POR MARÍA NEGRONI

Turín, 17 de julio de 1958

Querido padre,

En mi mesa, de pronto, una fotografía del niño que fui. Tiene siete u ocho años, un trajecito de terciopelo azul, su aspecto es prolijo, atroz, ejemplar, como si hubiera empezado a morir. Ha empezado a morir.

La escuela y sus series gramaticales de todo lo que no adviene.

Una palabra después de otra para aprender, para entender que el amor falta, siempre, en todo amor.

Aquel día me regalaste un Diario. Me pediste que registrara en él la vida del colegio. A veces, me encontraba en él con cartas tuyas. Las dejabas allí como elevadas torres, llenas de reprimendas, sermones, despeñaderos de nunca acabar, que se clavaban en mi cuerpo. ¿Alguna vez fuiste consciente de tu poder sobre mí?

Al lado de esa foto, otras: el niño en penitencia, a la hora de la siesta, rodeado de sus compañeros, el bueno de Garrone, el calabrés Coraci, el adoquín de Stardi, Derossi el traga, el aristócrata Votini, y todos los demás, Nobis, Precossi, Coretti. Todos ahí, en meticulosa fila, menos Franti.

A Franti lo expulsaron, ¿te acuerdas, padre? Lo echaron por traer a la escuela una marioneta muy alta y muy pesada que se parecía a él y gritaba, a quien quisiera oírlo: «Existimos tan poco». Ese día el maestro empezó a los gritos: «A la escuela se viene a estudiar, no a sembrar el caos ni las ideas subversivas». Los padres se acuartelaron. Gritaban «¡Abajo, perro!», «¡Muerte y demonios!», «¡Maldito seas!», «¡Acabemos con los granujas!». También los chicos se le enfrentaron, lo insultaban en el nombre del odio, huían de él como de la peste. Yo mismo le dije: «¡Lárgate ya! ¿Qué esperas para esfumarte?».

Ese día, padre, estabas orgulloso. No podías creer que tus esfuerzos hubieran fructificado, que eso que repetías día y noche, no hubiera caído en saco roto. La escuela es una madre, decías; cuidado con faltar el respeto; todo sale de la misma lonja; la caridad es caricia; si te portas mal, te mandaré al Asilo para Niños Ciegos; aprende de la centella de tu hermana; no hagas comparaciones; no descuides tu Caja de Ahorros; te sacaste solamente un ocho, ¿por qué no un diez sobresaliente?; los libros son tus armas, pequeño soldado, ¡esfuerzo y esperanza!

Me hiciste prometer también, bajo palabra de honor, que nunca sería malvado como Franti, que evitaría a toda costa esa risa que escupía veneno, que no cedería jamás a la tentación de sentirme insatisfecho. Tu madre, agregaste, se entristecería en grado sumo, y ya sabes, un disgusto de tal naturaleza podría arrebatártela, hoy, mañana o pasado mañana, y entonces ¿qué consuelo habría para ti?

Han pasado muchos años desde aquel otoño, padre. Han pasado guerras, brigadas rojas, infamias, desapariciones, violencias y decepciones de todo tipo.

Aquel día, Franti –que me despreciaba—se fue mascullando cosas. Nunca supe nada de él. Más tarde, se dijo, tuvo el proyecto de volverse loco, de transformarse en anarquista, de escribir un anti-libro para oponerse a los catálogos de nuestra educación protofascista.

Quién sabe, padre. Dejo sobre la mesa la fotografía. Deleznable, el trajecito de terciopelo azul. Hace tiempo que el niño intuye la relación que existe entre la vestimenta y el horror. Baja los ojos, como si quisiera, a la vez, desmentirte y no hacerte daño. Franti apenas lo mira, ocupado como está en dibujar los secretos de la clase muerta. Su risa ilumina el mundo. Se oye latir un corazón de piedra. Ábrete sésamo.

Tu hijo, Enrico.