POR  GIOCONDA BELLI

Si existe un sentimiento que recorra de principio a fin la escritura de Raúl Zurita, este es el de la orfandad. La imposibilidad (y el deseo) de aferrarse a una figura protectora –se llame «padre», «país», «pareja» o «Dios»– resulta clave para entender una creación marcada por el desamparo: de ahí su impronta existencial, intensificada desde lepleta de emigrantes sirios se dio vuelta, el/ padre nadó de uno a otro niño tratando desesperadamente de/ salvarlos, pero solo pudo ver cómo desaparecían. Yo no estaba/ allí. Yo no soy su padre» (2021a, p. 306). Sin embargo, esto no impide que el texto concluya con una emocionante muestra de piedad, sin duda uno de los rasgos más memorables de la obra que comentamos: «Abajo del silencio se ve un trozo del mar, del mar del dolor./ Yo no soy su padre, pero Galip Kurdi es mi hijo» (2021a, p. 306).

A diferencia de aquellas almas organizadas que usaron el confinamiento debido a la pandemia para organizar sus casas, ordenar sus bibliotecas, deshacerse de la ropa sobrante en sus armarios, yo me abandoné a la lentitud del tiempo sin espuelas. Desde mi estudio en Managua se ve el verdor abundante de un paisaje lacustre bordeado por una cadena de montañas y volcanes azules, tras el que no se adivina ni el desorden arquitectónico, ni las desigualdades de mi ciudad. Me adapté fácilmente a los días mansos entre mis libros y papeles, extendida cuán larga soy en la poltrona donde escribía con el ordenador sobre las piernas. Recuerdo haber pensado entonces cómo la vida incansable se las ingenia para mofarse de la idea de que llega un momento en que una se pregunta si quedan emociones nuevas que probar. «Ya vivimos de todo» se lamentaba quizás un año atrás una amiga cercana: «sabemos lo que es enamorarse, parir, ver morir, pasar por huracanes, terremotos, revoluciones, alegrías y tristezas de todo tipo. Ya nada será nuevo». ¿Nada? Allí estábamos, recluidas, experimentando un miedo que no se parecía a ningún otro: una inédita vulnerabilidad colectiva, con lutos cotidianos. 

Mientras la pandemia nos amenazaba, otro abismo se venía cavando en Nicaragua desde la protesta general contra el gobierno de Daniel Ortega en 2018. El rechazo masivo a su poder absoluto había generado una implacable respuesta armada contra un pueblo desarmado. Las ondas concéntricas de esa represión seguían extendiéndose.

En mayo mi esposo y yo viajamos por fin a visitar a mis hijas y nietos que viven en Estados Unidos, y a vacunarnos contra el COVID. La vacunación era caótica en Nicaragua con largas filas, horas de espera y ningún distanciamiento social. Considerando que estaríamos en familia, llevamos una poca ropa de verano y algún jersey para las tardes frescas. Fuimos a vacunarnos el mismo día que llegamos. Nos tomó media hora. 

Empezaba junio cuando las noticias de Nicaragua se tornaron alarmantes. La ola de arrestos ordenada por Ortega empezó con Cristiana Chamorro, amiga mía y la candidata más popular para enfrentarlo en las elecciones programadas para el 7 de noviembre. Tres días después arrestaron al segundo candidato. Para julio, todas las personas que se habían propuesto como posibles candidatos habían sido encarceladas, pero seguían los arrestos. Hombres y mujeres, líderes de la oposición, dirigentes empresariales, periodistas, fueron detenidos. Citaron a mi hermano mayor a la Fiscalía. Para muchos esas citas representaban la antesala de la cárcel. Mi hermano no se presentó. Salió subrepticiamente del país, cruzando a pie por la frontera hacia Costa Rica. Al día siguiente treinta policías allanaron la casa donde estaba sola su esposa. La noche siguiente diez hombres vestidos de negro entraron a robar y amenazaron con matar a su esposa y violar a su hija que llegó a acompañarla. 

Por largo tiempo he sido crítica de Ortega y su esposa. Con la filial de PEN Internacional en Nicaragua, que yo presidía, llevábamos adelante una lucha tenaz en defensa de la libertad de expresión que el régimen limitaba hostilizando a los periodistas y forzándolos al exilio. De la Fiscalía llamaron a mi asistente a declarar. No la detuvieron, pero fue una mala señal. Mi suerte estaba echada. Si volvía me detendrían en el aeropuerto, me advirtieron. Cancelé mi vuelo.

En un mes, mi vida perdió toda semblanza de estabilidad: empezaba otro exilio. El primero había sido durante la dictadura de Somoza. Después de ser parte de la lucha por derrocarlo, Ortega ahora lo sustituía. En la juventud la vida se reinventa muchas veces; volver a empezar dejando atrás el país, su paisaje, la ciudad y sus memorias, la casa, plantas, mascotas, libros, amistades, un entorno construido por los años, es vivir un terremoto sin que la tierra se mueva, o la lava se derrame. La incertidumbre es un reto que obliga a desenvainar otra vez los bríos de la juventud. No queda más que seguir andando y aprender que nunca la vida deja de sorprendernos con nuevas emociones. La ternura de los pueblos, la solidaridad humana, abre puertas inesperadas. El asombro no cesa. Madrid es ahora mi nuevo horizonte. Hacia allá me dirijo equipada tan solo con palabras.

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