
Quisiera empezar este texto con una canción. Quisiera en realidad empezar cantando, pero este es un texto escrito y, además, aunque no lo fuera, debo admitir que me costaría bastante. La canción se llama «Veinte años» y quienes lean estas líneas a lo mejor ya la escucharon. Es cubana, con letra de Guillermina Aramburú y música de María Teresa Vera, y yo la conocí cantada hermosamente por Omara Portuondo. En uno de los primeros textos que escribí cuando empecé a imaginarme como escritora aparecían algunos de sus versos. Era un texto que en algún momento quise que fuera una novela, y en el cual trabajé durante un par de años. En algún momento me di cuenta de que no llegaría a serlo, porque me costaba dedicarme, asumir el tiempo mental para seguirlo, y lo transformé en un cuento. Esta conversión, aunque en parte la viví como frustración, y acaso como fracaso, me hizo percibir su corazón, porque la economía de la forma breve permite este tipo de claridad: su corazón se encontraba en los versos de «Veinte años» que allí aparecían.
La canción era cantada por la madre de la protagonista del relato, que se terminó llamando «Instantânea» y se publicó en mi primer libro, A duas mãos, en 2003. Como probablemente se haya notado, el cuento estaba en portugués, lengua en la que empecé a escribir. En él había una madre que, al revés de la mía, no hablaba español. O al menos eso era lo que pensaba la hija. Un día escuchaba a esa mujer cantando una canción en otra lengua y de golpe se daba cuenta de que su madre era la persona que conocía y también alguien que tenía una vida que no imaginaba. La canción traía esa revelación, por el sentimiento que cargaba y por la presencia de una lengua extranjera:
Hoy represento el pasado… Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar… Es un pedazo del alma que se arranca sin piedad. Se alguém que acreditamos conhecer como a palma da mão toma uma atitude totalmente inesperada, como uma planta esquecida que de repente floresce, o que dizer? Ela ficou muda do outro lado da parede. Do quarto de sua mãe chegava uma voz muito diferente da que ela conhecia. Então percebeu que o intrigante era o sentimento (melancólico) revelado pela voz. Saiu do quarto e dirigiu-se devagar pelo corredor rumo àquele som. Ia pensando, desconcertada, que era a primeira vez que ouvia sua mãe cantar e que ela jamais lhe contara que sabia falar espanhol.
Ese encuentro entre dos lenguas, y entre una madre y una hija, fue para mí un espacio posible para escribir, para imaginarme como escritora. A veces vuelvo a esa escena, a ese encuentro, a ese texto que en algún sentido quedó incompleto, pero en otros no; más que incompleto hoy diría que quedó abierto, abierto hacia otras posibilidades de seguir escribiendo, de continuar pensando un espacio de escritura.
Quisiera contarles sobre dos modos de ese retorno. Uno tiene que ver con cómo esa escena vuelve a aparecer cuando doy talleres sobre escribir entre lenguas. En ellos suelo comentar textos de algunos escritores y escritoras que, en su vida y en su obra, transitaron entre lenguas, como Wilson Bueno, Sylvia Molloy o Daniela Catrileo. Hablo de escrituras que se desterritorializan; que producen un cuestionamiento de identidades lingüísticas, subjetivas, culturales; que trabajan sobre la extrañeza, la incertidumbre y el error; que asumen la falta, la vulnerabilidad y la imperfección. Muestro fragmentos de Mar paraguayo (1992), de Vivir entre lenguas (2015) o de Rio herido (2016). Comento algunas estrategias de estos autores para habitar real y literariamente territorios que no son puros; territorios multilingües en que, sin embargo, muchas veces una lengua quiso dominar a otra, de los que se pretendió borrar las huellas de una experiencia de exilio o de diáspora. Comento estrategias de contaminación e intervención. Uso la palabra «estrategia» para indicar los usos políticos de la literatura.
