TEORÍA DEL ENSAYO

El ensayo adquiere profesión de fe y vocación crítica, y sólo así se afirmará en centro del destino intelectual de la sociedad y de una nación. Esto acontece con el ensayo propiamente dicho, no con el tratado, que es el ideal del científico con vocación de agotar el tema y cerrar la discusión. El ensayo no ha de ser tajante ni concluyente ni ortodoxo, sino abierto y heterodoxo, con voluntad de estilo e imaginación creadora, donde las ideas circulen de modo dinámico, móvil y sin ataduras estéticas ni ideológicas. Ha de partir del pensamiento, la imaginación y la creatividad, con gracia expresiva y soltura estilística. El ensayo no funda un universo conceptual cerrado, sino abierto, ni apunta a ser radical o reduccionista. Se niega a la totalidad para insertarse en la parcialidad. Rompe la dinámica de la unidad. Se libera de las leyes de la ciencia. Es un viaje no de la historia sino de las ideas, donde la argumentación protagoniza su discurrir. Merodea la verdad, no la busca, ni pretende hacerlo; al contrario, se funda en la especulación y la divagación, la errancia del significado y la reflexión conceptual. La filosofía del ensayo se funda en la aproximación, y su objeto es siempre una hipótesis descentrada. La lógica interna del ensayo es porosa e indeterminada; sus campos de fuerzas son relativos. Según Adorno, el ensayo es forma, pero una forma literaria siempre crítica. Más bien, el ensayo siempre es la forma en que se manifiesta la crítica literaria, social o cultural. Como forma de conocimiento, el ensayo adopta, asimismo, una estrategia discursiva en que se fundamenta su voluntad de persuasión. En efecto, el ensayo tendrá siempre un carácter de provisionalidad de sus propuestas conceptuales.

Como se observa, estos ensayistas, de fines de siglo y del nuevo milenio, han llevado a cabo una labor como críticos literarios, articulistas o cronistas de libros. Surgen los poetas- ensayistas y los narradores-ensayistas, que difunden sus ideas a través de la crítica literaria, la crítica de arte y la crítica cultural. En oposición a los ensayistas de la primera mitad del siglo xx, que eran predominantemente cultores de temas históricos, jurídicos y sociológicos, en la segunda mitad, en la postrimería del siglo, y en los inicios del siglo xxi, el ensayo adquiere perfiles más literarios. Da un giro epistemológico y temático, y será cultivado no sólo por los historiadores y abogados —como lo fue en sus inicios—, sino por poetas, narradores, antropólogos, sociólogos y lingüistas, lo que habla de una buena salud de este género portador de ideas.

Mención especial ameritan, para el cultivo, empuje y difusión del ensayo, los concursos y premios anuales de ensayos, como el premio de ensayo «Pedro Henríquez Ureña» del Ministerio de Cultura y el premio de ensayo «Pedro Francisco Bonó» de la Fundación Global Democracia y Desarrollo (Funglode), que han jugado un rol estelar en la práctica del mismo. Constituyen pues un estímulo para la investigación y la escritura del ensayo.

El ensayo en nuestro país tiene dos cauces: el ensayo no académico, que se practica en el ámbito del periodismo cultural, a través de revistas y suplementos culturales; y el ensayo académico, que se cultiva en el ámbito universitario, a través de tesis de grados y artículos indexados. En un país letrado, donde la crítica literaria domina el discurso del ensayo literario, la práctica del ensayo como género de no ficción va a la saga de la novela, la poesía y el cuento. Salta a la vista, que lo que más se lee en nuestro país es la novela y el ensayo histórico-político, y lo que menos se lee es el teatro y la poesía, aunque lo que más se escribe es la poesía.

Los temas ideales del ensayo histórico dominicano actual son: la era de Trujillo, la revolución de abril de 1965, el tema haitiano, la Iglesia Católica y los padres de la patria. Esos temas despiertan el morbo y la fascinación de los lectores nacionales y extranjeros. De ahí que los ensayos históricos, políticos y sociológicos han sido los más apreciados y visitados. No así el ensayo filosófico, a pesar de haber tenido nosotros a un gran filósofo como Andrés Avelino. En cambio, el ensayo literario se reduce a una minoría de lectores, estudiantes, escritores o autores interesados en conocer o difundir la vida y la obra de los escritores y poetas dominicanos, un movimiento o generación literaria, tendencia o época.

