismo salmo en uno de los poemas fundamentales de la tradición literaria portuguesa, Sôbolos rios que vão, donde el exilio deja de ser únicamente una circunstancia histórica para transformarse en una condición de la existencia. A Lobo Antunes le basta el título para situar la novela dentro de una tradición en la que la memoria nunca constituye un ejercicio retrospectivo, sino la forma más intensa del presente. Y no es casual. Toda la obra de Lobo Antunes puede leerse como una larga meditación sobre las distintas formas del destierro. La guerra colonial es una de ellas, quizá la más visible, como también lo es la conflictiva relación de Portugal con su propia historia. Sin embargo, sería un error reducir su literatura a esas dimensiones. Sus personajes viven exiliados, sobre todo, del tiempo que les pertenece. Nadie consigue regresar a la infancia; las familias permanecen unidas por silencios más resistentes que los afectos; el amor aparece como el intento, casi siempre frustrado, de vencer a la soledad; incluso el propio lenguaje parece experimentar continuamente la insuficiencia de quien intenta nombrar aquello que ya se está alejando.

En Sobre los ríos que van todas esas formas de exilio confluyen en un espacio mínimo: una habitación de hospital. Resulta, por eso, tentador considerar la novela como el relato de una enfermedad: la experiencia del cáncer, vivida por el propio autor pocos años antes, constituye el punto de partida del libro. Sin embargo, leerlo desde esa perspectiva conduce pronto a una paradoja, porque la enfermedad importa mucho menos que la conciencia que desencadena. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que lo realmente decisivo no es el diagnóstico que recibe el personaje central de la novela, sino la modificación de su mirada.

Antes de que el lector comprenda que se encuentra en una habitación de hospital, antes incluso de que la enfermedad adquiera un nombre, ya han entrado en la trama quienes la habitarán de verdad: los muertos. Sin embargo, ninguno llega desde el pasado, todos comparecen en escena con la naturalidad de quien nunca se ha marchado. Esa es, probablemente, la primera gran intuición de Sobre los ríos que van: la memoria no recupera lo perdido, como mucho, descubre que nunca dejó de estar ahí, del mismo modo que el hospital se convierte en el lugar desde el que una vida entera vuelve a hacerse presente. Una voz escuchada en un pasillo, la sombra proyectada sobre una pared, el ruido de una puerta o el movimiento de una cortina bastan para hacer regresar un episodio remoto con una intensidad superior a la del presente inmediato. La memoria deja entonces de parecerse a un archivo y empieza a comportarse como una corriente, con lo que la imagen fluvial, sugerida ya por el título, se convierte en la verdadera estructura de la novela.

Conviene recordar que Lobo Antunes llevaba, probablemente, décadas preparándose para escribir un libro así, puesto que sus novelas nunca aceptaron una concepción lineal del tiempo. El niño convivía con el anciano; Angola irrumpía en el comedor familiar; los muertos hablaban con los vivos sin necesidad de abandonar su condición; una fotografía olvidada podía alterar el curso entero de un relato. Con frecuencia se ha interpretado esa organización temporal como una innovación técnica, y lo es, sin duda. Pero más que un procedimiento estrictamente narrativo, constituye una idea y un proyecto de memoria. Para António Lobo Antunes, recordar no significa volver atrás, significa descubrir que el pasado nunca ha dejado de suceder. Por eso sus personajes pocas veces recuerdan su pasado, sino que es este el que se presenta de nuevo en sus vidas bajo las máscaras más dispares.

Imagen de Antonio Lobo Antunes. Fuente: wikicommons.

En Sobre los ríos que van esa intuición alcanza una forma especialmente depurada. La inmovilidad física convierte la conciencia en el único espacio donde todavía es posible el movimiento. Mientras el cuerpo permanece sometido a los ritmos del hospital, la memoria transita libremente entre Lisboa, la infancia, la guerra, la familia, los libros y los amigos. No existe en el autor voluntad alguna de reconstrucción autobiográfica, ni de confesión. La novela, en el caso de Lobo Antunes, no organiza nunca la vida, lo que el lector observa, atónito, es el modo en que una vida se reorganiza cuando descubre que el tiempo ha adquirido otra densidad. Quizá por eso convenga matizar una idea repetida con frecuencia a propósito del autor. Se afirma, tal vez con demasiada rotundidad, que la memoria constituye el gran tema de su obra. Y es cierto, pero tal vez resulta insuficiente. Quizá podríamos afirmar que toda su literatura podría entenderse como una resistencia al olvido, en el que la memoria puede ser un ejercicio de evocación ante el pasado, que actúa siempre como una fuerza activa, una erosión constante que afecta por igual a los individuos, a las familias, a los países y a las palabras. Los personajes de Lobo Antunes luchan contra esa desaparición silenciosa, como también lo hacía el escritor, convencido de su propio talento.

La habitación del hospital se convierte, así, en algo más que un escenario. Es el lugar de las revelaciones, el espacio desde el cual toda la obra anterior vuelve a adquirir sentido. Allí reaparecen, sin necesidad de ser convocados, los grandes motivos de su narrativa, pero lo hacen bajo una luz distinta, porque quien los contempla ya no ocupa el mismo lugar. La enfermedad no introduce un tema nuevo en la literatura de Lobo Antunes, pero sí modifica la posición desde la que esa literatura se mira a sí misma, y esa diferencia basta para convertir Sobre los ríos que van en uno de los libros decisivos de toda su trayectoria.