En Río herido, primer poemario de Catrileo, comento cuestiones que tienen que ver con una división y una herida, con la violencia contra el pueblo mapuche, con la migración familiar a Santiago de Chile, con la creación de un paisaje propio en la ciudad, experiencias que será necesario inscribir en el castellano: una lengua cuyas lagunas, pausas y cortes en los poemas traen la marca y la memoria de la lengua ausente, el mapudungun. Cito, por ejemplo:
Esto no es el fin
la inconstancia permanece
en la fisura.
Somos exilio
en la patria del río.
En un momento del taller hablo un poco sobre mi propia escritura, a partir de algo que me tocó vivir y se transformó en una práctica literaria de estar entre lenguas. Hablo de un contexto en particular: los exilios de las dictaduras de los años setenta en América Latina. Cuento mi experiencia como hija de exiliados argentinos en Brasil, que me hizo desplazada en un sentido muy concreto, con una vivencia familiar atravesada por el cruce entre el portugués y el castellano. Ese se volvió mi espacio literario, en el que trabajo de muchos modos, con las posibilidades de que las lenguas sean permeables y se mezclen unas con las otras. En general lo primero –o casi lo primero– que doy como ejemplo es la canción en la novela convertida en cuento. Leo el fragmento que cité antes. A veces me aventuro a cantar los versos de la canción, en vez de solo leerlos; pero, en general, solo los leo.
Y acá, entonces, entra el otro modo en que la escena volvió. Resulta que, recientemente, quise aprender a tocar esa canción que cantaba la madre del cuento. Hace unos años, porque en mi casa hay un piano (que vengo cargando desde que dejé la casa de mi madre y mi padre, pero esa es otra historia que quedará para otro texto), intento estudiar música. Es algo muy difícil para mí, porque no tuve formación musical de chica ni tengo facilidad para los instrumentos. La comparación que a menudo se me ocurre para explicar mis limitaciones es que sería como estudiar una lengua nueva de adulta. Pero la verdad es que no estoy segura de que estos aprendizajes sean comparables. Quizás sí se podría decir que conocer un instrumento es como acceder a otro lenguaje, como la danza o la pintura. Pero tampoco estoy segura de cuán precisa sea esta comparación, por lo menos tal como yo vivo la relación con la música. En todo caso, puede que el error sea lo que me hace acercar la experiencia de aprender a tocar una canción y la de hablar una lengua extranjera: el miedo al error.
Antes de traer a Molloy o a Catrileo, antes de hablar sobre mi escritura, en los talleres hablo sobre el error. Digo que escribir entre lenguas puede acercarnos a lo inesperado para, a lo mejor, disfrutarlo como algo sorprendente. Y entonces menciono y cito un poema-ensayo de la poeta, ensayista y traductora Anne Carson sobre el error, que se llama «Essay on What I Think About Most» y que, en inglés, empieza así:
Error.
And its emotions.
On the brink of error is a condition of fear.
In the midst of error is a state of folly and defeat.
Realizing you’ve made an error brings shame and remorse.
Or does it?
Una posible traducción, más o menos literal, diría:
El error.
Y sus emociones.
Al borde del error hay una condición de miedo.
En medio del error hay insensatez y derrota.
Darse cuenta que una cometió un error
[trae vergüenza y remordimiento
¿O no?
Carson va hacia el valor de la imperfección. Eso me hace pensar en quien mezcla y confunde lenguas. ¿Qué produce el error en quien no domina totalmente una lengua y se ve ante palabras olvidadas o frases incompletas? Nos da vergüenza y remordimiento, por no haber estudiado lo suficiente, no haber estado suficientemente atentas… por nuestras limitaciones. El error puede hacernos estudiar más y querer ir hacia la perfección. Eso es parte de un cuidado con la lengua –algo importante y estimulante, pero que también puede paralizar–. Para Carson, es lo contrario de lo que el error poético debería hacer, porque el arte es el dominio de la imperfección, que nos hace asumir la falla para abrirnos a lo nuevo, a lo distinto, a lo inesperado, a lo impensado. En los talleres hablo entonces sobre un espacio literario posible: el de quien no está muy seguro de su lengua.
