POR GUSTAVO PÉREZ FIRMAT
Aunque empezó a publicar muy joven, Heberto Padilla no fue un poeta prolífico. Si dejamos a un lado Las rosas audaces (1948), un libro juvenil que Padilla no reconoce como parte de su obra (Zapata, 1987, p. 273), quedan: cuatro poemarios –El justo tiempo humano (1962), Fuera del juego (1968), Provocaciones (1973), El hombre junto al mar (1981)–, dos cuadernos cuyos poemas, con alguna excepción, se incorporan a los poemarios –La hora (1964) y Por el momento (1970)– y dos antologías bilingües –Legacies (1982), A Fountain, A House of Stone (1991)–, aunque solo la segunda de estas recoge poemas inéditos. Su primer libro aparece cuando ya había cumplido treinta años y su último poco antes de cumplir los sesenta. De los cincuenta poemas de A Fountain, A House of Stone, solo siete son nuevos. Después de este libro, Padilla no volvió a publicar, y probablemente no escribió más poesía. Lo que dice en El hombre junto al mar acerca del destierro estadounidense de Luis Cernuda podría atribuirse a él: «La poesía / se le hizo terriblemente arisca» (Padilla, 1981, p. 77).

La poesía de Padilla gira en torno a tres actividades o núcleos argumentales: andar, objetar, cantar. Aunque las tres actividades atraviesan todos los poemarios, su importancia varía. En El justo tiempo humano prima el andar; en Fuera del juego y Provocaciones, el objetar; en El hombre junto al mar, el cantar. Los poemas inéditos de A Fountain, A House of Stone conforman una vacilante coda, como veremos.

 

ANDAR

 Durante la década de 1950 y la primera mitad de la de 1960, Padilla fue un viajero infatigable. De las tres partes que conforman El justo tiempo humano, la primera y más larga se lee como un diario de viaje: «En la tumba de Dylan Thomas», «Hamburgo», «Londres», «Andaba yo por Grecia», «En la corte de Luis XIV». Otros poemas –«Renata», «Ana Frank», «Llegada del otoño», «Exilios»– también están ambientados en Europa. En «La hora», un poema escrito en Moscú en 1963, Padilla conjetura sobre el lugar de su muerte. Podría llegarle la hora en Londres, Moscú, Smolensk, Borodino, Lyon, New York o Noruega. El lugar que brilla por su ausencia es su país natal. Algo parecido sucede en «Cielos que cambian», de Provocaciones. El poeta alza los ojos y ve los cielos de Grecia, Marruecos, México, Londres, Moscú. Lo que no ve es el cielo azul de Cuba. Uno de los pocos poemas que escribió a propósito de un paraje de la isla, «Cayo Piedras», fue omitido de ediciones posteriores de Fuera del juego. Así como los referentes literarios de Padilla son escritores estadounidenses y europeos, sus referentes geográficos también son extranjeros.

Como se sabe, los adversarios de Padilla le sacaron en cara las frecuentes ausencias de Cuba. Según Leopoldo Ávila, la conducta de Padilla se caracterizaba por «el andar, despreocupado y boquiabierto, por las capitales europeas». Es más, «la lista de sus viajes le dan un récord que pocos pilotos han igualado» (Ávila, 1968, p. 17). Del mismo modo, la «Declaración de la UNEAC» le reprocha no haber estado en Cuba en momentos decisivos. Padilla (1968, p. 35) mismo, consciente de su vulnerabilidad en este punto, incluye en Fuera del juego un poema titulado «Siempre he vivido en Cuba», donde argumenta, con dudosa verosimilitud, que su ausencia física de la isla está compensada por su compromiso con su historia: «Yo vivo en Cuba. Siempre / he vivido en Cuba. Esos años de vagar / por el mundo de que tanto han hablado. / son mis mentiras, mis falsificaciones».

Pero, contra lo que afirma en el poema, desde muy joven Padilla alardeó de su vocación viajera. Empleado por el Ministerio de Comercio Exterior del régimen castrista, se llama a sí mismo «viajante de Comercio Exterior», un juego de palabras que nombra tanto su ocupación como su trashumancia (Padilla, 1968, p. 64). En un poema dedicado a Pablo Armando Fernández, se enorgullece de sus «viejos zapatones» que destrozó «de tanto andar» (Padilla, 1981, p. 11). En el poema inicial de Fuera del juego, «En tiempos difíciles», menciona sus «viejas piernas andariegas» (Padilla, 1968, p. 23). Dada esta insistencia en «andar», cuando el verbo recurre al final del poema –«Y finalmente, le rogaron / que, por favor, echase a andar»– adquiere una carga semántica que va más allá del uso coloquial. Echarse a andar, integrarse al proyecto de la Revolución, implica dejar de andar, abandonar sus hábitos de viajero.

 

OBJETAR

En el poema epónimo de Fuera del juego, Padilla (1968, p. 59) declara que el poeta «Encuentra siempre algo que objetar». En efecto, los poemas sitúan a Padilla en lo que Antonio José Ponte (2002, p. 99) ha llamado, a propósito de Lorenzo García Vega, «la tradición cubana del no». Inconforme, desobediente, malhumorado, el poeta no asiente, disiente. No se suma a la marcha. En «Fuera del juego», cuando «todo el mundo» dice «pues sí, / claro que sí, / por supuesto que sí», él se define por lo que niega: «No entra en el juego. / No se entusiasma. / No pone en claro su mensaje. / No repara siquiera en los milagros» (Padilla, 1968, p. 59).

