Afirma Roberto Calasso que nuestro tiempo ha negado o no sabe entenderse con lo invisible, esto es, por decirlo con otra palabra, con la metafísica. Usted hizo una antología, con una amplia introducción, sobre literatura mística, desde García Jiménez de Cisneros a Miguel de Molinos, «rescatado» por un poeta que ha dedicado bellas y penetrantes páginas a la mística y al silencio, José Ángel Valente. ¿Qué nos puede aportar hoy esa tradición, que usted enlaza con el neoplatónico Plotino y con cierto orientalismo, a nuestro empirismo y racionalismo?

Piense que una buena parte de las raíces de Occidente están en las regiones orientales. La antigua filosofía griega procedía de tierras de Oriente, Persia y Egipto, empezando por el pitagorismo y siguiendo con Platón, Epicuro, el escéptico Pirrón y tantos más. Precisamente, Pirrón decía que trataba de aplicar el razonamiento y la «actitud» de lo que había visto «entre los indios». No conviene olvidarlo. Allí, en la Hélade, se gestó una nueva forma de metafísica. En realidad, era una manera de pensar nuestro destino mortal, una búsqueda de trascendencia ante lo terrible de la desaparición. La mística europea, ya que menciona la antología No sufrir compañía ―el título es deudor de una expresión de Juan de la Cruz―, es también deudora del legado oriental. Recordemos, y es sólo un ejemplo, que el canto gregoriano tiene su origen en la liturgia judía. Nosotros somos un fruto de este pasado y, a menudo, lo desconocemos u olvidamos. En cuanto al empirismo y el racionalismo, son importantes como contrapunto a esta angustia de la nada que el occidental no tiene manera de superar o mitigar. Pero tampoco explican nuestra esencia. Son, sobre todo, filosofías que sirven para organizar y ordenar la confusión del mundo.

La sobreabundancia 
que hoy poseemos sirve para adormecer y encubrir lo que hay de esencial
 en la vida y en cada uno
 de nosotros

La literatura más antigua ya habla del dolor y, según los descubrimientos recientes, que usted cita respecto al Gilgamesh, el suicidio. Todas las religiones se han hecho cargo del dolor y, en el budismo, es central su caer en la cuenta, cuando el príncipe Gautama sale de su no tiempo, el palacio familiar, y tropieza con la enfermedad, la vejez y la muerte (el argumento de la obra, según Gil de Biedma). Montaigne, siguiendo el pensamiento estoico, pensó que quien está resuelto a morir está listo para vivir y ser libre. ¿Qué lo llevó a escribir Semper dolens, una obra tan erudita al respecto, publicada en 2003, pero ampliada años después, en 2015?

Fue la muerte de una persona muy cercana. Este hecho me empujó a pensar y a estudiar los motivos de la muerte voluntaria, que son innúmeros y a veces complejos, como sin duda lo es nuestro cerebro. No puede haber más verdad y sensatez en estas palabras de Montaigne. Sin embargo, siempre digo que este libro, Semper dolens, trata de la vida, no de la muerte. Es un viaje al fondo de la mente y a sus contradicciones.

 

Para terminar, háblenos de las ninfas, de su bellísimo Claudio Monteverdi. «Lamento della Ninfa». Usted habla del «canto como restitución» y de que «La presencia de una ninfa implica una tensión entre lo posible y aquello que no lo es, entre lo corpóreo y lo incorpóreo». Nuestro imaginario y sensibilidad, nuestro diálogo, no son los del mundo clásico, pero sospecho que esa visión momentánea de la que somos memoria y lamento también la vivimos ahora. ¿Hay, en ese sentido, ninfas hoy?

Aquellas ninfas, aquellos cristalinos arroyos y bosques arcádicos tampoco existían en los tiempos de Monteverdi. Nunca han existido. Lo que ocurre es que los poetas y los músicos de antaño ya utilizaron este escenario idílico para ocultar, o, por lo menos apaciguar, la dureza del mundo. Piense que en aquel siglo xvii las hambrunas y las epidemias fueron constantes. El campesinado vivía en condiciones infames y ni siquiera los que contaban con un oficio apenas si podían subsistir. El propio Monteverdi, que perdió a su esposa todavía joven y a una hija, no vivió con un relativo desahogo hasta llegar a Venecia, y eso tuvo lugar cuando era ya un hombre maduro. El madrigal, objeto del libro, fue compuesto por una persona de más de setenta años. Las vicisitudes eran tantas que se hizo necesaria la presencia de un mundo idealizado. Que nos haya llegado un tesoro como el Lamento della Ninfa, pese a las duras dificultades que hemos comentado, muestra la admirable generosidad de un espíritu. Debemos agradecer todo lo que los maestros nos han dado.

 

 

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