Vuelvo al piano, vuelvo a mi canción. Me cuesta mucho aprenderla. Mi profesor tiene paciencia y se lo agradezco. Tengo momentos de placer cuando algún fragmento me sale bien, cuando logro que mis dedos entiendan las repeticiones, diferencias y paralelismos que mi cabeza ya entendió; los movimientos y avances de la canción, construida en torno de motivos que se repiten con algunos cambios. Hago ejercicios que mi profesor me indica: pruebo a cantar la canción tocando solo los acordes o canto mientras toco la melodía y me concentro en no desafinar; toco la melodía y los acordes sin cantar, buscando el ritmo. Cuando junto todo me frustro, no avanzo, me exasperan las equivocaciones. Al acercarme al instrumento prevalece esa sensación, que me paraliza al punto de que paso varios días sin retomarlo. Hace poco leí en el libro Lecciones, de Ian McEwan, una escena con la que me identifiqué. Dice, traducido del inglés por Eduardo Iriarte:
«Prueba otra vez», dijo en un tono ascendente de advertencia. Ella tenía sentido musical, él no. Sabía que ella tenía la cabeza en otra parte y que la aburría con su insignificancia: otro niño manchado de tinta en un internado. Sus propios dedos pulsaron las teclas poco melodiosas. Atinó a ver el lugar difícil sobre la partitura antes de llegar a él, estaba ocurriendo antes de que ocurriera, el error se le abalanzaba, los brazos extendidos como una madre, dispuesto a guarecerlo, siempre el mismo error que lo iba a recoger sin la promesa de un beso. Y entonces ocurrió. Su pulgar tenía vida propia.
Por otra parte en muchas ocasiones en que no puedo tocar, escribo sobre la dificultad y el error. Eso me da placer también. Hace poco le conté a una amiga sobre mis dificultades con ese aprendizaje, para que sea algo que mínimamente me haga sentir bien, y sobre la idea de escribir sobre esa experiencia.
Esta amiga nació en el exilio. Su madre tuvo que dejar la Argentina y quedó embarazada aquí. Ella nació en Río de Janeiro, en 1984. Yo entonces tenía nueve años y vivía desde los dos en esa ciudad. Su madre y ella se volvieron a Buenos Aires cuando nació. Casi cuarenta años después, nos conocimos. Ella me pregunta si no asocio las dificultades de aprendizaje, esa inseguridad al conocer algo nuevo, a la experiencia de sentirse siempre un poco incapaz o amedrentada, una marca que deja haber sido exiliada. O hija de exiliados.
Compartimos algunas vivencias curiosas y hasta graciosas de nuestras vidas. A partir de sus comentarios, empiezo a percibir una conexión entre esas experiencias de desplazamiento; sobre todo, una conexión entre las ganas que sentí de tocar un instrumento, aun sabiendo todo lo que me iba a costar, y el estado inestable, de dificultad y de error, que fue y sigue siendo, en muchos sentidos, el de mi madre y de mi padre en Brasil. Ellos aprendieron otra lengua para poder trabajar y vivir. A mí me tocó la experiencia de ser bilingüe. Es muy frecuente que se haga un elogio de esa condición. Efectivamente es una experiencia rica: la posibilidad de moverse de una lengua a otra, asociada a la idea de facilidad y de fluidez (todo lo contrario de mis dedos sobre las teclas del piano). Pero es también un lugar de inseguridad, un espacio de incertidumbre, en que el miedo a equivocarse está siempre amenazando.
Intentar aprender a tocar una canción es como ponerme a prueba para hacer otra cosa con el error. Es volver a pensar la falla, la escritura, la extrañeza. Es recordar la experiencia del exilio y los modos de escribirla. Es buscar el placer en las limitaciones que se imponen.