
I
A estas alturas, no debería sorprender a nadie que haya escogido Papi, de Rita Indiana, como la novela dominicana más representativa de este primer cuarto de siglo. La crítica internacional ha elogiado de forma unánime su originalidad, la cadencia de su lenguaje y una prosa que sirve como un vibrante ejemplo de hibridación cultural. Gran parte de este valor radica en la audacia de la autora para fusionar géneros y romper fronteras. Como es de esperar, Papi ha sido objeto de numerosos ensayos académicos y tesis doctorales, además de convertirse en una lectura imprescindible en universidades, talleres de escritura y círculos literarios de Hispanoamérica y Estados Unidos.
Papi es la obra idónea para entrar en el universo narrativo de Rita Indiana. De hecho, fue en su momento un punto de quiebre en el mismo corpus creativo de la autora, pues influyó en la internacionalización de su trabajo. En 2011, fue publicada por la editorial española Periférica, y por su éxito, el sello español se consolidó como su casa editora de cabecera. Así, la novela fue sumando lectores con sus cinco traducciones y con su versión cinematográfica del 2020, dirigida por la puertorriqueña Noelia Quintero.
Lo anterior me llena de satisfacción. Recuerdo que, al publicarse la novela en Santo Domingo en el 2004, el mundillo literario nacional la ignoró completamente. A falta de editoriales locales, circuló en una edición de autor que fue leída por un puñado de fieles lectores de la autora. Esta indiferencia posiblemente se vinculaba con que, en el 2000, Mario Vargas Llosa había publicado La Fiesta del Chivo. Ambientada en los treinta años de dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana, La Fiesta del Chivo se convirtió rápidamente en un modelo de novela dominicana y su estatus produjo toda una industria literaria relacionada con la figura del dictador, lo que como se puede intuir, enchivó nuestra propia narrativa en dicho tiempo.
Es ante este panorama, que Rita Indiana, con apenas 27 años, publicó Papi. Para quienes no soportábamos otro libro más sobre Trujillo, esta novela apareció como una brisa fresca durante la canícula. Ahora bien, la novela no rehuía el tema del patriarcado y del macho caribeño. Ahí estaba de nuevo el patriarca rodeado de un séquito que lo complace, lo adora y le teme. Pero la autora dominicana lo abordaba desde otra perspectiva, lo parodiaba, lo actualizaba y lo modernizaba. Mientras en la Fiesta del Chivo se mostraba a un Trujillo que era amo supremo del Estado, la milicia y los ciudadanos, en Papi se trata de un capo globalizado que controla nuestros deseos de consumo.
El libro de Rita Indiana era de una frescura y una originalidad tal que desenchivó de la temática trujillista a la narrativa dominicana. Tal vez la metáfora de renovación más patente es que la voz narrativa de Papi pertenece a la de una niña que tiene ocho años al comienzo del relato, y doce o trece hacia el final.
II
Entre el puñado de lectores que leyó la novela en el 2004 y que quedó fascinado por las referencias y los guiños a la cultura dominicana de finales de los ochenta, estaba su servidor. A diferencia de otros libros dominicanos, esta novela me daba la posibilidad de compartirla con amigos pocos interesados en la literatura. Les leía los pasajes más divertidos, las escenas más absurdas, oníricas y descabelladas, y terminábamos muertos de la risa. Les leía, por ejemplo, ese episodio del capítulo tres, en que se rememora la detención del cantante Fernando Villalona, El Mayimbe, acusado de comprar drogas en la 42. En ese punto, el artista estaba en la cúspide de su carrera y el pueblo se refería a él como «el niño mimado». Así que, por presiones de la fanaticada, los colegas merengueros y el político José Francisco Peña Gómez, le devuelven la libertad al Mayimbe. Al final se alega que no se trataba de drogas, sino de orégano y cilantro que había comprado para el sancocho de una tía. El Mayimbe celebra la liberación con un concierto por televisión en el que canta Baila en la calle, acompañado de los merengueros más importantes del momento.
Tanto para mis amigos como para mí, las partes favoritas eran aquellas en las que aparecía papi. El protagonista remitía al mundo de los narcos y de los capos cadenuses y trajeados que había visto en mi infancia y en películas como Carlitos Way o Scarface. También nos hacía pensar en Tony Soprano o en Pablo Escobar. Si bien papi es una reinvención de Trujillo y del patriarca latinoamericano, también es cierto que trae consigo toda la parafernalia propia de la sociedad de consumo.

