El propósito de estas líneas reside en proponer la noción de literatura con acento no tanto –o no solamente– como un concepto delimitado y definido sino, sobre todo, como una aproximación crítica a los textos literarios que retoman, reescriben y rearticulan aportaciones teóricas de los últimos cincuenta años; estas han contribuido a inscribir un cambio de paradigma en la lectura e interpretación de la literatura, atento al marco sociocultural, a la enunciación situada, y al cuerpo.
De este modo, lo que sigue en estas páginas reconoce gestos del pensamiento teórico y de la práctica crítica que, conjugados, pueden responder a los requerimientos y desafíos con los que nos interpela en la actualidad la producción literaria desplazada, híbrida y postmonolingüe de un mundo glocalizado.
Del acento como marca al acento como método
El término literatura con acento no se refiere únicamente a una fonética desviada, a una entonación marcada o a una escritura situada en contextos translingües o postmigrantes. Su potencia conceptual reside en desplazar el acento en el sentido literal y en el figurado hacia el terreno epistemológico: proponer el acento como categoría crítica que reformula la manera en que pensamos la literatura, su materialidad y su interpretación. Frente al paradigma nacionalista, monolingüe y ocularcentrista que ha dominado la teoría literaria occidental, la literatura con acento revela la extranjería interna del lenguaje y del texto, aquello que vibra en él como ruido, desajuste, fricción o tartamudeo. En este sentido, el sintagma literatura con acento no designa un corpus delimitado, sino un modo de aparición textual de la lengua (en toda su polisemia) y también un método de lectura intertextual responsable, que sabe que no puede –ni debe– saturar el sentido de un texto.
El giro que aquí propongo desplaza la mirada hacia la escucha como operación crítica. En A la escucha, Jean-Luc Nancy formula esta escucha como una tensión hacia un sentido posible, nunca clausurable: «Escuchar, es estar tendido hacia un sentido posible». No se trata tanto de entender como de exponerse, de dejar que la lengua resuene en el cuerpo antes de organizarse como significado estable. El acento, desde esta perspectiva, no lo aporta, de forma inmediata y directa, la persona que ha escrito el texto, ni su biografía, ni su procedencia geográfica, ni su lengua de origen, ni ninguna de estas variables que sin duda importan. El acento se reconoce en la lectura en tanto acontecimiento vibrátil que emerge en el encuentro entre el texto y quien lo lee y presta su cuerpo al corpus; en una fricción siempre política, dentro de determinados marcos socioculturales; entre lenguas, silencios y sonidos in/articulados. El reconocimiento del acento es una operación de la crítica literaria y de la literatura comparada.
Adoptar esta noción de literatura con acento implica repensar la teoría literaria desde una poética de la escucha, entendida como gesto crítico responsable que acompaña la palabra del otro y que, en lugar de intentar dominarla, se deja afectar por ella. La literatura con acento devuelve al texto su dimensión material y relacional -esto es, intertextual- y convoca determinados intertextos habitualmente expulsados del proceso interpretativo (como los que ponen en escena cuestiones coloniales, raciales, sexuales o de género, capacitistas, ecológicas en un mundo capitalista glocalizado). De este modo, la literatura con acento pone el cuerpo en juego, reclama un oído capaz de percibir vibraciones -no solo de reconocer «significados»- y exige metodologías teórico-críticas que registren aquello que tiembla, murmura o tartamudea –incluso balbucea– en la escritura. Es un desafío político que discurre en prácticas co(n)textuales específicas.
Hacia una poética de la escucha
En el planteamiento que sintetizo en estas páginas, la poética de la escucha constituye una clave fundamental para comprender el acento no como marca fónica, sino como operación epistemológica. Escuchar no es oír: implica una apertura, una tensión hacia algo que todavía no es sentido, pero que se anuncia en la vibración. Nancy insiste en que el cuerpo es el lugar donde el sentido acontece antes de su conceptualización; es decir, el sonido no solo se emite, sino que expande al cuerpo, lo lleva hacia fuera de sí y lo constituye como espacio resonante. Esta vibración previa al sentido «anterior al logos» es la condición misma de la escucha.
