¿Tan sólo eso puede llegar a decirse de estas Prosas, que tienden al caos? ¿Da igual su orden como libro? ¿No puede adivinarse una trama y una composición, como al fin y al cabo también se revela una trama en los diarios íntimos aunque no sea previa a la escritura? ¿Hay algo que unifique, una tentativa de orden más compleja que el humor del autor, tantas veces descrito como pesimista? ¿Puede despacharse Prosas apátridas con la etiqueta de libro fragmentario?

«Imaginar un libro que sea desde la primera hasta la última página un manual de sabiduría, una fuente de regocijo, una caja de sorpresas, un modelo de elegancia, un tesoro de experiencias, una guía de conducta, un regalo para los estetas, un enigma para los críticos, un consuelo para los desdichados y un arma para los impacientes. ¿Por qué no escribirlo? Sí, pero ¿cómo? y ¿para qué?» (149).

Esta poética parece haber despistado a quien ha visto el libro como un conjunto de máximas con orden azaroso, pero si algo lo distingue de un compendio de pensamientos es su trama, es decir, su tejido, si bien poroso y resistente, abierto y elástico como una tela de araña, y, por lo tanto, con la vida, la contingente vida atrapada en él. También es un mito de la novela moderna una trama que se confunda con un trozo de vida. Que esté disimulada (como la tela de una araña) garantiza su poder.

Como la poesía, las Prosas apátridas tienen una estructura rítmica. Es evidente en cada prosa tomada de una en una: en el comienzo asertivo, rápidamente seguido de una divagación que la pone en duda o la pasea por un lugar imprevisto. El cierre de cada fragmento suele ser una imagen contundente, un remate con fórmulas afortunadas donde lo moral y lo evanescente se juntan. De ahí que en cada prosa, como en un haiku, convivan la regla y lo pasajero, el juicio y la vida abierta. El movimiento. Su punctum.

Quizá sea más interesante buscar una estructura al montaje de las Prosas como libro. Si fuera una obra musical, podríamos decir que al comienzo presenta los temas que desarrollará más adelante, agrupándolos a veces, repitiendo cadencias. Repetición y variación. Una estructura en tres partes en la que es fácil distinguir los momentos que se corresponden con las tres ediciones: la primera de 1977 con 89 prosas, la aumentada de Perú con 150 en 1978 y la completa de 1986 con 200.

Prosas apátridas no elude la voluntad de convertirse en una «tentativa de orden», un «inventario de enigmas» (199). Hay algo como un orden perdido que quizá existió en la cultura o tan sólo en el pasado como función cerebral. Por eso no suena elegíaco. Se constata la pérdida de un orden cuya existencia pasada también se pone en duda.

La temporalidad es el tema de esta obra, pero no un tiempo abstracto, sino un tiempo medido por sus consecuencias en las personas y las cosas. Frente a una lectura estoica o utópica, Ribeyro no puede creer en absolutos que desviarían la mirada del principal asunto concreto: la dispersión. En las relaciones, los recuerdos, el cuerpo. Así que también podemos decir que el tema de las Prosas es la dispersión, o en palabras prestigiosas: la entropía. El desgaste del breve mundo humano.

Pero muchos son los motivos donde la voz de este narrador detiene su extrañeza. Ante la saturación de la cultura, su falta de vigor para la vida. A sus ojos una librería es la «antesala del olvido» (1). «Un hombre culto que cita mucho es un incivilizado» (25). «Hace tiempo sé, pero siempre lo olvido, que la información no tiene ningún sentido si no está gobernada por la formación» (92).

Otro motivo es la historia, «un juego cuyas reglas se han extraviado». «Lo terrible sería que después de tantas búsquedas se llegue a la conclusión de que la historia es un juego sin reglas o, lo que sería peor, un juego cuyas reglas se inventan a medida que se juega y que al final son impuestas por el vencedor» (12). «Los nombres cambian, pero las instituciones se perpetúan», un albañil y un esclavo de la época de Diocleciano apenas se diferencian en nada: «Inútil decir que, a diferencia de los esclavos, son libres. No les queda ni siquiera la esperanza de la manumisión» (17). «El mundo olvida su propia historia», «la vida se edifica sobre la destrucción de la memoria» (51). ¿Tendrán vigencia dentro de algunos siglos, escribe más adelante, «conceptos como libre empresa, lucha de clases, medios de producción, elecciones democráticas?» Sí, pero «en un contexto tan diferente que habrá que ser adivino para darse cuenta de que el combate sigue siendo el mismo» (132).