Nuestra tradición literaria ha estado matizada por las generaciones de poetas o narradores, no así de ensayistas. Ni el vedrinismo, ni el postumismo (con la excepción de Andrés Avelino), ni la poesía sorprendida (con la excepción de Manuel Rueda, Antonio Fernández Spencer, Mariano Lebrón Saviñón y Aída Cartagena Portalatín), ni los cuarentayochistas (con la excepción de Lupo Hernández Rueda y Abelardo Vicioso) han cultivado el ensayo con pasión y constancia. Todas han sido generaciones y promociones de poetas. En la generación del sesenta, encontramos a Marcio Veloz Maggiolo, Ramón Francisco, Jeannette Miller, Manuel Mora Serrano y Carlos Esteban Deive. En la generación de postguerra, tenemos a Enriquillo Sánchez, Soledad Álvarez, José Molinaza, Miguel Aníbal Perdomo, Mateo Morrison, Tony Raful y Andrés L. Mateo. En los ochenta, están Plinio Chahín, José Mármol, César Zapata, G. C. Manuel, Miguel de Mena, Ángela Hernández o Miguel Collado (con el ensayo bibliográfico). En tanto que la generación denominada los «independientes del 40», de los cuatro, tres fueron, además de poetas y narradores, ensayistas, como Pedro Mir, Héctor Inchaustegui Cabral y Tomás Hernández Franco. Algunos tardíamente, y otros de modo paralelo a su obra poética. En la década de los noventa, se destacan Basilio Belliard, Nan Chevalier, Eugenio García Cuevas, Fernando Cabrera, Juan Gelabert, Eloy Alberto Tejeda, Máximo Vega, Darío Tejeda, Néstor Rodríguez, entre otros.

De los ensayistas, los cultores del ensayo histórico, es decir, los historiadores, han sostenido una producción textual más consistente y vasta como Bernardo Vega, Frank Moya Pons, Roberto Cassá, Franklin Franco, Mu Kien Sang Ben, Jaime de Jesús Domínguez, Orlando Inoa, José Báez Guerrero, Edwin Espinal, Juan Daniel Balcácer o Fernando Pérez Memén. El ensayo antropológico y arqueológico ha tenido sus representes egregios con Carlos Esteban Deive, Marcio Veloz Maggiolo, Dagoberto Tejeda, Carlos Andújar, Manuel García Arévalo, Mariano Lebrón Saviñón, Flérida de Nolasco, Dato Pagán Perdomo, Elpidio Ortega o José Guerrero, por sus aportes a la investigación etnomusical o a la antropología cultural y social. O el ensayo sociológico, con Silvio Torres Saillant, José del Castillo, Wilfredo Lozano o Rubén Silié. El ensayo lingüístico y filológico también tiene sus exponentes en Orlando Alba, Rafael Núñez Cedeño, Carlisle González, Celso Benavides, Bartolo García Molina y Manuel Matos Moquete. En tanto que el ensayo estrictamente crítico-literario alcanza en Bruno Rosario Candelier, desde una vertiente estilística, cotes de constancia suprema, por la vastedad de su obra crítica. En cuanto que, en Diógenes Céspedes, Odalís G. Pérez, José Alcántara Almánzar, Miguel Ángel Fornerín o José Rafael Lantigua, también adopta, en sus respectivas vertientes críticas, expresión de persistencia y eficacia, en sus manifestaciones estructuralistas, semióticas, sociológicas, estilísticas o periodísticas. El ensayo que trata de la historia intelectual, la historia literaria, la historia del arte o la historia de la cultura (en Mariano Lebrón Saviñón, Emilio Rodríguez Demorizi, Max y Pedro Henríquez Ureña, María Ugarte, Manuel Mora Serrano, Jeannette Miller), también tiene sus exponentes. Algunos ensayos literarios aparecen como prólogos, prefacios o estudios introductorios a antologías de poesía o de cuento, donde se definen épocas, corrientes, géneros, movimientos, estilos o tendencias. De modo pues, que, en muchas antologías literarias, hay enjundiosos ensayos, como el de Antonio Fernández Spencer en Nueva poesía dominicana (1953); el de Pedro Peix en La narrativa yugulada (1981); el de José Alcántara Almánzar en la Antología mayor de la literatura dominicana. Siglos xix y xx (1997); el de Basilio Belliard en La espiral sonora: antología del poema en prosa en Santo Domingo 1900-2000 (2002); o el ensayo de Jenny Montero a la La cuentística dominicana (2018).

Dentro de la tradición del ensayo dominicano, sobresalen también los prosistas-historiadores, es decir, aquellos historiadores-ensayistas de estilo literario como Manuel Arturo Peña Batlle, Emilio Rodríguez Demorizi, Pedro Mir, José Miguel Soto Jiménez, Hugo Tolentino Dipp o Frank Moya Pons. No pocos de nuestros ensayistas han contribuido a perfilar el pensamiento dominicano de los siglos xix y xx, desde el punto de vista de su evolución, devenir, características, orientaciones y aspectos en la formación de la sociedad dominicana, o sea, a la definición de la dominicanidad.

Mención señera ameritan los curas-ensayistas como José Luis Sáez, José Arnaiz, Pablo Mella, Vicente Rubio, Manuel Maza, Antonio Lluberes, entre otros, quienes se alimentan de una tradición de sacerdotes-historiadores, oradores o escritores, desde Fernando Arturo de Meriño y Adolfo Alejandro Nouel, hasta el presente.