En esta línea, Jacques Derrida había ofrecido con anterioridad un marco para comprender el acento como lo inapropiable de la lengua. En El monolingüismo del otro afirma: «Solo tengo una lengua, no es la mía», subrayando así que toda lengua es siempre otra, siempre extranjera. Esta des-apropiación resulta clave en tanto que nos permite entender el acento como marca de otredad interna, no como señal de identidad cultural fija, sino como apertura a aquello que excede al sujeto hablante. Y si nos retrotraemos todavía más, sin abandonar el legado preciso y precioso de este filósofo franco-argelino, en su reflexión sobre el tímpano, en el capítulo inaugural de Márgenes de la filosofía, Derrida sitúa la resonancia como umbral entre el cuerpo y el sentido, para señalar que el significado no precede a la vibración, sino que emerge de ella. No hay significado sin vibración.
Desde el marco que ofrece esta línea de pensamiento, la literatura con acento no es un tipo de literatura, sino un acontecimiento, puesto que en ella se da la vibración que antecede y desestabiliza cualquier intento de fijar la lengua en una identidad, una norma o una propiedad. El acento es el síntoma de esta vibración en fuga, que se asomará –tal vez junto a la lengua– si armamos el marco de escucha, el tímpano vibrátil para su percepción en la frontera del dentro/fuera de nuestro cuerpo/corpus.
Dicho en breve, la escucha no puede pensarse sin el cuerpo. En esta línea concurre también Jane Bennett quien, en su propuesta de materialismo vibrante, amplía este enfoque mostrando cómo la materia «humana y no humana» participa de una agencia distribuida. El cuerpo que escucha no es un receptor pasivo: es materia atravesada por otras materialidades sonoras, textuales y afectivas. La literatura con acento emerge en este cruce de vibraciones, donde la lengua se comporta como un cuerpo que resuena y hace resonar. Esta concepción permite pensar el acento como resquicio material que nos lleva a otro sitio, como huella: el residuo de interferencias, migraciones, choques o tensiones. No se trata de la reivindicación de una estética identitaria autoevidente, algo del todo imposible (y no deseable), sino de una materialidad tensional en relación, que se quiere hacer consciente y responsable de sus inclinaciones.
Tartamudeos, extranjería y condición postmonolingüe
Si el acento designa una torsión interna del lenguaje (y del discurso), Gilles Deleuze nos proporciona otra pieza clave. En los Diálogos que mantuvo con Claire Parnet, afirma que, en la escritura, el estilo es «llegar a tartamudear en la propia lengua». El tartamudeo no es déficit, sino creación: abre la lengua a una línea de fuga, la vuelve minoritaria, aunque se escriba en la lengua mayoritaria. El acento, así entendido, opera incluso en textos monolingües: toda lengua contiene ya la potencia de hablarse como extranjera. De ahí que la literatura con acento pueda incluir obras translingües, híbridas o postmigrantes, pero también textos que, sin salir de su lengua, alteran y singularizan la obra.
En esta misma genealogía, Roland Barthes había señalado ya en El grado cero de la escritura, que el estilo es una «lengua extranjera» nacida del cuerpo del escritor. Se trata de una marca personal. El estilo como densidad corporal transmitida al corpus coincide con la idea de que el acento nace en la materia misma del escuchar, no en su sistema lingüístico. La autora argentino-española Clara Obligado optó por subtitular Una casa lejos de casa con el sintagma La escritura extranjera: recogió así, en su imprescindible ensayo, esa tradición francesa, a la vez que dialogaba con su propia obra y su misma condición. Como Obligado, la literatura con acento retoma estas afirmaciones precedentes y las formula como método crítico: no se trata solo de identificar marcas textuales, sino de escuchar en la escritura la diferencia que la hace temblar en un cuerpo y en vínculo con lo otro/le otre.