¿Existe un hilo que permita aferrarnos a la historia, darle un sentido? «Desde la Antigüedad hasta nuestros días existe un denominador común en el hombre: la crueldad. Ésta no ha disminuido en nuestra época, sino que se ha delegado y se ha hecho por lo mismo casi invisible» (47).

El mundo es voluble, fugaz y flotante. Nuestra experiencia, es decir, el sentido que damos a los hechos que vivimos, es imposible: «París como Lima no son para mí objetos de contemplación, sino conquistas de mi experiencia» (136). Por eso también hay habitaciones que estrangulan «toda tentativa de creación» (27). Y «no nos cruzamos en la calle sino con siluetas, con figuras, con símbolos» (68). «Los conceptos pasan, las formas permanecen» (131). «También mueren los lugares donde fuimos felices» (62).

El narrador, hasta hace poco antropólogo, se convierte en un moralista y coquetea con la caracterología: rostros, modales, unos albañiles en el metro, un comerciante identificado con su negocio… Nada que oponer al desgaste, tampoco una casa, una familia: «Esta vida acumulativa termina por edificarse en el umbral de nuestra muerte» (89).

Otro motivo es la escritura, la ética de la escritura y la vanidad de los escritores: «Literatura es afectación», apuntaría en Dichos de Luder. En las Prosas dice: «Lo que debe evitarse no es la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación» (72). Más adelante condena «la ostentación literaria de muchos escritores latinoamericanos», el «aspecto nuevo rico de sus obras». «Su propio brillo los desluce» (142). Para Ribeyro escribir no es transmitir, sino acceder a un conocimiento (55). No existe un mundo previo a su escritura. A veces escribir no dista de un juego de infancia prolongado, pero con una diferencia: en los juegos de su hijo, en sus libros de Tintín «todo está explicado». Pero también a él le llegará «la maldición de la duda»: «Entonces tendrá que escrutar, indagar, apelar a filósofos, novelistas o poetas para devolverle a su mundo armonía, orden, sentido, inútilmente, además» (19).

A veces Ribeyro echa el ancla y perdura, paradójicamente, en lo fugaz. A veces con la ayuda del alcohol: «La única manera de comunicarme con el escritor que hay en mí es a través de la libación solitaria» (85). En la taberna aguarda «la irrupción de lo maravilloso» (84). Otras veces arraiga en la especie, tratada con cierta ironía. Son constantes las apelaciones al ancestro que unifica: «el hombre paleolítico» (74).

Amor, desarrollo del talento, personalidad… Todo depende de un detalle azaroso: «La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas». A algunos «les faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de un libro, la relación con tal amigo)» (14). Porque «alejarse de los amigos es así clausurar parte de nuestro ser» (39). Somos vulnerables a la inoportunidad: «En la vida, en realidad, no hacemos más que cruzarnos con las personas» (45).

En la edición aumentada de 1978 Ribeyro posee mayor consciencia del libro que se tiene entre manos, también de la fugacidad, de «la presencia de la muerte en nuestra vida» (130). El intento de arraigo se hace, si se quiere, más severo. La muerte acompaña cada gesto, impide su desarrollo. «Mi capital de vida está ya gastado y estoy viviendo sólo al crédito» (148). El hombre quedará en borrador más o menos afortunado: «La mayoría de las vidas son simples conjeturas» (93), siempre quedan algunas «cuerdas no tocadas» (97).