La púber narradora señala que papi nació en una casa con piso de tierra, que fue marino mercante y que fue una especie de self made man. En la página 91 se lee: «Y papi se compra una casa y un apartamento y un solar adonde pone los carros que trajo para vender y al día siguiente ya están rodando el comercial». El Dealer de carros es una fachada para sus negocios turbios, pero es al mismo tiempo un símbolo de bonanza, de riqueza, de poder absoluto. No tener un carro en Santo Domingo es como no tener alma. Al principio del capítulo ocho, la narradora dice: «Papi se hace más poderoso gracias a la energía emitida por todos los que desean un carro nuevo en el mundo». Al principio del segundo capítulo aparenta rapear lo siguiente: «Papi tiene más carros que el tuyo, más carros que el diablo, tantos carros que tiene que venderlos porque no le caben en su propia marquesina. Papi tiene carros que hablan y que te dicen que te pongas el cinturón y que cierres la boca, en inglés, francés y en otros idiomas. Papi los maneja, uno diferente cada día, porque son tantos que tiene que repartírselos, uno por la mañana, uno por la tarde y otro por la noche, es decir cada cuatro horas. Incluso uno para el almuerzo. Uno para irme a buscar al colegio, uno para ir a mi primera comunión, uno para visitarme los domingos, uno para visitar a su mamá y otro para sus hermanas, un Jaguar para el día de los padres, un Camaro para el día de los enamorados, un Be Eme Doble U para las inauguraciones, un Ferrari para llevarme a comer helados».
La niña nos da pistas para rastrear la acumulación de riquezas. Aunque lo que llegamos a saber es caótico, parcial y fragmentario, porque narra desde el espacio lúdico, inocente y mítico de la niñez, donde los elementos que no se comprenden se poetizan y se enriquecen literariamente. Sirviéndose de hipérboles, delirios y ocurrencias, le pone palabras al mundo adulto y a lo ininteligible.
En el capítulo seis, en uno de los momentos más discordantes del libro, papi hace un viaje en su Mercedes con asientos de «leather color beige» de Miami a Orlando con la intención de llevar a su hija al Epcot Center. Antes de llegar al destino, deambula por varias zonas rurales de Florida, en busca de lo que suponemos es un contacto local. En el parqueo de un supermercado, casi de madrugada, se reúnen para realizar una transa. Con la niña en el carro, papi le muestra en el baúl algo al mafioso y aprovecha el momento para dispararle y asesinarlo.
Al igual que en las películas de mafiosos o en la vida real, al final el imperio de papi se desmorona, sus socios conspiran contra él y este muere baleado en los Estados Unidos.
III
Durante esta relectura de Papi, realizada veintitantos años después, he prestado más atención a los personajes femeninos. Me he percatado de que mientras papi y los personajes masculinos están en continuo movimiento en sus carros de alta gama, los femeninos están en continua espera, como supeditados a los designios del patriarca. Llama la atención que la madre de la niña narradora ni siquiera tenga carro. En la página 95 esta última se queja: «mami no tiene carro, mami ni siquiera puede manejar uno y me manda a la escuela en la guagua».
La narradora poetiza el retorno de papi. A veces lo imagina regresando de una manera tan sorpresiva y violenta como Jason, el personaje de Viernes Trece. En otras lo imagina llegando del mismo modo que Jesús cuando entró en Jerusalén. Cada vez que aparece, papi le trae pingües regalos de los Estados Unidos, productos que en la época que narra la novela, previa a la globalización y a los tratados de libre comercio, eran novedosos en el Caribe.
En el capítulo cuatro, la niña pasa meses esperando a su progenitor, que le había prometido llevarla a la playa. Lo espera sentada en una mecedorita, con su traje de baño y sus flotadores puestos, durante largos meses, sin moverse, en estado catatónico.
