
Cine vivo, libro de Albertina Carri (Argentina, 1973), recopila décadas de una escritura que floreció en guiones, ensayos, documentos de trabajo1, notas, manuscritos inéditos. Es una compilación retrospectiva, sí, pero aquí la reunión genera un nuevo discurso que tiene que ver con el presente como un ejercicio de montaje. El título asevera: el cine vive, el cine está vivo (y/o Albertina Carri vive cine y/o Albertina Carri vive del cine). Vuelvo a la primera interpretación y del cine vivo se desprende la noción de riesgo: el cine vivo, aquel que cobra vida toda vez que es proyectado, o también, toda la vida aparecida gracias al cine, todo el cine que perdura como un sueño o un recuerdo, o ambos, que vuelve en las conversaciones, en la escritura, en la palabra.
Pienso en la idea que aparece en el cuento «El congreso», de Jorge Luis Borges: si «las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida», quizá el cine sea una máquina de imágenes que no solamente representa sino que además fabrica una memoria sensible, fragmentaria y común, una forma de resistencia que no es necesariamente lineal, capaz de disputarle el sentido de lo visible y de lo recordable a la imagen hegemónica (a lo visible y lo recordable habría que sumar lo contable, pero a esto volveré más adelante).
Los restos, los cortes, los desvíos, pueden ser un fundamento, uno que se apega a un tiempo más bien emocional, impuro, intuitivo, subversivo y consecuente. Algo así se cuenta acá. Entonces: el libro sigue un camino de cuatro grandes ejes que tienen su correspondiente manojo de capítulos (los grandes ejes se llaman «Biográfico/Heterobiográfico», «Archivo y memoria», «Zonas de contagio», «Porno y política»). El juego es el del montaje y la relación de contigüidad de cada texto construye sentido, por lo tanto, por yuxtaposición y orden. En efecto, el libro se lee como una película, un trillo con huellas de una historia personal2, de un pensamiento sobre la imagen, sobre la historia, el archivo, los procesos creativos, las selecciones y los descartes, la lengua, las convicciones, la insurrección y los instantes capturados. Hay un campo de tensión en este libro que adora el cine y que lo disecciona como quien disecciona un buen problema.
Cuenta Carri3 que mientras escribía un proyecto sobre la memoria aparecieron varios ensayos que había leído años atrás durante el proceso de investigación de sus documentales Cuatreros y Los rubios. La experiencia, dice Carri, emergió en cuanto empezó a escribir sobre las pérdidas y el olvido. «O tal vez debería decir la experiencia acudió a mí, rauda y presurosa, en cuanto invoqué a la memoria». La experiencia llegó con la reminiscencia. De aquellos sondeos había nacido una especie de guía para formar un yo personal que según Carri no es el de la autobiografía, sino el de la heterobiografía. Un yo que se desprende del tiempo cronológico y que se impregna, apunta Carri, del pasado en el presente. «Ese es un modo de inscribirse en una genealogía no babélica, ni experiencial, sino impersonal y política; una apertura hacia lo colectivo, un arrojarse hacia lo heterogéneo o, finalmente, un soltar amarras de la historia para encontrarse en ella. Lo que Correas describió de una manera muy sencilla y no obstante compleja: ‘hacer de la vida algo contable’».
Antes apuntaba a lo visible y lo recordable (la imagen, la imaginación, la memoria, las capas consabidas del mismo núcleo). Aquí aparece la noción de «hacer de la vida algo contable» y en la frase conviven el relato y la cuenta. Contar la vida, narrarla, registrarla, hacer con ella un balance, auscultar y enarbolar lo mínimo y lo mayúsculo con el mismo pulso. Acaso porque así es la vida. Pienso en el capítulo sesenta del Tao Te Ching, de Lao Tzu, esa idea que Mario Levrero citó4: «Asa un pequeño pez como si gobernaras un gran imperio, gobierna un gran imperio como si asaras un pequeño pez». Para Albertina Carri el rol social y preponderante5 del cine se juega tanto en la relectura de Pasolini, las batallas de los movimientos LGTBIQ+, o las tensiones de la ruralidad y la violencia como en la exploración milimétrica del cuerpo, el deseo o la disidencia. El cuidado no cambia de escala, porque la misma exactitud que exige no deshacer un pez al darlo vuelta es la que exige no traicionar un archivo, una escena de la infancia, la historia, la Historia, los grandes o pequeños imperios. Y de esto también se trata este libro voluminoso y bello6, que se lee con interés y ocasional regocijo.
«Querida Albertina coma
Tus dibujos son muy lindos punto seguido abre signo de interrogación cómo estás cierra punto de interrogación abre signo de interrogación qué tal tus amigos Juan y Vanesa cierra signo de interrogación jugás mucho cierra signo de interrogación espero que juegues mucho y que el colegio que es muy lindo te gusto punto seguido portate bien punto seguido yo sé que las maestras y las hermanas son muy buenas y te quieren mucho punto seguido…».
*Extracto que vive en un capítulo llamado «Punto impropio», una videoinstalación exhibida por primera vez en el Museo Parque de la Memoria de la Ciudad de Buenos Aires en 2015, con cartas que su madre, Ana María Caruso, escribió a Albertina y a sus hermanas durante su secuestro. Albertina Carri convierte los signos de puntuación en una lengua oral, esa con que Albertina tomaba contacto con las palabras de la madre, que tanto son un legado como, al decir de Carri, «una inmanencia eterna, un contagio que hará de su ausencia una presencia manifiesta».
1 Qué infrecuente y qué interesante es asomarse a los procesos de creación y de trabajo de los artistas. ¿Por qué si nos acostumbramos a ver en la retrospectiva de un pintor una vitrina que muestra sus plumas y plumines, su gorra y sus garabatos, en la escritura los caminos y las pruebas, los ensayos y los titubeos, quedan confinados al silencio, casi como si nos provocaran pudor? No estoy de acuerdo y celebro la oportunidad que varios de estos escritos ofrecen.
2 La voz propia se lee atravesada por otras voces y otras miradas. A medida que una avanza en la lectura constata que ciertas preocupaciones y aficiones que son constantes en la obra cinematográfica de Albertina Carri ya estaban ahí, enunciadas desde muy temprano.
3 En el capítulo «Sos siendo. Alianzas heterobiográficas. La imposible autobiografía» que abre el libro, más concretamente en la parte que habla sobre la construcción de una subjetividad y una pregunta sempiterna sobre el origen.
4 En un cuestionario Proust que le hice para un suplemento llamado «Culturas», publicado el 19 de octubre de 1997 en el diario El Observador, en Uruguay. La pregunta era cuál era su frase de cabecera. Levrero dijo: «No la tengo, pero si la tuviera sería una cita…». Y mencionó esta tan bonita para pensar tantas cosas.
5 En el capítulo «¡Finlandia, Albertina!» la autora dice: «Creo que si el cine siempre tuvo un rol social preponderante, hoy más que nunca tiene entre sus manos una responsabilidad cívica, poética y social inmensa».
6 Publicado al cuidado de Banda Propia Editoras.