Cada vez más prosas dedicadas al hijo y a los ancestros nos hacen reflexionar sobre la cadena biológica y qué enseñanza queda de nuestro paso por el mundo. Ribeyro escribe: «Nuestro rostro es la superposición de los rostros de nuestros antepasados» (95). El pasado está superpoblado, el futuro inexistente, como en el divertido juego pesimista en que acaba deduciendo, por un error de lógica, que tenemos más ancestros que descendientes (63). Porque moralmente ese error de lógica es cierto: «En cada uno de nuestros actos hay un desperdicio de energía» (101). Otra vez la entropía. «Desde esta perspectiva el individuo no cuenta, sino la especie», «la cadena biológica» (112).

Enfermedad, dispersión, hospitales… El cuerpo protagoniza esta edición aumentada de las Prosas incluso cuando Ribeyro habla de literatura: «En algunos casos, como en el mío, el acto creativo está basado en la autodestrucción». Crea contra su vida la enfermedad, el tiempo robado a la vida (116). Escribir como un superviviente, en «momentos de absoluta soledad, en los cuales nos damos cuenta de que no somos nada más que un punto de vista, una mirada» (119).

Una cita nos da la clave de cuál será la tonalidad de las últimas cincuenta prosas, su poética de la duración: «No hay nada más duradero que el instante perfecto» (107).

Como decimos, Ribeyro es más consciente del libro que escribe en cada nueva edición. Matiza sus flujos, los dirige. Así, lo que comienza siendo un libro que disimula sus costuras en la primera edición, en las aumentadas ya es consciente de su propio género y no teme incidir en la fugacidad. Las últimas cincuenta prosas, añadidas a la edición de 1986, serán un cuaderno de despedida del mundo ligero de equipaje.

A veces parece casi un libro de haikus de las cuatro estaciones. Podemos seguir el curso del tiempo, el paso de los meses: «Aún no has terminado de celebrar la primavera y ya ha llegado el invierno» (198). Lo ambulante se detiene un instante. Se fija en la página. Después continúa, sin nosotros.

Cualquier peso es excesivo. «La biblioteca personal es un anacronismo» (155). También un exceso de experiencia: «No creo que para escribir sea necesario ir a buscar aventuras. La vida, nuestra vida, es la única, la más grande aventura. El empapelado de un muro que vimos en nuestra infancia, un árbol al atardecer, el vuelo de un pájaro». Si conservamos estos momentos es porque ya eran eternos. Han pasado la prueba del tiempo. «Algo había en ellos de imperecedero, y el arte sólo se alimenta de aquello que sigue vibrando en nuestra memoria» (180).

Despedirse en «una casita de adobe en una playa perdida de la costa peruana». «Vivir allí una especie de intemporalidad o de ilusoria eternidad». Este «impulso tiene raíces ancestrales o responde tal vez a impulsiones de la especie» (172). Dejar un pequeño cadáver. Si aún vive es porque siempre se mantuvo «en los umbrales de la salud» (195). «Tenso el arco, apuntando hacia el futuro» (200).

«Nunca he podido comprender el mundo y me iré de él llevándome una imagen confusa. Otros pudieron o creyeron armar el rompecabezas de la realidad y lograron distinguir la figura escondida, pero yo viví entreverado con las piezas dispersas, sin saber dónde colocarlas. Así, vivir habrá sido para mí enfrentarme a un juego cuyas reglas se me escaparon y en consecuencia no haber encontrado la solución del acertijo. Por ello, lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas. La culpa la tiene quizás la naturaleza de mi inteligencia, que es una inteligencia disociadora, ducha en plantearse problemas, pero incapaz de resolverlos. Si alguna certeza adquirí fue que no existen certezas. Lo que es una buena definición del escepticismo» (199).

 

Prosas apátridas es un cuaderno de viaje del hombre hacia su extinción, un diario íntimo escrito por un hombre desde su impersonalidad, su anonimato. Estas prosas «son mejores que yo». Sus virtudes son las de la música y la muerte: acompañan y dan tonalidad, complexión a la experiencia. Es un libro escéptico, pero no simplemente pesimista. Una celebración de lo fugaz, es decir, de lo que vive. Un derrocamiento de las normas del cliché. Filosofía trágica: el mundo como es y no que debería ser. Una poética del instante y un eslabón en la cadena biológica. Un canto de la especie.

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