En contraposición a los carros veloces y al consumismo acelerado del patriarcado, la novela nos presenta su reverso: la quietud y la espera. Esto no solo se advierte en la relación de la niña con su padre, sino también en el recurso de la fila que se menciona por primera vez en el capítulo siete, una fila compuesta de mujeres que se quieren reunir con papi y que va creciendo y creciendo hasta atravesar el país y llegar hasta la frontera con Haití. En la página 130 se lee que: «La fila es cada vez más gorda y más larga. A cada hora vienen a engordarla jóvenes y viejas con sus hijos, sus vecinos, sus motetes. La fila crece tanto que llega hasta aquí y yo le sugiero a mami que nos pongamos en la fila antes de que sea demasiado tarde. Ella dice que eso no hace falta, no se da cuenta de que la gente la mira raro cuando ella dice que yo soy la hija de papi y la gente además de mirarla raro piensan que mami es una comemierda que piensa que es parte de la realeza». La fila recuerda y metaforiza aquella que miles y miles de mujeres realizaban acompañadas de sus hijos en épocas navideñas para llegar a la casa del expresidente Joaquín Balaguer con la intención de felicitarlo y recibir de regalo «una muñeca, una cuica o una bicicleta».
Y, por último, tras tanta espera, la resignación. Esto se desarrolla en la relación con su madre que se profundiza en el capítulo final del libro, donde el lenguaje febril y las hipérboles ceden para revelar un vínculo de afecto y protección mutua. Es en este punto donde conocemos a mami, a través del relato de su enfermedad. «Tuvieron que sacármelo todo, me vaciaron», le dice a su hija con relación a los tumores que le extirparon. Ahora, en su transición a la pubertad, la protagonista asiste a su madre en el hospital, exorcizando el fantasma de su padre. De este modo, inaugura una nueva espera: esta vez, consagrada a la convalecencia, la recuperación y la salud.
IV
«A mi padre lo mataron en el Bronx. Yo tenía 12 años», le contó Rita Indiana al periódico español El Mundo. Es imposible no relacionar a la narradora de la novela, la niña de la que nunca sabemos el nombre, con la autora. Aunque tenemos claro que el autor real no se debe confundir con la voz narradora y que el «yo» de los relatos no es más que una construcción literaria, inevitablemente terminamos recurriendo a lo biográfico para explicar ciertos pasajes. En Papi esto nos ocurre con frecuencia y a cada rato estamos preguntándonos cuánto de Rita Indiana autora hay en tal situación y cuánto es producto de su imaginario.
La primera vez que leí el libro me resultó ambiguo el pasaje que aparece casi al final del capítulo cuarto donde la niña con ocho años finge cantar «Yo soy aquel», de Rafael, tema que tiene el estribillo de «el que te espera, el que te espera», a su padre y a un grupo de sus amigos en la piscina de un condominio de Miami. Para su actuación la niña se disfraza como su progenitor con su camisa de seda, sus chancletas y su pantalón caqui grapado. Además, se dibuja las patillas y los bigotes con magic marker azul. Hace la mímica de ese romántico tema de un modo apasionado y con un cepillo de pelo como micrófono. De hecho, con tal de imprimir dramatismo a la interpretación, al final hasta besa a María Cristina, la esposa cubana de su padre.
Justo antes de que esto ocurra, se intercalan unos párrafos procedentes del futuro. Ahí la narradora es adulta y está sentada en un camerino, mirando en el marco del espejo la foto de ella con su padre en el Miami Sea Aquarium. Él ya ha fallecido y ella lo mira con nostalgia y ternura. Afuera el público eufórico clama porque salga a cantar. Al cabo de un rato, se pone una camisa y un pantalón de papi que le quedan a la perfección y sale al escenario. Dicha escena tiene un aire de portal interdimensional, pues al salir vuelve al pasado y a ser la niña de ocho años.
Pero en esta relectura, el pasado ya no me resulta tan ambiguo. Pienso en la exitosa carrera musical que Rita Indiana desarrolló, donde de seguro ya ha escuchado la euforia del público sentada en su camerino. Cuando se publicó la primera versión de la novela, antes de acompañarse de Miti Miti o de Los Misterios, aún ella -que yo sepa- no había arrancado su proyecto musical, pero ya había tenido la visión y la había escrito. La literatura no es solo una reelaboración del pasado, como nos hizo creer en nuestro contexto nacional la literatura sobre Trujillo, también puede trasladarse al futuro y transformarlo. Tan solo basta con escribirlo para que tarde o temprano ocurra.