POR BRUNO GALINDO

1. Debió llegar a casa por error. Lo que teníamos era un radiocasete y cintas de tres tipos: música clásica, popular española y cuentos para niños. Ejemplos de lo primero: Beethoven, Mozart, Tchaikovski, Dvorak, Rimski Korsakov. De lo segundo: Serrat, Mocedades. ¿Cuentos? Los básicos: Los tres cerditos, Hansel y Gretel, El soldadito de plomo y alguno más. Ahora que lo recuerdo también había casetes con episodios de las series de la época (Pipi Calzaslargas, Orzowei, Sandokan), todas ellas con la música de la pareja de compositores televisivos del momento, Guido y Maurizio de Angelis.

2. El caso es que un buen día llegó a aquella casa madrileña de clase media un casete de David Bowie. Y no uno de los clásicos. No era Space Oddity, Hunky Dory o The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars; ni siquiera los más recientes Low o Heroes. El que apareció por allí, seguramente regalo de algún visitante —hay que entender que en esa época, con la Transición recién inaugurada, los españoles no viajábamos mucho, ni íbamos muy lejos— era uno más raro: David Bowie Narrates Prokofievs’s Peter and the Wolf. Esto es, David Bowie cuenta el cuento Pedro y el lobo de Sergei Prokófiev.

3. Según leo ahora, ese disco salió el 2 de mayo de 1978; ubiquemos entonces mi recuerdo alrededor de esa fecha. Álbum de música clásica lanzado originalmente por RCA Red Seal Records, dice la ficha que estoy consultando. La primera cara contiene una interpretación de Pedro y el lobo de Prokofiev, con narración de Bowie, que contribuyó al proyecto para disfrute de su hijo pequeño. La segunda cara contiene una grabación instrumental de The Young Person’s Guide to the Orchestra de Benjamin Britten; ambas grabaciones fueron interpretadas por la Orquesta de Filadelfia dirigida por Eugene Ormandy. El álbum alcanzó el puesto 136 en la lista Billboard  y fue nominado al Grammy (Mejor Grabación para Niños) en 1979, premio que perdió —difícil competencia, hay que reconocerlo— ante The Muppet Show.

4. Yo creo que —abro paréntesis— hubiera sido más justo que optara al premio en la categoría Spoken Word, en la que el ganador fue Orson Welles por su narración de Ciudadano Kane. Actualmente esos Grammys, los dedicados a los discos hablados, se los suelen llevar los presidentes de los Estados Unidos, o sus primeras damas, con la lectura de algún discurso o texto egregio. Cierro paréntesis.

5. Pedro y el lobo nace de un encargo del teatro central infantil de Moscú en 1935. Lo que se le pedía a Prokofiev era una sinfonía que lograra cultivar el gusto musical en los niños desde los primeros años de escuela. Su idea fue crear un cuento musical en el que cada personaje estaría representado por un instrumento y un tema musical propios: cuerdas, fagot, flauta, oboe, clarinete, trompas, vientos, percusiones… La historia sería la de Pedro, un valiente niño soviético que vive con su abuelo junto a un bosque y desafía las advertencias sobre un peligroso lobo. El compositor ejecutó el trabajo en tan solo cuatro días. La obra no tuvo mucho éxito en su estreno el 2 de mayo de 1936. Han quedado estas palabras del autor: «[la asistencia] fue pobre y no consiguió atraer mucha atención». La de Bowie sí la tuvo años más tarde. Y la mía, ya que estamos.

6. Tardé algunos años en entender quién era David Bowie, pero cuando lo hice cambiaron mis coordenadas. Escuchar su música —los discos antes mencionados, y otros posteriores— me marcaron a fuego, como a tanta otra gente, por su noción radical de libertad creativa, su constante capacidad de reinvención y la idea de que la música podía dialogar con la literatura, el arte contemporáneo, el cine, la filosofía, la estética. En los años en que me dediqué a tiempo completo a escribir sobre música tuve la oportunidad de verle muchas veces, y de entrevistarle en dos ocasiones, en las respectivas épocas en que publicó sus discos Outside y Earthling. Ahora que caigo, ¿cómo es que no le pregunté por su Pedro y el lobo? Tal vez porque aquel disco fue más importante para mí que para él.

7. El Pedro y el lobo de Bowie aparece en estas páginas porque es parte importante de mi convencimiento de que la música (en este caso una sinfonía) puede dialogar formalmente con la literatura (en este caso un cuento). Esto puede, además, materializarse en un formato inesperado para ambas artes: una grabación. De aquel casete me resultó interesante que nadie cantaba —aunque, obviamente, había música— sino que servía el propósito de contar una historia. Fue un descubrimiento importante para alguien que se había criado de un modo bastante solitario, en una habitación llena de libros y discos, con la atención dividida entre ambos mundos.

8. Que al espacio donde confluían música y narrativa (o poesía) se le llamaba Spoken Word lo entendería más tarde, cuando supiera algo de los poetas beatnik, que concebían —al menos parcialmente— su escritura como un fenómeno oral; aquí entran el Ginsberg de Aullido, las grabaciones en modo cut-up de William Burroughs, John Giorno (que iba más allá: utilizaba llamadas teléfonicas, televisión, grabaciones, como parte de sus estrategias), Corso o Ferlinguetti. Cuando indagara en la poesía afroamericana de Amiri Baraka, The Last Poets, Gil Scott Heron o Linton Kwesi Johnson. Cuando supiera de las vanguardias musicales, que utilizaban la voz hablada en sus composiciones (de Luigi Nono a Bernd Alois Zimmerman, de John Cage a Brian Eno). Cuando escuchara a Julio Cortázar grabarse entre discos de jazz. Cuando cayeran en mis manos los discos de Michel Houellebecq. Cuando viera recitar a Alessandro Baricco. O a Nick Hornby. Cuando leyera y escuchara —y actuara junto a ella, tal fue mi suerte— a Patti Smith.

9. Porque no solo se podía integrar la grabación al proceso literario: la posibilidad escénica también estaba ahí. ¿No es ese el origen de todo: alguien contando una historia, otras personas que la escuchan?

10. Parte de lo que escribo está pensado para su provecho en estos formatos: grabo parte de mi novela El público para su musicalización con una popular banda de rock argentino, Babasónicos. Escribo el poema brutalista Mundo Jíbaro Numismático y tengo que llamar al gran poeta brasileño Arnaldo Antunes para compartirlo en un estudio de grabación. Recojo otros poemas de mi libro Equilátera, y los llevo a la FIL con el cantautor Nacho Vegas, o los interpreto en la Brooklyn Academy of Music junto a Gary Lucas, el eterno compañero de Jeff Buckley. Escojo fragmentos de Diarios de Corea y los leo sobre el fondo distorsionado de la guitarra del músico de rock Javier Corcobado.

11. Y me doy cuenta que, de alguna manera, le debo estos trabajos, estas experiencias híbridas a ese disco raro, grabado mucho más tarde de la muerte de su creador original, definitivamente anecdótico para su intérprete e incluso para su público, pero significativo para mí.