El ensayo en la República Dominicana tiene su origen en el siglo xix, pero alcanza su mediodía durante todo el siglo xx. Sus autores, temas y propuestas ideológicas o filosóficas, sociológicas o históricas, adoptan ribetes y matices que bordean la cultura y la lengua, la nación y la ciudadanía, la identidad y la dominicanidad. Así pues, en la postrimería del siglo xx y en el alba del siglo xxi, sus cultores y exponentes orillan vertientes vinculadas a la inmigración, la identidad, el medioambiente y el racismo, fenómenos relacionados a la realidad de nuestra frontera con la vecina nación de Haití. Esas aristas tocan aspectos sociológicos, históricos y políticos. Más allá de estos derroteros del ensayo dominicano, los temas educativos, que bordean la raíz pedagógica de esta expresión literaria, lo teológico, lo filosófico, lo antropológico, lo filológico y lo lingüístico, no acusan los mismos niveles de profundidad y desarrollo. En la mayoría de los casos, el ensayo que se cultiva y practica en el país se sitúa en la tradición del ensayo personal, fundado por Michel de Montaigne, en Francia, hacia 1580, y que se expandió a Gran Bretaña con Francis Bacon. De modo que el ensayo dominicano ha estado más influido y dominado por el periodismo cultural y de opinión; es decir: por un ensayo no académico, en virtud del escaso influjo que ejerce el mundo académico en el devenir social, intelectual y cultural en el resto de la ciudadanía, y en el debate de las ideas. Así pues, el centro de gravedad del diálogo ideológico y los campos de fuerzas que han predominado en el ejercicio intelectual en el país han estado matizados por la libertad expresiva, metodológica y temática. Y esta realidad cultural también ha influido en los perfiles imaginativos y creativos de la práctica del ensayo, en el mundo intelectual y cultural de la República Dominicana.

En efecto, el ensayo dominicano ha sido cultivado por ensayistas a secas y, en la mayoría de los casos, por poetas y narradores, no así por dramaturgos. Desde Pedro Henríquez Ureña, Federico García Godoy y Max Henríquez Ureña, pasando por Joaquín Balaguer, Juan Bosch y Juan Isidro Jiménez Grullón, Américo Lugo y Manuel Arturo Peña Batlle, hasta Federico Henríquez Gratereaux, Manuel Núñez o Manuel Matos Moquete, el ensayo, como género literario, ha tenido sus maestros y sus epígonos. Desde el ensayo histórico hasta el ensayo sociológico y el ensayo literario, este género ha representado el centro de gravedad del debate de las ideas, que han perfilado el curso de la vida intelectual dominicana, a lo largo del siglo xx y de lo que va del xxi.

Como se echa de ver, el ensayo periodístico, que se cultiva en los diarios y las revistas o suplementos culturales, ha tenido gran presencia en la expresión del pensamiento crítico, aunque, en los últimos veinte años, la mayoría de estos diarios han desaparecido, sólo quedan dos de circulación sabatina, y una revista, fenómeno que es consustancial al espíritu de estos tiempos, avasallado por la tecnología y el mundo digital o los medios virtuales. Cabe destacar a José Rafael Lantigua (creador de una escuela de periodismo cultural con el suplemento Biblioteca, por veinte años), Diógenes Céspedes, Miguel Ángel Fornerín, Enriquillo Sánchez, Plinio Chahín, Pedro Delgado Malagón, Mu Kien Sang Ben, Eugenio García Cuevas, Pedro Conde Sturla, José del Castillo, Aníbal de Castro, Miguel Guerrero, Jochy Herrera, Basilio Belliard, Fidel Munnigh, José Mármol, José Luis Taveras, Andrés L. Mateo, Guillermo Piña Contreras, entre otros, ya sea en diarios impresos o digitales. O en artículos de opinión o reseñas de libros. O como crítica de arte, en diarios o en monografías, en las plumas de Marianne de Tolentino, Carlos Francisco Elías, León David, Amable López Meléndez, Abil Peralta Agüero, Jeannette Miller, Efraím Castillo, Danilo de los Santos, León David, o Myrna Guerrero. O la crítica musical, en Catana Pérez de Cuello; y teatral y danzaría, en Carmen Heredia de Guerrero.

En el marco de la crítica periodística —que adopta la expresión del periodismo literario, a eso que se le suele llamar «crítica práctica», una forma de la pasión del análisis, la interpretación de textos literarios y de la recensión de libros, de los suplementos culturales—, ésta se muestra alejada de un método crítico determinado y de una corriente teórica específica. En las páginas del diarismo dominicano, el vacío dejado por Enriquillo Sánchez es proverbial, en razón de que le inyectó imaginación, pasión, libertad expresiva y gracia estilística al artículo de opinión, con sus temas filosóficos, sociológicos o literarios. Sánchez fundó una escuela de periodismo literario, cuyos continuadores son Andrés L. Mateo, Pedro Delgado Malagón, José Rafael Lantigua y Plinio Chahín, por la profundidad, la cultura, la imaginación y la expresividad estilística.