Mezcla única e inexplicable, la que se da en el carácter y en la forma de actuar de los conquistadores españoles. Piadosos y creyentes, como por entonces solo lo eran los cristianos, invocan a Dios de todo corazón y al mismo tiempo cometen en su nombre las atrocidades más vergonzosas de la Historia. Capaces de los más magníficos y heroicos méritos del valor, del sacrificio, y con una gran resistencia frente a las privaciones, se enfrentan y engañan unos a otros del modo más escandaloso. Y en mitad de sus bajezas, aún hacen gala de un marcado sentimiento del honor y de un sentido prodigioso y verdaderamente admirable de la magnitud histórica de su misión. […] Sabe que ese 25 de septiembre será un día histórico. Con una asombrosa carga emocional típicamente española, este aventurero endurecido y sin escrúpulos manifiesta hasta qué punto comprende que el sentido de su misión está por encima de la época. […] Balboa ordena a sus hombres que se detengan. Nadie debe seguirle, pues esa misma vista del océano desconocido no quiere compartirla con ninguno. Quiere ser el único por toda la eternidad, el primer español, el primer europeo, el primer cristiano que, después de haber atravesado ese otro océano enorme de nuestro universo, el Atlántico, haya divisado por fin este, aún desconocido, el Pacífico.

La teatralidad, el sentido del espectáculo, la crueldad y la grandeza están en el alma de Vasco Núñez de Balboa, como también estarán muy presentes en el imaginario y en la proyección histórica de otros que dejaron más honda huella, y no siempre por las mejores razones.

El anhelo febril de Bartolomé de las Casas, en palabras de Kathleen Romoli, «fue conseguir la liberación y el bienestar de los indios. Rechazando con energía la tesis de que los aborígenes americanos pertenecían a una raza inferior predestinada a la esclavitud –a diferencia de los musulmanes y los negros, cuya servidumbre aprobaba e incluso promovía–, negó el derecho de España a dominar el Nuevo Mundo y denunció furiosamente la crueldad y codicia de los conquistadores».

Bajo el epígrafe «Discrepancia ante el V Centenario» (El País, 3 de julio de 1988), escribió Rafael Sánchez Ferlosio el artículo titulado «Esas Yndias equivocadas y malditas», que luego sería libro de igual título, y que conviene leer y releer con la máxima atención porque Ferlosio se empeñó durante años en pensar por sí mismo y en que cada uno piense por sí mismo, aunque parezca cada vez más arduo. Dice el autor de Industrias y andanzas de Alfanhuí: 

No cabe duda de que, acostumbrados como estamos a unas instituciones de justicia que, contra la clamorosa evidencia estadística del condicionamiento sociológico de las conductas delictivas, inculpan y condenan como si el libre albedrío no fuese uno de los recursos más escasos entre los humanos; acostumbrados, digo, a este infantil reparto de papeles, bueno y malo, comprendo que a muchos pueda resultar tan arduo como turbador cualquier punto de vista que disminuya en algún grado la responsabilidad de los autores de tan tremendos e incontables crímenes como los que constituyen la trama dominante en la conquista y colonización de América, pero en esto consiste justamente el mayor espanto de la historia universal.

Sigue Ferlosio:

Para lo que trato de decir puede resultar ilustrativa la anécdota de aquel que le reprobaba a otro la ferocidad de su anticlericalismo, diciéndole: «Pero, ¡hombre!, ¿cómo puedes envenenarte hasta tal punto la sangre con los pobres curas? Tendrán todos las puñeterías y mezquindades que tú quieras, las deformaciones de su ya de por sí deforme profesión, pero es injusto y cruel condenarlos como monstruos de maldad, porque ellos no son al fin más que unos infelices mandatarios; el único que es verdaderamente malo es Dios». El mismo cuento puede aplicárseles a los que frente a la famosa «historia escrita desde el punto de vista de los vencedores» pretenden oponer una «historia escrita desde el punto de vista de los vencidos».

Y termina Ferlosio: «Esta segunda sería, en cuanto historia, tan falsa e ingenua como la primera, a la que trataría de confutar, pues el nominalismo positivista igualmente implicado en las palabras vencidos o vencedores, que entendería las cosas como si los sujetos empíricos fuesen los únicos protagonistas efectivos, escamotearía la percepción teórica fundamental: que el verdaderamente malo es Dios, o, lo que viene a serlo mismo, la historia universal». Historia universal que además escribimos a brochazos y leemos como si hubiéramos aprendido el método Braille hace una semana.