Este ímpetu negador marca la distancia entre El justo tiempo humano y Fuera del juego, que puede leerse como una negación o retractación del compromiso con la Revolución del primero. La última parte de El justo tiempo humano, la única que guarda relación con el título, contiene siete breves poemas de sesgo político. Padilla toma el título de un verso de Salvatore Quasimodo (1961, p. 117), pero altera su significado; en el original giusto significa justo en el sentido de exacto o adecuado. El poema de Quasimodo, de tema amoroso, nada tiene que ver con la justicia social. Padilla desvía el significado de justo hacia la acepción ética del adjetivo y sustituye el amor de un pueblo por el amor de una mujer. El primero de los poemas «revolucionarios», «Pancarta para 1960», comienza: «Usureros, bandidos, prestamistas,  / adiós.  / Os ha borrado el fuego / de la Revolución» (Padilla, 1962, p. 119).

Los demás poemas de esta sección comparten el «pancartismo». Cuando no es el pancartismo justiciero de este poema, es el pancartismo cursi de «Playa Girón»: «Muerte, / no te conozco. / Aún no hay víscera mía / que hayas tocado en lo más leve» (Padilla, 1962, p. 121). O el pancartismo sentimental de «Canción»: «Duerme, / mi guerrillera, / La vida sigue en pie. / Por los caminos / tus ojos todavía resplandecen» (Padilla, 1962, p. 125).

En Fuera del juego el fugaz fervor revolucionario se ha desvanecido. Los tiempos han cambiado. Ya no estamos en el justo tiempo humano sino «En tiempos difíciles», el poema que abre la colección. Este poema debe leerse en relación con «Ahora que estás de vuelta», otro de los poemas revolucionarios de El justo tiempo humano. Al regresar a Cuba en 1959, Padilla (1962, p. 129) enumera órganos para reprobar el uso que ha hecho de ellos: su «corazón de elegía», sus ojos «habituados al resplandor / de los desastres», sus oídos «rotos / por tanta furia y tanta muerte», su lengua «de imágenes perecederas», y sus manos «que tiemblan, que solo / sabían escribir “me muero”». La desesperanza de estas frases queda superada en el poema siguiente, «El justo tiempo humano», que abre: «¡Mira la vida al aire libre!».

«En tiempos difíciles» retoma el listado anatómico. La Revolución le pide manos, ojos, labios, piernas, pecho, corazón, hombros y lengua. Mas la enumeración no propicia una transformación personal, como en el poemario anterior, sino un desmembramiento. No se trata de dones sino de donaciones. Y finalmente la Revolución le pide la prueba definitiva, que eche a andar, un andar que recuerda, con ironía salvaje, sus antiguos hábitos de viajero. No en balde, este poema está entre los señalados en la «Declaración de la UNEAC»: «Cuando Padilla expresa que se le arrancan sus órganos vitales y se le demanda que eche a andar, es la Revolución, exigente en los deberes colectivos, quien desmembra al individuo y le pide que funcione socialmente». Pero el poeta se niega a «convertirse en combustible social» (Padilla, 1968, p. 8). Como ha señalado Harris Feinsod (2017, p. 306), la enumeración de partes del cuerpo remite al género poético del blason francés, dedicado a celebrar los encantos de una amada. Aquí, en cambio, sirve para denunciar la violencia de Estado.

El ímpetu negador de Fuera del juego culmina en los dos últimos poemas, «No fue un poeta del porvenir» y «Vámonos, cuervo». Recuperando las negaciones del poema epónimo, el primero enumera los atributos que Padilla no tuvo y los tributos que no le rindieron. El segundo cita a Vallejo para contradecirlo al intercalar un «no» en medio del endecasílabo final de «Intensidad y altura». Vallejo escribe: «Vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva». Padilla (1968, p. 110) reescribe: «Vámonos, cuervo, no a fecundar la cuerva». En vez de fecundación, lo que ocupa al hablante es buscar «el hilo roto» –como el verso de Vallejo– de una cometa «que se enredó en el trípode viejo del artillero». Si se tuviera que resumir el asunto de Fuera del juego en una sola palabra, sería la partícula no.

Hay que destacar, además, que el Padilla objetor no solo apunta contra la Revolución. También se usa a sí mismo como blanco. Mucho antes de la famosa autocrítica, Padilla (1968, p. 99) ya mostraba inclinación por flagelarse o ridiculizarse, por verse como un «títere perplejo» o un «terco polichinela», como se moteja en La mala memoria (Padilla, 1989, p. 148). Así en «La sombrilla nuclear», de Fuera del juego: «Ese hombre que fornica desesperadamente en hoteles de paso. / Ese desconcertado que se frota las manos, / el charlatán sarcástico y a menudo sombrío, / solo como un profeta, / por supuesto, soy yo» (Padilla, 1968, p. 66).