Así pues, aunque la literatura translingüe constituye un lugar privilegiado para oír el acento, este no puede reducirse a estos fenómenos. La condición postmonolingüe, tal como la formula Yasemin Yildiz en Beyond the Mother Tongue. The Postmonolingual Condition, revela que toda lengua -incluso la más homogénea- está atravesada por tensiones entre la norma monolingüe y prácticas multilingües que la desbordan. Desde esta perspectiva, el acento es el síntoma de esa coexistencia conflictiva, aquello que resuena cuando una lengua deja de ser una; cuando se reconoce atravesada por otras, incluso invisibles, silenciadas o corregidas.
En los contextos postmigratorios, el acento actúa como resto vibrante de desplazamientos corporales, afectivos y lingüísticos. No tiene por qué ser manifiesto; persiste como diferencia que insiste, como ruido que desajusta el marco dominante de recepción, y que se hace audible para quien lee. De hecho, son les otres quienes reconocen nuestro acento. Pero la literatura con acento no debe confundirse con la literatura migrante: lo que la define no es la procedencia del autor, sino la capacidad de la crítica de hacer oír lo otro, de mostrar la extranjería irreductible de un texto literario. De este modo, la literatura con acento puede aparecer tanto en escrituras híbridas o translingües como en aquellas que, aun siendo aparentemente monolingües, abren la lengua y el discurso hacia su propio límite vibrátil, en el tímpano de otre, en vínculo.
Cierre
La tradición hermenéutica occidental ha privilegiado el ocularcentrismo y ha subordinado la dimensión sonora del lenguaje, relegándola a lo ornamental. El acento, sin embargo, interpela directamente esta jerarquía: obliga a desplazar el eje de análisis, por un lado, de la representación y/o la imagen al sonido y al ruido; y, por otro lado, del significado a la vibración de la materia, al cuerpo y sus afectos. De este modo, la propuesta de una literatura con acento invita a los estudios literarios a reorientarse hacia la escucha, especialmente de aquellos sonidos que las gramáticas imperantes juzgan como sobrantes y ante los cuales se hacen las sordas. ¿Qué es lo que no queremos oír? ¿Qué es aquello que debemos mantener en la mudez como garantía de determinados privilegios o normas o naturalizaciones incuestionables? ¿Qué se dice desde el balbuceo, el tartamudeo y el acento? ¿Cuál es el sentido de estos sonidos tildados de inadecuados cuando ya no sobran?
En lugar de añadir una nueva etiqueta a las numerosas categorías contemporáneas ya existentes y valiosas aplicadas a la literatura (mestiza, híbrida, excéntrica, extranjera, translingüe, postmigrante), la literatura con acento sugiere hacerlas resonar en una poética de la escucha, literal y literariamente alterada, que permita pensar la literatura desde su materia vibrante. El acento, entonces, deja de ser un rasgo fonético o identitario para convertirse en una poética que atiende al tartamudeo, al balbuceo, al ruido entre otros sonidos aparentemente innecesarios, inútiles o poco significativos; que escucha la tensión entre lenguas y cuerpos. Asimismo, la literatura con acento exige revisar nuestros instrumentos, soñar e imaginar resortes capaces de abrir la teoría a la vibración y asumir una responsabilidad política, que comprende llegar a escuchar lo que la lengua hace cuando deja de obedecer, cuando sale afuera.
En última instancia, toda literatura –como toda lengua– es con acento cuando la sabemos/queremos escuchar. El desafío de la crítica contemporánea occidental consiste no en fijar el sentido, sino en acompañar su resonancia. La teoría literaria que asuma este reto no puede fijar una interpretación correcta: se trata más bien de inclinar el cuerpo hacia la vibración del texto, sin párpados, como el oído del que hablaba Quignard. Allí donde la lengua tiembla, allí donde se vuelve otra, la literatura encuentra su potencia de escucha vibrante en relación. Su acento.