 

El discurso de Ponquiaco (o Panquiaco). Tratando de seguir paso a paso la peripecia de Vasco Núñez en Darién, damos, de nuevo gracias a Romoli, con el cacique de Comogra, al norte de Careta, llamado Comogre, pero sobre todo nos deslumbran la astucia y la sabiduría de su hijo. Anota Romoli que «cada conquistador sentía sed de tesoros, pero para los hombres de Darién lo más importante en aquellos días era la comida. “Fasta aquí –escribió Balboa al rey– avemos tenido en más las cosas de comer que el oro, porque teníamos más oro que salud, que muchas veces fue en muchas partes que holgara más de hallar una cesta de maíz que otra de oro”». Convendría traer aquí a colación desde la historia del rey Midas a la filosofía de los indios hopi, que consideran el maíz el verdadero oro de la humanidad y creen que la vida que llevamos, donde tanto predicamento tiene la codicia, desde Madrid a Miami, pasando por Malabo, Shanghái y Panamá, nos lleva sin duda a la autodestrucción.

Ahora quisiera detenerme en las páginas más valiosas y deslumbrantes que hallé leyendo este Vasco Núñez de Balboa. Descubridor del Pacífico, de Kathleen Romoli, las que van desde la 119 a la 125, en el capítulo IX, y que han vuelto a atizar mi vieja pasión por la historia. La descripción del territorio de Comogra con sus «verdes praderas» y «bohíos, espaciados», que «eran numerosos y bien construidos», y sobre todo de su cacique, Comogre, con el superbohío que era su palacio, con sus almacenes, en los que había «una abundancia capaz de hacer la boca agua a los visitantes: montones –blancos, amarillos, rojos y púrpura– de maíz; raíces de yuca y de arracacha; ajís como nabos y pilas de esas pequeñas patatas de color naranja que hacen parecer insípidas a las blancas corrientes; semillas de cacahuete y cápera; ajís verdes y colorados; cocos, piñas, anones y otras frutas más raras; carne de jabalí y de venado ahumada; pescado seco; cestos de harina; manojos de hierbas. En otra estancia había ollas y jarros de cerveza de maíz y un sorprendente surtido de vino tinto y blanco». Habla luego de la fiesta que Comogre y su gente ofrecieron a Balboa y los suyos:

Por desgracia, nadie describió con detalle aquella fiesta singular; pero, por lo que se puede espigar aquí y allí en epístolas y crónicas, es posible reconstruirla con bastante fidelidad. No hubo nada exótico en la minuta compuesta de sopa, pescado, caza, carne, legumbres, pan, fruta y vino […]. Si acaso, podruta y vino; muchas de las recetas que han llegado harían avergonzar a un moderno anfitrión por la cantidad y diversidad de los platos: media docena de clases de pescado, cocido, asado o frito; carnes para todos los gustos… […]. Es de desear que los españoles no olvidaran sus modales ante aquella desacostumbrada abundancia, pues los indios eran muy cuidadosos de la etiqueta. Antes de sentarse a la mesa, cada hombre se quitaba los adornos más incómodos y el anillo de la nariz. La técnica para comer sin cubierto los guisos consistía en hacer de dos dedos curvados una cuchara, tomar un trocito de la escudilla o fuente común y meterlo en la boca con un rápido movimiento de lado como si pasaran los dedos rozando los labios. Antes de tomar el segundo trozo se enjuagaban los dedos en aguamaniles individuales.

Balboa consiguió tras la cena no solo una alianza formal con el cacique, sino bautizarlo con el nombre de Carlos, oro y setenta esclavos y, «lo mejor de todo, la sensacional información de que más allá de la cadena de montañas que se veía hacia el Sur se extendía otro océano». Recuerda aquí Romoli que la noticia no era del todo nueva, ni un misterio. El mismo Colón había informado de que se podía llegar a otro mar en solo nueve días de marcha desde la laguna Chiriquí, pero no lo hizo, y agrega: «Solo cabe suponer que la desdichada insistencia de Colón en que Honduras era la China y el istmo la península malaya, de cuyo lado más distante estaba a diez días de navegación el Ganges, quitó crédito a todas sus conclusiones geográficas». Lo que más atrajo a Balboa fue la noticia de una costa habitada «por caciques de fantástica riqueza». Quien informó de ello fue el hijo mayor de Comogre, «un joven sabio llamado Ponquiaco, que había contemplado pensativo a los huéspedes de su padre. Sus conclusiones se concretaron por una escena lamentable que no dejaba bien parados a los españoles. Se hallaban estos pesando el oro regalado por Comogre –procedimiento que debió parecer tosco a los indios, que apreciaban mucho más el labrado del metal que su peso– para establecer el quinto [del rey] y repartirse el resto, y en el curso de la operación surgieron algunas discusiones. Ponquiaco lo observó con disgusto y decidió que lo mejor sería desviar sus apetitos fuera de Comogra». He aquí sus lúcidas palabras, que nos invitan a que repensemos de qué hablamos cuando hablamos de civilizar y de civilización: «¿Qué es esto, cristianos? ¿Es posible que estiméis tanto tan poco oro? Llegáis a destruir la belleza artística de estos collares fundiéndolos en lingotes. Si vuestra sed de oro es tal que para satisfacerla molestáis a las gentes pacíficas llevándolas al infortunio y las calamidades, si os desterráis de vuestra patria para buscarlo, yo os mostraré una tierra en la que abunda y donde podréis satisfacer vuestra sed…».

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