Se ha repetido con frecuencia que se trata de uno de los títulos más accesibles del autor y, siendo cierto, no significa que la novela renuncie a las características más personales de Lobo Antunes. No renuncia a la fragmentación, ni a las superposiciones temporales, ni a la circulación de voces que constituye desde hace décadas el rasgo más reconocible de su narrativa. Sin embargo, es justo afirmar que la prosa de Sobre los ríos que van respira de otra forma, y deja al lector un margen menos exigente de interpretación. Durante buena parte de su trayectoria, António Lobo Antunes llevó la novela hasta un límite de intensidad verbal poco frecuente en la literatura contemporánea. La frase parecía expandirse continuamente, abriendo una imagen dentro de otra, un recuerdo dentro de otro, como si la escritura quisiera reproducir el movimiento incesante de una conciencia incapaz de fijarse en un único punto. Esa tensión no desaparece en Sobre los ríos que van, pero, de alguna forma, deja de reclamar un protagonismo exhaustivo. Es como si la escritura hubiera alcanzado un grado de seguridad que le permitiera prescindir de cualquier exhibición de fuerza, que en este caso no se hace imprescindible. El resultado no es una escritura más sencilla, sino más desnuda. Las imágenes conservan toda su potencia, pero aparecen sostenidas por un ritmo menos torrencial, más atento a las pausas, al silencio y a la fragilidad que envuelve cuanto sucede en la habitación del hospital. Ese cambio repercute también en la relación con el lector, porque modifica el pacto de lectura sin rebajar del todo la exigencia. Hasta entonces, y también después, muchas novelas de Lobo Antunes han obligado al lector a conquistar el libro, a aceptar desde las primeras páginas que la comprensión no llegaría de inmediato y que la única manera de avanzar consistía en renunciar a determinados hábitos de lectura. En esta novela sucede algo distinto, porque el esfuerzo sigue siendo necesario, pero el libro parece salir también al encuentro de quien lo lee.

Hay en ello una cuestión que trasciende la técnica narrativa y que afecta, en realidad, a una verdadera ética de la lectura. Lobo Antunes nunca ha exigido lectores especialmente cultos ni expertos en procedimientos experimentales, sino que ha pedido algo mucho más raro: tiempo. Sus novelas obligan a leer despacio, a aceptar que no todo adquiere sentido en el momento en que aparece, a desconfiar de la ansiedad por comprenderlo todo inmediatamente. Exigen una forma de atención poco habitual en una época que identifica la ficción con el consumo rápido de una historia. En ese sentido, sus libros enseñan a leer de otra manera.

Sobre los ríos que van mantiene intacta esa exigencia, pero modifica su naturaleza. El lector ya no se enfrenta únicamente a la complejidad de una construcción narrativa; acompaña un flujo de conciencia que intenta comprender qué ocurre cuando el cuerpo deja de ser un aliado silencioso y comienza a imponer sus propias leyes. La dificultad deja entonces de percibirse como un desafío intelectual para convertirse en una forma de proximidad. Comprender la novela exige, sobre todo, aceptar el ritmo con que la memoria organiza una vida cuando presiente que el tiempo se ha vuelto incierto. Es ahí donde reaparecen, transformados, los grandes territorios de la obra de Lobo Antunes. Angola continúa ocupando un lugar central, aunque ya no como episodio histórico, sino como una experiencia que ha terminado incorporándose a la identidad del narrador. La familia vuelve a presentarse como ese espacio ambiguo donde conviven el afecto, la culpa, la ternura y la incomprensión, pero la enfermedad atenúa cualquier tentación de ajuste de cuentas. Incluso Portugal aparece de otra manera. Durante décadas, la historia del país había actuado como un contrapunto permanente de las historias individuales, mientras que ahora permanece en un discreto segundo plano, como si la novela quisiera recordar que toda historia colectiva acaba sedimentándose en la intimidad de quienes la han vivido.

Nada de todo ello responde a una voluntad de síntesis. Lobo Antunes no escribe nada parecido a un balance de su propia obra ni una recapitulación de sus obsesiones. Lo que sucede es más sutil: la enfermedad reorganiza un universo narrativo que ya existía. Los temas permanecen, pero cambia la perspectiva. De ahí que Sobre los ríos que van permita releer retrospectivamente buena parte de su bibliografía y nos haga comprender que la guerra nunca trató solo de la guerra, ni la familia únicamente de la familia, ni Portugal de Portugal. Todos esos motivos hablaban, desde el principio, de la dificultad de preservar una experiencia frente al desgaste del tiempo.

Quizá sea esa la razón por la que esta novela ocupa un lugar tan singular dentro de la literatura europea del primer cuarto del siglo XXI. No porque aborde una enfermedad –la literatura contemporánea está llena de libros que lo hacen–, sino porque convierte esa experiencia en una reflexión sobre la escritura misma. Después de explorar durante más de treinta años las posibilidades de la novela, Lobo Antunes descubre aquí que todavía le quedaba un territorio por conquistar: aquel en el que la máxima exigencia formal puede convivir con una vulnerabilidad que nunca se confunde con el sentimentalismo. Al cerrar el libro, el lector comprende que los ríos del título no pertenecen únicamente al salmo bíblico ni al poema de Camões. Son también los ríos por los que discurre la memoria cuando el presente deja de ofrecer la seguridad de un cauce único. La escritura ve como algo imposible detener su corriente, aunque, probablemente, tampoco pretenda hacerlo. Se limita a acompañarla, sabiendo que quizá esa sea la única forma de preservar algo de lo vivido. Esa convicción atraviesa toda la obra de António Lobo Antunes, pero en pocas ocasiones ha encontrado una expresión tan sobria, tan transparente y, precisamente por ello, tan perdurable como en Sobre los ríos que van.